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Notas sobre el papel del Estado en la reproducción de la fuerza de trabajo

viernes, abril 30th, 2021

Publicado en el blog Carbure. Traducciòn de C. L.


Estas notas se tomaron como parte de un trabajo en curso sobre la actual crisis pandémica. Durante esta crisis, hemos sido testigos de un hecho extraordinario: en pocos días, hemos pasado de un mercado laboral libre a una situación en la que es el Estado quien decide quién debe trabajar o no, y en qué condiciones. Plantear, entre otras cuestiones, la de la reproducción de la fuerza de trabajo y el papel que desempeña el Estado en ella es intentar comprender uno de los aspectos del lugar que ocupa el Estado en la sociedad capitalista, qué apuestas y qué prácticas recubren la gestión de las poblaciones por parte del Estado. Esta cuestión se sitúa en la encrucijada de los problemas económicos, políticos, sanitarios, etc., que plantea la crisis. No plantearemos aquí directamente estos problemas, sino que nos contentaremos por el momento con intentar dotarnos de algunas herramientas teóricas que puedan servir para resolverlos. Son notas de trabajo, formateadas para que sean legibles. No pretenden ser elaboraciones teóricas, sino un trabajo preparatorio para este gran proyecto.

Para utilizar un lugar común marxista, lo que el Estado administra son las relaciones entre los hombres en la medida en que son relaciones entre las cosas. La forma en que aparece en primer lugar no es «política», consiste en un gran número de personal e infraestructuras, de clasificaciones y registros de todo tipo, de normas prácticas relativas tanto a la forma o naturaleza de los objetos producidos como a la de las relaciones entre los sujetos.

Sin embargo, también es «política» en el sentido de que es un lugar de deliberación entre segmentos de la clase capitalista, una zona fuera de las puras relaciones de mercado: el «comité ejecutivo» ejecuta, por supuesto, pero también delibera, y sus opiniones no son unánimemente favorables a todos los actores capitalistas, hay arbitrajes. Dado que el mercado implica competencia y, por tanto, intereses divergentes o incluso antagónicos, cuando el Estado lleva a cabo lo que se llama una «política económica», aunque lo haga a favor de tal o cual capitalista, debe ser de alguna manera independiente, aunque esta independencia signifique también la puesta en lucha de los diferentes segmentos de la clase capitalista. Se trata de una «autonomía relativa» vista desde arriba, y es importante subrayarlo para recordar que el Estado no pertenece directamente a los capitalistas entendidos como propietarios de los medios de producción, que tiene sus propias características dentro de las relaciones capitalistas, que sin su intervención probablemente no habrían podido desplegarse sobre toda la superficie social.

La reproducción de la fuerza de trabajo, que es el tema de este documento, se ha abordado de muchas maneras. Se puede -de forma bastante dogmática, como hace Brunhoff [Etat et Capital – Recherches sur la politique économique, Maspero, 1981]- partir del hecho muy general de que en la fórmula A-M-A’, la mercancía particular M que corresponde a la fuerza de trabajo se considera en la fórmula general sólo cuando se compra y se consume productivamente, precisamente como mercancía. «A» existe en relación con la fuerza de trabajo «M» sólo como medio de compra. Lo que ocurra antes o después no es asunto del capitalista, sino del trabajador, y más concretamente de su mujer, obviemos eso por el momento.

Como debe ser dueño de su fuerza de trabajo, el trabajador está a cargo de su propia reproducción. El salario que se supone que cubre este coste y aparece como pago por el trabajo realizado nunca paga más que el trabajo necesario para la reproducción diaria del trabajador para realizar este trabajo. El salario no tiene en cuenta de forma espontánea todo lo que existe fuera de este tiempo de trabajo, como enfermedades, hijos a cargo, variaciones de precios o crisis, etc. Tampoco tiene en cuenta todo lo necesario para la reproducción diaria del trabajador. Tampoco tiene en cuenta el riesgo de desempleo, por supuesto: lo que se recibe cuando se está en paro no puede ser un salario, porque no contiene ningún trabajo extra.

El salario directo sólo paga el trabajo necesario, la fuerza de trabajo inmediatamente consumida en el proceso productivo, frente al coste socialmente definido de la manutención diaria del trabajador, de ahí la distinción entre salario directo e indirecto, producida históricamente en el paso de la dominación formal a la real, objeto de luchas y adaptaciones, que adopta formas diversas según el lugar o la época. Mantener a los trabajadores bajo presión en el mercado laboral, sometiéndolos a la competencia y al riesgo permanente de caer en la pobreza, también tiene el efecto de obtener más disciplina y limitar el margen de negociación o simplemente la volatilidad de la mano de obra. El hecho es que el trabajo necesario siempre es aplastado por el exceso de trabajo, y se sitúa espontáneamente en el límite inferior de la reproducción.

El papel represivo del Estado y su capacidad de coerción son parte de los factores que le dan su lugar en la reproducción de la fuerza de trabajo: como la relación social capitalista no puede ser de subordinación directa del trabajador al capitalista, el capitalista no puede asumir por sí mismo este papel de coerción. Es, además, esta conformación particular la que da al Estado su legitimidad en las relaciones sociales capitalistas: ya no expresa el capricho del déspota sino el orden social capitalista, que se inscribe en las instituciones y en las leyes.

Convertido en el garante de las relaciones sociales capitalistas, es el garante de la reproducción social, entendida como la reproducción de todas las condiciones de explotación: libertad, propiedad, orden público. Vemos aquí que quienes exigen un Estado «social» en nombre de esta misma legitimidad tomada al pie de la letra, sólo apoyan una característica del Estado capitalista frente a otras, que son igualmente inseparables de él.

La «legitimidad» del Estado es su capacidad para legislar y dar forma a segmentos de la fuerza de trabajo, es el Estado el que define quiénes son los integrados y quiénes los marginados, tanto por la ley como por la exclusión de la ley. En los sectores con gran demanda de mano de obra barata, en los que los salarios pueden caer por debajo del nivel de la simple reproducción, como la construcción o la agricultura, la mano de obra puede ser reclutada entre los que no tienen derechos (migrantes, indocumentados), o puede formar un derecho desigual, que puede estar cerca de la esclavitud, como es el caso, por ejemplo, de los trabajadores inmigrantes en los reinos árabes.

Del mismo modo, el papel central de las mujeres en la reproducción de la fuerza de trabajo implica la constitución de un derecho de la familia distinto del derecho del trabajo, que apoya y refuerza la división por sexos allí donde sea necesario, así como la definición de una esfera pública y otra privada: también aquí, una exterioridad y una interioridad, articuladas de forma diferente. En todos los casos, la reproducción de la fuerza de trabajo se refiere a una fuerza de trabajo segmentada, que requiere diferentes niveles de reproducción, y su reproducción la formaliza y confirma: la reproducción y la segmentación se implican y condicionan mutuamente.

La historia de la legitimación social del Estado contemporáneo es la que se constituyó en los inicios del capitalismo bajo el régimen de extracción absoluta de plusvalía, con el auge del estatus del trabajador «libre» y la pobreza endémica que le siguió, la asignación al trabajo forzado, el fracaso de la gestión de la miseria por parte de las casas de trabajo y la caridad privada, la necesidad de legislar las horas de trabajo a riesgo de consumir físicamente a la clase en proceso de formación, las políticas familiares y sanitarias, etc. Cualquiera que sea la forma en que se articule teóricamente este proceso, el hecho es que los capitalistas, incluso en un modelo paternalista, siempre han fracasado en hacerse cargo de la clase que produjeron, como no sea como fuerza de trabajo que se incorpora al proceso productivo.

Es fuera del marco de la fábrica o de la planta donde ha tenido que producirse este empoderamiento, por parte de una parte de la clase capitalista no comprometida inmediatamente en la producción, y capaz de tener en cuenta los intereses generales de su clase, en detrimento a veces de los intereses particulares de algunos. Al mismo tiempo que las leyes y normas comenzaron a enmarcar las relaciones puras de mercado y la reproducción de la fuerza de trabajo fue asumida por el Estado más allá de la simple reproducción, se comenzó a constituir un «ejército de reserva» que permite la extracción de plusvalía en su modalidad relativa.

Cuando el Estado se apropia de una parte del valor de la fuerza de trabajo, la parte correspondiente al salario indirecto, atestigua que el proletariado es propiedad de la clase capitalista en su conjunto, en su forma estatal o capitalista directa. Si la apropiación individual directa del trabajador por parte de su empresario es contraria a la naturaleza de la relación social capitalista, la renovación y la estabilidad de esta relación implican una apropiación colectiva del conjunto de los proletarios: el Estado, que tiene un poder jurídico y práctico sobre sus súbditos, puede desempeñar este papel. El ciudadano completa entonces al proletario y le permite existir como tal.

Vemos aquí que el proletario como sujeto se mantiene siempre en un campo de fuerzas cuyos polos son el Estado y el capital: la forma más o menos equilibrada en que es aprehendido por este campo de fuerzas define su nivel de integración. Tener un salario estable es ser un sujeto social cuyas luchas y la forma en que se libran presuponen esta integración desde el principio. Uno se enfrenta entonces al Estado como sujeto-ciudadano, contribuyente, votante, frente al capital como productor de valor, propietario de un comercio, etc. En cuanto se degrada el salario, se degrada también la ciudadanía: ya no se es ciudadano «como los demás», es decir, como la franja integrada de la población que se plantea como norma, sea cual sea la realidad numérica o la existencia real de esta situación.

El polo «estatal» del campo de fuerza adquiere entonces mayor importancia y comienza a desempeñar plenamente su papel represivo, ya sea a través de la asistencia social o de la policía. Las luchas y reivindicaciones de los sujetos de segunda clase quedan inmediatamente manchadas de ilegitimidad, cuando no se cuestiona su propia existencia social. Por lo tanto, las mujeres, las personas racializadas y los subproletarios siempre deben demostrar primero en sus luchas que existen socialmente como ellos, ellos y las situaciones que experimentan. Si se reconocen estas situaciones, es sistemáticamente a través de un prisma que niega la opresión racial o femenina, la asignación social a la precariedad, para reducirlas a una generalidad externa: Los negros sufren la violencia policial porque hay más delincuentes entre los negros (lo que se pretende demostrar exhibiendo el historial delictivo de George Floyd o Adama Traoré, por ejemplo), se trata entonces, en el mejor de los casos, de un problema social de pobreza que puede resolverse con el ascenso social de los negros, las mujeres harían mejor en vestirse de otra manera o en elegir mejor a sus acompañantes, los precarios no saben buscar trabajo ni levantarse por la mañana, etc. No es por ser negro o por ser mujer por lo que se sufre la opresión, ni se está obligado a la precariedad por un sistema que quiere mantenerte ahí, sino por lo que uno hace, o por circunstancias particulares que se pueden detallar ad infinitum. Tanto ante la sociedad como ante la policía, la justicia o los trabajadores sociales, las mujeres y las personas racializadas deben demostrar constantemente que su existencia es realmente su existencia, de forma plena y positiva. Es decir, siempre deben justificarse antes de luchar, o luchar justificándose.

De este modo, la sociedad plantea ante sí misma su óptimo de funcionamiento, definido por ella misma como la norma, independientemente de la realidad de la situación. Es en virtud de esto que todavía se habla de «pleno empleo», como si este objetivo fuera de alguna manera alcanzable hoy en día. En la crisis pandémica, la cuestión de la vuelta a la normalidad debe plantearse también en estos términos: quién vuelve a qué normalidad, y cómo.

La clase capitalista se define por la posesión de los medios de producción, lo que implica que la fuerza de trabajo se produce y se pone a disposición, se emplee o no. La parte no productiva de la fuerza de trabajo es la condición para la posibilidad de extraer plusvalía de la parte productiva. Es el vínculo entre el trabajo excedente y el trabajo necesario lo que divide no sólo la jornada laboral, sino también la clase, y acaba produciendo una segmentación o división dentro de la propia clase capitalista. En este sentido, podemos considerar al Estado como una escisión interna de la clase capitalista.

Cuando un Estado logra liquidar a los actores capitalistas y al mercado, y cuando esta apropiación de la clase se mantiene en su forma directamente estatal, como coerción, reaparecen las dificultades propiamente capitalistas de la caída de la tasa de ganancia, sin competencia, captada a través de la planificación que deberá equilibrar las relaciones entre las distintas ramas a través de una gestión centralizada de la producción. La abolición del mercado no es sinónimo de la abolición de las relaciones sociales capitalistas, por lo que el socialismo es sólo una versión particularmente disfuncional del capitalismo. Del mismo modo, la apropiación del Estado por parte de una casta depredadora conduce a importantes disfunciones sociales, como en las dictaduras o en los países basados en la apropiación de los ingresos del petróleo. Estos pocos ejemplos demuestran que una división teórica demasiado rígida entre el Estado y el capital enmascara la fluidez de las relaciones entre estas instancias distintas y particulares, pero que se comunican constantemente, y no se puede pensar en una de ellas sin la otra.

Si es el Estado el que ha asumido estas funciones de regulación dentro del conjunto social capitalista, es también porque hay un sesgo cuando una de las dos clases antagónicas quiere asumir este papel. Lo hemos visto en el caso de los capitalistas, pero, sobre todo durante el viejo ciclo de luchas, también existía el riesgo de que los proletarios consiguieran organizarse de forma corporativista o política para garantizar su propia reproducción: fondos de huelga o de ayuda a los parados, etc. Este es uno de los factores que dieron al Estado su particular papel de intermediario «bueno» en la reproducción, «bueno» desde el punto de vista de la reproducción del conjunto social capitalista, por supuesto.

En todos los casos, el Estado pertenece de facto a la clase dominante, ya sea la antigua burguesía o una clase recién creada por algún proceso «revolucionario» que implique la apropiación del Estado (socialismo, descolonización, etc.). Ya sea que la plusvalía producida sea apropiada por organismos colectivos o por empresas privadas, siempre implica la extorsión del trabajo excedente, la dominación de una clase por otra. La reproducción de la fuerza de trabajo es la reproducción de estas relaciones de clase, es por tanto el lugar de las luchas de clase.

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Históricamente, el capital comenzó creando masas de pobres como el material social del que surgiría el proletariado industrial, o más precisamente en la dinámica de esta creación. Es entonces a través del efecto conjunto de su propia dinámica y de la reproducción de la fuerza de trabajo tal como existe, que obtiene el mantenimiento de reservas de mano de obra disponible y barata, lo que no se hace sin la creación de barriadas y guetos de todo tipo. El proletariado se caracteriza por un equilibrio siempre frágil entre el empleo y el no empleo: debe trabajar y no debe trabajar. Siempre es necesario pasar del pobre al proletario, pero esto sólo puede hacerse pasando siempre del proletario al pobre.

Una de las contradicciones de la reproducción de la fuerza de trabajo es que, frente a la insuficiencia estructural del salario, existe la compulsión de reafirmar siempre la centralidad del salario: es la contradicción de lo que TC llama «sociedad salarial». Esta contradicción no es otra cosa que la ley de población del capital o la caída de la tasa de ganancia: es la expulsión del trabajo vivo necesaria para la extracción de plusvalía.

Desde este punto de vista, la reproducción de la fuerza de trabajo no consiste en mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores, ni en permitir que todos encuentren un empleo. Lo que reproduce el Estado es incidentalmente trabajadores individuales pero esencialmente una relación social, en la que los trabajadores inmediatos son medios para la acumulación. Porque lo que se produce a través de la reproducción es esa mercancía particular, que no puede resultar de un proceso de producción capitalista ni producir plusvalía para quien la vende, sino sólo para quien la consume: la fuerza de trabajo. Este carácter de mercancía naturalmente excede por todos lados a su desafortunado portador, que se identifica un poco demasiado con esta famosa piel hecha para ser llevada al mercado, para ser curtida, y a la que está excesivamente apegado. En el contexto de una crisis pandémica, donde se escucharán más que nunca eslóganes como «Nuestras vidas, no sus beneficios», y donde se pedirá al Estado que desempeñe un papel protector que no puede ni quiere desempeñar, puede ser importante recordarlo.

La segmentación fundamental del proletariado opera inmediatamente a través de lo que lo hace existir como clase, la extracción de plusvalía, a través de la relación entre trabajo necesario y trabajo excedente: es una división graduada entre trabajo y no trabajo, entre trabajo ocupado en la producción y «supernumerarios» lo que constituye al proletariado como inmediatamente segmentado. Históricamente, el viejo movimiento obrero contribuyó a enmascarar la segmentación promoviendo la figura central del trabajador como norma frente a todo tipo de lumpen, y los propios capitalistas llevaron a cabo esta clasificación social estigmatizando a los «pobres» frente a los «buenos trabajadores», ya sea mediante la filantropía o la represión. En estos tiempos de crisis sanitaria, uno siempre se pregunta, ante el hecho de que son las poblaciones más pobres y, en consecuencia, las racializadas, las que se encuentran entre las más afectadas, si esto no estará relacionado con los malos hábitos o el mal estilo de vida (obesidad, higiene, problemas de hipertensión, etc.), si no será culpa suya en alguna medida. Estos factores de comorbilidad enmascaran la evidencia de los RER abarrotados en tiempos de confinamiento, del mismo modo que uno preferiría centrarse en los factores de comorbilidad de George Floyd que en la rodilla del policía en su cuello.

Esta segmentación implica la definición de una interioridad y una exterioridad, tanto el mantenimiento de la ley social del salario como el mantenimiento, igualmente necesario pero «reprimido», de una superpoblación relativa -que puede tender a convertirse en absoluta. Podemos entender «reprimido» en el doble sentido de negación de la existencia y relegación, exclusión, marginación, etc. Con el capital, la segmentación como fenómeno social se vuelve idéntica a la explotación puramente económica, y viceversa. Es un fenómeno propio de la clase en tanto que es la clase del capital, por lo que no son los patrones los que crean el racismo para dividir al proletariado, como tampoco el racismo es una supervivencia precapitalista, por lo que hay un proletariado nacional, y por lo que es blanco, etc. La segmentación sólo existe socialmente, la «represión» del no-trabajo, del trabajador no empleable, implica que no puede ser descrito completamente en las «categorías del capital» de las cuales es precisamente reprimido. Se realiza a nivel del conjunto social capitalista, no debe confundirse con una pura segmentación del proceso productivo, no puede reducirse a una división del trabajo. La segmentación es realmente racial. También es esta segmentación la que se reproduce, y la reproducción tiene lugar a través de esta segmentación. Lo mismo ocurre, obviamente, con la división por sexos.

La reproducción de la fuerza de trabajo está en función del valor producido socialmente: esto es evidente cuando se basa en el seguro privado, pero también lo es cuando el Estado asume centralmente este papel. Cf. Brunhoff: «la forma no mercantil de mantenimiento del trabajador está condicionada por su forma mercantil», ya que el nivel del salario indirecto o de las prestaciones se basa en valoraciones económicas (el «coste de la vida», los ingresos de las distintas cajas, etc.), en el valor socialmente producido por cada trabajador para su capitalista, así como colectivamente, y en su repercusión en las arcas del Estado. Aquí, es el movimiento de expulsión del trabajo vivo que viene a plagar los regímenes por distribución: la caída del número de activos en una rama, idéntica a su modernización, impide el mantenimiento de los activos (y de los inactivos que cotizaban) de otra manera que yendo a sumergirse en el presupuesto del Estado, externo a esta rama. Cuando la CGT dice que los aumentos de productividad conseguidos podrían servir para compensar la disminución del número de trabajadores, nos encontramos con la misma paradoja que con «trabajar todos para trabajar menos», nos encontramos con la contradicción de la extracción de plusvalía: suprimir el «ejército de reserva» sólo puede hacerse al precio de una disminución de la productividad, es decir, en las propias condiciones de la riqueza social a redistribuir. No podemos tener el pleno empleo y el beneficio de las ganancias de productividad al mismo tiempo; la riqueza pasada no está destinada a venir al rescate de la miseria presente, sino sólo a crear aún más riqueza.

El nivel de las indemnizaciones depende siempre de una relación activo/inactivo (ya sea por reparto o incluso por capitalización, los regímenes de seguros privados dependen del pago regular de las cotizaciones): cuando esta relación estalla, como es el caso de Covid-19, y masas de personas se encuentran al mismo tiempo en el paro, es el Estado el que garantiza la vuelta a la normalidad, es decir, es el Estado el que rescata los fondos por su capacidad de acción económica concertada, al margen del mercado. En consecuencia, es también el Estado el que formula directamente la cuestión que se plantea a través de las luchas, cuando capitalistas y proletariado se oponen en la crisis: la de una necesaria depreciación de la fuerza de trabajo y del nivel de su reproducción, para devolver las arcas al nivel anterior. Este nivel no está predefinido, depende de una coyuntura: no hay vuelta a la normalidad, porque no hay «normalidad»: todo esto, que se puede explicar en términos de procesos económicos, se hace de hecho a través de las luchas de clase. En cualquier caso, si el «reequilibrio» se hace, se hace en detrimento del proletariado y plantea nuevas normas de reproducción, normas que obviamente siguen siendo inferiores a las que había antes de la crisis.

En este punto preciso, el mecanismo de la crisis es idéntico al del funcionamiento «normal», simplemente es más rápido: la caída de la relación entre activos e inactivos es consustancial a la expulsión de mano de obra viva, «normalmente» siempre hay menos personas activas en relación con la mano de obra potencial o inactiva que, sin embargo, debe mantenerse en el estado.

Si la reproducción de la fuerza de trabajo es tan frágil, no es sólo porque, por un lado, plantea el empleo como la norma (siempre se pretende que el desempleo existe sólo en el margen, no se prevén cotizaciones salariales para el desempleo masivo repentino, como con el Covid), sino también por este hecho que lleva la lógica de la compresión de la cuota de trabajo necesaria: las ayudas no son un paliativo, mantienen una fragilidad estructural de la fuerza de trabajo en el mercado laboral. Esta lógica económica global va de la mano de la lógica presupuestaria del Estado. Incluso en una situación «normal», el nivel mínimo de reproducción está siempre al borde de la no reproducción: un salario mínimo más prestaciones sociales para un hogar estándar de clase trabajadora cae por debajo del umbral de reproducción en cuanto no hay contrato de trabajo permanente, no se reclaman las prestaciones sociales, el cónyuge es extranjero, falta cualquier tipo de prestación, la pareja se separa, etc. La reproducción tiene lugar en el mínimo, un salario mínimo más prestaciones sociales para un hogar estándar de clase trabajadora cae por debajo del umbral de reproducción. La reproducción se hace al mínimo, un mínimo definido por la centralidad del salario considerado como la norma a mantener, y siempre implica bajar de ese mínimo. Así, cuando se sale de lo «normal», el empobrecimiento se vuelve estructuralmente inmanejable.

Además, aquí aparece el papel del endeudamiento general tanto del proletariado como de la clase media (que vimos en EEUU durante la crisis haciendo cola para conseguir ayuda alimentaria a los pocos días de iniciarse el cierre), entrelazado en el esquema general como un complemento más de lo que nunca es suficiente, que contribuye a la extensión de la crisis, como vimos en 2008.

La reproducción de la fuerza de trabajo es inmediatamente desigual, según la división fundamental entre trabajo excedente y trabajo necesario que funda el proceso de valorización. Si ahora existe una desconexión entre la reproducción de la fuerza de trabajo y la valorización del capital, este vínculo sigue siendo necesario y no se ha abolido. Pero si podemos constatar que en cierto modo esta desconexión sigue existiendo teóricamente, con lo que se llama «globalización» el capital persigue y completa un movimiento que consiste en deshacerse de un proletariado que no quiere reconocer como «propio» en tanto que capitalista particular, y que sin embargo debe pertenecerle siempre en general. Es en este movimiento que deja masas de supernumerarios en manos del Estado, que debe dar forma a esta generalidad de la apropiación de la clase por el capital, preservar su disponibilidad, organizar su fragilidad y reprimir las revueltas.

En función del valor socialmente producido, la reproducción de la fuerza de trabajo tal como existe es menos «redistribución» o «reparto de la riqueza» que una forma de mantener el salario directo al nivel más bajo posible, de hacer aún más inesencial el vínculo entre la riqueza producida, el salario como precio del trabajo realizado y, en fin, la reproducción individual del trabajador o la reproducción colectiva de la clase. Está atrapado en la lógica contradictoria del capital.

En comparación con el período anterior, es una determinada modalidad de reproducción de la fuerza de trabajo la que ha quedado obsoleta, la que consiguió unificar el crecimiento masivo del trabajo y el proceso de acumulación, hacer coherentes estos dos procesos, produciendo a la vez una clase obrera más homogénea y, al producirse la valorización en zonas nacionales, un nacionalismo más «sólido», mejor territorializado por así decirlo. Era el tan cacareado periodo del programa del CNR, en su versión socialista francesa, o el del sueño americano. El trabajador podía entonces vivir como francés o americano al mismo tiempo que era trabajador, y orgulloso de ambos.

Si la centralidad del salario se mantiene como generalidad, también lo es que en determinados ámbitos (que no son sólo geográficos sino también de características sociales: jóvenes, mujeres, personas racializadas, etc.) ya no tiene otra realidad que la presencia policial. Estas zonas están especialmente preparadas para ser lo más invivibles posible y para «hacer cualquier cosa para salir adelante» (cualquier trabajador social se lo dirá), es decir, para aceptar cualquier cosa, para ser un sujeto totalmente disponible porque es totalmente frágil. No hay, como se suele decir, «desinversión» del Estado de estas áreas: aquí es la policía la que asegura la reproducción de la fuerza de trabajo como la reproducción de esta situación.

En la situación actual, si la extensión de la miseria no puede ser interminable ni suave, en cambio sí puede ser indefinida por zonas, lo que implica modos de reproducción diferenciados que se vierten unos en otros, y permite en tiempos de crisis la recalificación masiva de zonas en el modelo inferior. La mise en abîme de la que habla TC también puede verse como una especie de embudo perpetuo y asintótico. La reproducción de la fuerza de trabajo puede darse entonces como un movimiento indefinido de pauperización, en territorios y zonas cada vez más severamente jerarquizados.

La reivindicación nacional-populista de un territorio nacional homogéneo (incluso racialmente), de una renacionalización del capital y del trabajo, adquiere entonces el significado de una revuelta contra el actual orden de cosas. El espectáculo político actual es el de liberales y nacionalistas luchando por el timón de un barco que se hunde. Como no se puede captar nada en la dinámica actual del capital que pueda ser promovido positivamente para salir de esta situación, no tenemos otra opción que la de las utopías reaccionarias y la continuación de un desastre del que somos víctimas y actores. Lejos de toda pretensión, si la posibilidad de una superación existe, es dentro de las múltiples situaciones de crisis que surgen de las contradicciones actuales, siendo la crisis sanitaria de Covid la última, crisis de la que la insurrección de las grandes ciudades norteamericanas tras la muerte de George Floyd podría analizarse fácilmente como una reacción. La simultaneidad y el entrelazamiento de estas crisis, que se vierten unas en otras, su carácter cada vez más inmanejable y la desconexión de los elementos hasta ahora un tanto funcionales que aseguran el orden social, deben entenderse como la posibilidad de una ruptura, que consistiría en establecer nuevas conexiones prácticas entre grupos e individuos, al margen de las relaciones capitalistas y de su gestión estatal.