La guerra sólo puede ser dinámica

N+1. Informe de la tele-reunión del 12 de abril de 2022


La tele-reunión del martes por la noche, a la que se sumaron 20 compañeros, dio inicio comentando el vídeo que introduce el nuevo número de Limes titulado «El fin de la paz» (22/3).

En su análisis, el director Lucio Caracciolo afirma que la guerra de Ucrania pone fin de manera irreversible a la llamada fase pacífica que tuvo lugar en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, abriendo el enfrentamiento entre dos grandes países: Rusia, que lucha sobre el terreno ucraniano, y Estados Unidos, que utiliza otras fuerzas en el campo de batalla. Entre las consecuencias del conflicto está la posible desintegración de la Federación Rusa, lo que daría lugar a un escenario muy peligroso para toda la zona centroasiática dada la presencia en territorio ruso de miles de ojivas nucleares.

A nadie le conviene una balcanización de Rusia, también porque podría causar estragos dentro y fuera del país. Cabe recordar que, pese a los últimos acontecimientos, Rusia y EEUU siguen colaborando militarmente en Siria y negociando en torno a Irán. Los dos países no son competidores directos y, desde el punto de vista de la posible interrupción de las importaciones de gas, los estados europeos serían los más perjudicados. Esta es una guerra en el corazón de Europa, no de Ucrania, y quienes la están combatiendo son principalmente los Estados Unidos.

En el cuadro que acabamos de describir, podemos ver cómo se pone a prueba gravemente la estabilidad estructural de los estados. El conflicto de Ucrania es un episodio de una guerra mucho más amplia, porque no es Rusia la que cambia el mundo, como escribió Limes en el último número (22/2), sino la guerra misma. La Guerra Fría produjo decenas de millones de muertos, masacres de Estado, guerras de poder, partisanos que se masacraron en nombre de terceros; sin embargo, al mismo tiempo mantuvo un cierto equilibrio entre las potencias imperialistas. Según Caracciolo, el resultado de 75 años de «paz» ahora entran en escena y seremos testigos de grandes transformaciones geopolíticas, de un cambio de época. El Primer Ministro de Finlandia ha anunciado que pedirá la entrada de su país en la OTAN, al igual que Suecia. Habrá consecuencias, la escalada ya ha comenzado.

Las guerras modernas se desarrollan automáticamente, no sólo por el hecho de que los hombres obedezcan a las máquinas, sino también porque el capital se ha vuelto autónomo respecto de los estados. Como escribimos en el número 11 de la revista, “Teoría y práctica de la nueva guerra política americana”, la guerra actual es infinita, ya no es un paréntesis entre momentos de paz. Estados Unidos ha desarrollado y aplicado teorías de guerra funcionales para salvaguardar su posición de monopolio, y con sus 800 bases militares ubicadas en todo el planeta, controlan el mundo ocupando centros territoriales clave. Como recuerda nuestra corriente, también son colonizadores de sí mismos, actuando como extranjeros hacia las poblaciones ocupadas y también hacia las suyas propias. La doctrina estadounidense es una doctrina de guerra basada en la proyección del poder, característica de un «imperialismo de portaaviones». Pero el frente interno no debe subestimarse, como bien sabe la clase dominante. Aunque los burgueses traten de negarlo, la historia está hecha de luchas de clases y, sobre todo, de choque entre modos de producción.

La historia no ha terminado, como lo aseveró Francis Fukuyama en su famoso ensayo político, en cambio ha comenzado una diferente.

Las doctrinas militares sirven para predecir lo que puede suceder en el futuro, pero no logran establecer el momento en que emergen los grandes movimientos sociales. La guerra es un acto de fuerza. Y el poder de la voluntad humana, dice von Clausewitz, nunca se origina en sutilezas cerebrales, así como la acción bélica nunca se manifiesta sobre el terreno reproduciendo a la perfección los proyectos de los generales. Obviamente, la guerra no es producto de líderes autoritarios o déspotas asesinos, no es un acto aislado, no surge de la nada, no está desconectada de la vida anterior de los estados implicados. Las decisiones no se toman de una vez por todas, sino que dependen de la dinámica de hechos que interactúan en un continuo espacio-tiempo. El desenlace de la guerra depende de la situación política anterior, precisamente la que desencadenó el enfrentamiento armado. Pero el mismo curso de la guerra a su vez afecta el resultado futuro, que puede no ser el esperado o deseado por los estados mayores.

Estados Unidos no está nada feliz de distribuir armas en todo el mundo, quizás a aquellos que en un futuro cercano podrían convertirse en sus enemigos. En 2021, un país importante como Turquía inició la modernización del software para sus cazas F-16 (suministrados por EEUU) de forma independiente, sin la participación de su proveedor: en la guerra moderna, el programa informático para operar las armas es fundamental y sin él el hardware es basura inútil. La guerra infinita de los Estados Unidos contra el resto del mundo se da sobre todo a través de la competencia, lo que supone obligar al oponente a realizar actos funcionales a su propia estrategia.

Los costos de la guerra actual son asombrosos: un misil tierra-aire Stinger (el que usaron los muyahidines para contrarrestar la intervención militar de la Unión Soviética en Afganistán) cuesta unos 40 mil dólares, un tanque de última generación 40 millones de dólares, un dron de bajo coste como los que se utilizan en Ucrania unos 5 millones de dólares. La guerra moderna es costosa, no todos pueden pagarla y no todos tienen la oportunidad de ganarla. La referencia a las armas nucleares es muy actual: en cualquier juego de guerra su uso conlleva el riesgo de destrucción mutua y esto debería actuar como elemento disuasorio. Debería, porque los estados burgueses han construido decenas de miles de misiles nucleares, y nadie está absolutamente seguro de que nunca serán utilizados. Pero una cosa es cierta: la guerra atómica llevaría a nuestra especie al borde de la extinción.

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