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Impreciso y dogmático

jueves, noviembre 25th, 2021

Felix Klopotek

Publicado en Communaut.


El medio social revolucionario carece persistentemente de una orientación estratégica porque se basa en supuestos falsos sobre la espontaneidad y la organización, afirmaba hace poco el artículo ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?; también, que no es posible eludir la forma partido si lo que se quiere es fomentar la constitución del proletariado en clase políticamente independiente. La siguiente contribución al debate contradice estas opiniones.

Para empezar: no he participado en los debates ni en los intentos de organización a los que se refieren Katja Wagner, Lukas Egger y Marco Hamann (en adelante: WEH), ni soy miembro de los Amigos de la sociedad sin clases. Sin embargo, considero que los esfuerzos por formar dentro de la izquierda un polo comunista antiautoritario y con base teórica, son absolutamente dignos de apoyo. Es muy gratificante que con el blog Communaut se haya puesto en marcha un medio más flexible y abierto de lo que ha sido Kosmoprolet -y es por otro lado muy irritante que a sólo unas semanas del inicio del blog, con ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?, haya aparecido un artículo que rechaza el proyecto de «formar polos» y que en términos de elección de palabras y gestos habría encajado mucho mejor en Analyse & Kritik o en las páginas de debate de Neues Deutschland. En 1986, los restos del KPD/ML maoísta-estalinista se unieron a los trotskistas del GIM (quienes les habían amenazado físicamente en años previos) para formar el Partido Socialista Unificado; unos años antes, cohortes enteras del grupo K y de los Spontis de Frankfurt se pasaron a los Verdes sin pensarlo dos veces, para unirse a los realistas. Todo es posible, y milagrosamente -al menos desde el punto de vista de los implicados- todo puede encontrar su justificación.

Ese es el problema de ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?: el análisis es demasiado impreciso y, por otra parte, demasiado seguro de sí mismo, incluso complaciente, como para poder hacer avanzar el debate estratégico entre los comunistas. Por lo tanto, en lo que sigue, me limitaré a unas pocas observaciones que señalen lo que considero que son sus inexactitudes más groseras. Tal vez su texto sólo pueda entenderse si se sabe que remite indirectamente y de forma implícita a un debate interno. Por eso, su publicación resulta aún más molesta, porque ¿quién conoce este debate? [1]

Mi incomprensión fundamental es la siguiente: el artículo se publica justo cuando la izquierda organizada en partidos en Alemania ha sufrido una derrota histórica, la más importante en los últimos veinte años. Con esto me refiero a la espantosa pérdida de votos del Partido de Izquierda [Die Linke] en las últimas elecciones federales (y si estamos dispuestos a trazar un círculo aún más amplio, vemos que los izquierdistas en el SPD y en los Verdes, cuyo compromiso fue decisivo para el respectivo éxito electoral de ambos partidos, no desempeñan ningún papel en las negociaciones de la coalición o, una vez más, sólo se han quedado con el papel de tontos útiles). ¿Por qué el texto no empieza por ahí? Ciertamente, esta derrota electoral puede ser vista como el punto culminante de un ciclo internacional que comenzó en 2002 con el éxito de dos candidatos trotskistas (casi tres millones, o sea casi el diez por ciento de los votos) en las elecciones presidenciales francesas. Si consideramos el éxito del Partito della Rifondazione Comunista en las elecciones parlamentarias italianas de 2006 -el partido se transfiguró entonces en «movimiento de movimientos»-, los éxitos del Partido de Izquierda aquí en Alemania después de 2005 debido a la introducción de las leyes Hartz, los triunfos de Podemos en España y de Syriza en Grecia después de 2010, la elección del socialista independiente Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista (2015), el apoyo de Jean-Luc Mélenchon a Bernie Sanders en 2016, y al «presidente de los corazones» en Estados Unidos (también en 2016), entonces el arco de los esfuerzos por organizar y reagrupar a los socialistas se expande. Los radicales de izquierda han acompañado estos éxitos de forma crítica pero, en última instancia, afirmativa, a menudo tomando posición incluso en puestos clave de esos movimientos. De este ciclo de política socialista no ha quedado nada, al menos en Europa, salvo, paradójicamente, un mayor peso del liberalismo de izquierda, que en realidad se creía muerto, sobre los restos de la militancia socialista que tomó parte en los movimientos. Hoy, esos partidos han desaparecido (Partito della Rifondazione Comunista), los líderes de ayer han vuelto a ser unos desconocidos (Olivier Besancenot), tribunos del pueblo frustrados como Sahra Wagenknecht o Mélenchon hace tiempo que sólo actúan por cuenta propia, y el comportamiento de Sanders -que en 2016 dimitió voluntariamente ante las intrigas que causaron su derrota en el maratón de la candidatura demócrata-, o incluso de Corbyn, ha sido simplemente errático.

Por muy grandes que fueran las diferencias nacionales entre los partidos, los movimientos y los candidatos, todos ellos tienen en común el hecho de organizarse de una forma novedosa: combinan movimiento social, protesta de masas antiautoritaria y espontánea, y un aparato institucionalizado que -estratégicamente, pero a veces también por pura convicción- actúa en conformidad con el sistema, participa en las elecciones y atrae francamente a las masas con la perspectiva de participar en el gobierno. Esta intersección entre espontaneidad e institucionalización -pero esto es sólo una tesis- no sólo no ha logrado mantener el impulso de los movimientos de masas, sino que puede haber neutralizado a muchos militantes al integrarlos en los aparatos políticos, que son el verdadero problema. Estos movimientos no han producido una vanguardia, sino una (futura) élite partidista y política, es decir, estatal.

Habría tenido mucho más sentido, incluso habría sido más honesto, si WEH hubiese analizado estos híbridos partido-movimiento, si hubiese entrado en los detalles y recapitulado los debates finalmente infructuosos sobre un «nuevo partido anticapitalista» o la fundación de una «izquierda de movimiento» dentro del Partido de Izquierda. La pregunta útil para empezar habría sido cómo es que las jerarquías de poder, el conformismo social y la afirmación del Estado empapan a esos mismos círculos que pretenden formular, incluso encarnar, el socialismo del siglo XXI. La clara distinción entre un ala no parlamentaria o incluso antiparlamentaria y una izquierda afín al Estado se ha ido difuminando cada vez más en el transcurso del (aparente) éxito de estos híbridos -esto a nivel personal, moral, ideológico y estructural-, por lo que sería aún más urgente volver a evaluar los últimos veinte años de historia de las organizaciones y los movimientos. [2]

WEH no aborda nada de esto. Más bien dan la impresión de que la tendencia marginal, no, la tendencia histórica del comunismo de consejos fuese la bandera que hay que derrocar de forma parricida (busquen en el catálogo de la Biblioteca Nacional para ver cuántos libros de autores del comunismo de consejos han sido publicados en alemán en los últimos veinte años; si he contado bien, todavía alcanzan los dedos de una mano), como si hubiera una izquierda aún aturdida por la confusión del espontaneísmo esperando a que un nuevo enfoque organizativo se le haga apetecible. Cuando WEH constatan que «Respecto de los problemas estratégicos de qué papel deben desempeñar los comunistas en las luchas sociales y en los enfrentamientos políticos, qué mediaciones son necesarias entre nuestro objetivo final de una sociedad comunista y las luchas actuales, y cuál es la relación entre el debate en los pequeños círculos teóricos y los acontecimientos políticos, nuestro medio, visto a la luz del día, tiene poco que decir» [3], uno sólo puede encogerse de hombros: ¿Quién tiene mucho que decir? ¿Y por qué dicen tan poco al respecto? O más bien, ¿por qué lo dicen -ya hemos utilizado esta expresión- de forma tan imprecisa?

Por ejemplo, hablan del «objetivo final de una sociedad comunista». El comunismo, sin embargo, no es sólo una forma de sociedad (y como tal no puede ser un objetivo final), sino también y sobre todo el movimiento que conduce a dicha forma social. Y es un movimiento en todos los sentidos: como tendencia de socialización creciente dentro del propio capitalismo (formación del intelecto general; tendencia a la autosuspensión del valor); como programa del partido histórico desde Marx y Engels (y Hess, Weitling, Proudhon, Cabet, Bakunin, Fourier, Stirner…); como movimiento de masas espontáneo contra todas las formas de dominación del capital; como tendencia subterránea difusa de la vida social (los momentos de solidaridad en la vida diaria, las subversiones en el lugar de trabajo…) que permite soportar la locura desatada a nuestro alrededor y en nosotros mismos. Entender el comunismo como un movimiento y no tanto como una forma de sociedad implica ya un análisis de los pasos que conducen más allá de una limitación local e histórica de las luchas y las autocomprensiones, es decir, un análisis de las mediaciones, que no son otra cosa que nuestra práctica.

Las imprecisiones recorren todo el texto: por ejemplo, cuando WEH hablan de «periodos de calma», que en realidad son períodos de contrarrevolución, en los que es importante al menos no dejar que se rompa el hilo de la teoría, lo cual es infernalmente agotador debido a la decepción y el abatimiento rampantes; cuando hablan del «fracaso» de la socialdemocracia reformista-estatalista y del estalinismo -¿pero en qué han fracasado?-; cuando hablan de la «auto-destructiva alianza de clases socialdemócrata que unificó a las fuerzas burguesas nacionales», cuando fue precisamente esa alianza de clases después de 1914 y luego después de 1916 la que hizo obvio lo que había sido evidente desde la fundación del partido y que se manifestó no sólo en el revisionismo bernsteiniano que abrió la vía para que la socialdemocracia se convirtiera en el partido estatal por excelencia (lo que asegura su existencia hasta el día de hoy, hasta Olaf Scholz); cuando por último hablan de «desarrollar una alternativa al orden dominante», como si el comunismo fuera una simple oferta moral y política dentro del mundo de la mercancía, y no un movimiento que dialécticamente, es decir, a través de contradicciones y retrocesos, se va liberando de su implicación con el sistema de necesidades capitalista (todo movimiento obrero empieza siendo inmanente al capital).

Sigamos con las imprecisiones: «Mientras los proletarios no tomen conciencia de las condiciones económicas y políticas reales a las que se enfrentan, sus esperanzas se verán defraudadas, su energía y su valor se desvanecerán o serán recuperados por las fuerzas leales al Estado.» ¿A qué conciencia se refieren? Dado que los proletarios obviamente tienen conciencia (de clase), si no la tuvieran no habría ninguna esperanza para ellos: la afirmación se contradice a sí misma. ¿No deberían más bien tener «conocimiento» («Mientras los proletarios no adquieran conocimientos sobre las condiciones económicas y políticas reales»)? ¿Y no deberíamos primero averiguar qué conocimientos ya tienen los proletarios, antes de esperar hacerlos felices con los que tenemos nosotros?

Lo que también resulta molesto es la ostentosa falta de comprensión de WEH cuando se muestran eufóricos al preguntarse cómo es que «en un proceso caótico y completamente espontáneo las masas proletarias habrían de desarrollar una conciencia revolucionaria y una claridad sobre sus intereses políticos que les permitiría romper con la vieja sociedad.» Pero ¿qué tiene de caótico un movimiento de huelga, la ocupación de una plaza o una manifestación militante? Muy por el contrario: en estas situaciones de sublevación todo el mundo sabe cómo moverse, todo el mundo hace lo correcto, de manera completamente natural la gente se eleva por encima de sí misma y los miedosos de pronto se hacen valientes. Estos acontecimientos sólo resultan «caóticos» desde un punto de vista muy concreto: porque no hay cómo prolongarlos, porque no se pueden planificar. No se pueden conservar, y eso provoca miedo en los observadores: ¿qué pasará mañana? Este miedo atraviesa todo el texto, sublimado tras la vaga esperanza de hallar una fórmula que garantice poder perpetuar los movimientos, transformar sus brotes repentinos en una política y en un programa y así poder evitar su también repentino declive. Cuando insinúan que el comunismo de consejos fracasó en esto («Y, sin embargo, también ellos han fracasado en todos los lugares donde han aparecido»), demuestran tener una comprensión completamente falsa del comunismo de consejos: éste es la crítica, si bien limitada, de todas las fórmulas de garantía. Los comunistas de consejos no querían ser un movimiento ni fundar uno nuevo, sino que entendían su obra como una reflexión sobre el fracaso de los movimientos obreros anteriores.

WEH evoca una imagen demasiado idílica del movimiento obrero, como si fuera un equipo de fútbol que cambia su sistema de juego cuando no tiene éxito: primero la socialdemocracia, después el bolchevismo, ahora el comunismo de consejos. Sin embargo, las organizaciones establecidas, ya sean socialdemócratas o (post)bolcheviques, han combatido con todas sus fuerzas a las corrientes antiautoritarias y de «ultraizquierda», marginándolas y estigmatizándolas. Otra esperanza implícita en el texto, la de que el conocimiento antiautoritario acumulado en los textos de Endnotes o de los Amigos podría ser transferido a una nueva modalidad de partido permanente, quizás resulte ser otra ilusión: en tal caso, dicho conocimiento estaría tan marginado y estigmatizado como lo estuvo el anterior.

No es de extrañar entonces que las tres tesis que WEH desarrolla a partir de sus análisis resulten inadecuadas: «Los movimientos revolucionarios de masas de principios del siglo XX no habrían sido posibles en absoluto sin el trabajo de base organizativo de los partidos socialdemócratas». Simple y llanamente: no. Esta tesis no está respaldada por ningún estudio de historia social que valga la pena mencionar, así se refiera a la Revolución Rusa, a los Wobblies norteamericanos o al movimiento de huelgas de masas en Europa Occidental.[4] Es al revés: estas huelgas de masas fueron el punto de partida de una refundación del marxismo como teoría revolucionaria en contra del revisionismo y del centrismo (Kautsky). Es cierto que los partidos socialistas y socialdemócratas proporcionaron el marco para la reanudación de las huelgas de masas y de los primeros intentos de revolución, un marco que resultó ser demasiado estrecho a más tardar después del segundo y deprimente debate sobre las huelgas de masas que tuvo lugar en la socialdemocracia alemana después de 1911. Si la primera tesis es errónea, las siguientes que se basan en ella también se tambalean: «Los trabajadores sólo pueden actuar como clase a través de sus organizaciones»; también esto es históricamente erróneo. Más correcto hubiera sido decir que las organizaciones socialistas sólo pueden ganar agencia si se relacionan con la clase. Por último, la tercera tesis: «La constitución de los asalariados en una clase políticamente independiente está inevitablemente ligada al partido como forma de organización política»; sucede que la clase de los asalariados es siempre una variable del sistema capitalista, que sólo se convierte en su negación en el transcurso de la lucha de clases, sólo cuando esta se extiende por algún tiempo y sólo cuando ha llegado a intensificar lo suficiente una crisis. La idea de que la clase puede constituirse en una clase «políticamente independiente» -¿en qué momento, en realidad? ¿Antes, durante o después de una lucha de clases – es, así planteada dogmáticamente, una fantasía: como clase «políticamente independiente», es decir, como clase reconocida y que como tal puede aspirar a la participación, estaría siempre integrada en la democracia.

Estas tres tesis concluyen con otra frase oblicua: «La esperanza de que las masas que hasta entonces no han estado organizadas se convertirán de pronto en la fuerza motriz de la revolución nos parece cuestionable, al menos en el supuesto de que en la fase pre-revolucionaria no hayan desarrollado aún ni siquiera formas rudimentarias de conciencia de clase». Pues bien, esta sociedad nos organiza continuamente en las formas coercitivas de su reproducción, y sólo en ellas se encuentran los momentos de resistencia: «Toda actividad integrada en la sociedad, aunque es un medio de dominación, al mismo tiempo pone límites a la dominación», escribe Paul Mattick, y: «El proceso de trabajo, tanto en su aspecto organizativo como en su aspecto tecnológico, dependiendo como lo hace, simultáneamente, de fuerzas anónimas y decisiones directas, posee suficiente independencia relativa, a través de su mutabilidad, para hacer difíciles las manipulaciones centralistas. Los manipuladores totalitarios no pueden librarse, ellos mismos, de las formas específicas de la división del trabajo que, a menudo, delimitan los poderes del control centralista. No pueden llegar a grados determinados de industrialización sin poner en peligro su propia dominación». [5] Las clases trabajadoras nunca estuvieron -y nunca están- desorganizadas. Por cierto: si no son las «masas previamente desorganizadas» las que crean el partido como «fuerza motriz de la revolución», ¿de dónde es que éste surge entonces? ¿Qué demiurgo lo crea para impregnar de conciencia de clase a las masas pasivas y alienadas?

Una última frase sobre la «tradición del comunismo de consejos». WEH escribe: «Si queremos aprender de la historia del primer movimiento obrero, no sólo debemos criticar los errores y debilidades de sus organizaciones, sino también comprender que éstas al mismo tiempo crearon las condiciones subjetivas para la posibilidad de una revolución proletaria exitosa. La tradición del comunismo de consejos niega esta contribución positiva, y el fracaso político de la tendencia revolucionaria dentro de la socialdemocracia no es teorizado como tal…» ¡Qué olvido de la historia! Los comunistas de consejos fueron hombres y mujeres de partido, tenían en ocasiones décadas de experiencia organizativa, vivieron procesos dolorosos antes de atreverse a romper con su propio pasado. Sabían de lo que hablaban…

El texto de WEH está lleno de dogmatismos: plantea de forma abstracta hechos que se supone ocurrieron de tal manera y no de otra, describiendo alternativas que simplemente aparecen, tareas preliminares que se realizan (¿dónde exactamente? ¿En el parlamento? ¿En una reunión secreta? ¿En el exilio en Londres?), organizaciones o corrientes que fallan o fracasan, y todo ello simplemente porque el partido carecía de la brújula adecuada. Le consecuencia negativa de este fetiche organizativo es que los autores pretenden subordinar el comunismo de consejos a la forma abstracta del partido. No puede haber algo más absurdo: los partidos obreros (en el mejor de los casos) tienen la tarea de «extender la visión y el conocimiento, estudiar, discutir y formular las ideas sociales, y, mediante su propaganda, iluminar las mentes de las masas. Los consejos obreros son los órganos para la acción práctica y la lucha de la clase obrera; en los partidos recae la tarea de vigorizar su poder espiritual. Su obrar forma una parte indispensable en la autoliberación de la clase obrera», escribió Anton Pannekoek en 1947. [6]

Los «tiempos de debilidad» que anuncia el texto, en realidad los evidencia él mismo. Debido a esto, se apresura a pasar por alto la visión correcta del comportamiento de los comunistas y a descartarlo: la intervención de la minoría comunista en las luchas sociales «equivale esencialmente a develar la estrechez de las luchas empujándolas hacia un vuelco radical de las condiciones existentes.» Tal cual. Así de simple, así de tedioso, así de a pequeña escala en la vida cotidiana. Pero cuidado, nos advierten: esto no pasa de ser una mera «antipolítica». ¿En serio? Pues bien, ¡entonces déjenla!

Traducción: C. L.

Notas

[1] Por esta razón -porque no sé cuál fue el contenido real del debate- no plantearé ninguna «alternativa» o sugerencia de mejora, ni daré ningún consejo, sino que me remitiré exclusivamente a las tesis de WEH.

[2] Para evitar cualquier malentendido: esto no implica que WEH siga este último enfoque del movimiento y que sean militantes encubiertos del Partido de Izquierda.  Simplemente implica que ellos sugieren que una investigación sobre la cuestión de la organización debería empezar allí donde los izquierdistas -y los radicales de izquierda- se han referido recientemente a las organizaciones de una manera particularmente eufórica, y donde también han tenido cierto éxito.

[3] Todas las citas no dirigidas a una nota al pie provienen de su texto ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?

[4] Para mi Introducción a la historia y la teoría del comunismo de consejos (Schmetterling Verlag 2021) trabajé con los siguientes estudios: Oskar Anweiler, Die Rätebewegung in Russland 1905-1921, Leiden 1958; Michael Grüttner, Arbeitswelt an der Wasserkante. Sozialgeschichte der Hamburger Hafenarbeiter 1886-1914, Göttingen 1984; Lothar Machtan, Streiks im frühen deutschen Kaiserreich, Frankfurt/M. u. New York 1983; S.A. Smith, Red Petrograd. Revolution in the Factories, 1917-1918, Cambridge et al. 1983; Leon Trotsky, Russland in der Revolution, Dresde 1909; Marcel Van der Linden, «Neue Überlegungen zum Leninismus», en Beiträge zur Geschichte der Arbeiterbewegung, 34. Jg., Berlin, enero 1992; Benjamin Ziemann, Gewalt im Ersten Weltkrieg. Töten, Überleben, Verweigern, Essen 2013.

5. Así habla Mattick en su ensayo clave Espontaneidad y organización (1949; citado en: Ders, Spontaneität und Organisation. Vier Versuche über praktische und theoretische Probleme der Arbeiterbewegung, Frankfurt/M. 1975, p.63 ). WEH también cita este ensayo -con la intención de invocar astutamente a un comunista de consejos en apoyo de sus intenciones: «La huida hacia la espontaneidad es un rasgo de la incapacidad real o imaginaria para crear formas organizativas eficaces y para tratar de manera ‘realista’ con las organizaciones ya existentes.» ¡Mira, el propio Mattick lo dice! Es cierto que la cita va dirigida contra el espontaneísmo abstracto de una Rosa Luxemburgo. En su ensayo, Paul Mattick se remite de forma tácita a las reflexiones de Heinz Langerhans, con quien mantenía un intenso intercambio en aquella época. Langerhans ya había escrito en 1931: «La eterna inocencia de la acción era considerada por ella como la verdadera vida de la clase revolucionaria. (…) Pero con su reverencia creyente por el ‘poder creativo de las masas’, Rosa Luxemburgo, a través de esta fe, abandonó la concepción marxista tradicional de la relación entre teoría y práctica. Ya no se preocupa por una comprensión racional de los momentos irracionales de la acción, sino que se contenta con describir fenomenológicamente lo irracional de la acción.» (HL, «Rosa Luxemburg», 1931, en Die Gesellschaft. Internationale Revue für Sozialismus und Politik, 8. Jg., Heft 1, p. 22ff.)

6. Anton Pannekoek, Tesis sobre la lucha de la clase obrera contra el capitalismo, Tesis 4, en: https://www.marxists.org/espanol/pannekoek/1940s/1947mayo.htm