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Homo 8: Butch y Fem en Buffalo

lunes, enero 25th, 2021

 

Butch y Fem… Un modo de relación sexual y amorosa entre mujeres, a menudo objeto de escándalo o desprecio, rechazado por algunas feministas que lo ven como un renacimiento caricaturesco de los códigos heterosexuales y, por lo tanto, de la dominación masculina.

Más allá de lo pintoresco o del juicio, aquí hay más que una minoría sexual marginal: Butch y Fem han tenido un significado social y una realidad de clase.

Lo esencial de este capítulo se basa en un estudio de Elisabeth Lapovsky-Kennedy y Madeleine Davis, quienes entrevistaron a varios cientos de mujeres de Buffalo desde fines de la década de 1930, hasta principios de la década de 1960, antes de resumirlo en un libro publicado en 1993. Comprometidas con los movimientos feministas y lésbicos, estas historiadoras privilegiaron la historia oral, “ya que las mujeres que frecuentaban los bares gay y de lesbianas eran, en su mayoría, de la clase obrera y no dejaron ningún registro escrito”. [1]

Lo privado/Lo público

En la vida de gays y lesbianas, los bares -espacios públicos, pero relativamente protegidos de la mirada indiscreta- han tenido un rol esencial. En Buffalo, la segunda ciudad más poblada del Estado de Nueva York, la guerra siguió la misma evolución que en el resto del país. La movilización de 1.6 millones de hombres y 300.000 mujeres favoreció la mezcla de los individuos, una sexualización de los modales y un fenómeno, sin duda, no tan anecdótico: el cambio de los códigos de vestimenta, en particular el uso de pantalones por parte de las mujeres. La proporción de mujeres en la fuerza laboral aumentó del 27% al 37% entre 1940 y 1945, y una de cada cuatro esposas trabajaba fuera del hogar, lo que brindó a las mujeres más autonomía y oportunidades de encuentro para aquellas cuyos esposos eran soldados.

En la década de 1940, por razones más comerciales que de activismo, se abrieron bares homosexuales, algunos de los cuales sirvieron además como salas de espectáculos para una clientela que mezclaba a negros, blancos, gays, lesbianas y heterosexuales, así como también a prostitutas y delincuentes menores. En el espacio que les fue posible, gays y lesbianas coexistieron sin tener una “voluntad ideológica de separarse” del resto. “No estábamos segregados, como lo estamos ahora. Ir a un bar gay estaba bien. (…) Siempre íbamos a los mismos bares, así fue como conocimos a tantos chicos gays”, dice Joanna.

Pero la relativa tolerancia facilitada por la guerra fue seguida, después de 1950, por una represión política y policial hacia la homosexualidad, junto con un regreso de la estructura jerárquica de los roles al interior de la familia nuclear, en la que los hombres pagaban, quedando las mujeres relegadas al papel de ama de casa. Así, una mujer que gustaba de las mujeres corría el riesgo de ser expuesta como «desviada» y perder su trabajo y el margen de libertad que le ofrecía esa autonomía financiera; por esa razón tuvo que separar la vida privada de la pública. Una lesbiana que trabajó en una fábrica de 1936 a 1966 dijo que siempre había sido discreta sobre su orientación sexual, resultando así que lo que era posible y aceptable para una adolescente le estaba prohibido a una adulta. [2]

Buffalo era por entonces una ciudad industrial con mucha gente trabajando en la industria del acero y en la fabricación de automóviles. Contrariamente a la «larga tradición de socialización erótica explícitamente transclasista» de los gays, la clientela lesbiana de los bares estaba marcada por una fuerte «homogeneidad» social, dado que eran frecuentados principalmente por una «comunidad de lesbianas trabajadoras», vale decir mujeres de clase obrera, por lo que las lesbianas de clase media eran reacias a visitar esos bares, por temor a empañar su imagen social.

Butch y Fem 

La gente acudía a estos lugares para beber, divertirse, encontrarse con amigos o con la esperanza de lograr un encuentro romántico. Todas las personas entrevistadas «coinciden en la preeminencia de los roles butch/fem en la comunidad lésbica pública»; un código bien establecido y generalmente respetado, muy significativo en Buffalo debido a la sociología industrial de la ciudad, pero visible en todos los grupos de lesbianas antes de 1970.

Originalmente, butch significaba un chico u hombre bastante «duro», de tipo fornido y varonil. La elección del término indica el deseo de algunas mujeres, a través de la vestimenta y la actitud, de encarnar una de las imágenes masculinas dominantes en ese momento. Por el contrario, la mujer (a menudo escrita fem por los interesados, como lo haremos aquí para no confundirnos con mujer en francés) representa el polo femenino: «Como en la mayoría de los lugares, los roles butch/fem dieron forma no solo a la imagen lesbiana, sino también al deseo lésbico, y formaron la base de un sistema erótico”.

Las butches empleadas en la fábricas por lo general no exhibían una personalidad peculiar en las empresas donde laboraban, pero en las noches salían ataviadas con sus ropas de trabajo. Por otro lado, al aparecer disfrazadas de obreros, aquellas que ejercían oficios de cuello blanco optaron así por un estilo «proletario» que les estaba vedado durante el día. Ambos participaron en la valorización del proletario varón, al igual que, antes de la guerra, los homosexuales en la buena sociedad buscaban un amante masculino entre los marineros o los peones. Pertenecer a la clase obrera era en ese tiempo constituí un símbolo de poder, incluso evocaba una fuerza amenazante, dotada de un poder de atracción inquietante, tanto ante sí misma como ante el resto de la sociedad. [3]

Siendo espacios festivos, estos bares fueron también escenario de frecuentes disputas entre butches y heterosexuales, incluso entre lesbianas. Una de las razones de esta violencia era la necesidad de conquistar su espacio. “Los bares eran nuestro único territorio”, explica Toni: “a menos que permanezcamos ocultas, el lesbianismo no se puede vivir en paz”. La aparición de las butches convirtió a esos lugares en sitios marginados, que sólo encontraron un lugar en los barrios infames y en bares a veces controlados por la mafia. Negándose a cualquier indulgencia (excepto con su propia familia), añadieron así una cuota de auto-marginación a la discriminación que ya sufrían a causa de su orientación sexual.

Las lesbianas de Buffalo, especialmente las butches, formaban parte de una subcultura sexual que incluía prostitutas y show girls, que compartían el gusto por la pelea. Muchas marimachos y mujeres tenían sexo con hombres de vez en cuando, por dinero en efectivo o por alcohol. “En general, la prostitución era una ocupación aceptada por las mujeres, aunque en su comunidad no eran infrecuentes los procesos judiciales motivados por consideraciones morales».

Para estas mujeres, pasar horas en el bar varias tardes a la semana les ofrecía un medio de socialización entre los escasos medios que tenían entonces a su alcance: «En una sociedad hostil a las lesbianas, esta solidaridad ofrecía un apoyo poderoso».

En esta comunidad lésbica, la dureza, incluso la agresividad de las butches, las protegía al mismo tiempo que las debilitaba: “La postura defensiva y la competencia por los amantes y por lograr posiciones de poder desalentaban la creación de amistades cercanas. En este sentido, las uniones fueron efímeras, puesto que además muchas de ellas se convirtieron y terminaron entregándose a la vida matrimonial”.

Sin embargo, con el tiempo, las lesbianas fueron ganando dolorosamente en visibilidad, ya que el público y los medios de comunicación evolucionaron desde la ignorancia (de lo que se prefiere no ver) hacia una cierta fascinación. El precio de la sal, una novela lésbica (luego reeditada con el título Carol) publicada bajo seudónimo por Patricia Highsmith en 1952, vendió casi un millón de copias de su edición rústica. [4]

Una sexualidad polarizada 

En las relaciones físicas entre butch y fem, se supone que la primera es la activa, mientras que la segunda representa el rol pasivo; estos roles no son recíprocos. En este sentido, el propósito -y la gratificación- de butch es dar placer a la femen un sistema erótico que «imita y transforma los patrones heterosexuales».

El cambio de un estatus a otro no es común: «la polaridad de género impregnaba toda esta cultura y, por lo tanto, era difícil escapar de ella». Muchas mujeres que comenzaron como marimachos en la década de 1940 todavía lo hacen veinte años después. Dejar un papel que uno pudo haber elegido en un principio, pero que luego fue asignado, es, sin embargo, menos difícil para una mujer, por lo que este cambio en los roles se tornará más frecuente a partir de 1960 (leeremos el testimonio de Joan Nestle más abajo).

La mayoría de las veces será la butch quien tome la iniciativa al momento de la seducción. Esta dinámica podía tomar la forma de una competencia entre butches, lo que generó tensiones basadas en una «inestabilidad creada por las relaciones de poder contradictorias entre butch y fem«. Será por eso que, sin duda, las relaciones amorosas tomarán la forma de una monogamia en serie, con parejas sucesivas, más que la forma de amores fluidos y múltiples.

En los años cuarenta, estas mujeres hablaban poco de sexualidad, salvo entre amantes. El acto más practicado, según relatos, es el tribadismo, es decir, el roce del clítoris contra el cuerpo de la amante para lograr así el goce sexual.

Dos marimachos podían ser amigos, nunca amantes, lo mismo podía pasar entre dos mujeres. De acuerdo con este esquema binario de género sexuado, «se esperaba que la butch fuera la que hace y da placer», mientras que la fem es quien recibe y por medio de su placer llena a la butch.

A partir de los años cincuenta, comienza una evolución, ya que en este entorno comienza a debatirse públicamente acerca de la imagen de la butch, además, la práctica del tribadismo deja de ser el acto sexual más habitual. Junto a esto, se comienza a hablar libremente de la sexualidad y del orgasmo, lo que se hacer sentir en el resto de la sociedad estadounidense. Como reacción a esto, aparece la figura de la marimacho intocable, la marimacha de piedra. La figura del ideal del «duro» análogo al hombre, que no sufre, no llora y al que le gustaría tocar sin ser tocado… el hombre de piedra.

Juegos de roles… ¿a qué estamos jugando?

La dualidad butch/fem era «un principio organizador que impregnaba distintos aspectos de la cultura lésbica de la clase trabajadora». «El gusto de las butches por el glamour era tal que las bailarinas mejor vestidas y maquilladas eran fácilmente admitidas en la comunidad».

«Los gestos butch/fem se inspiraron en el comportamiento masculino y femenino, respectivamente, tal como lo mostraban las películas de Hollywood», lo que incluía el cómo caminar, sentarse, tomar una copa, fumar y bajar la voz. “La mayoría de las butches eran excelentes imitadoras que habían dominado las complejidades de la comunicación masculina no verbal”. Inspirándose en los rockeros, las butches blancas más duras adquirieron el atractivo ‘despreocupado e intenso’ de Elvis, mientras que las mujeres seguían las últimas modas de las estrellas de la pantalla, vistiéndose con nuevos materiales sintéticos, pero también con pantalones, maquillaje que hiciese juego y peinado hiperfemenino”.

Sin embargo, el uso de estereotipos no respondía a la intención de imitar a las parejas tradicionales. Por ejemplo, las hadas no querían ser confundidas con hombres. [5]

Interpretar un papel masculino no significaba pensar en ti misma como un hombre o querer que te considerasen como tal. El propósito de la butch no era «pasar por» hombre, sino acentuar sus características al punto de caricaturizarlo, presentando así un modelo que, de hecho, la rechazaba como mujer y le prohibía entrar y participar en la vida real. Si «la cultura del sexo lésbico se basó en la erotización de la diferencia entre hombre y mujer», fue a partir de una reinterpretación, una traducción y una reapropiación del canon masculino.

Pero parodiar un modelo, en este caso el de las identidades masculino/femenino, ¿lo “subvierte” o lo perpetúa? Según las historiadoras militantes que llevaron a cabo esta investigación, en un momento las lesbianas se vieron obligadas a defenderse imitando al adversario, ya que era una de las pocas armas disponibles en ese momento, lo que podría ser considerado una forma de resistencia «pre-política». De esta manera, la pareja butch/fem habría hecho posible afirmarse en un mundo hostil, atenuando la separación entre el yo privado y el yo público, además de permitirles defender de forma abierta el derecho de una mujer a amar a otra mujer.

Sin sobrevalorar el “código butch/fem”, ni negar el “imperativo social” que se ejercía sobre las lesbianas de la época -obligadas a entrar en uno de los dos roles-, Elisabeth Lapovsky-Kennedy y Madeline Davis ven un aspecto positivo en esta dinámica de roles: “Fue solo entonces que [la lesbiana] pudo ser parte de la comunidad y recibió los beneficios que ésta entregaba. Por lo tanto, hacia 1950, la presión social que se ejercía dentro de la propia comunidad lesbiana no sólo habría sido beneficiosa sino, en las condiciones de la época, necesaria para su construcción y cohesión interna. [6]

El testimonio de Joan Nestlé, ella misma fem, arroja otra luz. Nacida en 1940, fue una de las primeras que formando parte del mundo butch/fem (del que formó parte en Nueva York) quiso hablar abiertamente sobre un tema que, según dice, esperó mucho tiempo antes de abordar.

Según Joan Nestlé, la relación butch/fem no sigue el modelo de la heterosexualidad y el intercambio de roles no es insusual. Volviendo al período 1940-1970, en 1981 escribió: “Las mujeres butch-fem hicieron que el lesbianismo fuera extraordinariamente visible en un período histórico en que no había ningún movimiento que las protegiera. Su aparición fue la prueba de su independencia erótica, lo cual provocaba enfado y censura, tanto de su propia comunidad, como de la sociedad conformista”. En La cuestión de la mujer, de 1984, agrega: «La ironía de ese cambio social es que una posición que en 1950 había sido una expresión política radical en cuanto a lo sexual, ahora es vista como una práctica reaccionaria y no feminista”. Por último, citemos a Bert, una butch que se define como «tocable»: «Una vez en la cama, con la luz apagada y entre las sábanas, no creo que la relación se reduzca a una cuestión de masculino o femenino, o de butch o de fem; es una proporción de 50/50″.

Un desvío por Montreal

Una encuesta realizada por Line Chamberland (*) a las lesbianas de Montreal de habla francesa, describe una realidad similar a la vivida por las lesbianas en Buffalo. [7] Desde 1950, y hasta principios de la década de 1970, estas mujeres -generalmente de origen obrero- frecuentaban la Luz Roja, un barrio caracterizado por la ocurrencia de delitos menores y el ejercicio de la prostitución y el strip-tease (el sector perdió posteriormente estas características) que, en tanto lugar de encuentro de las lesbianas, también era objeto de la represión policial y no estaba ajeno a la violencia verbal y física, incluso entre las mismas lesbianas.

Para Line Chamberland, «en las décadas de 1950 y 1960 no había una cultura lésbica homogénea, sino distintas subculturas definidas por la clase social: las lesbianas de clase trabajadora tenían diferentes formas de reconocerse entre sí». De manera que las personas consultadas guardan recuerdos casi opuestos de esos ambientes. Todas coinciden en calificarlos de «entornos duros y violentos, donde las más rudas imponían su ley». Por otra parte, las lesbianas de clase media recuerdan principalmente el alcohol y los excesos, además de que veían a las butches no como lesbianas reales, sino como mujeres que reproducían los códigos heterosexuales. Por el contrario, las lesbianas de origen obrero indicaron sentirse cómodas allí y subrayaban lo positivo: encuentros románticos y sexuales, solidaridad y valoración de la identidad lésbica.

Además, las lesbianas de clase obrera tenían una vida social diferente: los niños y las niñas frecuentaban los bares incluso antes de la edad legal, butch era una figura conocida en los barrios de clase trabajadora, y no era raro que los padres dejaran a sus hijas bajo su cuidado. Las butches que a menudo trabajaban en oficios generalmente reservados para los hombres (transporte, manipulación fabril, taxi) no estaban sujetas a los requisitos de discreción impuestos en los oficios de la clase media.

Line Chamberland concluye: “Por lo tanto, las lesbianas de clase trabajadora tuvieron un papel clave en el desarrollo de una comunidad lésbica en Montreal, ya que fueron las primeras en hacerse visibles». Los tiempos han cambiado.

Desde…

El imaginario sexual juega con las representaciones de su tiempo. La dualidad butch/fem estaba ligada a la imagen positiva del trabajador norteamericano de la década de 1950, e incluso de su contraparte femenina, simbolizada por la mítica «Rosie the Riveter». En un famoso cartel patriótico de 1943, una mujer ataviada con un overol muestra sus bíceps: “¡Podemos hacerlo! Después de 1945, muchas mujeres abandonaron las fábricas para regresar a casa o trabajar en el sector de servicios, sin embargo, la imagen de Rosie se transformó en un verdadero símbolo feminista occidental.

A partir de ese momento la situación cambió. Buffalo, cuya población activa en 1940 era de 247.000 personas, incluidas 66.000 mujeres, había experimentado, al igual que otras regiones, el declive industrial; 580.000 habitantes en 1950, 350.000 en 1980, 260.000 en 2010. Cuando la realidad de la clase trabajadora es el declive y la decadencia, sus imágenes y símbolos presentan la misma evolución: hoy los overoles están pasados ​​de moda. Asimismo, las costumbres y la indumentaria han evolucionado: hay una moda unisex y hoy vemos menos tacones de aguja en las calles y más pantalones que en 1960.

Desde la década de 1960, el auge del feminismo y la afirmación de la homosexualidad, especialmente la masculina, han transformado la imagen del lesbianismo, que, en algunos sectores, será considerado menos una práctica sexual que un movimiento social o político. Este compromiso no estará exento de contradicciones. En Buffalo, como en cualquier otro lugar, se podría haber esperado que las lesbianas se convirtieran en parte del movimiento feminista, sin embargo, hacer causa común no fue sencillo. Las feministas de clase media lucharon por la reforma legal, mientras que las feministas más involucradas en el mundo del trabajo lucharon por la igualdad salarial y los derechos sociales, y las feministas negras contra la combinación de racismo y sexismo. Lejos de converger, las feministas y lesbianas han vivido relaciones tumultuosas alimentadas por denuncias y violencia. En consecuencia, las guerras sexuales han resultado aún más perjudiciales para un ambiente butch/fem enfrentado a una doble hostilidad. Por un lado, el feminismo mayoritario, dominado por las clases medias blancas en búsqueda de integración, no pudo evitar mostrarse reticente ante un entorno tan irrespetuoso. Cuando el objetivo es ser aceptado socialmente, es mejor evitar comprometerse con quienes más se desvían de las normas. [8]

Por otro lado, desdeñadas por la corriente mayoritaria, las butch/fem también han sido -y siguen siendo en gran parte- rechazadas por una parte considerable del feminismo radical, que las acusa de reproducir estereotipos de dominación masculina; al jugar a ser el hombre, se está jugando el juego del enemigo. Es más, en su camino hacia una promoción social ganada con esfuerzo, las mujeres consideraron que «la imagen butch/fem caracteriza y reproduce las distinciones de clase dentro de la comunidad lesbiana».

Finalmente, aquellas que oficiaban de trabajadoras por la noche (lo fueran o no durante el día) se encontraron desconectadas del movimiento real de mujeres en el mundo del trabajo, cuya defensa de sus derechos básicos y de sus salarios había sido históricamente olvidada por los sindicatos. [9]

¿Comunidad?

Elisabeth Lapovsky-Kennedy y Madeline Davis están convencidas de la existencia de una comunidad de lesbianas (y gays) basada en la identidad social. Para las dos historiadoras, ya sea que esa comunidad estuviese en construcción o tuviera una forma «pre-política» (en 1950), defenderla y promoverla (a finales del siglo XX y desde entonces), es indispensable. Sin embargo, tanto el contenido como la riqueza de su estudio hacen dudar sobre la adecuación del concepto.

Es cierto que los bares lésbicos de Buffalo, como en mucho mayor escala los salones neoyorquinos de las primeras décadas del siglo XX [10] sirvieron como lugares de encuentro, intercambio y solidaridad entre homosexuales, que casi no tenían otra forma pública de conocerse, amarse y ayudarse unos a otros. Las tabernas, por ejemplo, actuaban como «bolsas de trabajo» no oficiales. La marginación y la represión también hicieron necesaria una socialización al margen y en lugares dedicados a ello. Sin embargo, desde que disminuyó la discriminación en su contra, los homosexuales han tenido cada vez menos necesidad de espacios específicos que cumplan con esas funciones. Cuando están «juntos», no comparten más existencia social que los fanáticos del fútbol o los fanáticos de la ópera. Si hoy vamos a un bar o a una fiesta de gays o lesbianas, es mucho más por diversión que por encontrar la solidaridad y el apoyo que sería imposible -o incluso estaría prohibido- encontrar en otro lugar. [11]

Si comunidad significa lo que estructura o ayuda a organizar la existencia, entre los gays y las lesbianas no hay una diferencia cualitativa en comparación con la comunidad que se da entre los heterosexuales, dado que su socialización se efectúa a través de los mismos canales: el lugar de trabajo, el ocio, el deporte, la política… En este sentido, el entorno butch/fem contemporáneo no tiene el papel estructurador de una comunidad.

Elisabeth Lapovsky-Kennedy y Madeline Davis afirman que durante varias décadas «para muchas mujeres su identidad era en realidad butch o fem, en lugar de gay o lesbiana», pero luego dicen que «ser lesbiana o gay se ha convertido en un identidad referencial en torno a la cual las personas se encuentran con otros que son como ellos y construyen su vida”. ¿Debemos concluir que la identidad gay o lesbiana es un fenómeno nuevo, que solo ha existido en Buffalo desde aproximadamente 1960? Parece más lógico pensar que la novedad radica únicamente en el concepto y su popularidad contemporánea, no en la realidad que se supone define. Como han mostrado otros capítulos de esta serie, cuestionar el contenido de la noción de identidad conduce a su destrucción.

“Y espero que algún día ya no veamos butches, ni fems, o ‘intermedias’, ni siquiera lesbianas, sino sólo mujeres, individuos. Libres”. (Carole Nissoux) [12]

— Gilles Dauvé. Abril de 2017.


Notas

[1] Ver el libro de Elisabeth Lapovsky-Kennedy y Madeline Davis incluido en la bibliografía. Las citas se han extraído de este libro, a menos que se indique lo contrario. Si por conveniencia traducimos «working class» (clase trabajadora) por “clase ouvirère” (clase obrera) es porque la expresión inglesa engloba todos los oficios que a menudo son manuales y poco o nada especializados: estas mujeres podían ser trabajadoras de fábrica, pero también conductoras de autobús, mecanógrafas, empleadas en tiendas, centrales telefónicas u hospitales, así como también en peluquerías, servicios postales o como amas de llaves, etc.

[2] El lesbianismo de Buffalo obviamente no se circunscribía solo a los bares. Las Hijas de Bilitis, una de las primeras organizaciones dedicadas a la liberación lésbica al otro lado del Atlántico, fundada en 1955 y activa en la región, reunió a mujeres acomodadas que no frecuentaban estos lugares, a los que consideraban vulgares e innecesariamente provocativos.

[3] Ver en esta serie el capítulo 4: Relaciones de clase entre homosexuales (victorianos): https://ddt21.noblogs.org/?p=1144 (en francés en el original. Versión castellana en:  https://tinyurl.com/y5olw9av).

[4] Volveremos a Patricia Highsmith en un capítulo posterior.

[5] Ver en esta serie el capítulo 5: ¿Qué es un hombre? (hadas y maricas en New York): https://ddt21.noblogs.org/?p=1235 (en francés en el original. Versión castellana en: https://tinyurl.com/y5olw9av).

[6] Esta interpretación no es unánime. Marie-Hélène Bourcier discute que el modelo butch/fem podría haber servido como arma para las mujeres («Le Silence des butchs», publicado en la colección Attirances; ver nuestra bibliografía). Según ella, los mismos hechos relatados en Botas de cuero, pantuflas de oro… demuestran la tendencia entre butches y fems a «impermeabilizar los límites y funciones», es decir, a la adopción por las mujeres de estereotipos masculinos/femeninos. Por tanto, no es necesario defender una práctica opresiva en nombre de los beneficios que, a pesar de todo, traería, por cuanto sus supuestos beneficiarios nunca dejan de ser sus víctimas.

[7] Line Chamberland, Lesbian Memoirs. Le lesbianisme à Montréal entre 1950-1977 (Memorias de una lesbiana. Lesbianismo en Montreal entre 1950 y 1972), Éditions du Remue-house, 1996, 285 p. y Montreal: 1950-1977. La visibilidad lésbica y la importancia de las ninfas y las mujeres, publicado en Atracciones, de donde se toman las citas de este párrafo.

[8] Amber Hollibaugh incluso afirma que, hasta finales de los años sesenta, “el movimiento de mujeres era realmente feroz y brutalmente homofóbico” (cf. nuestra bibliografía).

[9] En los Estados Unidos, en 4 de cada 10 familias la persona que más contribuye a los ingresos del hogar en la actualidad es una mujer. Estas trabajadoras se organizaron, ya sea fuera o, cada vez más, dentro del marco sindical. En el declive, los sindicatos se han visto obligados a depender de categorías que antes ignoraban o despreciaban, y durante décadas la «alianza» ha ido avanzando en tñerminos de las relaciones entre trabajo, género y raza. Véase Kitty Krupat y Patrick McCreery (Ed.): Out At Work. Building A Gay-Labor Alliance, Universidad de Minnesota, 2001. El próximo capítulo de nuestra serie tratará sobre gays y lesbianas en una acería.

[10] Ver nota 5.

[11] Hoy, en países como Francia o Estados Unidos, aunque todavía presente, la hostilidad contra los homosexuales coexiste con una creciente aceptación social. De ahí una tensión entre los homosexuales que desean «mezclarse con la masa» y ciertos activistas (y comerciantes) que tratan de mantener viva una «comunidad». Quizás esto sea también en parte el legado de la “comunidad” defensiva y solidaria creada en la década de 1980 frente al SIDA. Los capítulos finales de esta serie volverán sobre este tema.

[12] Je suis une butch (Soy una marimacha). Publicado en Attirances.