La gramática del neoliberalismo

septiembre 14th, 2021 by CL

Benjamin Noys

Incluido en Dark Trajectories. Politics of the Outside, Joshua Johnson Publ, 2013. Traducido por C. L.

 

Un Dios fracasado

En una frase muy conocida Nietzsche dijo temer «que no nos libraremos de Dios en tanto sigamos creyendo en la gramática”. [1] Mientras que la actual crisis financiera global indica que el capitalismo es ese “Dios fracasado”, me preocupa que aún tengamos fe en la gramática. Para ser más exacto, quiero sugerir que en nuestras críticas al capitalismo, y especialmente al capitalismo en su forma neoliberal, podemos  involuntariamente estar replicando y reforzando ciertos elementos del neoliberalismo como forma de racionalidad gubernamental. En particular quiero enfocarme aquí en la forma política (o anti-política) de lo que llamo «aceleracionismo»: la proposición de que deliberadamente debemos exacerbar y acelerar las formas capitalistas a fin de atravesar el horizonte del capital. [2] Quiero añadir, sin embargo, que mis críticas también se aplican a otras formas de radicalismo contemporáneo que tienden a postular algún tipo de “fuerza” inmanente o exterior, y a la vez intrínsecamente resistente, al capital, ya sea que a esta fuerza se la identifique con la Vida, con las complejidades emergentes, con los enclaves o con líneas de fuga (por citar algunos ejemplos comunes). Lo que quiero sugerir es que necesitamos un acercamiento más apropiado a esta «gramática» del neoliberalismo (y del capitalismo), y al modo como puede influir y comprometer nuestras formas de disenso.

Para que quede claro desde el inicio, lo que busco no es contar otra historia sobre un capital todopoderoso y capaz de recuperar, anticipar, neutralizar, esterilizar y re-acomodar cualquier herramienta crítica que se le oponga. Esta imagen se ha vuelto un lugar común en el activismo contemporáneo, alimentando un deseo de separación radical o de éxodo respecto de las formas del poder capitalista. [3] La ironía es que dicha narrativa plantea una oposición entre las líneas de fuga, los éxodos, el poder de la Vida, etc., por un lado, y el capitalismo como un Otro vampírico o como forma trascendental del Imperio, por el otro. Tal oposición, tal separación, produce un movimiento que oscila constantemente entre una exaltación maníaca de los poderes de la Vida y una queja depresiva acerca de la capacidad del capital para apropiárselos. Lo que yo afirmo, en cambio, es que si queremos tener la esperanza de negar y resistir al capital como modo de dominación, esto sólo podemos hacerlo si comprendemos los modos más sutiles en los que nuestras vidas y experiencias están mediadas por el capital. Si de lo que se trata es de organizar la resistencia, resulta más útil reconocer al capitalismo como una totalidad antagónica y contradictoria, que oscilar perpetuamente entre los poderes inmanentes de la multitud y las formas trascendentales de la captura capitalista.

Esta crítica busca, desde luego, en primer lugar mostrar cómo quienes afirman superar o liberarse del neoliberalismo, en realidad reproducen sus principios. Dicho esto, aquí no pretendo reclamar inmunidad o superioridad moral alguna, pues esta crítica es, pienso, resultado de una de las verdades del marxismo, que no plantea -como Frederic Jameson lo ha señalado repetidamente- una crítica moral, sino una crítica que parte de las contradicciones reales y actuales, de los antagonismos y las tensiones existentes en las formas sociales existentes, lo cual es lo mismo que decir de las formas capitalistas. De hecho, como Jameson apunta, con demasiada frecuencia la crítica moral reemplaza  a la crítica marxista, en un giro reaccionario que Nietzsche describió como un mecanismo de posicionamiento de valores, de jerarquización, y generador de resentimiento (del malo). [4] Muchas versiones de la teoría contemporánea y del activismo se mueven dentro de ese espacio de la moral y la ética, llegando a ser cuasi-teológicas en su afirmación de un singular poder de la Vida, o de alguna otra fuerza originaria de resistencia opuesta a todas las formas de Poder. En cambio, mi objetivo es explorar una crítica política que no promueve ni júbilo ni desesperación.

Genealogía del Neoliberalismo

Para empezar con una definición precisa del neoliberalismo como forma de gobernabilidad, acudiré a los proféticos seminarios que Foucault dedicó a este tema en 1978-1979. Erradamente titulados El Nacimiento de la Biopolítica, habría sido mejor llamarlos El Nacimiento del Neoliberalismo. Foucault se enfoca en dos lugares de emergencia del neo-liberalismo: Alemania en las décadas de 1920 y 1930 y tras la II Guerra Mundial, y el anarco-capitalismo estadounidense. Foucault subraya la novedad del neoliberalismo en comparación con el liberalismo clásico. A pesar de que este último buscaba restringir la interferencia del estado para abrirle espacio al mercado, siguiendo para ello el esquema del laissez-faire, el neoliberalismo vino a operar una re-organización del estado, superponiéndole el mercado. El objetivo del neoliberalismo es, en palabras de Foucault, “un estado bajo la supervisión del mercado antes que un mercado supervisado por el estado”. [5]

Fue la extinción del estado nazi lo que hizo de la Alemania de posguerra el lugar ideal para refundar el estado en cuanto a lo económico, legitimándose ahora en nombre del crecimiento económico más que en términos políticos. Era esta validación económica lo que se erigía frente al pasado «totalitario» del nazismo y el presente «totalitario» del régimen comunista de Alemania del Este. Debido a esto el neoliberalismo operó mediante una intensa “fobia al Estado”, argumentando que cualquier tendencia al control económico estatal, cualquier planificación e intervención económica llevaría al totalitarismo -fuera éste de «izquierda» o de «derecha»-. En una serie de formulaciones provocativas, Foucault plantea que esta “fobia al estado” permea el pensamiento moderno, haciendo que la crítica del espectáculo (Debord) y de la “unidimensionalidad” (Marcuse) esté en línea con las críticas proto-nazis al capitalismo hechas por Werner Sombart. [6] Tenemos que decir que en esto vemos la emergencia del argumento “gramático”, en el sentido de que una transversal fobia al estado nos deja vulnerables frente a su reinscripción histórica bajo condiciones neoliberales, o, como dice Foucault:

«Todos quienes comparten la gran fobia al estado deben saber que sólo están siguiendo la dirección del viento y que, en realidad, durante muchos años ha estado en marcha una efectiva reducción del estado, tanto una reducción del control estatal como de una gobernabilidad ‘estatizante’ y ‘estatizada’.» [7]

Por consiguiente, el anti-estatismo intrínseco no basta para diferenciar un programa político dado de las formas dadas de neoliberalismo.

¿Cuál es, entonces, la naturaleza exacta del neoliberalismo? Por supuesto que la objeción obvia a la visión anti-estatal del neoliberalismo es que éste en sí mismo es una continuación de la intervención estatal, lo cual ha sido con frecuencia resumido con la fórmula «socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres». Foucault hace notar que es el neoliberalismo el que concede esto: «la intervención del gobierno neoliberal no es menos densa, frecuente, activa y continua que la de cualquier otro sistema». [8] La diferencia, sin embargo, está en el punto donde se aplica. Se interviene «para que los mecanismos competitivos tengan un papel regulador en todo momento y en todo lugar en la sociedad, e interviniendo de esta manera es que su finalidad se vuelve posible, esto es, una regulación general de la sociedad mediante el mercado.» [9] No obstante, perderíamos el foco si limitásemos la crítica al neoliberalismo a la expresión «el neoliberalismo es tan estatista como otras formas de gobierno». En cambio, debemos analizar cómo el neoliberalismo crea nuevas formas de gobernabilidad en las cuales el estado desempeña una función diferente, penetrando a la sociedad para constreñirla a lo económico.

Según Foucault las formas de intervención estatal practicadas por el neoliberalismo tienen raíces filosóficas precisas. En primer lugar, esta intervención estatal es kantiana: prescribe regular las condiciones de lo social para crear posibilidades de competencia y emprendimiento. Aquí es importante hacer notar que el neoliberalismo se opone a la idea del consumidor pasivo promovida por muchas formas de izquierdismo y de anarquismo; y en cambio busca fomentar la figura del emprendedor y el productor. En segundo lugar, Foucault busca las raíces del neoliberalismo germano entre los seguidores de Husserl. En este caso la «competencia» no surge naturalmente, sino únicamente como una esencia que debe ser construida y formalizada: el neoliberalismo es husserliano. A diferencia del liberalismo clásico, ya no se trata de «liberar» al mercado del estado y esperar que de ahí la competencia surja «naturalmente». Por el contrario, el estado interviene constantemente para construir la competencia en todos los niveles, siendo de tal modo la economía de mercado el «indicador general» de toda acción estatal. [10] Estas bases filosóficas nos permiten examinar de forma más precisa el tipo de intervención efectuada en el neoliberalismo.

Foucault sugiere que puede hallarse una síntesis del neoliberalismo en el programa lanzado por el economista alemán Wilhelm Röpke en 1950, en el que propone que los objetivos del gobierno sean permitir el acceso a la propiedad privada, reducir los barrios periféricos reemplazándolos con complejos privados, desarrollar los oficios y las pequeñas empresas (descritas por Röpke como «no-proletarias»), y reconstruir orgánicamente la sociedad sobre la base de la comunidad, la familia y la localidad. Foucault dice: «Ustedes reconocerán este texto, ha sido repetido 25.000 veces en los últimos 25 años». [11] Podemos añadir que está siendo repetido nuevamente en el Reino Unido en los términos de la «gran sociedad» promovida por el Partido Conservador de David Cameron. En el núcleo de esta visión, y es esto lo que la hace neoliberal, reside la multiplicación de la forma «empresa» dentro del cuerpo social, que es a lo que aspira la política neoliberal. El asunto es hacer del mercado, la competencia y la empresa lo que podemos llamar el «poder formativo de la sociedad». [12]

El punto de Foucault, que está en línea con mi análisis, es que la crítica a «la estandarización, al consumismo de masas y al espectáculo, etc., se equivoca cuando cree que está criticando al objetivo real de la política gubernativa». [13] El gobierno neoliberal no es keynesiano y la sociedad actual «no está orientada hacia la mercancía ni hacia la uniformidad de la mercancía, sino hacia la multiplicidad y la diferenciación empresarial». [14] Podemos, por lo tanto, agrupar juntas estas series de formas, haciendo notar que el neoliberalismo postula un modo de intervención que reconfigura profundamente las formas sociales, dado que actúa sobre las condiciones -especialmente sobre las condiciones legales- bajo las que opera la sociedad sin hacer caso alguno de las formas «naturales» del mercado, tratándolas más bien como algo que debe ser construido.

Lo que necesitamos comprender es que la forma neoliberal del capitalismo, la cual no es, naturalmente, su única forma ni mucho menos su forma más «pura», opera de un modo que incluye e implica las críticas al estado, al keynesianismo y al pacto «fordista». Por tanto, el radicalismo antiestatista -que plantea ir más allá del estado, formar alternativas al estado, y buscar enclaves antiestatales-, en tanto forma de crítica está más cerca del neoliberalismo de lo que se imagina. El objetivo del neoliberalismo es delimitar el poder del estado respecto del poder de «lo social» (como en la provisión social), «liberando» las actividades autónomas y locales de un modo explícitamente centrífugo. Su énfasis en lo complejo, lo orgánico, lo múltiple y lo diferencial, indica que no estamos lidiando con la misma «gramática» de la socialdemocracia keynesiana. Con esto no intento equiparar de manera simple el radicalismo contemporáneo y el neoliberalismo; más bien quiero sugerir una serie de convergencias más complicada. El asunto aquí es lo que tienen en común en cuanto a divergir de y criticar a la socialdemocracia. Esta tensa convergencia es evidente en el slogan “No hay futuro” común tanto al punk de 1977 como al discurso neoliberal.

Aceleracionismo = Neoliberalismo

Retomando entonces el tema del «aceleracionismo», término que entiendo como medio de crítica y de identificación, pero al que a menudo se le ha atribuido una carga valorativa, quiero hacer notar cuán conforme está con ciertos elementos del neoliberalismo. Encarna la «fobia al estado», coincide en la necesidad de que todos los elementos de la sociedad se sometan al mercado, y propugna una visión de la «persona» entendida como «empresa» múltiple y diferenciada (de hecho, es notorio cómo Foucault en sus seminarios recurrió, quizás en clave irónica, al lenguaje «maquínico» deleuze-guattariano). Al menos resulta difícil leer la siguiente declaración de Nick Land en cualquier sentido que no sea el señalado:

«La revolución maquínica debe ir, por tanto, en la dirección opuesta a las regulaciones socialistas, presionando hacia una más desinhibida mercantilización del proceso que ha desgarrado al sector social, ‘prosiguiendo el impulso de decodificación y desterritorialización’ efectuado por el mercado, pues ‘nunca se puede ir lo suficientemente lejos en dirección hacia la desterritorialización: ustedes aún no han visto nada’.» [15]

Land, citando el Anti-Edipo [16] de Deleuze y Guattari, va incluso más allá, coherentemente, al hacer explícitas las implicaciones anti-socialistas y contrarias a la planificación contenidas en sus argumentos. El aceleracionismo, como bien podría conceder, en este sentido va totalmente a favor de la corriente actual.

La consecuencia es que, en términos de Marx, esta aceleración del neoliberalismo terminará por desembocar en un punto en el que ya no será compatible con el cascarón capitalista, haciéndolo entonces romperse en pedazos. Si el capital es el obstáculo a su propio desarrollo, como hacen notar Deleuze y Guattari citando a Marx, el capitalismo solo puede empujar sus límites por medio de una radical desterritorialización. [17] [18] Tal desterritorialización a menudo implica la presunción de que el mercado sería fundamentalmente incompatible con el capitalismo, contrariando así a la imagen habitual que se tiene de ambos. Land y los demás han basado esta afirmación en la obra del historiador Fernand Braudel. Ciertamente, Braudel mostró que los mercados no pueden simplemente ser hechos colapsar dentro del capitalismo, subrayando en cambio que el mercado es una forma local y directa (cara a cara) que puede resistir a los poderes opacos y centralizantes del capital. [19] En cambio, Land y los aceleracionistas actuales con frecuencia destacan el mercado como una forma líquida y dispersante capaz de fragmentar o licuar las barreras capitalistas. La meta no es retornar al cara a cara, sino acelerar hacia más allá de lo humano.

Asimismo, presumen una incompatibilidad fundamental entre las fuerzas tecnológicas, especialmente la cibernética y la neurobiología, con el capitalismo. Se asume que si estas «fuerzas» son generadas por el capital, también lo desbordan o, más específicamente, desbordan el «soporte» humano que el capital requiere. Esta noción parte de la idea de que el mercado sería un terreno acéfalo que al mismo tiempo desencadena y acoge estas fuerzas. Por supuesto, el mercado existía antes del capitalismo y puede sobrevivir a él; por supuesto, no hay un fundamento esencialista ni una razón necesaria que defina a la cibernética o la neurobiología como «capitalistas», o que impidan re-ensamblarlas (para usar una expresión de Nicole Pepperell) dentro del socialismo o el comunismo. Dicho esto, me parece que la crítica y la teorética aceleracionista malinterpreta fundamentalmente al neoliberalismo como forma particular de gobernabilidad capitalista, y al capitalismo en cuanto tal como forma social y, en consecuencia, lo que hace es reproducirlo (o a su imagen idealizada).

El esquema básico, que obviamente aplica a gente como Antonio Negri y otros, consiste en suponer -al estilo del joven Marx- que el capitalismo es fundamentalmente parásito y que -al estilo del Marx tardío- ya ha penetrado mediante la subsunción real en los estratos físicos y biológicos de los humanos y de la tierra. La antinomia es, por lo tanto, que oscilamos entre la apariencia del capitalismo como una mera cubierta o exterioridad fácilmente descartable, y un pensamiento conspirativo al que nos vemos arrojados súbitamente en el que el capitalismo parece dominar de forma total. En cierto sentido, un sentido que traiciona la deuda con Marx, el capitalismo es presentado como un aprendiz de brujo incapaz de controlar las fuerzas que ha desencadenado, y esto no ya en la figura del proletariado, sino al interior de sus propias «fuerzas productivas». Una vez que hemos ingerido este parásito, podemos entregarnos al negocio de habitar plenamente en el inhumano goce capitalista.

Lo que este tipo de argumento subestima radicalmente es que la dominación capitalista opera a través de la forma-valor, la cual no es un simple parásito externo sino la auto-expresión del capitalismo como abstracción de lo real. El mercado y la producción no son formas sociales neutrales adquiridas por el capital, sino que son profundamente asumidas y reformuladas mediante la acción del valor. Para resistirse a esta auto-expresión del capitalismo, el tipo de radicalismo al que nos referimos supone que el capitalismo sería «simplemente» un «poder» exterior o, en palabras de Bruno Latour, [20] un «régimen formateador» que buscaría apropiarse y desplegar una riqueza ontológica preexistente. No estamos polemizando contra la formulación de que el capitalismo constantemente «bombea» valor; estamos planteando que la abstracción real o práctica de la mercancía, especialmente de la mercancía-trabajo, penetra y da forma a la existencia de manera horizontal y vertical. Este «dar forma» (shaping) es antagonístico y contradictorio, pero este antagonismo y esta contradictoriedad no son simplemente externos a la formación del valor.

Desde luego, junto con esto, el aceleracionismo, en sus manifestaciones negristas y landianas, acepta la subsunción real, pero sólo para decir que el capitalismo ha desatado fuerzas que no puede controlar y que podemos expropiarle. Lo que pretenden es que unas fuerzas que están profundamente integradas dentro del capital podrían liberarse a sí mismas de sus vínculos con el capital. El resultado equivale a pretender que habría fuerzas ontológicas, sociales o naturales que de alguna manera habrían escapado al capital desde el principio. Pienso, una vez más, que de este modo no es posible comprender las formas de producción, de acumulación y de mercado que dan forma a las llamadas «fuerzas productivas» -fuerzas que, como Marx notara, son capitalistas hasta la médula: el capital absorbe el trabajo y lo traspone dentro de la producción como forma o relación de producción-. [21] Esta valorización de la producción entendida como poder ontológico, o como poder liberado, no permite en absoluto aprehender la estasis fundamental del capitalismo, el hecho de que su acumulación no es esencialmente «creativa» sino más bien «inercial». [22] El capitalismo es desinflado como mera cobertura, y al mismo tiempo inflado como fuerza creativa.

En términos del contexto más específico del neoliberalismo, lo que no se aprehende, como ya hemos dado a entender, es la «concordancia» o conformidad entre el aceleracionismo y el neoliberalismo. Se pierde de vista la dimensión de la gobernabilidad, el mercado es presentado como una forma social neutra, sin pensar en sus cualidades y a la vez, sin que se piense en cómo actuar sobre dichas cualidades, llegando incluso a requerirle que no reproduzca el capitalismo. Así, se cantan loas al mercado como el mecanismo social y su «ciega idiotez» es transmutada en una inmanencia azathóthica. [23] En este esquema el estado también es visto como un parásito externo, sin considerar para nada, tal como planteara hace ya tiempo Karl Polanyi, [24] cuánto ha ayudado en la creación de esta forma de «mercado» que penetra y conforma la mercantilización (commodification) del dinero, la tierra y el trabajo. El «estado mínimo» se asume como dado y sólo retiene interés en cuanto arnés de las «máquinas de guerra», fomentando así la fetichización de la ideología militar y tecnológica. Y por último, la «empresa» que es valorada es la «empresa» de la auto-deconstrucción o la auto-extinción, ya sea que esté moldeada por un reequipamiento neurológico, por un reformateo biológico o por una redistribución ciberespacial: un hipertrofiado «anti-Edipo».

Se espera de nosotros, en nombre del antifascismo deleuze-guattariano, que abracemos al capitalismo como a una máquina nihilista carente de propósito, porque «propósito» = fascismo, mientras se olvida que el neoliberalismo surgió en Alemania como una forma de gobernabilidad que nos inmunizaría contra el fascismo intercambiando lo político por lo económico. Se espera que aceptemos, y demos la bienvenida, a la intervención estatal en la conformación de la sociedad en función del mercado, mientras repetimos el mantra «No New Deal» porque la intervención keynesiana es cuasi totalitaria y solo vendría a reforzar un capitalismo «socialista», olvidándonos de que el neoliberalismo nació del anti-keynesianismo. Nada de «pisar los frenos», por supuesto, ya que sólo podemos acelerar hacia el futuro.

De modo preocupante, y contra toda intuición, el contexto de la crisis financiera no ha hecho más, al parecer, que aumentar la popularidad de este esquema. [25] [26] Puede que la aceleración haya caído en un abismo, pero el aceleracionismo debe mantenerse. Puede que las abstracciones sociales se hayan congelado en formas malignas y mórbidas, pero deben reiniciar otra ronda de híper-destrucción creativa. Lo que falla no es el capitalismo, sino sus impurezas, como dice el mantra de quienes alguna vez fueron «los amos del universo» y se convirtieron, temporalmente, en mendigos pidiendo limosnas. El aceleracionismo toma así la forma de una inmerecida nostalgia por el pasado reciente -una ostalgie capitalista- o de una fantasía neo-orientalista de sinocapitalismo basado en biotecnología desenfrenada y liberado de complejos judeo-cristianos. Operando a la manera de un realismo machista de mano dura, el aceleracionismo da cuenta de la miseria de la imaginación teórica cuando es incapaz de reconstruir racionalidad alguna en el presente, y en cambio se contenta con revolcarse en los fantasmagóricos residuos del irracionalismo capitalista.

Notas

[1] Nietzsche, Frederich, El ocaso de los ídolos.

[2] Noys, Benjamin, The persistance of the Negative: A Critique of Conrtemporay Continetal Theory, Edimburgo, Edinburgh University Press, 2010, p. 5-9.

[3] Q. Libet Alice Preoccupied: The Logic of Occupation, Nueva York, 2009, disponible en https://libcom.org/library/preoccupied-logic-occupation

[4] Jameson, Fredric, The Political Unconsciuos, 1981, Londres, Routledge, 2002. P. 171-193.

[5] Foucault, Michel El nacimiento de la biopolítica, disponible en http://mastor.cl/blog/wp-content/uploads/2015/08/Libro-foucault-m-el-nacimiento-de-la-biopolitica-espanol.pdf

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Ibid.

[15] Land, Nick Machinic Desire, Textual Practice 7.3, 1993, 471-482., p. 480

[16] Deleuze, Gilles y Felix Guattari Anti-Edipo, 1972, Londres, Continuum, 2004, p. 260.

[17] Ibid., p. 251

[18] Marx, Karl Kapital Vol. III, Marxist Internet Archive, 1996, http://www.marxists.org/archive/marx/works/1894-c3/ch15.htm

[19] Wallerstein, Inmanuel Braudel on Capiltalism, or Everything Upside Down, The Journal of Modern History 63.2, 1991, p. 354-361

[20] Latour, Bruno Reassembling the Social: An Introduction to Actor-Network Theory, Oxford, Oxford University Press, 2005.

[21] Marx, Karl Grundisse, Londres, Penguin, 1973, p. 308-309.

[22] Balakrishnan, G. Speculations on the Stationary State, New Left Review 59, 2009, p. 5-6.

[23] Con la expresión «inmanencia azathóthica», el autor alude a la figura de Azathoth, figura mítica perteneciente al panteón de divinidades del mundo fantástico creado por H. P. Lovecraft. Azathoth es un dios identificado como motor primordial del caos, antítesis de la creación, que roe, gime y babea en el centro del universo, siendo una masa colosal, caótica y sin forma de cuya esencia forma parte incluso el propio universo. (NdT)

[24] Polanyi, Karl The Great Transformation, 1944, Boston, Beacon Press, 1957.

[25] Srnicek, Nick The Aceleration Critique of Neoliberalism, 2010, disponible en http://Ise.academia.edu/NickSrnicek/talks/24657/The_Aceleartion_Critique_of_Neoliberalism

[26] Williams, Alex Xenoeconomics and Capital Unbounds, blog Splintering Bone Ashes, domingo 19 de octubre de 2008.