El capitalismo ante los límites del desarrollo

N+1, tele-reunión del 2 de noviembre de 2021


La tele-reunión del martes por la noche, a la que asistieron 18 compañeros, comenzó con un comentario sobre un artículo de Avvenire titulado Propuesta al G-20. Una Constitución de la Tierra para difundir la paz y la justicia.

El camarada que nos hizo llegar el artículo lo señaló, con razón, como un ejemplo de reformismo planetario. El llamamiento a un nuevo constitucionalismo global cuenta, entre sus primeros firmantes, con un obispo, además de filósofos, juristas y periodistas; y el hecho de que la propuesta haya sido relanzada por Avvenire demuestra que detrás de la iniciativa está también el Vaticano (no es casualidad que el texto contenga una referencia a la ecología integral del Papa Francisco). La Iglesia quiere salir del ámbito estrictamente religioso para dar vida a procesos hegemónicos en la sociedad, y lo hace con una propuesta reformista basada en derechos para todos, justicia global, redistribución de la riqueza, etc. Un intento global que conducirá, como siempre, a un callejón sin salida, porque al capital autónomo le importa un bledo que haya quienes quieran transformarlo en un sistema más ético y moral.

Aparte de estos intentos de la Iglesia, que hemos mencionado brevemente, el problema ecológico existe y las discusiones en torno a él dan lugar a interesantes capitulaciones ideológicas frente al marxismo. En vísperas de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima (COP26), el premio Nobel de Física Giorgio Parisi, científico que investiga el caos y los sistemas complejos, declaró: «El PIB de cada país es la base de las decisiones políticas y la misión de los gobiernos parece ser aumentarlo al máximo. Pero esto choca con la intención de ponerle freno al calentamiento global». El físico dijo que «si la temperatura sube más de 2 grados, entramos en un terreno desconocido».

En China, el consumo de carbón ha alcanzado niveles récord, quedando por debajo de los objetivos del gobierno central (provocando incluso apagones en algunas regiones del país). La construcción de altos hornos y centrales eléctricas de carbón provocará un nuevo aumento de las cuotas de China, que ya representa el 30% de las emisiones mundiales de CO2. Cuando los precios del gas suben, se utilizan fuentes más baratas como el petróleo y el carbón. Hasta dentro de un año no dispondremos de las cifras de emisiones del periodo actual, pero es muy probable que se alcance un nuevo récord en 2021. China, Rusia, Turquía y Brasil no estuvieron presentes en la COP26, e India y China, dos pesos pesados en términos de población y tamaño, objetaron las medidas que deben adoptarse para hacer frente a la emergencia climática.

En cualquier caso, los objetivos de este tipo de cumbres presuponen la existencia de una coordinación global para gestionar cualquier acuerdo internacional. Pero el capitalismo no puede hacerlo porque las burguesías nacionales están siempre en competencia entre sí. China e India tienen tasas de crecimiento sostenidas y aceptar restricciones severas supondría poner obstáculos a sus economías, mientras que otros países, que entretanto han trasladado al extranjero su producción más intensiva en energía, pueden permitirse un margen más amplio de experimentación.

Los que piensan que la tecnología puede aliviar o resolver el problema ecológico están tristemente equivocados. Incluso si se introdujeran tecnologías limpias, la necesidad de materias primas y energía seguiría creciendo, y el esfuerzo por reciclar materiales se desperdiciaría. El mundo está siendo consumido a un ritmo demencial, y la biosfera tendrá que restablecer el equilibrio tarde o temprano.

En un artículo publicado en Il Fatto Quotidiano, Luca Mercalli explica que los países ricos producen más emisiones de CO2 per cápita, y que Estados Unidos y la UE han contaminado más y durante más tiempo. Entre estadísticas y clasificaciones, todo el mundo trata de echar la culpa de la contaminación al otro, pero nadie mira en su propia casa. Hay una gran hipocresía detrás de todo esto. China es responsable del 30% de las emisiones de dióxido de carbono, pero produce el 60% del acero mundial, que alguien compra y utiliza en el extranjero. En resumen, es como una pandemia: si el número de infecciones aumenta en Alemania o Inglaterra, la gente sigue pensando que el virus respeta las fronteras nacionales. Lo mismo ocurre con la contaminación: el problema no puede abordarse a nivel local. La misma burguesía entiende que debe haber una gobernanza global, pero en la práctica no puede conseguirla debido a la anarquía mercantil.

Hay una sobreexplotación de la Tierra y los centros de investigación de la burguesía lo vienen señalando desde hace tiempo. Pensemos en el informe del Club de Roma sobre los límites del desarrollo, que demostró que, una vez superados ciertos umbrales, el sistema se derrumba. Interesante en este sentido es el documental Last Call (2013), que recorre la historia del grupo de científicos que trabajó en el proyecto. En las entrevistas presentadas en la película, reconfirman todos sus análisis. Por lo tanto, no hacen falta nuevas pruebas para entender que de continuar así tendrá lugar un desastre: los gráficos que acompañan a Los límites del crecimiento hablan por sí solos. El capitalismo es un sistema que procede por leyes internas, intenta reformarse pero al final siempre responde a la ley de acumulación, D-M-D’.

La cuestión de la contaminación ha existido siempre, pero en los albores del modo de producción capitalista estaba ligada a entornos muy concretos, la fábrica, la mina, los barrios obreros, afectando sobre todo a estos últimos, como describe Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Hoy en día estos problemas también afectan a la clase dominante, y los capitalistas ya no pueden ignorar el problema, sino que al menos deben mostrar alguna iniciativa. Así que organizan costosas cumbres mundiales, mientras siguen utilizando enormes cantidades de energía para producir. Basta pensar en las monedas virtuales, que se están imponiendo en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

A diferencia de eventos anteriores, la COP26 no fue escenario de refriegas entre activistas antiglobalización y la policía. Este aspecto podría ir unido al crecimiento, en casi todas partes, del abstencionismo. El desinterés de grandes capas de la población respecto de la política y sus representantes adopta formas singulares. Por ejemplo, la «gran renuncia», de la que empiezan a hablar muchos periódicos: la dimisión de millones de asalariados que han decidido voluntariamente dejar sus puestos de trabajo porque están hartos de los ritmos agotadores y de los salarios de hambre. El fenómeno afloró con las reaperturas posteriores al cierre y surgió primero en Estados Unidos y luego en Europa. El Departamento de Trabajo de EEUU declaró que alrededor de 4,3 millones de personas dejaron su trabajo en agosto. Esto supone alrededor del 2,9% de la población activa de EEUU, y la cifra es superior al anterior récord establecido en abril, con unos 4 millones de desertores. Hay políticos que se quejan de la generosidad del gobierno estadounidense en materia de subvenciones, pero también los que dicen que es porque con el trabajo inteligente la gente ha experimentado una mejoría en su calidad de vida, y volver a la normalidad, quizás haciendo tres horas de tráfico al día, ahora les parece insostenible.

Así que el nivel de tolerancia a la explotación ha disminuido considerablemente. Desde que escribimos el folleto ¿Derecho al trabajo o libertad del trabajo asalariado? (1997) las cosas han madurado mucho y ahora, al parecer, el «rechazo del trabajo» está adquiriendo dimensiones masivas.

El comunismo se configura cada vez más como un programa de la especie y el partido revolucionario como un organismo que toma a su cargo la defensa de la especie humana (Tesis de Nápoles, 1965). Bordiga escribió que el capitalismo, en última instancia, quiere la cabellera de su gran enemigo: el hombre (Imprese economiche di Pantalone, 1950).

Ahora, después de las materias primas, incluso los productos de primera necesidad empiezan a subir de precio. Las subidas tendrán un gran impacto en los próximos meses. En este contexto, cada vez más proletarios se encontrarán con el agua hasta al cuello, y los reformistas más lúcidos lanzan gritos de alarma: desde el Papa, que indica la necesidad de un salario universal y una reducción de la jornada laboral, hasta Beppe Grillo, que escribe en su blog ¿Renta universal o juego de calamares?. En definitiva, no faltan declaraciones contundentes, pero sin superar las categorías capitalistas no hay salida, y la sensación de que el tiempo se agota se cuela en las pesadillas de la burguesía. «El Reloj del Apocalipsis está sonando cada vez más fuerte, falta un minuto para la medianoche», momento en que sonará «el fin de la vida humana en este planeta tal y como la conocemos». Estas fueron las palabras del Primer Ministro británico, Boris Johnson, al inaugurar la COP26.

Tampoco faltan los saltos de algunos eminentes burgueses para solucionar los problemas del planeta, como Elon Musk, que quiere colonizar Marte, o Mark Zuckerberg, que quiere llevarnos al Metaverso (para cuyo desarrollo empleará a 10.000 personas). Musk y Zuckerberg son los sacerdotes de una nueva religión: el transhumanismo. La realidad está superando a la ciencia ficción, y en relación con esto, recordamos dos relatos apocalípticos: La última pregunta de Isaac Asimov y El año del diagrama de Robert A. Heinlein.

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