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Preludio a una nueva guerra civil

lunes, enero 11th, 2021

Publicado en Il Will

Traducción: C.L.


«Fue la huelga general proletaria de los antiguos esclavos lo que realmente puso el último clavo al ataúd de la esclavitud. Es precisamente esta tradición de guerra civil emancipadora, liberadora, y sin embargo violenta, lo que debe ser actualizado para que advenga por segunda vez.» (Idris Robinson, How It Might Should Be Done)

Como pone al descubierto encuesta tras encuesta, artículo tras artículo, más y más estadounidenses están percibiendo el presente en términos de guerra civil. ¿Por qué? Una razón obvia es el legado de la Guerra Civil Estadounidense, pero ¿por qué el fantasma de la guerra civil vuelve a plantearse con tanto vigor hoy en día? ¿Por qué tanta gente ve la intensificación del conflicto como algo inevitable?

Este sentimiento es inseparable de las llamaradas encendidas durante el levantamiento por George Floyd, que a su vez ocurrió sobre el telón de fondo de décadas de desindustrialización, aumento de los encarcelamientos masivos, la crisis económica de 2007-2008, la escalada de tensiones políticas, la presidencia de Trump y ahora los estragos de la pandemia de Covid-19, que ha hecho saltar las cifras de pobreza y desempleo, así como también los enfrentamientos con la policía en todo el país. La combinación de todos estos eventos revela profundas grietas en la sociedad estadounidense. Cualquier estrategia para la revolución deberá tener en cuenta el desmoronamiento y fractura de los Estados Unidos.

Desde que empezó el verano hemos visto que los proletarios negros no vacilarán en rebelarse frente a la conducta asesina de la policía. La revuelta antipolicial se está convirtiendo en una insurrección multirracial, que a su vez está provocando acciones de represión y contrainsurgencia no sólo por parte de la policía, sino también de paramilitares de derecha, e incluso desde sectores moderados y liberales. Tomar partido en este conflicto se presenta como una elección entre la revolución y la contrarrevolución: ¿estás a favor o en contra del levantamiento? ¿Debemos acatar o desobedecer el dictamen judicial? Al profundizarse esta tensión fundamental se plantea de manera concreta la cuestión de la guerra civil. La división entre los partidarios del levantamiento y quienes se oponen a él no sólo conduce a la fractura del bloque «blanco», sino también a la división de otros grupos racializados, incluidos los negros, como lo demuestra el choque entre los negros que apoyan el levantamiento y los negros que están contra él. En la lucha por la vida y la dignidad, el proletariado negro en movimiento divide a la sociedad de una manera particular, dando lugar a una forma de guerra civil que no es sólo retórica o metafórica, pues supone una contradicción material real que remite a la forma estadounidense de guerra de clases y es inseparable del aspecto racial.

De momento, la guerra civil está latente; aún no se ha convertido en un acontecimiento histórico. Sin embargo, los signos de la polarización de masas son visibles en todas partes: la política del miedo, la paranoia, el desprecio y el odio se manifiestan a diario en los comportamientos y opiniones de grandes segmentos de la sociedad estadounidense. Es menos el hecho de la guerra civil que su potencial amenaza lo que atrae y repele, expande y limita, inspira y atemoriza a la imaginación colectiva de hoy. Pocos dicen esto en público, pero en la privacidad de sus hogares, los estadounidenses están volviendo a preguntarse: ¿estamos a las puertas de una guerra civil?

Interpretaciones

Desde el punto de vista de la extrema derecha, ella está preparando las fuerzas que intervendrán para poner fin al comportamiento revoltoso de anarquistas, comunistas y «terroristas» antifa en este país. De hecho, una gran parte de la derecha cree que el levantamiento de George Floyd fue un episodio temprano de una nueva guerra civil que la mayoría de la gente no reconoció, ya sea por distracción o por negación. Formaciones paramilitares como la Guardia Nacional de Michigan, los 3 Percenters y los Boogaloo Boys se cuentan entre las fuerzas más comprometidas de la derecha para abordar esta cuestión. Además, la derecha se ve a sí misma implicada no sólo en un choque paramilitar contra la izquierda radical, sino también en una lucha cultural, política y económica para proteger el capitalismo, las fronteras nacionales, la ley y el orden y el estado-nación en cuanto tal frente a las hordas de inmigrantes, criminales, habitantes de las ciudades y dementes izquierdistas.

Por otro lado, la izquierda generalmente evita en absoluto referirse al tema de la guerra civil, lo cual constituye su propia manera de tratar el asunto: desde el terror pánico. Con la excepción de una pequeña minoría (por ejemplo, Could it really happen here? de Robert Evans, Kali Akuno y el movimiento abolicionista revolucionario), la mayoría de los izquierdistas no conciben el momento actual en términos de guerra civil, porque los peligros que ello entraña son demasiado grandes para soportarlos. Dado que la abrumadora mayoría de las armas están en manos de la derecha, muchos izquierdistas temen que una guerra civil lleve inevitablemente a la masacre de los más oprimidos. Mientras que una parte de la izquierda cree que puede evitar la guerra civil con una presidencia de Biden, otra parte espera que los disturbios abran la posibilidad de una revolución que haga posible evitar la guerra civil. Mientras tanto, la extrema derecha sigue masacrando a los manifestantes y arrollándolos con sus vehículos. No hay que sorprenderse que algunos izquierdistas se hayan hartado y también acudan armados a las manifestaciones. Las próximas elecciones presidenciales en 2020 sólo exacerbarán estas tensiones, independientemente de quién gane.

No hay ningún escenario imaginable en el que una solución electoral o política pueda resolver las contradicciones de la economía capitalista, la larga crisis del capitalismo estadounidense, la devastación causada por la pandemia, la persistente violencia policial racista y la intensificación de las tensiones políticas. Ahora que otro juez de derecha de la Corte Suprema ha sido puesto en tela de juicio, las vías de cambio legal a nivel de esa instancia están cerradas. La pérdida de las conquistas alcanzadas en los años 60 ya es total, y eso llevará a una mayor división e inestabilidad. Incluso si Biden gana las elecciones, la extrema derecha no hará más que inflamarse, y muchos seguirán viéndolo como un marxista abolicionista, una visión irrisoriamente equivocada que recuerda el tipo de pensamiento que los sureños tenían acerca de Abraham Lincoln.

La estructura de la revolución en los Estados Unidos

Si el fantasma de la guerra civil persigue a la psique estadounidense, es porque la Guerra Civil Estadounidense fue de lejos el evento más revolucionario, violento y divisorio en la historia de este país. Sin embargo, como los conceptos de revolución y guerra civil a menudo se plantean como opuestos entre sí, solemos olvidar que lo que en realidad ocurrió fue una revolución social. Los proletarios negros y blancos, temporalmente unidos, dirigieron una revolución para abolir la esclavitud y luego, durante la reconstrucción, iniciaron una lucha aún más larga para construir una democracia interracial. Mientras los nuevos libertos luchaban contra los antiguos propietarios de plantaciones, blancos y negros crearon una especie de comuna en el Estado Libre de Jones, Mississippi, mientras que los libertos tomaron el control de su destino en las islas del mar. Al mismo tiempo, esta oleada revolucionaria puso en marcha una contrarrevolución que durante la época de la reconstrucción llevó a la derrota de todo vestigio de democracia interracial.

Aunque no se la recuerda de esta manera, la Guerra Civil Estadounidense fue tan revolucionaria como la Comuna de París de 1871, la Revolución Rusa de 1917 o la Revolución China de 1949. Sin embargo, más que el socialismo, el anarquismo o la liberación nacional, fue la síntesis de raza y clase lo que puso de manifiesto una versión singularmente estadounidense de la revolución, marcada por la triple dinámica de la guerra civil, la abolición y la reconstrucción. Esta tradición emancipadora tiene sus raíces en siglos de revueltas de esclavos, deserción y resistencia cotidiana a la esclavitud.

Quienes busquen una revolución anarquista o comunista al estilo europeo no la encontrarán aquí. Somos un país que nunca se ha acercado a ese tipo de revolución. Sin embargo, hemos tenido una revolución en forma de guerra civil contra la esclavitud capitalista y la supremacía blanca. ¿Por qué nunca ha habido una revolución comunista o anarquista en los Estados Unidos? En nuestra opinión, la respuesta a esta pregunta se encuentra en la historia de la dominación racial blanca en este país. Aunque esta conclusión pueda parecer simplista, es el resultado de un análisis profundamente complejo de la historia estadounidense. Los movimientos revolucionarios nunca han logrado superar el orden racial dominado por los blancos que define la estructura de clase estadounidense, y por eso la estructura del conflicto de clases en Estados Unidos sigue gravitando en torno al problema racial.

Aunque la esclavitud fue derrotada, la liberación de los negros no fue completa. La derrota de la esclavitud mobiliaria dio lugar a un siglo de leyes Jim Crow, mientras las cuestiones sociales fundamentales que la Guerra Civil había planteado -tierra, vivienda, educación, salud- siguieron negándose a las masas negras. Si bien el movimiento de derechos civiles consiguió eliminar muchos obstáculos legales, sólo estimuló el surgimiento de una clase media negra adaptada a las necesidades del capitalismo y el Estado, dejando a los demás librados a su suerte.

La Guerra Civil Estadounidense sigue inconclusa. Que su espectro haya reaparecido hoy no es ninguna casualidad: la raza sigue siendo un mediador de clase, no sólo a nivel fenomenológico, sino también en la organización específica de la sociedad clasista. Esta tensión es inherente a los Estados Unidos.

¿Y si, en lugar de evitar esta contradicción, le prestamos atención y la estudiamos? Una gran parte de la izquierda radical admite que la raza es central y constitutiva del capitalismo, pero en cuanto pasan a ocuparse de la lucha de clases y la revolución, ese tema se desvanece y el dogma pasa a primer plano. Pero si consideramos la raza como central en la lucha revolucionaria de este país, la forma de ambos elementos cambia. En el espíritu de Fanon, debemos «estirar» nuestro análisis de clase hasta darle sentido a la dinámica racial. Así podemos ver que en el caso de los Estados Unidos, la dominación demográfica blanca y el racismo han configurado los contornos de la lucha de clases. Si el proceso de revolución, descolonización, abolición y liberación de los negros adoptó la forma de una guerra civil, esto fue precisamente por la configuración específica de clase y raza que caracteriza a este país.

Ayer y hoy

Aunque la estructura de la revolución en Estados Unidos está determinada por la dinámica de la primera guerra civil, sería erróneo superponer el pasado al presente. Los Estados Unidos son muy diferentes hoy de lo que eran en el siglo XIX. La primera guerra civil contó con una burguesía en ascenso organizada en el Partido Republicano y en el Norte, abocada a expandir el capitalismo haciéndolo entrar en el siglo XX. Hoy en día no hay ninguna dinámica semejante a la vista. La burguesía estadounidense y el capitalismo atraviesan una crisis severa. La pandemia ha desencadenado una nueva recesión, agravándose las tendencias económicas descendentes iniciadas en la crisis de 2007/2008. No hubo una recuperación que siguiera una curva en forma de V entonces y no la habrá ahora. Además, el Partido Demócrata prosigue su carrera hacia el neoliberalismo y Biden ha rehusado todas las demandas de los movimientos sociales populares: atención sanitaria universal, Green New Deal y #Defund.

Durante y después de la primera Guerra Civil Estadounidense, el gobierno federal proporcionó tropas y recursos materiales para la defensa de los negros durante la reconstrucción. Esto sin duda cerró muchos horizontes radicales, pero al mismo tiempo era la única estrategia que los negros libres podían seguir. Mientras las masas de blancos pobres no estuvieran dispuestas a luchar codo a codo con los negros libres, el gobierno federal era el diablo al que los negros estaban obligados a aliarse. El legado de la Reconstrucción dejó una poderosa tradición socialdemócrata «negra» arraigada en los movimientos de masas, tradición que hoy debe ser superada. La única forma de que las masas negras la superen es perseguir, a través de la lucha insurgente multirracial, un nuevo horizonte capaz de zanjar al mismo tiempo el problema racial, la cuestión del Estado y la economía política.

La primera guerra civil fue una lucha entre dos regiones distintas de los Estados Unidos, ambas con capacidad industrial y de producción de alimentos. Una guerra civil moderna tendría una geografía totalmente diferente. No sería el Norte contra el Sur. Sería un conflicto dentro de cada metrópoli, en cada ciudad, en cada pueblo, en cada suburbio, en cada estado y región. Por supuesto, cabe esperar una intensa polarización en lugares como Portland y Seattle, donde los conflictos políticos han sido particularmente intensos en los últimos tiempos. Pero también surgirán conflictos en ciudades más pequeñas, pueblos y suburbios, que tienen muy poca historia reciente de rebelión, como acabamos de ver en el levantamiento por George Floyd. En las ciudades más pequeñas como Kenosha, Rochester, Lancaster, hay una mayor concentración de racistas blancos y existen cuerpos policiales más reducidos, lo que las convierte en lugares particularmente volátiles en un escenario de guerra civil. Si en las ciudades grandes las personas de color representan una proporción mayor de la sociedad y los racistas blancos tienden a esconderse detrás de la policía, en los pueblos pequeños y los suburbios, los BIPOC (negros, indígenas y personas de color) pueden verse rodeados por un mar de blancos a menudo dispuestos a participar en acciones extrajudiciales para defender el capitalismo y el Estado. Es menos probable que estas zonas geográficas hayan experimentado la revolución de los derechos civiles que modificó a la burocracia, las fuerzas policiales y la gobernanza en las grandes ciudades. Por lo demás, en los pequeños pueblos, ciudades y suburbios, los blancos han visto colapsar sus privilegios, lo que a menudo ha dado lugar a muertes por desesperación. Este creciente empobrecimiento está favoreciendo el reclutamiento en la extrema derecha, que achaca el declive social a los inmigrantes y a las personas de color de las zonas urbanas. Una estrategia de guerra civil revolucionaria tendrá que dividir al proletariado blanco en estas áreas y hacer que algunos de ellos adhieran a un programa revolucionario que busque expropiar los medios de producción necesarios.

Respecto de esta cuestión no debemos hacernos ninguna ilusión: las divisiones políticas y demográficas entre las ciudades, pueblos, suburbios y el campo serían tremendamente difíciles de navegar en un escenario de guerra civil. En este contexto, un movimiento revolucionario tendría que poner a su favor a los obreros de la industria alimentaria y manufacturera, muchos de los cuales no se encuentran en las ciudades grandes, donde la gente tiende más bien a trabajar en el comercio minorista, los servicios y la logística, sino que viven en ciudades más pequeñas, en los pueblos, suburbios y en el campo. Aunque estas zonas tienden a ser predominantemente blancas, hay un número significativo de personas de color concentradas en la mano de obra agrícola y manufacturera. La mano de obra de las grandes granjas donde se producen la mayoría de los alimentos en este país, por ejemplo, está compuesta en gran parte por trabajadores latinos. Estos trabajadores serían esenciales para vincular las ciudades aburguesadas a un proceso de producción socialmente coordinado. La revolución no puede triunfar ocupando sólo las plazas de las ciudades, los conjuntos residenciales, las sedes de los bancos, etc.

Antaño la relación clásica entre la ciudad y el campo consistía en el intercambio de bienes industriales por alimentos. Como las ciudades se han convertido en bastiones de bienes raíces, finanzas, turismo y otros bienes inútiles, ya no pueden participar en esta relación. La base industrial restante que circunda a las ciudades en los suburbios y otras áreas, probablemente no produce todos los bienes precisos que las granjas necesitan. Para que una revolución tenga éxito, la producción tendría que ser coordinada a nivel internacional entre el proletariado internacional y el amplio proletariado de los Estados Unidos.

Como la geografía de la lucha revolucionaria se extiende más allá de las grandes ciudades, ¿qué es lo que unirá a estos vastos territorios? ¿Serán las organizaciones, los medios de comunicación social, los automóviles, la crisis o la creciente marea de luchas de masas? Probablemente se necesitará una combinación de todas estas fuerzas y elementos en formas nuevas y creativas para tejer hilos fuertes y largos que se extiendan por cientos de kilómetros. La inmensidad de este país ciertamente juega un poderoso papel político en mantener a los proletarios separados unos de otros. ¿Serán capaces los militantes de utilizar los vehículos motorizados y la red de carreteras para coordinar y organizar a las fuerzas insurgentes a nivel regional y nacional?

El proletariado latino

Mientras que la primera guerra civil fue esencialmente un asunto entre blancos y negros, la segunda guerra civil será mucho más compleja. La principal diferencia demográfica entre la Primera y la Segunda Guerra Civil es el crecimiento del proletariado latino. Hoy en día, los latinos representan el 18,5% de la población, y hay más latinos en el país que negros. Dado que los proletarios latinos representan una parte desproporcionada del sector agrícola, lo que ellos hagan en caso de crisis revolucionaria será decisivo, ya que tienen el potencial de contrarrestar el racismo del campo predominantemente blanco. El proletariado latino podría desempeñar un papel vital en poner en marcha una forma revolucionaria de reproducción social, como tendrá que ocurrir en los sectores que serán necesarios para alimentar la revolución.

Masas de proletarios latinoamericanos han emigrado a los llamados Estados Unidos y se han convertido en mano de obra barata para el capitalismo estadounidense, desempeñándose en los trabajos peor pagados. Son perseguidos por el ICE (Servicio de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos) y se hallan bajo la constante amenaza de deportación. El contexto abolicionista de la sublevación está maduro para resistir al ICE y a los demás aparatos de deportación. El antagonismo con el ICE ha sido una característica de todo el levantamiento, como hemos visto en California y Oregon. Incluso antes de la erupción del levantamiento de George Floyd, los prisioneros indocumentados ya protestaban en reacción a las malas condiciones sanitarias en los centros de detención del ICE.

Sin embargo, aunque ocupan una posición muy precaria dentro de la estructura de clases estadounidense, los proletarios latinos son pese a ello cortejados por los blancos y son proclives a mostrar intensos sentimientos contrarios a los negros. Nadie quiere ser negro en América. A todos los inmigrantes se les enseña todo tipo de mierda anti-negra. La mayoría de los movimientos por los derechos de los inmigrantes, al insistir en que los inmigrantes son personas buenas, respetuosas de la ley y trabajadoras, fácilmente se vuelven hostiles a los negros.

Como todos los sectores de la clase obrera, el proletariado latino tiene muchas tendencias contradictorias. El término «latino» en sí mismo es un término vago y bastante amplio que no logra captar la dinámica interna y las contradicciones de cualquier comunidad que pueda definirse como latina. Además de las divisiones de género y clase, las divisiones nacionales se traducen en relaciones políticas y económicas muy diferentes con el capital y el Estado. Otra contradicción importante es la forma en que una gran proporción de ciudadanos latinos ven a los inmigrantes indocumentados, como criminales que han cruzado la línea de lo aceptable. Estas y otras contradicciones tendrán que ser resueltas en el proceso de la actividad revolucionaria de las masas.

Aunque gran parte de nuestro análisis se centra en las relaciones entre negros y blancos dentro del proletariado, es innegable que el proletariado latino sería una fuerza decisiva en un escenario de guerra civil, especialmente porque muchos trabajadores latinos trabajan actualmente en algunas de las industrias más importantes del país, incluyendo granjas y centros de procesamiento de alimentos. Aunque es inspirador que una capa de proletarios latinos haya participado y luchado junto a proletarios negros y blancos en el levantamiento de George Floyd, la continuación de esta lucha común y la profundización de su reciprocidad no están en absoluto garantizadas. Para empezar, asumir que una piel más oscura se traduce automáticamente en unidad política es demasiado simplificador. Del mismo modo, que una opresión sea compartida no siempre significa que haya unidad. Como todos los proletarios, el proletariado latino se enfrenta también a esta elección: o se une al levantamiento, o se abstiene de participar en él, o lo ataca. Esta elección estará inevitablemente marcada por cuestiones relativas a blancura, solidaridad con la liberación negra, ciudadanía, fronteras y trabajo. La forma en que el movimiento negro se desenvuelva en cada una de estas áreas específicas de lucha tendrá una poderosa influencia en lo que los proletarios latinos decidan hacer.

La revolución social

¿Cuál es el impacto de la crisis en el desarrollo de un movimiento revolucionario? ¿La actual escalada de tensiones políticas está destinada a convertirse en una guerra por el poder entre diferentes facciones de la burguesía, o en un enfrentamiento entre grandes ejércitos? ¿O podemos convertir la crisis actual en una guerra revolucionaria para derrocar al capitalismo? ¿Cómo van a cambiar las cosas cuando decenas de millones de personas no tengan suficientes ingresos, alimentos y dinero para pagar su alquiler? ¿Cuál es la relación entre la guerra civil y la revolución?

En el curso de su lucha contra la clase dominante, todo movimiento revolucionario está obligado a defenderse del Estado y de las fuerzas de la contrarrevolución que buscan proteger la sociedad de la clase dominante. Cualquier intento de desafiar al poder siempre se topará con la represión y la violencia, que deben ser contrarrestadas para intensificar y expandir aún más la lucha revolucionaria. Como podemos ver hoy y a lo largo de la historia, la tensión entre revolución y contrarrevolución propicia una guerra civil latente que corre el riesgo de volverse una guerra abierta y sangrienta. La cuestión es cómo participar en estas dinámicas polarizantes de manera que se derroque al capital y al Estado y se amplíe el campo de participación de las masas en la revolución social.

La revolución social, aunque inseparable de la guerra civil, es un proceso propio y diferente de ella. La forma de la revolución social está determinada por los métodos de lucha de los proletarios, su elección de objetivos y su imaginación política. Concretamente, se trata de romper las relaciones mercantiles mediante la apropiación de las instituciones y lugares de producción necesarios, y mediante la creación de un sistema de reproducción social sin clases que beneficie a todos, en el que la riqueza ya no esté condicionada por el tiempo de trabajo. La revolución social no sólo implica la autoactividad de las masas proletarias en su lucha por apoderarse de la infraestructura de la sociedad, sino también la forma en que capta la imaginación del pueblo y conquista a la abrumadora mayoría de las personas para el objetivo final que se imagina para sí mismo: el fin del capitalismo. Al involucrar al mayor número posible de personas en el proceso de hacerse cargo de la sociedad, la revolución social reduce el alcance y la escala de una posible guerra civil. De esta manera, el destino de la guerra civil y el de la revolución social están ligados de manera inversa.

Mientras que la Guerra Civil Estadounidense provocó una revuelta de la propiedad (que tenía la forma de seres humanos negros) contra el poder esclavista, el sujeto revolucionario hoy es un proletariado acosado por la policía y enfrentado a una tremenda desigualdad durante generaciones, que tendrá que enfrentarse al espectáculo de una sociedad totalmente mercantilizada. El hecho de que el preámbulo de lo que podría ser la Segunda Guerra Civil haya comenzado con un levantamiento antipolicial tiene sentido, en un momento en que los servicios de bienestar social del Estado se han retirado mientras que su aparato represivo no ha hecho más que exacerbarse en los últimos cincuenta años. Al mismo tiempo, muchos de los participantes en el levantamiento también se hicieron ver debido a los efectos económicos de la pandemia, por su odio a Donald Trump y porque al fin encontraron una manera de luchar contra el sistema. Estos y otros agravios fueron vertidos en la forma del levantamiento por George Floyd, forma que en todo caso no puede contener todas esas cuestiones, por lo que la situación seguirá siendo explosiva. La forma en que el contenedor explota es importante. En una versión, las demandas de liberación negra serán olvidadas o quedarán diluidas: la policía, las prisiones, las penitenciarías y el resto del sistema penitenciario quedarán al margen. En otra versión, los movimientos adoptarán una perspectiva abolicionista y se profundizará el proceso de revolución social. Aquí la abolición no será un conjunto de reformas destinadas a aliviar la congestión de la policía, las prisiones y el ejército; sino que adoptará un carácter revolucionario bajo la forma de una guerra de clases contra todos esos elementos de la sociedad cuya función es vigilar, disciplinar y controlar la vida proletaria. La abolición no puede tener lugar sin una revolución social que destruya el capitalismo y el Estado. Esta conexión no es difícil de imaginar, ya que la policía continúa desalojando a la gente de sus casas, protegiendo las tiendas de comestibles y los almacenes de los proletarios hambrientos, y asesinando a los proletarios negros y a otros miembros de la clase obrera. Sin embargo, los grupos oficiales de Black Lives Matter no han captado en absoluto esta dinámica de clase, y generalmente tratan de contener el movimiento dentro de un sistema de asistencialismo étnico.

El camino a seguir en cambio es el verdadero levantamiento, con huelgas, disturbios, toma de hoteles y creación de zonas autónomas. En este sentido, el embrión de la revolución ya existe en el presente, y nuestra tarea es conectar con él y participar en formas de acción directa que puedan ayudarle a desarrollarse en una dirección más estratégica. O bien estas luchas se extenderán a nuevas formas de acción de masas como huelgas generales, bloqueos, toma de los medios de producción, etc., o bien quedarán aisladas y serán derrotadas. Creemos que la extrema izquierda comunista y anarquista puede desempeñar un papel importante en este proceso, aunque es muy probable que el movimiento en sentido amplio no se entienda en términos de anarquismo o comunismo. Por el contrario, es más probable que un movimiento revolucionario se vea a sí mismo como que ha terminado la guerra civil, bajo la bandera resucitada de la abolición.

«No tenemos las armas, no estamos listos»

Los Estados Unidos son la sociedad más fuertemente armada del planeta. El número de armas en manos de particulares supera con creces el número de armas en manos de la policía y el ejército. Esta pasión por las armas de fuego se remonta al legado de los colonos y del esclavismo sobre el que se fundó este país. Hoy en día, la mayoría de las armas no están en manos de gente que consideraríamos amigos o camaradas. Es un hecho difícil. Sobre el papel, un enfrentamiento armado resultaría en una rápida derrota para nosotros. Pero el éxito de los movimientos revolucionarios no se mide por el simple recuento de quiénes poseen más armas. Si ese fuera el caso, los vietnamitas nunca habrían derrotado al ejército de los Estados Unidos, ni los esclavos de Haití habrían tenido una oportunidad contra el ejército de Napoleón. Ninguna dictadura en la historia habría sido derrocada. Sin embargo, no se puede negar que tales cosas han ocurrido y siguen ocurriendo.

Las revoluciones no son tiroteos entre los buenos y los malos. Una revolución exitosa no vendrá de una vanguardia de revolucionarios armados, sino de millones de personas comunes y corrientes involucradas en disturbios, huelgas, ocupaciones y otras formas de lucha de masas. No es que de repente compraremos más armas que las que tiene la derecha. Por el contrario, son las divisiones políticas que el movimiento pueda provocar en la sociedad las que podrían cambiar radicalmente la aritmética de las armas. Esto significa dividir a la población blanca, sí, pero sobre todo, significa dividir a la Guardia Nacional y a las fuerzas armadas, y ganar a algunos de ellos al bando de la revolución. Estas fuerzas no sólo tendrán las armas, sino que sabrán cómo usarlas y podrán entrenar a otros. Para ello, debemos explotar las fisuras en el campo militar. Durante la guerra de Vietnam, los soldados, sobre todo los negros, se rebelaron contra sus oficiales. Más recientemente, durante el levantamiento de este verano, las unidades de la Guardia Nacional rechazaron la orden de atacar a los manifestantes y en vez de eso soltaron sus armas. Esos momentos deben ser tomados en serio. La creación de alianzas entre soldados rasos puede desestabilizar el poder represivo del Estado y será crucial para determinar el resultado de un conflicto revolucionario.

Al mismo tiempo que nos encargamos de los medios de producción esenciales necesarios para alimentar, vestir y cuidar a todos, también será necesario defender estas unidades de producción contra las fuerzas de la contrarrevolución, entre las que se encuentran, por supuesto, la policía, pero también un núcleo duro de civilizadores racistas que defenderán el capitalismo hasta el final. Este núcleo racista debe ser superado y destruido en una revolución social que deberá ser capaz de dividir al ejército y a la sociedad blanca. En este sentido, claro que se necesitarán armas; pero el equilibrio de poder no se basa en quién tiene más armas. Si este criterio no debe ser la base de nuestras decisiones políticas, es porque este tipo de cálculo sólo puede llevar a una conclusión: dado que no tenemos muchas armas, lo que debemos hacer es calmarnos. Por el contrario, el equilibrio de poder se decidirá fundamentalmente a partir de la masividad de nuestro movimiento, de nuestra capacidad para capturar los centros neurálgicos de la producción, y de nuestra capacidad para proyectar el conjunto de políticas más emancipadoras que podamos imaginar. Para defender los logros de la revolución, algunos proletarios tendrán que organizarse en grupos armados. Las fuerzas armadas de seguridad fueron una característica del levantamiento de George Floyd, de modo que esto ya está sucediendo en cierta medida. Pero si estos grupos se convierten en grupos armados especializados, corren el riesgo de quedar aislados y establecer una nueva forma de control social y, en el peor de los casos, corren el riesgo de convertirse en una fuerza policial «revolucionaria», un ejército «popular» y un «estado obrero». Esto llevaría a la desaparición de cualquier proceso revolucionario. Si la lucha armada se convierte en una lucha militarista de una fuerza convencional contra otra, los insurgentes sólo se convertirán en un nuevo tipo de Estado, una nueva clase dominante, una nueva fase del capitalismo.

Conclusión

La historia que arroja más luz sobre el momento actual es la época de la Guerra Civil. Esta historia ilumina intensamente la trayectoria del presente. La Guerra Civil, la Abolición y la Reconstrucción son los asuntos pendientes de esta tierra. Esto es «Amerikkka»: nuestro destino siempre ha sido la guerra civil. Las revoluciones en general son inseparables de las guerras civiles y no vemos ninguna razón para que esto no sea así en el futuro. Huir de la inminente guerra civil es correr hacia el liberalismo y la socialdemocracia, es decir, hacia la supremacía blanca. No nos hacemos ilusiones y sabemos que la mayoría de la gente es reacia a admitir esto, pero al igual que con la primera Guerra Civil, el asunto es que no tenemos otra opción. La estructura de raza y clase en los Estados Unidos hace que la guerra civil sea una parte inevitable de cualquier movimiento revolucionario. Cuanto más conscientes seamos de este fenómeno, mejor podremos gestionarlo y vincularlo a un proceso de revolución social. En este punto, sin embargo, es la extrema derecha la que impone los términos de este prolongado conflicto. Una presidencia de Biden no cambiará esta dinámica fundamental. Aún no está claro si la extrema izquierda desarrollará o no su propia estrategia coherente de escalamiento del conflicto. Afortunadamente, una verdadera guerra civil no ocurrirá mañana. Todavía hay tiempo para prepararse.

Muchos dirán que la guerra civil no está a la orden del día porque en ninguna parte de las clases dominantes vemos a una fracción seria o numerosa presionando en esa dirección. Por ahora, eso es correcto. Las divisiones aparecen primero en la calle. Pero aquí la dinámica no sería diferente de la primera Guerra Civil. Fue la autoactividad de los esclavos fugitivos, la participación de los abolicionistas en la acción directa decisiva, y la cuestión más amplia de la expansión de los territorios de esclavos, lo que impulsó la dinámica del conflicto abierto. Sólo en una fase tardía las respectivas clases dirigentes terminaron por aceptar la realidad de la Guerra Civil. En este sentido, buscar las raíces de la Segunda Guerra Civil a nivel de la burguesía es un error. Las semillas de la Segunda Guerra Civil crecerán desde la tierra, como lo hicieron la primera vez. De hecho, la burguesía será probablemente la última clase que acepte que la revolución y la guerra civil están tocando a la puerta. Y eso es porque ellos son los que más tienen que perder.

Nuestra convicción fundamental es que para que la revolución proletaria tenga lugar en los EE.UU., la supremacía blanca y el orden racial deben ser completamente derrotados. Esta lucha amenaza con desencadenar una guerra civil que dividiría a toda la sociedad. Queda por ver si los blancos que se matan entre sí por la cuestión de Black Lives Matter han empezado a cambiar de mentalidad. En cuanto a la cuestión de la raza, los proletarios negros no confían necesariamente en los proletarios blancos o en los proletarios de color no negros. Sólo intensificando y profundizando el proceso dinámico que inevitablemente vincula la cuestión de la revolución con la de la guerra civil se pueden resolver de una vez por todas las contradicciones que envuelven al problema racial.

Hemos establecido en términos generales las estrategias para minimizar la guerra civil y expandir la revolución social. Grandes sectores del proletariado tendrán que desarrollar una respuesta organizada a la crisis del capitalismo: esto dependerá en gran medida de nuestra capacidad para apoderarnos, defender y transformar las industrias necesarias para la reproducción social. Los detalles exactos de esta respuesta sólo pueden ser determinados por los proletarios que actúen y piensen sobre el terreno, y a partir de su propia iniciativa.

— Shemon & Arturo