En torno al debate sobre organización y estrategia

Robert Schlosser

Publicado en Angry Workers.


En esta respuesta al debate sobre estrategia y organización, abogo por no perdernos en la discusión sobre cómo debe interpretarse la historia del movimiento obrero, y en cambio concentrarnos en las condiciones actuales. Incluso si hoy día casi no existe un movimiento independiente de trabajadores asalariados, los comunistas deben superar el sectarismo, luchar por una organización unitaria y vincular las demandas de la política actual con los objetivos a largo plazo de la revolución social.

Prefacio

Mientras la discusión sobre organización y estrategia gire principalmente en torno a cómo debe interpretarse la historia, es poco probable que se llegue a algún acuerdo. Lo que necesitamos es comprender cómo evaluar la situación actual aquí y ahora, especialmente en Alemania. Como «discusión entre historiadores», el debate sobre organización y estrategia corre el riesgo, en mi opinión, de convertirse en una de esas típicas disputas sobre la dirección en las que los fetichistas de la organización y los fetichistas del movimiento, kautskistas y antikautskistas, etc., se enfrentan para dirimir las mismas batallas del pasado peleadas por enésima vez. Desde mi punto de vista, no se trata tanto de buscar modelos históricos, como de dar cuenta de los profundos cambios en el modo de producción capitalista y las formas correspondientes de la sociedad de clases burguesa. Sólo si conseguimos esto podremos hallar enfoques prometedores para la organización y la estrategia de los comunistas de hoy. Debería quedar claro para todos los involucrados que los comunistas actuales no somos el producto de un «movimiento proletario» en rápida expansión y que se radicaliza de manera significativa, como fue el caso en la segunda mitad del siglo XIX o en la década de 1920. (¡Hoy en día, los trabajadores asalariados en las empresas industriales de este país, por ejemplo, están en gran medida «liberados» de cualquier pensamiento y acción comunista!) Si hoy persisten algunas sectas comunistas y surgen repetidamente nuevas agrupaciones, esto se debe casi exclusivamente a una cierta continuidad de la crítica teórica del «capitalismo», y en modo alguno del «movimiento proletario» práctico. Si hoy se plantea la cuestión de la organización y la política de los comunistas, esto no se debe al desarrollo de las luchas y la radicalización de los trabajadores asalariados, sino ante todo como la tarea de superar un sectarismo petrificado que excluye todo desarrollo.

I

Ya que en su texto Katja, Marco y Lukas argumentan con un fuerte énfasis histórico en favor de ciertas formas de organización, también quiero hacer un breve comentario sobre esto. Sea lo que sea que uno piense sobre los partidos, sindicatos, cooperativas y consejos, históricamente todos fueron claramente un producto del movimiento proletario internacional. Para quienes analizamos ese desarrollo hoy, sus resultados son aleccionadores. Partidos, sindicatos y cooperativas se encuentran en su gran mayoría integrados al Estado y son «apoyados» por él». Los consejos siempre tuvieron una existencia efímera, y en la Unión Soviética, o incluso en la propia Yugoslavia, se convirtieron en la imagen distorsionada de la «forma política al fin descubierta bajo la cual puede tener lugar la emancipación económica del trabajo» (Marx) y las relaciones comunistas de producción.

En este contexto, rechazar de forma categórica la organización en un partido político o en un sindicato, y optar positivamente por los consejos como garantes de una emancipación social exitosa no tiene, en mi opinión, ningún sentido. Los consejos no salen mejor parados, si se los contrasta con su puesta en práctica en la Unión Soviética y en Yugoslavia, que las otras formas de organización de los trabajadores asalariados. Los consejos, al igual que cualquier otra forma de organización, no ofrecen ninguna garantía de éxito para la emancipación social: pueden independizarse del movimiento de trabajadores tanto como los partidos políticos y los sindicatos. Pero por otro lado, concluir de esto que toda organización formal es obra del diablo constituye, en mi opinión, un error fatal.

Así como una determinada forma de organización no puede garantizar el éxito en la lucha de clases y la emancipación social, la crítica de determinadas formas de organización no explica la indigencia del «movimiento obrero» actual. En Alemania, al menos, hay más estancamiento que movimiento. En mi opinión, las causas de esta situación son muy complejas: es el resultado de traiciones, de derrotas devastadoras, de concesiones de la clase dominante, del enorme desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, del igualmente impresionante crecimiento del capital después de la Segunda Guerra Mundial, a su vez resultante de estos factores. Además, especialmente en Alemania, están los efectos ideológicos duraderos del nacionalsocialismo y el socialismo realmente existente, que dan forma a la ideología predominante del anticomunismo incluso entre los trabajadores asalariados.

En cualquier caso, la conciencia de clase de los trabajadores asalariados en Alemania se ha hundido a un nivel inimaginablemente bajo. En consecuencia, las luchas de clases específicamente en torno a la organización concreta del trabajo asalariado (salarios, jornadas laborales, pensiones, etc.) están poco desarrolladas. Ataques como Agenda 2010 se han mantenido básicamente sin respuesta por parte de la clase trabajadora. En este sentido, no existe de hecho un movimiento de asalariados que haga necesaria y produzca una organización independiente. Desde luego, no hay un movimiento de trabajadores que ponga a la orden del día una organización revolucionaria.

La organización comunista que existe hoy en los países capitalistas desarrollados como Alemania sigue siendo producto de movimientos, pero no del movimiento independiente de los trabajadores asalariados. En última instancia, la organización comunista actual se remonta al movimiento estudiantil y juvenil de fines de los años sesenta, antes de eso apenas había literatura comunista disponible en la Alemania Occidental de la posguerra. Fue ese movimiento el que creó la ruptura de la que provienen las sectas comunistas actuales (recordemos, por ejemplo, cómo fue transgredida la prohibición del KPD y la persecución de toda agitación comunista, etc. Esa prohibición no estaba dirigida específicamente contra la actividad marxista-leninista, sino contra cualquier agitación en favor de una «dictadura del proletariado» y que buscara eliminar la propiedad privada de los medios de producción. El alcance de esa persecución después de la Segunda Guerra Mundial en la RFA fue descrito, por ejemplo de manera impresionante por Heinrich Hannover, un abogado que en esa época defendió a los activistas del PC estalinista).

II

El Manifiesto Comunista afirma:

Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones. Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. [1]

Esto fue escrito en 1848, cuando el movimiento obrero internacional moderno recién empezaba a desarrollarse, y fue confirmado de un modo contundente por su expansión hasta la Primera Guerra Mundial. El fruto de ese movimiento consistió menos en sus victorias que en la «creciente sindicalización de los trabajadores». La conciencia de clase que desarrollaron los asalariados bajo la influencia de un movimiento socialdemócrata cada vez más fuerte (por ejemplo, a través de periódicos, discursos, folletos y trabajo educativo) no fue uniforme y consistentemente revolucionaria, pero una parte de ella sí fue revolucionaria. Esa conciencia de clase revolucionaria desarrollada «en el seno de la socialdemocracia» no llegó a impedir la participación de las masas en la primera guerra mundial imperialista, pero sin ella las revoluciones de tendencia comunista en Rusia y en Alemania no se habrían producido. [2] Si antes de la Primera Guerra Mundial la socialdemocracia fue una expresión de la organización política de la clase trabajadora, fue precisamente porque unió a las corrientes más importantes del movimiento obrero en una sola organización.

III

La frase del Manifiesto Comunista de Marx y Engels que citamos no sólo es importante para la perspectiva revolucionaria, sino también para cada conflicto, mayor o menor, entre el trabajo asalariado y el capital en los lugares de trabajo particulares. Al menos eso es lo que he aprendido en mis limitadas pero relativamente numerosas experiencias. La mayoría de estas disputas no logran lo que los trabajadores asalariados quieren. Terminan o bien en derrota o en compromisos. Y debido a que este es el caso, se unen personas que quieren continuar la lucha, incluso por demandas comparativamente «pequeñas» a través de las cuales los trabajadores asalariados quieren hacer valer sus necesidades. Esto les lleva a organizarse más allá de la lucha inmediata. Tan pronto como tales luchas ganan impulso y un mayor número de personas participa, surge la cuestión de darle uso a las organizaciones existentes, como el cuerpo de delegados de un sindicato o el comité de empresa. Si son incluso razonablemente intensos, los conflictos se reflejarán en un cambio en la composición de esos organismos. A todo movimiento, si es al menos un movimiento rudimentariamente independiente de trabajadores asalariados, le importa un comino lo que los revolucionarios piensen sobre los sindicatos y los comités de empresa, ya sea que los rechacen en principio o no.

Entonces, basado en mi conocimiento de la historia y basado en mi experiencia, asumo que la decisión sobre qué organización existente usar, y qué otras nuevas desarrollar, es una decisión que pasa a través de, y tiene lugar en las luchas de los asalariados. Si los trabajadores no luchan activamente por sus intereses, esas cuestiones no surgen. Si los trabajadores asalariados no luchan por sus intereses, esto se debe a sus condiciones objetivas de trabajo y de vida, y por una falta subjetiva de conciencia de clase, no porque el proceso haya sido cortocircuitado simplemente por el carácter burgués de sus organizaciones. Creerlo así es imaginar que estas organizaciones son lo único que impide que los trabajadores asalariados, que ya están realmente listos para luchar, luchen contra el capital.

Esto, por supuesto, no excluye la posibilidad de que el carácter de «asociación empresarial» de las organizaciones tenga un efecto negativo en el desarrollo de la conciencia de clase. Precisamente cuando uno habla en términos positivos de la auto-clarificación de las masas, también debe tener en cuenta que el fracaso de esa auto-clarificación moldea el carácter de sus organizaciones. La auto-clarificación de las masas no comienza con la revolución. Es la revolución y su perspectiva de éxito la que depende decisivamente del grado en que la auto-clarificación de las masas las haya llevado ya a ciertos cambios de conciencia antes de la revolución. La perspectiva de la emancipación social, el vuelco de las relaciones de producción, sólo prevalecerá en la revolución si en la antesala «pacífica» una corriente social-revolucionaria, por así decirlo subliminalmente, gana una influencia decisiva en el pensamiento de las masas. Sin una organización firme de los comunistas y una práctica adecuada y continua de dicha organización, los acontecimientos quedarán en nada. Una revolución social debe prepararse no sólo objetivamente sino también subjetivamente. Si no es así, entonces la revolución termina en derrota… y hasta ahora sólo quedan las derrotas.

IV

Paul Mattick tenía una posición clara sobre la cuestión de la organización en el contexto de la revolución social. Escribió:

De hecho, no es posible construir organizaciones revolucionarias de masas bajo el capitalismo, ya que es su propio éxito organizativo lo que destruye la ideología revolucionaria original. Las organizaciones revolucionarias, para seguir siéndolo, deben mantenerse libres de la política ordinaria del día a día, pero esto a su vez obstaculiza su propio desarrollo. El dilema del movimiento obrero parece así insoluble, ya que tanto la participación activa en la práctica social dada como su negación en base a principios, conducen ambas al desempoderamiento revolucionario. Este dilema solo puede ser resuelto mediante la formación espontánea de organizaciones revolucionarias, que no pueden perdurar dentro del capitalismo. En otras palabras, es la organización espontánea de la revolución misma la que puede resolver el dilema del movimiento revolucionario bajo el capitalismo. [3]

Y en otra parte afirma, de manera incluso más categórica:

Si el capitalismo se desarrolla y vive «a ciegas», también la revolución contra el capitalismo sólo puede tener lugar «a ciegas». Cualquier otra punto de vista se desvía del materialismo histórico.

Por mucho que aprecio a Paul Mattick como un crítico de la economía política, no aprecio mucho sus posiciones políticas. [4] Por esta razón, y porque en las 28 tesis sobre la sociedad de clases aparecidas en el primer número de Kosmoprolet hay formulaciones que van en la misma dirección, hace mucho tiempo critiqué esta posición en un artículo en Eiszeit, en Zurich. Esto provocó una controversia.

En las 28 Tesis, se dice, por ejemplo:

Para los descontentos dispersos que en tiempos sombríos se juntan en círculos comunistas y ocasionalmente redactan largas tesis, esto significa que deben negarse a actuar tácticamente, a buscar la «credibilidad» y ganarse el favor de los demás mediante programas «realistas», a fin de trascender su separación respecto de la masa de trabajadores asalariados…

Tales frases me hicieron dudar durante mucho tiempo si tenía algún sentido formular una crítica de estas tesis. Después todo, la totalidad de mi práctica organizada y no organizada se caracterizaba por buscar la «credibilidad», ayudando a desarrollar y promover programas «realistas». Para mí, «realista» significaba lucha de clases, pero no necesariamente medidas revolucionarias. Esto es lo que me permitió apoyar las luchas actuales y superar, al menos parcialmente, la «separación respecto de la masa de trabajadores asalariados» en la que estaba activo. Si se ha de crear un polo «perceptible» de social-revolucionarios, entonces, sea como sea, no es posible mantenerse al margen de la «política ordinaria del día a día». Dadas las iniciativas de Leipzig y Zúrich durante la pandemia de coronavirus, probablemente estas también sean noticias ya conocidas. Cuando expresé mi asombro por esto en una de las listas de distribución de correo del medio radical, un camarada de Zúrich me respondió, entre otras cosas, lo siguiente:

1. La idea de que los revolucionarios no pueden hacer demandas al Estado ha caído en el olvido hace ya mucho tiempo. La única pregunta es de qué forma se dirigen al Moloch. Es decir, si hacen una petición y la presentan formalmente, o si en cambio organizan manifestaciones en las que la gente, por supuesto, exige que el Estado le de la mayor cantidad posible de dinero posible en caso de perder su trabajo.
2. Me gustaría volver a discutir con calma todo el asunto de cómo se conectan las reformas y la revolución, cómo moverse en ese ámbito, etc. Pero en este momento todo es increíblemente urgente, sobre todo teniendo en cuenta que por todas partes están surgiendo iniciativas vecinales donde la gente puede actuar. Así que me parece adecuado hacer demandas radicales (las actuales consisten en exigir trabajos de emergencia) y popularizarlas en estas iniciativas».

Percibí en el correo electrónico del camarada un esfuerzo serio por superar la desconcertante separación respecto de los trabajadores asalariados, interviniendo en la política cotidiana y formulando demandas específicas. Estaba muy contento por eso. Me sorprendió porque no alcancé a darme cuenta de cuándo, cómo y con qué argumentos fue que se abandonó la vieja posición. Este también se aplica a los autores de Qué hacer en tiempos de debilidad.

En mi opinión, el problema de mantener el carácter revolucionario de una organización no puede resolverse manteniéndose al margen de la política cotidiana y sin hacer exigencias al Estado. Por lo que puedo ver, el propio Mattick no se apegó a sus pautas de manera muy consistente (él fue muy activo en el movimiento de desempleados en los EEUU en la década de 1930 y difícilmente habría tenido recuerdos tan positivos de aquella época si entonces se hubiera limitado a hablar de revolución y de comunismo). El carácter revolucionario de una organización sólo puede ser preservado si logra combinar la intervención en la política cotidiana -en forma de crítica concreta de las condiciones capitalistas y agitación por ciertas demandas en interés de los trabajadores asalariados- con el compromiso a largo plazo con el objetivo de la revolución social, de modo tal que tales objetivos comunistas sigan siendo siempre el principio rector más alto. Esto debe expresarse en un programa y en una práctica organizativa correspondiente. No es fácil lograrlo, y la piedra filosofal aún está por descubrir, pero si esto no es posible, entonces no hay perspectiva alguna de cambio. En mi opinión, el problema no es la forma de la organización, sino esta relación con una praxis organizada.

V

Pero volviendo a la situación actual tal como la veo y lo que hay que hacer: hoy no queda casi nada de lo que caracterizó al viejo movimiento obrero y estamos, por así decirlo, retrotraídos a un punto anterior, a los inicios de un movimiento independiente de trabajadores asalariados. Además, cargamos sobre nuestros hombros el peso de unos resultados históricos realmente indeseables. Casi no hay luchas, y no existen periódicos, discursos, folletos ni ningún trabajo educativo entre los trabajadores asalariados por parte de una organización de comunistas que funcione eficazmente y que sea capaz de despertar y desarrollar la conciencia de clase a gran escala. Ni siquiera quiero hablar de una presentación teórica convincente que ofrezca una justificación científica del comunismo. Lo que hay son improvisaciones y sectarismo por todas partes.

De todo esto se sigue que para mí, en este momento, las organizaciones independientes de la clase -ya sea en forma de partido político, sindicato clasista, cooperativas o incluso consejos- están desconectadas del presente. Si hoy los grupos e individuos que dirigen Communaut deciden rechazar o divinizar ciertas formas históricas de organización militante de los trabajadores, esto es prácticamente irrelevante en lo inmediato. En cualquier caso, esto no debe ser motivo para una de las habituales disputas sobre la dirección, que nos lleve a despedirnos indignados nada más empezar. Las formas de organización serán decididas por el movimiento de los propios trabajadores asalariados. Si el movimiento de clase no se materializa, tampoco se materializará su organización política, ¡cualquiera sea la forma que adopte! Y esta organización política de la clase no se puede reemplazar por la acción de las sectas políticas.

Incluso los «comunistas antiautoritarios» deberían, bajo las condiciones especiales de hoy, concentrarse en contribuir ala superación del miserable sectarismo. ¡Incluso las organizaciones pequeñas no deben cultivarlo! Incluso si uno realmente quiere seguir este camino, surgen suficientes tareas prácticas llenas de trampas reformistas y de otro tipo.

Con Communaut se ha creado un instrumento con el que podría tener éxito este vínculo del que he venido hablando. La declaración de los editores es un buen comienzo, pero todavía no veo un plan para un trabajo teórico y político sistemático.

VI

Katja, Marco y Lukas han criticado sobre todo el «culto a la espontaneidad» que caracteriza al comunismo de consejos. A esto Félix Klopotek respondió críticamente:

Lo que también resulta molesto es la ostentosa falta de comprensión de WEH cuando se muestran eufóricos al preguntarse cómo es que «en un proceso caótico y completamente espontáneo las masas proletarias habrían de desarrollar una conciencia revolucionaria y una claridad sobre sus intereses políticos que les permitiría romper con la vieja sociedad.» Pero ¿qué tiene de caótico un movimiento de huelga, la ocupación de una plaza o una manifestación militante? Muy por el contrario: en estas situaciones de sublevación todo el mundo sabe cómo moverse, todo el mundo hace lo correcto, de manera completamente natural la gente se eleva por encima de sí misma y los miedosos de pronto se hacen valientes. Estos acontecimientos sólo resultan «caóticos» desde un punto de vista muy concreto: porque no hay cómo prolongarlos, porque no se pueden planificar. No se pueden conservar, y eso provoca miedo en los observadores: ¿qué pasará mañana? Este miedo atraviesa todo el texto, sublimado tras la vaga esperanza de hallar una fórmula que garantice poder perpetuar los movimientos, transformar sus brotes repentinos en una política y en un programa y así poder evitar su también repentino declive.

El libro de Richard Müller -uno de los líderes revolucionarios- sobre la Revolución de noviembre en Alemania, puede darte una impresión del curso caótico de esa revolución. ¡Decir que allí todos hicieron lo correcto de forma espontánea y natural sería una afirmación audaz!

Sólo he estado presente en tres huelgas bastante diferentes entre sí: como partidario de la huelga de Opel en 1973, como empleado maquinista durante la ocupación de la fábrica de Mönninghoff en 1983, y como estudiante y «líder de huelga» en la lucha del instituto deportivo de la Universidad de Bochum a mediados de la década de 1970. En ninguna de estas situaciones todos hicieron lo correcto de forma natural. En cada caso fue necesario un gran esfuerzo para evitar que los colegas «espontáneamente» echaran abajo las huelgas y para resistir las medidas de la reacción. En todos estos casos, incluso los mejores activistas carecían de experiencia y, a menudo, no sabían qué hacer a continuación. En todos estos casos, no sólo ocurrió que los temerosos se volvieron repentinamente valientes, sino que los valientes se volvieron repentinamente temerosos. Las frases de Klopotek describen una idealización de la lucha y la espontaneidad, y esta visión es la base de su crítica al texto de Marco, Katja y Lukas, y es también la base de su actitud ante la cuestión de la organización.

No hay duda de que la espontaneidad es un elemento insustituible en la lucha de clases. Desde una perspectiva comunista, es una de las condiciones objetivas bajo las cuales la actividad de los comunistas tiene sentido. Es una reacción a agravios que se perciben como intolerables o inaceptables. La agitación de las minorías radicalizadas, sin embargo, suele jugar un papel decisivo para el crecimiento de la indignación que finalmente conduce a las luchas.

Si los actos de lucha espontáneos no se convierten en actos de lucha conscientes en los que se articulan necesidades radicales y se formulan y acuerdan metas correspondientes, entonces la espontaneidad termina en maullidos y nunca en una revolución social. En la articulación de estas necesidades radicales y la formulación de metas se expresa la conciencia, que nunca es el resultado directo de la espontaneidad, sino el resultado de la reflexión y la discusión a partir de ella. Este proceso hacia la acción consciente se da en la lucha de opiniones entre los trabajadores asalariados y las diferentes corrientes políticas. Todo esto se puede aprender de la historia. (Muchas de las acciones/huelgas que los afuerinos describen como espontáneas, a menudo ha sido en realidad puestas en marcha por minorías organizadas. No obstante son, siempre, acciones independientes de los trabajadores asalariados, por más que los iniciadores sean social-reformistas/anarquistas/sindicalistas, o comunistas).

La pregunta que hoy se hacen los comunistas es simplemente si, en vista de las escasamente desarrolladas luchas de clase espontáneas que sirven como condición necesaria para la revolución social, quieren esperar e incluso confiar en que cada uno hará lo correcto espontáneamente, o si entienden que la lucha por la emancipación social no puede funcionar y no va a funcionar de esta manera. Si los comunistas han entendido esto, entonces deben permitirse comprometerse en una crítica radical, pero también comprensible, y articular necesidades radicales, lo que en el capitalismo siempre equivale a la formulación de ciertas demandas. La organización que los comunistas se den para este propósito debe estar diseñada de tal manera que les permita promover activamente la conciencia de clase, formular metas y establecer la posibilidad del comunismo a partir de la crítica de las condiciones dadas. ¡En última instancia, esta organización también debe permitir que las personas sean activas de manera organizada en todas las áreas de la sociedad! Esto último, por supuesto, no es una demanda que se pueda hacer a los grupos e individuos que dirigen Communaut hoy. El número de activistas es demasiado pequeño para eso y no hay base en términos de contenido. Pero uno puede soñar con tal organización y luchar por ella.

Traducción: C. L.

Notas

[1] MEW 4, pág. 470f.

[2] El hecho de que corrientes de pensamiento muy diferentes se desarrollaron «en el seno de la socialdemocracia internacional» ha sido elaborado por Zeev Sternhell en su libro The Emergence of Fascist Ideology. Se refiere a desarrollos específicamente en Francia e Italia, y asociados a nombres como Sorel, Mussolini y otros. El ostensible crecimiento del movimiento de la clase trabajadora en la segunda mitad del siglo XIX también provocó el surgimiento de diferentes corrientes teóricas dentro de la internacional socialista en desarrollo. Las disputas teóricas tuvieron lugar inicialmente en el seno de los partidos de esta internacional socialista, que durante muchos años fueron partidos en los que se formaron y lucharon corrientes muy diversas.

[3] Paul Mattick, Leninism and the Labour Movement of the West, en: Lenin. Revolution and Politics. Ensayos de Paul Mattick, Bernd Rabehl, Yuri Tynyavov y Ernest Mandel, Frankfurt am Main, 1970.

[4] En lo que respecta a su comprensión del materialismo histórico formulado aquí (como un proceso histórico «ciego»), pese a todo ésta supera por mucho al esquematismo de la 2ª Internacional. No obstante, desarrollar esto aquí escaparía al alcance de estas tesis.

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