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Sin misticismo en tiempos de debilidad

lunes, marzo 21st, 2022

Aaron Eckstein, Ruth Jackson & Stefan Torak

Publicado en Communaut


En esta, nuestra respuesta a la contribución al debate ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?, señalaremos algunos problemas que vemos en el argumento con que los camaradas han hecho una defensa del partido y del programa. Con esta crítica queremos poner de relieve otros temas en torno a los cuales pensamos que debería girar nuestro debate sobre estrategia y organización.

***

Para la izquierda radical, resolver el problema de la organización es tanto la cuadratura del círculo como el Santo Grial. En su resolución se encierra la promesa de una práctica históricamente poderosa, y en última instancia, de un levantamiento revolucionario; plantear este tema siempre conlleva el riesgo de imponer cursos de división, porque esto hace que el denominador común lentamente se vaya desmoronando. Lukas, Katja y Marco (en adelante LKM) acaban de abrir un nuevo round con su texto ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?, con el que provocaron la irritación no sólo de los lectores [1] sino también del equipo de redacción del blog. Comprender los pros y los contras de su propuesta estratégica no será fácil, por dos razones. En primer lugar, por su estilo provocador. Abofetear a un grupo de comunistas antiautoritarios con la tesis de que la autoliberación proletaria está «inevitablemente ligada a la forma del partido» es -aparte de que el razonamiento no es convincente- poco diplomático. [2] No obstante, hemos procurado reaccionar con una razonable calma. Y, en segundo lugar, el texto nos suscita demasiadas dudas. Expresar nuestra incomprensión no es, por tanto, un truco retórico, sino la expresión del hecho de que en su texto los conceptos y las tesis centrales quedan sin explicar o sin fundamentar. Como han demostrado nuestras discusiones internas, éste es probablemente el núcleo de los problemas que hemos encontrado para entendernos. Pese a todo, démosle.

Los compañeros parten haciendo un diagnóstico con el que estamos de acuerdo en dos puntos esenciales: en primer lugar, observan que en el medio social revolucionario hay una falta de orientación y de planeamiento estratégico; y junto con ello, constatan una limitación de las luchas y movimientos sociales actuales y del pasado reciente. Así, se plantean cuestiones estratégicas que son correctas, y para las que, pese a todo, no tenemos respuestas satisfactorias:

– ¿Cuál es nuestro papel como comunistas en las luchas sociales?
– ¿Cómo se determina la relación entre el debate teórico efectuado por pequeños círculos, por un lado, y los acontecimientos políticos, por otro?
– ¿Qué «pasos intermedios» son necesarios entre el objetivo final (la comuna mundial) y las luchas actuales?
– ¿Qué conclusión extraer de la percepción de lo limitado de las luchas de los últimos tiempos? «¿Qué hacer para superar estas fuerzas limitadas de la espontaneidad?»

LKM consideran al propio medio radical como el principal responsable de la falta de perspectiva, así como de la persistencia en su interior de los supuestos básicos del comunismo de consejos, esto es, «que los sindicatos y partidos obreros sólo podían desempeñar un papel contrarrevolucionario». De acuerdo con esto, la manera de llenar el «vacío» estratégico sería cuestionando los supuestos básicos de la teoría revolucionaria de los comunistas de consejos. Este argumento se basa fundamentalmente en una reinterpretación de la historia de la primera socialdemocracia. La misma unilateralidad que los camaradas achacan a la crítica comunista del partido, y su supuesta huida hacia la «mística de las masas» acaba alcanzándoles a ellos bajo el signo contrario. Nuestra crítica comienza con esta interpretación de la historia que, según la lectura que hemos hecho, equivale a neutralizar la forma política del partido (1). La crítica al sistema de coordenadas del comunismo de consejos les lleva en consecuencia a proponer llenar el vacío estratégico con esos medios ahora rehabilitados: el partido y el programa, [3] los que en definitiva no son más que falsas soluciones (2). Para concluir, nos parece necesario decir que la falta de perspectiva no es meramente autoinfligida, ni se deriva tan sólo del sistema de coordenadas del comunismo de consejos (3). [4]

Hasta qué punto esta solución -tan anticipada- tiende a recaer en el autoritarismo queda en evidencia, por ejemplo, cuando se insiste en la «necesidad de un poder de decisión político central» [5] y se habla sin cesar del «problema de la dirección política» o de la «autoridad política». ¿Qué debe y puede significar exactamente que el problema de la desorientación o la incertidumbre que predomina en la clase obrera se resuelva mediante la «dirección» y la «autoridad»? Además, se afirma que el autogobierno proletario sustituirá al orden burgués en una «crisis revolucionaria», y que esta «nueva autoridad política está inevitablemente vinculada al partido como forma de organización política». ¿Es entonces el autogobierno proletario un decreto del partido? ¿En qué sentido el partido está «vinculado» con el autogobierno proletario? Esto no sólo valida lo que ya ha dicho Felix Klopotek: que es demasiado impreciso para poder avanzar; también enciende todas las alarmas antiautoritarias.

1. Neutralización histórica de la forma partido

Los compañeros cuestionan la interpretación hecha por el comunismo de consejos de las organizaciones clásicas del movimiento obrero (partidos y sindicatos), y subrayan el papel de la socialdemocracia en el fomento de la revolución. Afirman que los movimientos revolucionarios de masas de principios del siglo XX no habrían sido posibles en absoluto sin el trabajo de base organizativo de los partidos socialdemócratas. Y dicen:

Los miembros con conciencia de clase de los consejos de obreros, soldados y marineros de Petrogrado y Moscú, que fueron fundamentales para impulsar la Revolución de Octubre, habían adquirido su conciencia política en el Partido Socialdemócrata y en los sindicatos.

El problema aquí es que los líderes del partido con conciencia de clase que ordenaron el asesinato, la detención y el aplastamiento de los obreros, soldados y marineros consejistas, tanto en Rusia como poco después en Alemania (palabras clave: Espartaco, batallas del Ruhr), también habían adquirido su conciencia precisamente en este movimiento socialdemócrata. Para estos camaradas, los aspectos positivos y negativos de la socialdemocracia, que también mencionan en algunos pasajes del texto, carecen por completo de mediación, [6] y es esto lo que les lleva a adoptar un enfoque unilateral sobre el papel positivo del partido. Esta unilateralidad permite que las formas de partido y de programa desarrolladas en la primera socialdemocracia sean presentadas como un ideal al que habría que aspirar, sin que se discuta el problema de cómo la función contrarrevolucionaria se relaciona precisamente con aquellas formas. Incluso Mike Macnair, el intelectual del PC británico al que se refieren LKM, admite, por ejemplo, que entre 1918 y 1921 «las ideas del programa mínimo y la república democrática -tal como las entendían los socialdemócratas- desempeñaron un papel directamente contrarrevolucionario en la movilización de la clase obrera en apoyo del orden capitalista». [7]

En nuestra opinión, extraer de la historia del movimiento obrero lecciones para hoy es algo que sólo funciona si uno se pregunta por qué y cómo lo que empezó de forma prometedora pudo acabar de una forma tan cruel; pero los compañeros no dicen nada sobre esto (Macnair tampoco lo hace). Tal enfoque habría significado por lo demás examinar cómo el desarrollo del movimiento obrero está moldeado por las condiciones sociales. La visión histórica de los camaradas es demasiado limitada como para permitirnos comprender lo que realmente llevó al fortalecimiento del movimiento obrero y a que los trabajadores eligiesen a la socialdemocracia. Además, tampoco nos dicen nada sobre los propios trabajadores. Aunque la clase obrera es el punto de referencia central para sus consideraciones estratégicas, LKM sin embargo pasan por alto las condiciones de trabajo y de reproducción en las que esos obreros se ganaban la vida a duras penas. ¿Cómo podemos entender que esa gente se organizara y decidiera luchar, para a continuación ir en masa a la guerra para morir por la patria? ¿Y cómo es que muchos -no sólo en Alemania- lo hicieron en nombre de la socialdemocracia? ¿Cómo se explica que otros en cambio desde el principio se opusieran a la guerra y agitaran contra ella?

También en otros lugares del texto encontramos evidentes problemas para entender desde adentro la historia del movimiento obrero y de sus organizaciones: incluso hoy en día los movimientos espontáneos no serían capaces de superar a las organizaciones establecidas del movimiento obrero.

«Mucho más probable es el escenario, confirmado una y otra vez, de que en tal situación [de movimiento espontáneo] las propias organizaciones de masas establecidas triunfarían sobre importantes minorías radicales dentro y fuera de estas organizaciones. Ya sea en Alemania en 1918/19, en Francia en 1968 o en Portugal en 1974/75, a pesar de los enormes movimientos de masas, las huelgas salvajes y las ocupaciones, las organizaciones establecidas lograron conservar la ventaja y dirigir el movimiento hacia canales controlados. […] En una crisis revolucionaria, las organizaciones de clase existentes también se ven reforzadas, puesto que ya han vinculado previamente a los sectores de la clase en lucha y son capaces, como organizaciones, de ejercer el poder político.

No sólo se hace desaparecer la violencia contrarrevolucionaria de tales organizaciones bajo la eufemística expresión «dirigir el movimiento hacia canales controlados», sino que, una vez más, no se explica en absoluto cuáles fueron las condiciones sociales que les ayudaron a vencer y cuáles fueron las consecuencias de que las organizaciones establecidas retuvieran la ventaja. Sólo así pueden permitirse sacar la conclusión estratégica de que dado que las organizaciones de clase existentes son capaces de ejercer el poder político, no deben ser dejadas en manos de las «fuerzas leales al Estado». No se les ocurre que la capacidad de imponerse en una situación así podría basarse en quitarle el impulso revolucionario a los movimientos. Esta forma de razonar cercena las dinámicas fundamentales y las diluye para favorecer a las organizaciones, y en última instancia al partido. [8]

Las formas de organización se convierten así en un medio neutro, una cáscara vacía dentro de la cual las fuerzas revolucionarias luchan contra las fuerzas reformistas y reaccionarias. Al parecer lo que LKM quieren, sin explicitarlo, es que los desarrollos negativos sean entendidos sólo como una derrota política de las fuerzas revolucionarias dentro de las organizaciones de masas, y no como un problema relacionado con la forma misma. Hablan de «decisiones políticas desastrosas», del «fracaso político de la tendencia revolucionaria», que se «reifica como resultado inevitable» en la crítica consejista de la organización de masas. Desgraciadamente, poco ayuda esto a aclarar la cuestión de cómo se puede evitar que las fuerzas reformistas o reaccionarias se impongan. Las innegables «tendencias integradoras» quedan reducidas al «dominio burocrático». Por desgracia, las fuerzas que nos atan a lo existente son mucho más pérfidas que la mera burocracia. Con demasiada frecuencia, es la promesa de mejorar algo aquí y ahora con la ayuda de las organizaciones e instituciones existentes, establecidas y poderosas: es el hecho de entregarse con convicción a ese compromiso políticamente tan necesario, a esa victoria parcial que no hay que dejar escapar, lo que lleva a los movimientos de resistencia de vuelta hacia el orden. Las formas de organización siempre determinan cómo se pueden librar las disputas políticas, qué facción tiene ventajas y desventajas estructurales, etc.; y son las formas de organización las que imponen límites a sus objetivos sociales y determinan cómo éstos serán tratados en su interior. La forma del partido no es en absoluto inocente debido a esta selectividad estructural. Dada la experiencia histórica y de las intuiciones de la teoría del estado -ampliamente compartidas en el medio radical, al menos si nos atenemos al estado de la discusión hasta ahora-, la carga de la prueba de que el partido puede desempeñar (a largo plazo) un papel positivo en el proceso de la revolución social recae en los que afirman que es así, y no al revés. Pues bien: el texto de los camaradas no aporta prueba alguna. El hecho de que la socialdemocracia haya contribuido con su parte a una escalada revolucionaria en su momento no significa que la crítica de los comunistas de consejos a la forma partido esté pasada de moda, y menos aún la advertencia, basada en la teoría del estado, respecto del poder integrador de dicha forma.

2. Partido y programa

Sin embargo, los compañeros también dejan muy abierto lo que entienden exactamente por «partido». Esto es particularmente molesto porque hace que nos irrite aún más su intento de rehabilitar el partido, más precisamente el «partido revolucionario de masas» como la única organización política que permite a la clase actuar de manera autónoma y sacarla así de la miseria del presente. Esto echa por tierra gran parte de lo que antes se consideraba el consenso básico dentro del entorno antiautoritario. La «construcción de una organización política con un programa» que ellos recomiendan como punto de orientación a más largo plazo; una organización comunista que debe «incorporar la crítica hecha por la tradición comunista antiautoritaria de los esfuerzos organizativos por parte de los partidos obreros tradicionales» y discutir «qué mecanismos democráticos son necesarios para contrarrestar las tendencias a la burocratización y la autonomización de los intereses individuales»… todo esto sería ciertamente menos polémico si esta organización no se redujera finalmente a la forma del partido. Al mismo tiempo, en lo que respecta al partido, se limita a afirmar su centralidad, sin fundamentarlo. Dice así:

Porque en una crisis revolucionaria y al fragor de una lucha de clases intensificada, sólo un partido puede constituir sobre la base de su programa la coherencia organizativa y política necesaria para imponer una nueva constitución comunal en lugar del viejo orden.

Ni una palabra de por qué y cómo. Y a la vista de lo que los propios compañeros han escrito anteriormente, uno se pregunta: ¿de dónde sacan esa certeza? Ni la Comuna de París necesitó del partido para entrar en el escenario de la historia, [9] ni la tesis encuentra respaldo alguno en la historia auto-narrada de los partidos socialdemócratas o comunistas.

Hoy en día, cualquiera que hable de un «partido» puede estar seguro de que su contraparte entiende algo que tiene que ver no sólo con campos o corrientes políticas, sino también con la forma jurídica, el libro del partido, los estatutos y la participación en el juego parlamentario. Pero eso no es lo que quieren decir los compañeros, al menos no necesariamente. Dejan deliberadamente abierta la cuestión de si el tipo de partido previsto debe entrar en el juego parlamentario o no. Pero, ¿qué queda de un «partido» si no lo hace? La respuesta: el programa. Por lo visto, para los camaradas el núcleo del concepto de partido es que se trata de una organización que persigue un programa político. [10] En concreto, defienden el formato del programa mínimo-máximo. No puede tratarse simplemente de un maximalismo revolucionario, sino que es necesario un programa mínimo que vincule «el desarrollo de una alternativa política a las luchas cotidianas de los proletarios». Debe apuntar a «reformas internas del capitalismo que fortalezcan las fuerzas defensivas y ofensivas de la clase obrera frente al capital, hasta el punto de poder aplicar el programa máximo de superación del capital y del Estado burgués».

Sin embargo, los compañeros apenas dan información más precisa sobre de qué se trata exactamente este modelo de programa. Por lo tanto, a continuación, utilizaremos los puntos del texto en los que se explica con más detalle dicho modelo. [11] ¿Qué funciones puede cumplir un programa? El plural también es importante aquí porque estamos ante puntos de referencia diversos.

Programa y movimiento

En relación con los movimientos que surgen de forma espontánea, parece que de lo que se trata es de tener una posición socialista clara a la que otros puedan adherirse, o no. En tiempos de inmovilidad, se supone que el programa debe cumplir la función de aglutinar tras él a las fuerzas ya orientadas al socialismo («…que los comunistas se presenten con su propio programa, que podría servir como punto de encuentro para la resistencia contra el capital»). Pero ¿qué hacer con esas fuerzas? ¿Cómo podría el programa mínimo superar la criticada «relación externa a los movimientos actuales»? Presumiblemente, tratando de mostrar con ahínco que las demandas de los movimientos están «contenidas» en el programa. ¿Es que acaso los otros partidos prometen otra cosa? ¿Por qué este programa haría de atraer a más gente a su propio bando que, por ejemplo, el programa del Partido de Izquierda, el DKP o el MLPD?

Esta cuestión señala un punto ciego crucial en las consideraciones estratégicas de los camaradas: sus tesis se refieren principalmente a lo que el partido y el programa deberían poder conseguir; se refieren a una idea del programa, no a la práctica que sería necesaria para aplicarlo. Pero el programa político, sus reivindicaciones específicas y sus objetivos (la construcción del poder de clase) están lejos de ser lo mismo que su aplicación práctica. ¿Cómo se concibe esta aplicación? Si es algo distinto del juego parlamentario, ¿se trata entonces de hacerle exigencias al Estado -lo que siempre es necesario cuando se trata de reformas internas del capitalismo- e imponerlas fuera del parlamento? En cualquier caso, sería esencial tener esto en cuenta: no sólo el programa mínimo en sí mismo, sino precisamente las necesidades prácticas y la dinámica de poder político que acompañan al intento de aplicarlo, son la puerta de entrada para todo lo que lleva de vuelta al terreno ya dado. En cualquier caso, un programa sólo cobrará fuerza si la forma de aplicarlo parece realista, y siempre parece más realista utilizar los aparatos ya existentes.

Programa y conciencia

Otra función del programa es la sensibilización. Donald Parkinson, otro defensor del modelo del programa, concreta así la conexión entre programa y conciencia de masas:

El objetivo de un programa no debe ser simplemente dar expresión a las demandas populares de las masas, sino también introducir las reivindicaciones revolucionarias en la política de masas. Es de prever que a menudo estas reivindicaciones sean contrarias a la conciencia popular; el programa debe ser una herramienta educativa para explicar los pasos necesarios para un cambio socialista real.

Y también:

Al negarse a asumir sólo las demandas que ya son populares y, por tanto, factibles a corto plazo (como la de una milicia popular), el partido se ve obligado a luchar por sus convicciones entre las masas y a presentar la necesidad de revolución en lugar de la mera reforma. [12]

LKM también exaltan el programa como orientación para las masas desorientadas. Como mínimo, el partido y el programa son las respuestas esenciales a «la pregunta decisiva sobre cuáles son las condiciones en que la clase obrera se vuelve revolucionaria o, más específicamente, bajo qué condiciones puede tomar conciencia de sus propios intereses como clase y desarrollar capacidades que le permitan derrocar a la sociedad dada en sus propios términos». Pero cómo contribuye a la autoconciencia de las masas (tanto las movilizadas como las inertes) ofrecerles un programa mínimo-máximo, eso sigue siendo un misterio. [13] Los modelos históricos citados explican muy poco, porque sólo se refieren a un catálogo de reivindicaciones. [14] Aquí, también, resulta cierto que en ninguna parte se explica cómo el programa lograría la proeza de sensibilizar a alguien más que a quienes lo redactaron y firmaron. En la práctica, esto podría significar que aquellos que ya tienen afinidades con el socialismo se unirán a él (a menos que opten por otro producto socialista en el mercado político), mientras que los que no las tienen, no lo hagan en absoluto.

Programa mínimo-máximo y modelo de revolución en dos etapas

Con el concepto del programa mínimo-máximo, los camaradas se refieren implícitamente a una idea de revolución marxista-ortodoxa de larga data que se presenta de una manera maravillosamente ordenada. En la primera fase hay una conquista del poder político (dictadura del proletariado) como continuación de la lucha de clases, pero siendo ahora la clase dominada la que gobierna sobre la clase dominante. En la segunda fase se construye el comunismo. Este es también el modelo en el que se basó el primer programa mínimo-máximo de Marx. [15] El modelo de Marx para la transformación política y, por tanto, para la conquista del poder político es la Comuna de París. La división en programa mínimo y máximo se refiere a las dos fases de la revolución. Las demandas del programa mínimo deben estar planteadas de modo tal que revolucionen el orden capitalista, no de una en una, sino en su conjunto.

A menos que creamos que la propia revolución producirá relaciones de producción comunistas -como afirman el oscuro panfletista francés Gilles Dauvé y otros radicales de izquierda-, la separación de mínimo y máximo no es arbitraria, sino que esclarece el proceso de la revolución. [16]

Es muy cuestionable que esa concepción de la revolución tenga relevancia hoy o la haya tenido alguna vez. Dividir la revolución en dos etapas puede parecer muy claro en teoría, pero en la práctica no es más que una pseudo-claridad. Existe el peligro de que en la primera fase las luchas por las relaciones de producción se limiten al objetivo de reformar internamente el capitalismo; y sobre todo, nos parece claro el hecho histórico de que sucesión de esas dos etapas no tuvo lugar. Incluso en lo concerniente al modelo de dos etapas de Marx, se puede afirmar que «subestima la dinámica intrínseca del poder político y la violencia», y por lo tanto es improbable que sea un modelo realista.

Lo que muestra esta conexión entre el programa y la idea de revolución, que sigue implícita en los camaradas, es que en este tema hay una gran necesidad de aclaración. En cualquier caso, dan en el clavo cuando señalan que hoy carecemos de una idea de cómo podría ser la revolución social. ¿Qué implica para nuestra estrategia de transformación si simplemente nos despedimos del modelo simple y ordenado de la revolución en dos etapas?

A principios de siglo la creencia de que un mundo mejor es posible -creencia que aún hoy se manifiesta a veces- todavía estaba en gran medida intacta, la promesa de la revolución social no se había roto y la recaída en la barbarie no era aún una experiencia real. La creencia de que un mundo mejor es posible ha sido reemplazada hoy por la percepción de que es necesario un mundo diferente, pero nadie sabe cómo darle forma. Casi nadie cree en la posibilidad de una ruptura radical. Aquí es donde comienza la miseria de la falta de perspectivas: estamos hundidos en la mierda.

En definitiva, el partido y el programa siguen siendo, en gran medida, palabras clave para los camaradas, que prometen claridad estratégica, pero no logran cumplir su promesa. Escriben en el último párrafo de su introducción al debate:

Por muy comprensible y coherente que sea la crítica anti-partidos formulada por el comunismo de consejos, también éste ha sido incapaz hasta ahora de resolver la contradicción entre organización y espontaneidad, entre burocracia y democracia, entre dirección y masas, y ha acabado así en un callejón sin salida. Al rechazar las organizaciones proletarias, resuelve la contradicción de forma unilateral y se condena a no tener nada que hacer excepto esperar que la necesaria conciencia de clase surja por sí sola de los movimientos de masas espontáneos. Esto le lleva a caer en un misticismo de masas, que en realidad siempre ha merodeado a esta corriente.

Sin embargo, su manera de resolver la contradicción consiste simplemente en inclinarse hacia el lado opuesto, reemplazando la «mística de las masas» por una mística de partido y de programa. Su punto de referencia no es la realidad histórica de ambos, sino su idea. Quieren conservar lo positivo de la organización, el partido, sin tener que hacerse cargo de lo negativo.

Precisamente porque la revolución tiene que ver con un proceso socialmente amplio, es que encontramos problemática la idea de que una determinada organización o forma de organización pueda hacerla avanzar decisivamente. Esto no significa que rechacemos las organizaciones o que consideremos que cualquier tipo de programa es superfluo o hasta peligroso -ninguna organización puede prescindir de un determinado tipo de programa-, sino que partimos de la necesidad de diferentes formas de organización, para reflexionar sobre sus respectivas limitaciones y contradicciones, y sobre los escollos inherentes a la aplicación práctica de sus reivindicaciones.

3. Las condiciones objetivas del presente

El contraste entre poder e impotencia se ha agudizado tanto hoy en día que cuanto más urgente es el primer término, menos posible parece ser. El punto de partida de nuestro debate estratégico debe ser el intento de comprender las condiciones objetivas actuales que nos condenan a la impotencia. Sin embargo, estas condiciones sólo son mencionadas por los compañeros en dos frases subordinadas («fragmentación y atomización», «desindustrialización y aparición de nuevas formas de trabajo») y, como ya he dicho, tampoco tienen un papel en la discusión histórica. Por supuesto, tenemos que discutir qué errores estratégicos se cometieron históricamente y cómo se pueden agrupar y fortalecer con mayor eficacia las fuerzas sociales revolucionarias dispersas en la actualidad. Sin embargo, no basta con una argumentación que intente comprender principalmente desde dentro el desarrollo del movimiento obrero (comunista) y la falta de perspectiva del medio social revolucionario.

La falta de perspectiva no sólo se debe a la incapacidad subjetiva de superar los principios consejistas, sino también a las condiciones objetivas del presente. Esto incluye no sólo los cambios en las condiciones político-económicas (en la dinámica de explotación, en la competencia internacional, en el disciplinamiento impuesto por el estado de bienestar, etc.) y la nueva relevancia de la crisis ecológica, el estado de las fuerzas conservadoras y contrarrevolucionarias, o la integración de las antiguas organizaciones del movimiento obrero en el aparato dirigente. También incluye el daño que la socialdemocracia y el llamado socialismo real han hecho a la posibilidad y capacidad de imaginar un futuro mejor. Y entre otras muchas cosas, incluye también el escepticismo que los movimientos sociales más jóvenes tienen hacia estas formas de organización. [18] El hecho de que, a pesar del aumento global de los conflictos de clase en la última década, las viejas formas de organización del movimiento obrero no hayan experimentado un repunte es algo que hay que explicar. Esta circunstancia es abordada por los propios compañeros con respecto a los chalecos amarillos:

Los participantes se desmarcaron tajantemente de la clase política profesional y de las organizaciones institucionalizadas, pero, aparte de algunos disturbios, no consiguieron oponerse a las formas burguesas de la política, pues el deseo de formas democráticas inmediatas se quedó sin contenido ni objetivo.

También escriben:

Las experiencias de lucha proletaria de las últimas décadas son elocuentes: han demostrado que la clase asalariada es capaz movilizar una y otra vez fuerzas portentosas sin lograr nada en absoluto. Pese a unas protestas tan masivas como no se habían visto antes en todo el mundo, y pese a unos ciclos de lucha que han durado más de lo habitual, el dominio de la burguesía se encuentra menos amenazado que nunca. La cuestión que se plantea ahora es qué conclusión sacar de este diagnóstico sobre la limitación de las luchas.

Sí, es cierto. Pero no comprendemos la conclusión a la que llegan los compañeros. Tratar de complacer a estos movimientos con la misma forma de organización que se rechaza en ellos no nos parece una estrategia prometedora. Hubiera sido más interesante precisar qué podría significar que «estos testimonios de la autoactividad proletaria» producidos por los recientes movimientos desde Chile hasta El Cairo y París den lugar a «formas de organización espontáneas y autónomas» que deberían «reflejar sus demandas e impulsarlas a través de innovaciones en la lucha de clases». ¿Qué posibilidades hay de que las fuerzas comunistas de izquierda den la bienvenida al actual escepticismo frente a la política oficial, en vez de intentar que la forma del partido vuelva a ser agradable para la gente?

Por muy importante que sea estudiar la historia del movimiento obrero y sus derrotas, la discusión de estrategias significativas debe seguir partiendo del «análisis concreto de la situación concreta». [19] Si no lo hace, amenaza con degenerar en una mera disputa por la conducción, lo que sólo puede llevar a nuevas divisiones y a la formación de facciones que de nuevo resultan no guardar ninguna proporción respecto de lo que socialmente está en marcha en este momento.

Notas

[1] Ver las interjecciones de Felix Klopotek y Fredo Corvo.
[2] Todas las citas no identificadas están en el texto ¿Qué hacer en tiempos de debilidad?
3. Valdría la pena una discusión separada para examinar críticamente el salto histórico efectuado por los camaradas desde los inicios de la socialdemocracia hasta el presente. Después de todo, el siglo XX no se caracterizó de ninguna manera por una normalidad capitalista igual que la de hoy: la experiencia no sólo del estalinismo, sino también del fascismo y el nacionalsocialismo, que contribuyó a la retirada del proletariado, especialmente en la izquierda radical en Alemania, no debe ser ignorada por la teoría de la revolución, e históricamente no debe pasarse por alto. Este aspecto sólo se menciona de pasada. Leída con malicia, la propuesta de los compañeros puede entenderse en su conjunto como si quisieran saltarse los estragos de más de un siglo de historia social capitalista para refugiarse en un optimismo revolucionario que aún era legítimo cultivar en 1900. El problema es que precisamente con su visión unilateral de la historia hacen que las categorías de organización, partido, dirección, autoridad y poder político queden vaciadas del contenido negativo que la experiencia histórica les confirió a lo largo del siglo XX.
[4] Aparte del hecho de que el comunismo de consejos no era tan antiorganizacional como se describe, lo mismo se aplica a la tradición anarquista del movimiento obrero (cf. Philippe Kellerrmann, Sobre el debate organizacional en el anarquismo clásico, en Marcus Hawel, Stefan Kalmring (ed.); ¿Cómo aprende el mosaico de izquierda? La izquierda plural en movimiento, VSA Hamburgo 2016, pp. 179-195).
[5] Esta “necesidad de un poder central de decisión política” se justifica por el supuesto de Marx, basado en la Comuna de París, de que en lugar del Estado burgués, se necesitaba “un poder propio, opuesto a los opresores y organizado contra ellos” (MEW 17: 543). Sin embargo, eso no funciona. Por un lado, Marx no habla en este punto de una violencia centralizada, sino de una ejercida por «las mismas masas del pueblo», por otro lado, se trata de una violencia dirigida contra los opresores, mientras que lo manifestado por LKM podría entenderse también como ejercer una “autoridad política alternativa” sobre el proletariado.
[6] Esta falta de mediación se expresa, por ejemplo, en la afirmación de que “esas corrientes más radicales del movimiento obrero también tuvieron su origen precisamente en esas organizaciones de masas -independientemente del papel integrador que pudieron haber ejercido al mismo tiempo-.”
[7] Mike Macnair, Transicional a qué
[8] Además, uno se pregunta: ¿Qué se supone que significa para nuestra orientación estratégica hoy, luchar en pos de tales organizaciones? De ninguna manera es descabellado pensar en el entrismo: la toma (encubierta) de una organización desde adentro.
[9] Incluimos aquí la Comuna de París porque LKM, al igual que Macnair, la utiliza como modelo para lo que ellos llaman la conquista del poder político, para lo cual el partido es fundamental (ver también más abajo).
[10] Cómo este énfasis en lo político se encuentra separado de o relacionado con las implicaciones económicas, es algo que también merecería una discusión aparte.
[11] Ver nota 24 en ¿Qué hacer en tiempos de debilidad? En este texto se echan de menos, también, dos cuestiones sustanciales: en primer lugar, no hay una pregunta seria sobre por qué la socialdemocracia de la Segunda Internacional finalmente se integró lealmente al estado y qué papel pudo haber tenido el modelo del programa en esto; en segundo lugar, las declaraciones sobre lo que la situación actual tiene en común con la situación de la socialdemocracia temprana siguen siendo muy débiles y superficiales. En Por qué tener un programa político, McQueeny simplemente escribe: «En muchos aspectos, la izquierda estadounidense se encuentra hoy en una posición similar a la de la socialdemocracia alemana en la época del Congreso de Erfurt. Ambos lograron algunos éxitos que parecían impensables, al menos para la clase dominante, después de décadas de opresión, y ninguno había alcanzado nunca un poder significativo. Pero, sobre todo, el SPD de 1891 y la izquierda estadounidense de 2018 tienen en común una tarea urgente: la unificación de los trabajadores en una clase para sí mismos, consciente de su situación e intereses comunes.»
[12] Donald Parkinson: El Programa Revolucionario Mínimo-Máximo.
[13] McQueeney también se refiere al papel de las escuelas del Partido Socialdemócrata Alemán para esta tarea, referencia que falta en los compañeros: “¿Qué es una institución de la clase obrera? Históricamente ha sido, con frecuencia, un reflejo de las instituciones republicanas burguesas, pero dentro del partido de clase. Las escuelas del partido del SPD son un buen ejemplo de ello. Todo partido de clase necesita educación política, es un esfuerzo inútil tratar de reclutar a las masas trabajadoras sin realizar una clarificación política interna y una formación de cuadros, que no apuntan a la aceptación acrítica del dogmatismo del partido, sino a la correcta aplicación del método materialista histórico, y al análisis crítico a las luchas cotidianas de los trabajadores”.
[14] La traducción al alemán del primer programa mínimo escrito por Marx junto con Engels y Jules Guesde se encuentra en: MEW 19: 570f.
[15] Cf. Donald Parkinson: El Programa Revolucionario Mínimo-Máximo.
[16] Ibíd.
[17] Hendrik Wallat: Ni estatal ni colectivo. Crítica al socialismo en la obra de Karl Marx, en: Prokla 155, 2009, p.275.
[18] Alguien podría señalar esto como un factor subjetivo, pero dado que es un estado inicial que está más allá de nuestro control directo, tal «estado de conciencia» se cuenta aquí entre las condiciones objetivas de nuestras consideraciones estratégicas.
[19] Lenin, Obras, tomo 31, 154.