Del situacionismo al abismo

Claves para una crítica de la ideología del fin del proletariado y del fin del mundo desarrollada por Jaime Semprun, como lider del grupo postsituacionista parisino autodenominado «Enciclopedia de los fenómenos nocivos”. Panfleto contra las nocividades de la Enciclopedia.

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I. Introducción

«La brevedad agrada y es útil: gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno; incluso lo malo, si poco, no tan malo. Más consiguen quintaesencias que fárragos. (…) Lo bien dicho enseguida se dice.» (Baltasar Gracián) [1]

Ante todo hay que advertir al lector que, en ocasiones, realizar la crítica de la ideología de un grupo izquierdista supone concederle a ese grupo una coherencia, una consistencia y un nivel teórico que en verdad está muy lejos de alcanzar. Por decirlo de un modo claro, hay que elevar el nivel real que posee para concederle una entidad suficiente, que no detenta, para poder criticarlo. Este es el caso que nos ocupa.

El grupo postsituacionista parisino de la “Enyclopédie des nuisances” (EdN) ó «Enciclopedia de los fenómenos nocivos” nació de entre las ruinas del movimiento revolucionario del mayo francés de 1968. La autodisolución de la Internacional Situacionista (IS) se produjo en 1972, con la publicación de su último texto: «La verdadera escisión de la Internacional”, firmado por Guy Debord y Gianfranco Sanguinetti. En este texto se afirmaba que la teoría crítica de la actual sociedad debía fundamentarse en dos pilares: la polución y el proletariado (tesis 14 a 19 de este texto). Sobre estos pilares se levantaría el grupo que en 1984 fundó la revista de la «EdN».

De 1974 a 1984 transcurrieron diez años de rabioso activismo izquierdista, que puede seguirse en la revista «L’ Assommoir» [«La porra» o «El rompecabezas» |, y en algunos folletos y octavillas publicados en español bajo la firma de “Los Incontrolados” o “Trabajadores por la autonomía y la revolución social”. En 1984, con la fundación de la revista «EdN», los enciclopedistas constataron, en los dos primeros números de la revista, la quiebra de toda la política desarrollada anteriormente por el grupo. La “revolución” portuguesa de 1974, que había sido analizada por Jaime Semprun como la extensión de la revuelta de mayo a toda Europa, y el inicio de la revolución mundial de unos consejos obreros portugueses, que en la práctica fueron inexistentes; y el fiasco similar del análisis realizado posteriormente de las huelgas desencadenadas durante la Transición española, confirmaban en 1984 al grupo de la EdN su certeza en la derrota definitiva del movimiento revolucionario, que era identificado ÚNICAMENTE con el movimiento situacionista (ya que cualquier otra corriente política, marxista o libertaria, era despreciada y etiquetada como «izquierdista», esto es, ignorada y desdeñada como dogmática, anquilosada y superada). Al igual que la problemática política revolucionaria se reducía al situacionismo, fuera del cual no había nada, ni nadie; el ámbito geográfico de lo existente se reducía a Francia, Portugal, España, Italia y Polonia, ya que nada se decía, ni les importaba realmente, de cualquier lucha internacional que se produjera fuera de estos cinco países.

Asi que desde sus orígenes la Enciclopedia operó dos reducciones del movimiento social revolucionario: sólo el movimiento situacionista y sólo el ámbito geográfico de la Península Ibérica, Francia, Italia y Polonia. (Sólo muy tardíamente en 2001 han sumado un nuevo país: Argelia). Ese reduccionismo, incrementado por la firme creencia de que el grupo de la Enciclopedia estaba destinado a renovar la teoría crítica del fin del milenio, facilitó una conclusión bastante sorprendente: el fracaso del movimiento revolucionario se debía a los errores originales de la IS. De ahí a considerar que el error radicaba en la propia concepción teórica de la «revolución» en la IS no había más que un paso: y lo dieron en el artículo “Abregé” [“Compendio”], publicado en el número 15 de la “EdN”.

Al pasado de las luchas del viejo movimiento obrero se añadían, en los artículos de la «EdN», nuevos temas y conceptos críticos propios de la nueva revuelta nacida espontáneamente en la presente «sociedad del espectáculo»: las críticas situacionistas del trabajo, de la mercancía y de toda vida alienada. La EdN no extrajo lección alguna del fracaso de mayo del 68, ni sobre todo de la inoperancia organizativa de la IS en los años inmediatamente posteriores. Se limitó a constatar la desaparición del movimiento obrero, que consideraba unas veces aplastado o derrotado, y otras, integrado en el sistema capitalista. Y recurrió a mitos políticos de recambio como fueron el regreso idílico e idealista a la naturaleza y el anuncio milenarista de la gran catástrofe ecológica, tecnológica y social. Adoptó una contemplación resignada frente a la historia de las revoluciones, sin llegar a comprender nunca las tareas prácticas a cumplir en las revoluciones venideras. La EdN no había surgido para encontrar un nuevo punto de partida posterior al fracaso de mayo del 68, sino para fustigar cualquier nuevo intento revolucionario y convertirse así en los únicos y exclusivos propietarios y guardianes de la crítica social. La revista (y el grupo) habían nacido en 1984 (a raíz del asesinato del editor Gérard Lebovici y de una fuerte campaña en la prensa de desprestigio contra Guy Debord) en un clima de cierta paranoia persecutoria (más o menos justificada, pero que les superó y marcó definitivamente) que provocó en el grupo el abandono de cualquier perspectiva revolucionaria, constatando que se había producido YA un giro histórico que hacía imposible cualquier intento de superar el capitalismo. El grupo no llegó nunca a hacer una apología del mundo existente, ni había caído aún (no lo haría hasta 1997) en una mera contemplación pasiva de la catástrofe, que sin embargo evocaba sin cesar. La EdN escamoteaba la idea misma de revolución, sin ofrecer más alternativa que un mito anti-industrialista y anti-tecnológico, que les confirmaba constantemente lo inevitable que era el «gran» desastre.

Tras un breve período inicial de colaboración esporádica de Debord en la revista “EdN” (al parecer fue el inspirador o redactor principal de los artículos «Abat-faim» [“Mata hambre”] y «Ab irato»”), a partir de 1987, tras una agria polémica entre Jean-Francois Martos (en defensa de las posiciones de Guy Debord) y Chistian Sebastiani (en defensa de las posiciones de Jaime Semprun) sobre la ocupación de la Sorbonne por los estudiantes de liceo en diciembre de 1986, se produjo un inicial alejamiento de Guy Debord de la EdN. Distanciamiento que se convirtió en ruptura definitiva cuando la EdN desveló y exageró desmedidamente la influencia de Gúnther Anders en Guy Debord. Anders en 1956 había publicado “La obsolescencia del hombre”, que según los enciclopedistas no sólo avanzaba en más de diez años las tesis desarrolladas por Debord en “La sociedad del espectáculo”, sino que además de decirlo antes, lo dijo mejor y con mayor claridad. Pese a todo Jaime Semprun en 1988 valoró muy favorablemente el delirio persecutorio de «Los comentarios sobre la sociedad del espectáculo» de Debord.

El concepto de «nuisance» (nocividad o fenómeno nocivo) se convirtió en la varita mágica de un pensamiento confuso, en el que el capitalismo dejaba de ser una acumulación de medios de producción para obtener un beneficio, para ser contemplado como una infinita acumulación de medios para contaminar (nocividar). La razón de ser del sistema de producción capitalista sería ahora la de producir fenómenos nocivos, como el de una fábrica sería la producción de humos, y no ya el enriquecimiento de su propietario mediante la producción de mercancías que vender en el mercado para obtener una ganancia. Es decir, que el fenómeno de la polución dejaba de ser un producto marginal e indeseable de la producción capitalista, que no se consideraba ni preocupaba en tanto no impidiera la obtención de plusvalía, para convertirse según el pensamiento enciclopedista en la finalidad fundamental y destructiva de un capitalismo, caracterizado ya como industrialismo.

Así como la señal característica de la IS había sido el ESPECTÁCULO, la marca registrada de la EdN era la NOCIVIDAD. En 1972 polución y proletariado eran las dos patas en las que se fundamentaba la crítica teórica social, que la EdN tomó del último texto publicado por la IS: «La verdadera escisión en la Internacional». Pero sin el proletariado, que la EdN pronto consideró socialmente muerto, su crítica se quedó coja, sosteniéndose sólo en la pata de los fenómenos nocivos. Y sin perspectiva revolucionaria alguna, puesto que el proletariado no existía ya para los enciclopedistas y no le han encontrado a día de hoy un sustituto que haga de sujeto revolucionario, el grupúsculo de Semprun se dedicó, desde 1984 hasta 1992, a las siguientes tareas:

1.- Elaborar un diccionario de los fenómenos nocivos, sin más horizonte que la inevitable catástrofe del planeta. Durante ocho años la EdN se dedicó exclusivamente a escribir y vender fascículos de una enciclopedia que no pasó de la letra A. ¡Los rabiosos revolucionarios situacionistas de mayo del 68 se habían convertido ya, en los años ochenta, en vendedores de fascículos de una enciclopedia incompleta, monotemática e interminable!

2.- Crítica contraperiodística, ya ensayada en la revista “L*Assommoir”, que mediante una ávida lectura de la prensa cotidiana señalaba, desvelaba, coleccionaba y multiplicaba hasta el infinito todos los fenómenos nocivos de nuestro mundo, que mediante una sensibilidad enfermiza y repetitiva, aristocrática y elitista, eran presentados como ejemplos de la barbarie de la sociedad en que vivimos, y anuncio de la inminente catástrofe. La monótona repetición y enumeración de los fenómenos nocivos se convertía en una especie de argumentación teórica por acumulación de pruebas de la existencia de la nocividad, que al mismo tiempo sustituía la elaboración de una teoría crítica que la explicara y abarcara en su totalidad. Se limitaron a elaborar una fenomenología de la nocividad.

3.- La plena y consciente escisión entre teoría y práctica marcaron esa impotencia de la EdN para asumir una perspectiva revolucionaria que pudiera englobar y comprender la totalidad, a partir de la suma de los fenómenos nocivos particulares. La esencia de la EdN se desplazaba definitivamente hacia su realización literaria, filosófica y editorial como un fin en si mismo, y por lo tanto como objetivo separado del movimiento social e histórico real del movimiento obrero, lo que pronto le condujo a determinarse abiertamente contra ese movimiento. La ausencia de una perspectiva histórica y política reales hizo ilusoria cualquier posición crítica que mereciera el nombre de teoría.

*

La EdN carece efectivamente de un corpus teórico merecedor de tal nombre. Las tesis que sostiene han sido extraídas del pensamiento marxista (sobre todo de la versión reaccionaria y universitaria de la Escuela de Frankfurt); o bien heredadas del situacionismo (entre otras muchas el concepto fundamental para la EdN de nocividad); otras han sido influidas por el idealismo de Hegel (esencialmente por los conceptos hegelianos del fin de la historia y de la Idea Absoluta), y algunas de sus tesis más utilizadas no sólo aceptan, sino que continúan y actualizan el pensamiento antitecnológico, antindustrialista y reaccionario de Heidegger. Pero los enciclopedistas, ávidos lectores en búsqueda de autoridades en los que sustentar sus desvaríos, fobias y fantasías no dudan en tomar citas y argumentos de los autores más diversos e ideológicamente opuestos, unas veces reconociéndolo y otras ocultándolo, como Mumford, Noble, Rifkin, Adorno, Bernanos, Gorz, Traven, Anders, Marcuse, Horkheimer, Orwell, Zerzan y un largo etcétera. Ese «corpus teórico» (por llamarlo de algún modo) de múltiples procedencias carece de originalidad propia alguna, así como de una unidad teórica que amalgame tal conglomerado dispar, tomado en préstamo de tan distintas fuentes. Carece además de una constante raíz teórica que resista el paso del tiempo, ya que la inaudita evolución de Jaime Semprun, desde el activismo izquierdista-consejista de 1974 hasta la actual pasividad de jardinero, le ha convertido en una notable y caprichosa veleta teórica, absolutamente desarraigada.

Conceptos fundamentales como capitalismo, proletariado, revolución o teoría crítica cambian totalmente de significado de década en década. Sólo algo permanece: la ausencia de una perspectiva histórica y política. La EdN se mueve desde 1984 en un presente constante, eterno y perpetuo de nocividades catastróficas. Porque en realidad la EdN no tiene ya más objetivo ni razón de ser que la EdN como grupo elitista y aristocrático que pretende detentar en propiedad exclusiva la teoría crítica de nuestra época. La sustitución del concepto marxista «capitalismo» por el concepto luddita de «sociedad industrial” o «industrialismo», sumado a la negación del proletariado como sujeto revolucionario, ha llevado al grupo a coincidir con las ideologías más reaccionarias, generadas por los intelectuales burgueses (como Rifkin) al servicio del sistema capitalista en su defensa y legitimación, lo cual supone una complicidad OBJETIVA con éstos, y con el capitalismo que genera los fenómenos nocivos que la EdN afirma criticar y combatir.

En 1992 se publicó el número 15 y último de la “EdN”, que a partir de entonces se convirtió en una editorial. El grupo, desde un punto de vista organizativo, se difuminó en una serie de actividades individuales, casi exclusivamente teóricas y literarias, más o menos cohesionadas por una determinada línea editorial. Se tradujo a Unabomber, a William Morris, a Gúntther Anders y se publicó a Baudouin de Bodinat, René Riesel, Jean-Marc Mandosio y una serie de textos colectivos de carácter luddita, críticos de «la sociedad industrial”, contra la manipulación genética de la agricultura, contra la tecnociencia, sobre la automatización, loas al primitivismo, etcétera.

El fruto teórico esencial de la EdN se resume HOY en la desaparición de proletariado y burguesía, que han sido sustituidos por la Dominación científico-técnica y una naturaleza proletarizada y explotada. La sociedad del espectáculo (propia de la IS) ha sido sustituida a su vez por una acumulación de fenómenos nocivos que conducen a una humanidad cosificada y estúpida a una inevitable catástrofe (garantizada por la EdN).

Los escasos intentos de coordinar una acción práctica, como fueron la “Alianza por la lucha contra toda nocividad” (1991-1995) se saldaron con el fracaso más absoluto e inoperante, lo que ha contribuido a su actual pasividad y desvarío teóricos. Al inicio de su recorrido, en 1984, la EdN, como epigono y heredera del pensamiento situacionista manifestaba su voluntad de conservar la imagen mítica de la IS, que había intentado revitalizar la crítica de un neocapitalismo, caracterizado como «sociedad de consumo”, mediante una nueva práctica y un nuevo proyecto revolucionario. Pero en 1992 la EdN se ha metido en el callejón sin salida de un lamento infinito sobre la esclavitud tecnológica. La fértil cólera contra la colonización de la vida cotidiana por el capitalismo, propia de la IS de 1957 (fundación de la IS), se transformaba en el impotente pesimismo sectario y el triste fanatismo apocalíptico de la EdN de 1997 (año de publicación de «El Abismo”).

Esta anemia crítica del pensamiento revolucionario, en los años ochenta y noventa, que ha afectado a otros grupos, además de la EdN, sería resultado de una casi total ausencia de conflictos sociales radicales. Para los pro-situs de la EdN la revolución ha muerto con aquellos que debían hacerla, un proletariado burlado y aniquilado a la vez por el estalinismo y por su integración en el sistema capitalista (aunque los regímenes estalinistas cayeron en 1989-1991 y la crisis económica haya desmentido las tesis integradoras de la «sociedad de consumo» de los sesenta). El proletariado, héroe de ayer, se convierte en el villano de hoy, porque encarna el fracaso de las esperanzas revolucionarias de la EdN. Y es por esta razón que la EdN se convertirá en los años noventa en un grupúsculo que sostiene ya decididamente un pensamiento conservador y reaccionario, aunque su lenguaje, pretensiones y temática pretendan seguir siendo producto de «LA ÚNICA teoría crítica de nuestro tiempo». En realidad, su contribución teórica, a caballo entre la teosofía tecnológica y el pesimismo apocalíptico, contribuye a incrementar el confusionismo ideológico del mundo en que vivimos.

La teoría crítica de la EdN sólo puede ser válida HOY para aquellos que YA han renunciado a la perspectiva de la revolución, que el fracaso del mayo del 68 francés había hecho presente en tantos otros grupos desencantados y desilusionados con el viejo movimiento obrero en los años inmediatamente posteriores. La EdN se ha convertido en una molesta pústula izquierdosa en el culo del movimiento ciudadanista y antiglobalización, con el que compite en el mercado editorial.

Pese a la pasividad taoísta de un Jaime Semprun, en la EdN encontramos también el activismo izquierdista de un Miguel Amorós, a la sempiterna búsqueda de movimientos sociales en los que intervenir didácticamente, con el permanente objetivo de conquistar, influenciar y colonizar ideológicamente el movimiento libertario, y con una capacidad malabarista ilimitada para atenuar las peores aberraciones del pensamiento enciclopedista, hasta llegar a entrar en contradicción manifiesta con los dogmas fundamentales del grupúsculo de la EdN. Con cuatro desvirtuados conceptos ajenos, como los de “turbocapitalismo” (prestado de Brenner), “tecnociencia” (de Castoriadis, “Unabomber”y otros), partido del Estado (de Munis y otros) e inexistencia de la clase obrera (de Adorno y Rifkin, entre otros), el circense Miguel Amorós da una conferencia, escribe un folleto o mete aguja, hilo y tijeras para disfrazarse con un traje ideológico a medida del interlocutor de turno. Es un charlatán que copia y se apropia de lo que sea, mediante una previa deformación chapucera que lo fagocite y enciclopedice. Merece el título de “enciclopedista camaleón”. No podemos dejar de citar la reciente adhesión (en 2001) de René Riesel (expulsado de la IS y establecido como ganadero en los noventa), el más mediático de los enciclopedistas, gracias a sus intervenciones en las luchas de la Confederación Campesina en Francia, juntó a Bové, en acciones “espectaculares” contra la comida basura O la investigación transgénica, contra establecimientos de McDonald o el CIRAD, que tuvieron cierta repercusión en los telediarios, amén de tener también consecuencias penales. Riesel es el «enciclopedista ganadero». No es pues el actual taoísmo de Jaime, sino el activismo propio de otros enciclopedistas, el que ha conseguido una cierta repercusión mediática y espectacular de la EdN, y la consiguiente promoción de su producción editorial en varias lenguas. Pero aunque hay varias y encontradas tendencias de difícil coordinación, es Semprun, el «enciclopedista jardinero», quien sustenta aún las bases ideológicas del grupo.

Para no extendernos demasiado, y ahorrar un papel más valioso que la ideología a criticar, desarrollaremos nuestra crítica en breves apartados numerados, que recogen las claves fundamentales del pensamiento enciclopedista. No podemos dejar de señalar al lector que el aspecto caricaturesco de las tesis enciclopedistas les pertenece sólo y totalmente a ellos, y que hemos tenido que realizar un notable esfuerzo para darles un aspecto coherente del que carecen. Las claves del pensamiento enciclopedista van precedidas de unas claves del pensamiento situacionista, en las que, sin pretender siquiera un esbozo de crítica del situacionismo, nos limitamos a destacar aquellas tesis teóricas que más influencia han tenido en sus epígonos enciclopedistas.

Centraremos nuestra crítica en el libro de Jaime Semprun «El abismo se repuebla» (de 1997), porque se trata de un libro que es a la vez la cima ideológica de su autor, jefe y eje del grupúsculo de la Enciclopedia; un final de etapa en el que son frecuentes las oposiciones, contradicciones y reniegos más descarados respecto a lo dicho en el período consejista-obrerista de “Los Incontrolados” y “L»Assomoir” (1974-1984); un original ajuste de cuentas con su admirado y temido maestro Debord, fallecido dos años antes de la publicación de «El abismo»; y sobre todo porque resume perfectamente el callejón sin salida de la ESTÉRIL ideología de los enciclopedistas. No trataremos pues ni las mediáticas luchas contra la manipulación genética de la agricultura del ex-situacionista René Riesel en Francia, ni el asalto al movimiento libertario de Miguel Amorós en España. No criticaremos siquiera la sorprendente tesis de Jacques Philipponeau sobre el envenenamiento por aceite de colza en Madrid, que él atribuye a los tomates cultivados en los invernaderos de El Ejido. No comentaremos tampoco el embobado entusiasmo de la EdN por las críticas a la sociedad industrial de Theodore Kaczynski (alias «Unabomber»). No haremos consideración alguna sobre la mística iluminación que produjo en los enciclopedistas el descubrimiento de Anders, ilustre precedente de un filósofo de la Escuela de Frankfurt, dedicado a predecir durante décadas la inminente catástrofe; conocido pacifista y ecologista radical que en sus últimos meses de vida hizo un llamamiento a la violencia como único medio realista de oponerse a la destrucción del planeta; y además, por si fuera poco, coartada perfecta para ignorar a Debord. Nos centraremos en la obra del principal guía e ideólogo de la EdN, Jaime Semprun, que a fin de cuentas es aún quien fija, encauza, da esplendor y determina las líneas fundamentales de la filosofía enciclopedista.

Afirmar que, tras treinta años de ímprobos trabajos en el terreno de la teoría crítica, el programa “revolucionario” propugnado por Jaime Semprun se resume en un llamamiento a cultivar el propio jardín para sobrevivir a la inminente catástrofe ecológica, técnica y social del mundo en que vivimos, puede parecer una exageración y una infundada, deformadora y malévola crítica. Pero es que realmente es así de ridículo, grotesco y estrafalario. Semprun en septiembre de 2003 [“Le fantóme”] nos confirma, como ya amenazó en 1999 [“Remarques sur…”], que nos quiere llevar a todos al huerto. En palabras del propio Semprun: «concluiré diciendo que un buen manual de jardinería, […] sería sin duda más útil, para superar los cataclismos que se aproximan, que unos escritos teóricos que sigan especulando imperturbables, como si estuviésemos en tierra firme, sobre el por qué y cómo del naufragio de la sociedad industrial» («Le fantóme de la théorie””).

El necio utopismo y el derrotismo apocalíptico propugnado por Semprun con su llamamiento al cultivo del jardín (aunque se tratara del jardín de Epicuro) sólo pueden calificarse como una bufonada reaccionaria y extravagante. Pocas cosas tan tristes y deplorables como las payasadas sin gracia de quien se cree un genio. Casi todos los proletarios (¡perdón por existir!) carecen de jardín, como no se llame tal a un par de macetas con geranios; y por otra parte, siguiendo el hilo de la estupidez argumentativa sempruniana nos preguntamos: ¿cómo defenderá Semprun las hortalizas y frutos de su jardín del asalto de los miserables bárbaros del gueto?, ¿cómo evitará que la catástrofe ecológica anunciada por la EdN no afecte también a su huerto?, ¿ya tiene la EdN los fusiles y cañones que necesitará para defender su jardín del asalto de los miserables hambrientos del Pueblo del Abismo?

II. CLAVES para una crítica de Guy Debord y del situacionismo

«Las sectas del capricho son muchas y el hombre cuerdo debe huir de todas ellas. Hay gustos exóticos que siempre se casan con todo aquello que los sabios repudian. Viven muy pagados de cualquier extravagancia, y aunque los hace muy conocidos, es más a causa de la risa que de la reputación. Aun como sabio no debe destacar el prudente, mucho menos en aquellas ocupaciones que hacen ridículos a los que las practican» (Baltasar Gracián)

1.- El espectáculo para Debord es el dominio tiránico de la sociedad por la economía capitalista, que rige la vida de los hombres no sólo durante el proceso de producción, sino en todos los momentos de su vida. El dominio de la economía capitalista abarca también las horas de ocio y todas las relaciones humanas. La economía capitalista no sólo controla y programa las horas de trabajo, sino también las horas «libres» de asueto y distracción. El hombre es un ser de una sola dimensión: la económica. En lo que pasa a llamarse en los años sesenta, engañosa y generalizadamente, «sociedad de consumo», el dominio de la economía penetra en la esfera privada de todos los individuos, invadiendo y condicionando los menores aspectos de la propia intimidad, sin dejar hueco alguno. La economía alcanza una autonomía propia. Los enciclopedistas transferirán esa autonomía también a la tecnología.

2.- El concepto de espectáculo es inseparable del de la alienación del hombre en el capitalismo. El espectáculo es el Capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen (tesis 34 de «La sociedad del espectáculo») sólo en la fantasía de Debord y de los situacionistas, pero nunca en el planeta Tierra para el resto de mortales.

3.- El proletariado deja de ser la CLASE SOCIAL sin propiedades ni medios de producción que se ve forzada a vender su fuerza de trabajo (Marx), que se paga con un salario, para convertirse en una etiqueta sociológica abstracta que se pone a todo aquel que no tiene poder de decisión sobre su vida (Debord), «y lo sabe».

4.- El capital no es ya una RELACIÓN SOCIAL entre el proletariado que necesita vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, y los capitalistas que necesitan comprar la fuerza de trabajo para obtener una plusvalía. Debord contempla la mercancía sólo en la esfera de la circulación. Ha desaparecido el concepto de plusvalía y de valorización del capital. Ha desaparecido el motor, el ciclo de valorización del dinero D-M-D” y la finalidad del capital. Debord sólo atiende a la mercancía en el momento de su consumo, nunca en la esfera de la producción. Ha desaparecido el modo de explotación específico del capitalismo basado en la obtención de una plusvalía. Debord sólo contempla el trabajo muerto (capital constante), y no dice nada del trabajo vivo (capital variable), ni de la relación de producción que el Capital establece entre ambos de forma prodigiosamente eficaz.

5.- Ante la ausencia de los conceptos de proletariado como clase desposeída y forzada a vender su fuerza de trabajo por un salario, y por ello potencialmente revolucionaria, y el de capital como una relación social entre clases sociales antagónicas; la teoría de Debord se reduce a una dialéctica idealista, que no puede oponer más que lo que «debería ser» (en la cabeza de Debord) a lo que realmente es (la actividad real, social e histórica del proletariado). Del mismo modo los planteamientos históricos de Debord (los Consejos Obreros) se sitúan fuera de la realidad social de su época para enfrentarse a los reales de la sociedad en que vive.

De ahí el desencanto de la IS con el proletariado, al que lo situacionistas ponen ya bajo sospecha desde 1972, y al que sus epígonos pro-situs, los enciclopedistas, acabarán negando en los noventa pan, sal y existencia.

Tanto la IS como la EdN ignoran que el proletariado es una relación histórica, que no es estática, ni estadística, ni estable. El proletariado no son sólo los obreros (o los asalariados), ni tampoco es sólo quien produce la riqueza para el Capital y la miseria para sí mismo; es sobre todo la relación histórica (dinámica, inestable y social), que se establece en la lucha de clases entre capital y clase obrera, y que sólo con la revolución comunista pondrá fin a la existencia de las clases sociales.

6.- La ideología de la IS pretende no serlo, pero sabe que lo es. La ideología de la IS pretende ser la teoría crítica de su tiempo, aunque sabe que no lo es. Pero lo pretende, y por eso llama «izquierdistas» al resto de teorías críticas del capitalismo. La crítica del espectáculo de Debord es a su vez espectacular y alienada. Y como le falta además aplicación práctica alguna, la convierte en mera filosofía, que Debord acabará degradando hasta convertirla en la mera expresión de la opinión individual del «genial Debord», que suele ser tan interesante como las verdades de Monsieur de La Palice [nota de la traductora: algo así como Pero Grullo].

7.- La pretensión fracasada, pero «espectacularmente» exitosa, de expresar una teoría crítica en «La sociedad del espectáculo» se ha convertido en paranoia persecutoria en «Los comentarios», para degenerar en una teosofía del fin del mundo con sus epigonos enciclopedistas.

8.- Debord no hace distinción alguna entre trabajo y fuerza de trabajo. Marx hizo una crítica de la economía política. Debord y los situacionistas propagan una ideología antieconomicista y antindustrialista que nace de una absoluta incomprensión de las categorías económicas fundamentales del capitalismo: fuerza de trabajo, capital constante y variable, valor de uso y de cambio, plusvalía, capital como relación social entre clases antagónicas, etc…

9.- El capitalismo sólo puede ser comprendido en su necesidad histórica y en sus características si se analiza desde el punto de vista de su superación y negación por el proletariado revolucionario, en el comunismo. Es decir, desde una teoría que se elabora y realiza en la práctica. La práctica de una clase revolucionaria que niega el capitalismo y se niega a si misma con la destrucción del Estado y la supresión de todas las clases.

10.- La filosofía de Debord utiliza una jerga marxista que falsifica los conceptos fundamentales de Marx. Habla de forma abstracta e idealista de unos consejos obreros inexistentes, sin referencia a situación histórica o social alguna. Aunque se pretende impulsora de una teoría del proletariado, la IS es sólo expresión de la desesperación de las clases medias ante el rápido e inevitable proceso de su proletarización en la sociedad francesa de los años cincuenta y sesenta.

Debord crea un lector (no proletario) fascinado por la inteligencia, la sensibilidad y la audacia con la que trata una NUEVA problemática, candente en la sociedad moderna (en 1957-1972): el poder de manipulación de los medios de comunicación, la mal llamada «sociedad de consumo”, la plena sumisión del trabajador al capital no sólo durante las horas de trabajo sino también en las de ocio, el carácter económico unidimensional del hombre moderno y su completa alienación. Desde 1972 Debord, en «La verdadera escisión», abre la crítica a la polución y la destrucción de los recursos naturales que ponen en peligro el futuro de la humanidad, que la EdN ampliará de la irradiación nuclear a la manipulación genética, las catástrofes ecológicas, etcétera.

Pero es precisamente ahí, en esa ansia voraz por analizar las espectaculares novedades del mundo moderno, donde nace la falsificación teórica de la realidad que hacen los situacionistas, cuando pretenden sustituir el análisis del capitalismo elaborado por Marx en el siglo XIX, por las novedades teóricas de pretendida raíz marxista, mal asimiladas y aplicadas en el análisis que hace Debord en «La sociedad del espectáculo» del capitalismo del siglo XX. Siguiendo los pasos de sus maestros situacionistas, los enciclopedistas han dado un gran salto mortal en el vacío, sustituyendo el proceso de acumulación del capital, teorizado por Marx, por una acumulación de nocividades que culpan del deterioro y envenenamiento masivos de la naturaleza no al desarrollo capitalista que, movido únicamente por la obtención del máximo beneficio, desemboca en esa destrucción aberrante, inicua y gratuita de los recursos naturales; sino al progreso y desarrollo industrial, considerado como un productivismo ciego, cuyo objetivo final no sería ya el beneficio capitalista, sino las nuevas aplicaciones científicas y técnicas, que se convierten (como la economía en Debord) en un ser autónomo, independiente y omnipotente, que además tiene voluntad propia e incluso un programa político concreto: la destrucción de la humanidad.

III. CLAVES para una crítica de Jaime Semprun y del abismo

«No convertirse en un monstruo de estupidez. Lo son todos los vanos, presuntuosos, porfiados, caprichosos, obstinados, excéntricos, ridículos, bufonescos, noveleros, paradójicos, maníacos y todo tipo de hombres sin medida. Todos son monstruos de la impertinencia. Cualquier monstruosidad del espíritu es más deforme que la del cuerpo (…). Donde falta el buen juicio no hay lugar para la corrección: lo que debía ser una advertencia como resultado de la risa que provoca, se interpreta, infundadamente, como un imaginario aplauso.» (Baltasar Gracián)

11.- La potencia y esplendor del discurso de la «Encyclopedie des nuisances» (EdN) es sólo la justificación de su propia impotencia para conocer y explicar la realidad social, económica y política del mundo en que vivimos. No sólo carecen por completo del menor rigor intelectual, sino que exaltan su falta de especialización y conocimientos. Su discurso suele mostrar un estilo literario brillante y vacío, con análisis detallados, pero superficiales, de las tendencias potenciales de los fenómenos sociales y políticos de actualidad, aunque esas tendencias además de no estar justificadas, son exageradas, distorsionadas y magnificadas hasta la caricatura; y, por supuesto, dejan de ser consideradas como tendencias FUTURAS potenciales para ser consideradas como ACTUALMENTE operantes. Asi, por ejemplo, la disminución cuantitativa del proletariado industrial en los países desarrollados se convierte en los libros, fascículos y folletos de la EdN en desaparición del proletariado. La disminución se convierte en desaparición, y el proletariado industrial en (todo) el proletariado (sin valorar el crecimiento del proletariado del sector terciario, ni la precarización o el desplazamiento de la producción industrial a los países del capitalismo periférico). La candente novedad de sus tesis, que por tal motivo pueden aparecer atractivas y clarividentes, es fruto de esa arriesgada y escasamente rigurosa extrapolación al presente de tendencias potenciales del porvenir. Sacrifican el rigor teórico a la fastuosidad, innovación y esplendor «espectaculares».

Su estilo está plagado de insultos demoledores (especialmente en su “Compendio de recuperación”), impertinentemente personalistas, y de descalificaciones fulminantes y caprichosas (Foucault es denostado arbitrariamente, tras confesión expresa de Semprun de no haber leído nada de su obra). Estas descalificaciones, cuando se producen en el seno del grupúsculo, pueden ser llevadas hasta la expulsión por minucias teóricas, que sólo sirven para justificar la incapacidad del pensamiento enciclopedista para conocer y comprender la realidad. Exclusión que suele hacerse de una manera innoble y cruel, que ridiculiza innecesariamente a un ex-compañero. Son lacras del “estilo” situacionista.

Estilo que implica también una peculiar relación con el potencial y masoquista lector de las ediciones de la EdN. Así, concretamente en «El Abismo», Jaime Semprun se dirige en realidad sólo al resto de enciclopedistas (nos sobran dedos en las manos para contarlos a todos), porque está convencido que el libro caerá en manos de unos lectores decididamente cretinos, a los que maltrata y desprecia como a tales. De ahí el insufrible tono de superioridad mesiánica del autor en todo el libro, que destila permanentemente un cómico e insoportable diletantismo místico.

12.- Los hechos reales no están nunca a la altura de la idea. Si la realidad no está a la altura de la idea, se suprime la realidad. En el número 15 y último de la “EdN” (1992) se decidió ir a la búsqueda de los hechos para que éstos confirmaran la teoría crítica (enciclopedista) y permitieran su desarrollo posterior; y como no los han encontrado, han decidido en 1997 (en «El abismo») renunciar a conocer el mundo en que viven y prescindir definitivamente de los hechos. Se sustituye la realidad y los hechos por los mitos del primitivismo, el luddismo, la crítica del industrialismo, el elogio de las pequeñas comunidades autosuficientes, y un vago y generalizado retorno a Rousseau y el buen salvaje. Semprun parece iniciar cada libro con una nueva renuncia. En «Compendio de recuperación» renuncia a dar soluciones a los problemas sociales reales; en «El abismo» renuncia a conocer el mundo, a comprender el funcionamiento de la sociedad. En «El fantasma» renuncia a la teoría crítica y por consiguiente a la intervención política: sólo nos queda ya el cultivo del huerto.

Estas renuncias son presentadas además de forma provocativa y como una conquista. Aunque la pregunta es lógica e inmediata: ¿qué es un ensayo político que renuncia a conocer el funcionamiento de la sociedad en que vivimos, a comprender el mundo? Y la respuesta indudable y certera es: la teología. Una teología en la que el dios del mal (Satán) es el DOMINIO científico y tecnológico sobre la humanidad, omnipresente en el mundo en que vivimos, omnipotente. Por otra parte, si se ha abandonado la pretensión de conocer y comprender el mundo ¿cómo iba a permanecer una actividad para cambiarlo? Si se ha renunciado a la teoría crítica también se ha renunciado a la intervención política. Y además, como el proletariado no ha hecho la revolución (de la que el grupo predijo su inicio mundial en el Portugal de 1974), que según ellos debería haber hecho ya, se decide su disolución.

13.- «El Abismo» nos ofrece la imagen de una sumisión total e irreversible, de una humanidad cosificada e idiotizada, de un mundo en el que la creciente proletarización de las clases medias y de la pequeña burguesía, el surgimiento de guetos de miseria y barbarie en los suburbios, la lumpenproletarización del trabajador en el capitalismo periférico, así como la disminución cuantitativa y el deterioro cualitativo de las condiciones de trabajo en el sector industrial, se plantean como el fin de la historia del viejo movimiento obrero por victoria absoluta del capitalismo, que ha ganado por rendición incondicional del adversario. Se constata y certifica la desaparición de la burguesía y del proletariado. En vano buscará el lector el estudio estadístico o la bibliografía que ha permitido a los enciclopedistas llegar a realizar afirmaciones teóricas de tal calibre: nada más y nada menos que el fin de la burguesía y el fin del proletariado. Sólo en textos de ideólogos defensores del sistema capitalista, como Jeremy Rifkin, hallamos las explicaciones, estadísticas y razonamientos que coinciden con las tesis del fin del proletariado que defiende la EdN.

La Enciclopedia, que no olvidemos que se considera la vanguardia de la teoría crítica de nuestra época, se suma a las tesis de André Gorz, Jiirgen Habermas y Herbet Marcuse (entre otros), sin confesarlo directamente, asumiéndolas como un descubrimiento propio. El análisis de una sociedad de masas conformista, en la que los descubrimientos de la ciencia y los avances tecnológicos son a la vez epítome del racionalismo científico y el medio de obtener una total sumisión de pensamiento y conducta del individuo en la sociedad capitalista están ya en Marcuse (por citar sólo un autor que se hizo popular en los años sesenta). La labor de la EdN consiste en llevar esas tesis hasta sus últimas consecuencias, exagerándolas hasta el paroxismo.

Lo que en esos autores eran tendencias potenciales hacia el futuro, la Enciclopedia lo asume como un hecho del pasado (ya efectuado en los años noventa) que además es irreversible. La teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (EF) se convierte con la Enciclopedia en la caricatura ridícula de una teoría del muy cercano fin del trabajo, del fin de la burguesía, del fin del proletariado, y el inicio de un dominio omnipotente por parte de una tecnología demonizada, que tiraniza a una humanidad cosificada. Se trata de una profecía milenarista del fin del mundo. La EdN ha superado la teoría crítica de la EF para alcanzar las cimas de la teosofía y del Apocalipsis.

Una de las claves más importantes para comprender los extravíos del pensamiento enciclopedista es ese PROCESO PARALELO Y SIMULTÁNEO DE PERSONIFICACIÓN DE LA TECNOCIENCIA Y DE COSIFICACION DE LA HUMANIDAD.

14.- A Semprun, tras la teosofía desarrollada en «El abismo», sólo le queda la literatura, el cultivo de la frase brillante y del insulto grosero, porque ha perdido por el camino cualquier punto de contacto con la realidad o el conocimiento. No hay objetividad posible en el solipsismo del grupúsculo, considerado como extensión del yo; sólo le queda la lírica, esto es, el ensayo literario como expresión lírica de la propia subjetividad. Pero el insulto, que en la IS tenía fuerza propia como crítica despiadada de los portavoces de la sociedad existente, que se quería combatir y cambiar, en los enciclopedistas carece de originalidad y fuerza alguna, y se transforma en un recurso grosero, repetitivo, banal y soez, que sustituye los argumentos de que se carece. Así por ejemplo la refutación enciclopedista de la teoría marxista se limita, en todo momento y en cualquier tema, a un socorrido latiguillo: “como diría un idiota marxista” que les ahorra una argumentación rigurosa y algo más laboriosa que un improcedente insulto. Libertarios e izquierdistas de cualquier tendencia pueden merecer algún improperio más elaborado y sutil, pero nunca menos grosero e inútil.

Asistimos, por otra parte, a una confusión de géneros que exige la subordinación de la teoría crítica a las pretenciosas aspiraciones literarias de su autor, sometidas hoy, a su vez, a los intereses editoriales de la EdN. Un ejemplo de esa subordinación de la teoría crítica a la brillantez de la frase lo tenemos en «El abismo», donde Semprun no duda en darnos dos finales contradictorios (la catástrofe es a la vez un hecho que sucederá y que ya ha sucedido), porque se siente incapaz de rechazar la belleza literaria de una de las dos imágenes (la vana esperanza en una futura catástrofe liberadora y la casa ya desplomada) con las que cierra su libro, más allá del respeto a un mínimo rigor y coherencia, cuando nos sitúa la hecatombe a la vez en el pasado y en el futuro. Hasta es posible que Semprun considere mentecato a quien diferencia el pasado del futuro, y se niegue a considerarlos como distintos momentos de un presente, que es entendido por los enciclopedistas como un proceso temporal perpetuo.

15.- La EdN no sólo identifica erróneamente capitalismo y técnica, sino que somete el capitalismo a la técnica y habla, por ello, de sociedad industrial en lugar de capitalismo. También han desaparecido los conceptos marxistas de «fuerza productivas» y «relaciones de producción”. El resultado no es otro que la demonificación de la técnica como protagonista de un dominio tiránico sobre la naturaleza y fuente de un poder absoluto sobre la humanidad.

La EdN plantea además un debate MORAL sobre la aceptación o rechazo de la tecnología, que conduce al callejón sin salida de un estéril y abstracto debate filosófico entre partidarios y detractores de los avances científicos y tecnológicos. La extravagancia enciclopedista plantea infantiles fobias e interrogantes sobre el uso de la píldora anticonceptiva, las ecografías, los análisis del líquido amniótico o la utilización de la epidural en los partos; los viajes en avión, tren de alta velocidad o autopista; el uso del teléfono móvil, del microondas o de las botellas de plástico; el pago con tarjeta de crédito, hacer turismo, ir al cine, escuchar música en el tocadiscos, oír la radio o ver la tele; leer en el ordenador, enviar correo electrónico o publicar textos en Internet (¡porque entre otras cosas pueden hacer peligrar las ediciones de la EdN!), y un muy largo y estrambótico etcétera. Dudamos si cuestionan o no el uso del fórceps, el pago de pensiones de vejez, la bombilla eléctrica, engendrar hijos o ir en bicicleta, aunque de momento parece ser que aún no rechazan la utilización del pedernal, el tenedor o el arado tirado por bueyes. De seguro que no usan brújula, porque es evidente que han perdido el norte.

Técnica y nocividad guardan una relación privilegiada. Tras cada fenómeno nocivo se esconde una alineación técnica y al final de todo avance científico o aplicación tecnológica se encuentra un fenómeno nocivo. Es un círculo vicioso en el que la tecnociencia es el pez que se muerde la cola de la polución. La nocividad en la EdN alcanza un significado que se amplía hasta el infinito, que lo abarca todo, desde las alteraciones irreversibles inducidas en la naturaleza por la técnica hasta la conciencia y la autoconciencia humana y su conocimiento de una realidad falsificada. Fuerzas productivas, Estado y sociedad son a su vez fenómenos nocivos, puesto que la producción social de fenómenos nocivos es a su vez una nocividad. Es un círculo infernal en el que la humanidad, víctima de todas las nocividades, sufre su propia alienación como ser humano, separado y extraño a la naturaleza y a si mismo.

La lucha de clases cede el paso, en los enciclopedistas, a un combate (ya perdido) de la humanidad por la vida y la supervivencia de la especie. Con la EdN ya no hay proletarios ni burguesía; sólo hay «seres vivos» que luchan por sobrevivir, sumidos en una catástrofe que de todos modos ya es irreversible e inevitable.

Ha desaparecido la lucha de clases, sólo queda la pasividad taoísta ¿Qué filosofía más favorable a sus intereses y qué “mejores” revolucionarios que los enciclopedistas podía desear el capitalismo para el siglo XXI? ¿Qué tipo de revolucionarios son esos que proclaman la derrota incondicional de la revolución antes de empezar el combate?

16.- Suprimido el conocimiento, suprimido el proletariado, suprimida la realidad, sólo nos queda la Idea Absoluta de Dios (que los enciclopedistas localizan en la Tecnociencia) y la literatura (o/y la filosofía). No en vano en el grupúsculo de la Enciclopedia son constantes las alusiones a Hegel, y por esto en «El abismo» sus referencias son siempre literarias: Jack London y George Orwell. A Orwell se le disfraza como profeta que anunció el presente totalitarismo de la Tecnociencia. Pero es del libro «El talón de hierro» de London de donde Jaime Semprun toma el titulo de su ensayo «El abismo se repuebla». Pero parece ignorar otro libro de London: «El pueblo del abismo», y sobre todo no sabe, y seguramente tampoco le importa saberlo, que el título de este último libro se inspiró en una investigación personal de London, una especie de reportaje de los barrios bajos del Londres de 1903, en el que se denunciaban las condiciones de existencia reales del proletariado londinense. La conclusión de London en este libro es tan decepcionante como la de Semprun en 1997. London compara el proletariado inglés y estadounidense para concluir que la deficiente alimentación del inglés produce un trabajador deficiente y un país atrasado, mientras el proletariado norteamericano está mejor alimentado, y por ello es mejor trabajador y ello repercute en una mayor productividad de la economía estadounidense. London anuncia ya el fordismo.

Semprun toma prestado de London el concepto de Pueblo del Abismo, que no es otro que el de un lumpenproletariado, sometido, humillado y degradado por la miseria, la generalización del paro y la precarización del trabajo en el Londres de 1903, para constatar en 1997 lo contrario de London: el fin del proletariado.

El largo camino recorrido por la EdN nos conduce del activismo obrerista y consejista de la extrema izquierda (que veía en la «revolución» de los militares en Portugal y en las huelgas obreras de la transición española el inicio de la revolución mundial) al abismo de la desaparición del proletariado, y con él de la revolución; y de ahí al triunfo irreversible de la Tecnociencia y la sumisión de la humanidad, que camina irreversiblemente al Apocalipsis sempruniano.

¿Qué hacer? ¿Qué solución nos propone Semprun? Pues la que nos lleva finalmente al feliz y prometedor cultivo del huerto. Podemos calificar, sin duda, al pensamiento enciclopedista de reaccionario y desmovilizador, complemento y cómplice izquierdista de los mejores paladines y defensores del pensamiento único propugnado por el liberalismo salvaje y la ultraderecha. No en vano Rifkin y Semprun coinciden a mediados de los noventa en su anuncio a bombo y platillo del fin del proletariado.

Los enciclopedistas han realizado una evolución ideológica que les ha conducido del situacionismo a un pensamiento reaccionario, que exalta las pequeñas comunidades rurales de los artesanos, campesinos y trabajadores preindustriales, que demoniza los avances tecnológicos y científicos, que santifica al artesano orgulloso de su buen oficio, y que propone una relación de carácter retrógrado y elitista con la naturaleza.

17.- Abismo es el que se da entre la ideología de la EdN y la realidad social e histórica. El proletariado durante los largos períodos contrarrevolucionarios permanece pasivo y es sociológicamente nulo; sólo en los enfrentamientos de clase y durante los breves períodos revolucionarios el proletariado aparece como el sujeto revolucionario capaz de transformar el mundo. Porque las revoluciones no las hacen las vanguardias, ni las minorías revolucionarias, ni mucho menos los cenáculos literarios o enciclopedistas, sino el proletariado anónimo, de masas, inculto, inactivo y anulado en los períodos de paz social. ¿ Y por qué”: porque el proletariado no es «el salvador supremo», sino una relación histórica. El proletariado niega el capitalismo y se propone su destrucción en el momento mismo en que se unifica como clase y se organiza, no para constituirse en clase dominante, como hizo la burguesía en el pasado, sino para destruir la sociedad de clases. Fuera de las épocas revolucionarias el proletariado no es nada (Marx). Es esa relación histórica entre dos clases antagónicas la que determina el carácter revolucionario del proletariado, no la supuesta misión redentora y salvadora, que como a un cristo del siglo XX le atribuyó Jaime Semprun desde “Los Incontrolados” y «L'»Assommoir» en los años setenta. Jaime y la EdN en los noventa dejaron de creer en el salvador y redentor en que habían endiosado al proletariado para convertirse en una secta que predice el fin del mundo y de la humanidad a manos del nuevo dios de la Tecnociencia. El pensamiento teológico (propio de la EdN) puede y suele dar esos saltos desde la adoración a un cristo-proletariado a la sumisión a un satán-tecnociencia, porque su fundamento idealista no hace más que sustituir un deus ex maquina por otro, sin que el resto de sus concepciones filosóficas hayan de variar un ápice.

El proletariado, como clase revolucionaria, CARECE de objetivos parciales que le oculten el objetivo final: la lucha por el fin del capitalismo y su abolición como clase diferenciada. La revolución proletaria sólo puede ser total y destruir todos los aspectos de la actual sociedad de explotación, y nace del conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las actuales relaciones sociales de producción, que no se corresponden ya con esas fuerzas productivas. 18.- En «El abismo» ha desaparecido toda perspectiva revolucionaria. Sólo nos queda el fin del mundo. Y por supuesto un pasado idílico, que jamás fue tal: el del campesino, las pequeñas comunidades rurales autosuficientes y el artesano preindustrial.

El discurso de Semprun se convierte en una reflexión apocalíptica, antiprogresista y antitecnológica, afín al idealismo de Hegel y a la corriente tradicional del pensamiento reaccionario antitecnológico del nazi Heidegger (profesor de los más destacados miembros de la Escuela de Frankfut). Son constantes las referencias y la deuda enciclopedista con el derrotismo y el pesimismo teórico, la tesis sobre la integración del proletariado en el seno del sistema capitalista, la fijación de un «fin de la historia» en un acontecimiento concreto del pasado (Auschwitz) y los análisis más aberrantes de la Escuela de Frankfurt (EF): Adorno, Horkheimer, Arendt, Marcuse, Benjamin, etcétera; así como el descubrimiento tardío de Giúnther Anders (que estuvo casado con Hannah Arendt, que a su vez había sido amante de Heidegger).

Pese a ciertos méritos críticos marginales la EF se aposentó en las cátedras universitarias y, atrincherada en su vasta cultura se alejó de toda práctica, hasta convertirse en un ramillete de pedantes teóricos «marxistas».

Horkheimer y Adorno, que habían intentado legitimar bajo el manto de la marca comercial denominada “teoría crítica” su deriva reaccionaria, acelerada en sus trabajos posteriores a la Segunda guerra mundial, en los que se negaba la existencia histórica de una izquierda antileninista o antiautoritaria, y en los que Marx dejaba de ser un revolucionario para convertirse sólo en sociólogo o filósofo, se convirtieron en un excelente antecedente a imitar y citar por la EdN.

La EF anticipaba, además de estos trazos reaccionarios de una teoría pretendidamente crítica, una crítica aristocrática de la sociedad de masas, que la EdN ha llevado hasta sus últimas consecuencias con el concepto del Pueblo del Abismo y de cultivo del jardín.

En la onceava tesis sobre Feuerbach (escrita por Marx en 1845) ya se decía que los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo y que a partir de entonces se trataba además de cambiarlo. El marxismo pretendía vincular teoría y práctica en un todo inseparable. Teoría y acción revolucionarias no podían concebirse por separado. Marx fue un revolucionario que hizo una crítica de la economía política burguesa de su época. No fue sólo un filósofo o un teórico, fue sobre todo un revolucionario que combatió por cambiar el mundo desde la perspectiva de la clase obrera, esto es, desde los intereses históricos y de clase del proletariado. El marxismo fue y es la teoría revolucionaria que ve en el proletariado al sujeto revolucionario capaz de enterrar al capitalismo, destruir el Estado y construir una comunidad humana mundial sin clases sociales.

La EF rechazó la expresión “marxismo” para inventar un término nuevo con el que definir su actividad, que fue el de “teoría crítica”. La EF hizo una lectura hegeliana del marxismo, a la que añadió cuando le convino otras teorías sociales o filosóficas, como el freudismo, el estudio de la cultura de masas por la sociología americana, etcétera. La EF no es marxista, aunque bebe y se fundamenta ampliamente en la teoría marxista. Los más destacados teóricos de la EF realizaron una separación, inexistente en el marxismo, entre teoría y práctica. Por otra parte, según la EF, el proletariado (ya derrotado en los treinta) dejó de ser (en los sesenta) el sujeto revolucionario apropiado para una sociedad de consumo, que había conseguido la integración del movimiento obrero en el sistema capitalista. En esta separación entre teoría y práctica, que operó la EF, la actividad teórica (desempeñada por profesores universitarios aislados de cualquier movimiento social) se desvinculaba por completo de cualquier actividad práctica o revolucionaria. De este modo la “teoría crítica” se convertía, por sí sola, en la única actividad “revolucionaria”, cómodamente realizada desde una cátedra universitaria o una editorial por los elementos más destacados de la EF. El proletariado como sujeto revolucionario era ya innecesario, porque si se le reconociera sólo sería un molesto competidor del catedrático y/o del ensayista que reduciría las ventas en librerías.

La EdN bebe en estas fuentes retrógradas de la EF para llevarlo todo hasta sus últimas consecuencias, por más aberrantes y ridículas que sean. Semprun, desde esta ilustre herencia de la EF, no duda en reivindicar conscientemente para si mismo y para los enciclopedistas la sensibilidad y el pensamiento reaccionario, en cuanto coinciden con la defensa de sus tesis ecologistas, cuando en los “Dialogues sur l’achéevement des temps modernes” (1993) afirma: “hoy los reaccionarios consecuentes, si existieran, sólo podrían aparecer como revolucionarios” [página 34]. ¡Qué tiempos éstos en los que unos “reaccionarios consecuentes”, como se definen los enciclopedistas a si mismos, creen ser revolucionarios! ¡Qué tiempos éstos en los que hay que combatir por las cosas más evidentes! ¡Qué tiempos éstos en los que se llaman revolucionarios hasta aquellos que niegan la existencia del proletariado!

En la EdN el proletariado, tras muchos años bajo sospecha, ya ha desaparecido por completo desde mediados de los noventa. La EdN que siempre ha declarado que no era marxista, ni libertaria, ha pretendido convertir la “teoría crítica” (heredada de los situacionistas y de la EF) en su propiedad privada y exclusiva en este inicio de milenio. No sólo han decretado el fin del proletariado y del marxismo, no sólo han constatado la caducidad del anarquismo y del movimiento obrero, sino que además se han apoderado de las llaves de la “teoría crítica” de nuestra época, para venderla del 84 al 92 en cómodos fascículos de una enciclopedia que no pasó de la letra A, y desde el 92 hasta hoy en primorosos folletos y libritos. ¿Pero para qué quiere la EdN ese monopolio? Pues para proclamar la derrota de cualquier práctica revolucionaria, para cantar y loar el triunfo definitivo y eterno de la victoriosa catástrofe “industrialista” (capitalista). No son sólo derrotistas, confusionistas y desmovilizadores, que lo son, sino que anticipan y certifican la derrota SIN CONDICIONES de cualquier intento de oposición revolucionaria. No hay futuro revolucionario, porque no hay futuro.

La EdN ha cortado las cuerdas que ataban a Ulises al mástil de su nave y ha derretido la cera en las orejas de los remeros. Ha conseguido que la embarcación de Ulises embarranque en los arrecifes a donde les han arrastrado unos cánticos sublimes, acompañados con música melodiosa. Al canto mortal de las Sirenas, contratadas por la EdN para precipitar a los navegantes en el ABISMO marino, hay que oponer el propio canto, como hizo Orfeo para librar a los argonautas de los peligros del naufragio.

Creer que proletariado y trabajo asalariado han desaparecido, o están en vías de extinción, mientras el sistema capitalista (basado en la obtención de una plusvalía extraída de la fuerza de trabajo asalariada) permanece, carece de sentido. Teorizar la incapacidad de las relaciones sociales de producción capitalistas para proporcionar pleno empleo y unas condiciones dignas de vida, así como su imposibilidad de seguir sosteniendo las políticas solidarias propias del llamado Estado del bienestar, como el fin del trabajo y del proletariado es algo más que un error, es dar una coartada al sistema capitalista. Porque no estamos ante el fin del trabajo y del proletariado, sino en una situación de crisis de las relaciones de producción capitalistas, que no garantizan YA el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo. La aparición de un enorme ejército industrial de reserva, de carácter global, a causa de la insuficiente absorción de fuerza de trabajo en el proceso de producción, da aparición al fenómeno del crecimiento sin empleo, un síntoma más de la agudización de la crisis mundial del capitalismo.

Los enciclopedistas no comprenden que la relación del hombre con la naturaleza es al mismo tiempo una relación entre los hombres, que viene determinada por las relaciones sociales de producción capitalistas. Porque lo que se avecina no es LA GRAN catástrofe de la humanidad, que anuncia la EdN, sino la catástrofe del capitalismo. Y no hay más Orfeo que el proletariado revolucionario, el único capaz de enterrar el capitalismo y evitar el desastre ecológico. 19.- Como supuestos herederos de la IS, los enciclopedistas se presentan como vanguardia de la teoría crítica social; aunque son la retórica de su podredumbre. Han puesto la revolución al servicio de la lírica y la teología, y esa lírica y esa teología hoy ya ha sucumbido a los intereses editoriales. ¿Para cuándo un tratado de jardinería, un diccionario de neologismos o una novela del fin del mundo?

«El abismo» es también un definitivo ajuste de cuentas con el temible y temido maestro Debord a la manera enciclopedista, sutil y mezquina, que radica en no citarlo en ningún momento, en ignorar su obra como si jamás hubiera existido. La siempre conflictiva relación de Semprun con Debord se manifiesta en sus cartas de 1977 a Debord y al editor Lebovici, a tenor del rechazo por éste a la publicación de un breve folleto de Semprun sobre la revolución española. La ruptura iniciada en 1986, tras una inicial colaboración de Debord con la revista de la Enciclopedia en 1984-1986, y la posterior admiración y el elogio un tanto enfermizo de Semprun de «Los comentarios» de Debord, finaliza tras un largo alejamiento, con la total ignorancia por parte de Semprun de la obra debordiana, sólo dos años después del fallecimiento de Debord, sustituido por el nuevo culto a Anders.

Del anhelo por «cambiar la vida», propio del situacionismo, sus epígonos de la EdN han pasado al deseo único de sobrevivir como elite. De la voluntad y el combate por un cambio social universal: la revolución, propio del situacionismo; han pasado al anuncio del fin del mundo, propio de la EdN: el abismo. El abismo es un ismo que ni siquiera llega a ser un ismo [2].

La EdN cultiva una concepción aristocrática y elitista del grupúsculo, que rechaza a todo advenedizo seguidor como despreciable pro-situ, y que cierra sus filas a todo proselitismo, mientras parece gozar con la exclusión fulminante y deshonrosa de quien disiente en la menor nimiedad teórica, ética o vital. Unido todo esto a sus concepciones reaccionarias en la relación del hombre con la tecnología y la naturaleza, que no son consideradas como relaciones sociales de producción, sino como DOMINIO de una tecnología divinizada y/o satanizada sobre una humanidad estúpida, que explota la naturaleza más allá de sus posibilidades de regeneración, nos deslizamos hacia una nueva concepción de la revolución. La revolución, frente al poder de la Tecnociencia (encarnación de la Idea Absoluta de Hegel en los enciclopedistas), se ha degradado hasta llegar a convertirse en algo similar a un banquete privado en el que para participar es imprescindible el gusto exquisito de un gourmet, capaz de saborear y cantar las excelencias de un buen bistec de una vaca sana, de la que no sólo conoce el nombre y la genealogía, sino todo lo que ha comido durante su existencia. El ideal de un enciclopedista coincide pues con la realidad actual de un pastor masai, eso sí, trasladada a la buena mesa de un bistrot parisino. La revolución, con la EdN, limita sus objetivos a zamparse unas buenas chuletas.

20- Jaime Semprun, hijo de un ex ministro del PSOE en la etapa de Felipe González, carece y ha carecido durante toda su vida de profesión o trabajo remunerado del que poder vivir. Este dato, que no pretende ser un insulto, sino la constatación de un hecho, que además para los situacionistas suele ser un elogio, puede ayudarnos a comprender que quien en su vida no ha trabajado nunca crea realmente que el proletariado ya ha desaparecido y el trabajo está llegando a su fin. No deja de ser la constatación propia, bufonesca y paranoica de un señorito [3] revolucionario de la Rive Gauche, convencido de que su ombligo es el centro del universo, y muy capaz de confundir su gripe, una enfermedad, o su mala digestión de hoy, con el fin del mundo.

Esa frase de Semprun, que tan buena acogida parece haber tenido, por su novedad y extravagancia, entre ciertos pedagogos: «cuando el ciudadano-ecologista pretende plantear la cuestión más molesta preguntando: «¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?», evita plantear esta otra pregunta, realmente inquietante: «¿A qué hijos vamos a dejar el mundo?”», tendría una lectura más escéptica y menos bobalicona si constatáramos que Jaime Semprun no ha tenido hijos, ni ha ejercido la enseñanza, ni posee dotes o conocimientos pedagógicos. Quizás debiéramos saber que su experiencia con la juventud se reduce a los grupos de adolescentes alborotadores, los bárbaros criados en la basura y la pobreza del gueto, que ha visto a distancia en el metro de París, escandalizado por sus gamberradas. Acusar a los jóvenes marginales, maltratados por la precarización del trabajo y la vida miserable en los suburbios, por el mero hecho de ser jóvenes, de ser el fruto y/o los culpables de los problemas irresolubles del salvaje capitalismo actual, no deja de ser, además de cruel e injusto, un gol ideológico a favor del pensamiento reaccionario de la derecha más cerril.

Algo de soberbia intelectual, mucho de narcisismo, unas gotitas del estéril liderazgo de un grupúsculo, y un zarandeo brutal de la ideología heredada del situacionismo con la realidad social e histórica del mundo en que vivimos han producido un cóctel asombroso por la confusión ideológica que demuestran, el sectarismo grupuscular del que hacen gala, esas cretinas, retorcidas y alucinantes argumentaciones favorables a un pensamiento reaccionario, y un profetismo apocalíptico más propio de Testigos de Jehová que de grupos izquierdistas. Cuando el masoquista lector de las ediciones de la EdN pretende plantear la cuestión más molesta preguntando: “¿Qué revolución harán nuestros enciclopedistas?”, evita plantear esta otra pregunta, realmente inquietante: “¿Qué hará de los enciclopedistas la revolución?”

IV. Hacia unas CONCLUSIONES provisionales

El maniqueísmo enciclopédico, al establecer que la Naturaleza es el Bien y la Tecnología es el Mal, no nos permite analizar ni comprender unos procesos sociales e históricos complejos. En lugar de estudiar y entender fenómenos sociales reales y concretos, como por ejemplo el paso del fordismo al toyotismo, a los enciclopedistas les resulta más fácil echar las culpas a un demonio cualquiera, que cargue con todos los males. Lo que se había iniciado como una duda razonable sobre la excesiva confianza en la tecnología, y una exigencia pertinente de no convertir la naturaleza en un laboratorio en el que se efectúan todo tipo de experimentos con consecuencias desconocidas, ha terminado por convertirse en una fe desesperada e injustificable en el regreso a un primitivo paraíso, que sólo ha existido en la fantasía enciclopédica. Esta fe en el primitivismo de la pequeña comunidad rural provoca a su vez un análisis abstracto, teológico y apocalíptico de una “sociedad industrial” demonizada, que conduce a los enciclopedistas a un pensamiento irracional, incapaz de comprender la realidad social e histórica del capitalismo de hoy.

Tecnófilos (de la izquierda y derecha del capital) y tecnófobos enciclopedistas se enzarzan en una disputa moral sobre la tecnología, que ha sido aislada del resto de factores sociales y económicos, para no diferenciarse más que en sus conclusiones, liberadoras para los primeros, y alienantes para los enciclopedistas. Ni unos ni otros consideran que es el capital la causa de la alienación de todas las producciones humanas, que parecen adquirir fines autónomos que escapan al control humano. Las tecnologías comparten esta alienación social y son utilizadas para reforzarla. Sólo mediante una revolución del proletariado que nos libere de esta alienación será posible ejercer un control sobre las tecnologías nocivas. Algunas tecnologías, entre las cuales la nuclear y la química, son realmente tan peligrosas que serán inmediatamente suprimidas. Otras muchas industrias de producción superflua cesarán automáticamente en cuanto desaparezca la única razón de su existencia: la comercial. Otras industrias (electricidad, metalurgia, impresión, fotografía, telecomunicaciones, productos farmacéuticos, etcétera) serán utilizadas más sabia y cautamente, firmemente controladas y mejoradas para evitar efectos nocivos no deseables, y sobre todo tendrán un uso humano, y no ya capitalista. Porque lo realmente importante es poner fin a la producción de mercancías con el objetivo exclusivo de obtener una plusvalía, para abrir paso a la satisfacción de las necesidades reales y sostenibles de la humanidad, y asegurar de este modo a las generaciones futuras la conservación de los recursos naturales.

Una sociedad en descomposición genera sus propias ideologías putrefactas, como la enciclopedista, que se alza sobre la rebelión parcial contra una de las peores lacras del sistema capitalista: la destrucción y envenenamiento masivo de la naturaleza; al tiempo que muestra su incapacidad para reconocer la causa que la provoca: el proceso de acumulación del capital. Al proletariado, como clase revolucionaria, ninguna ideología puede satisfacerla con unos objetivos parciales que le oculten el objetivo final: la lucha por el fin del capitalismo y su abolición como clase diferenciada. La revolución sólo puede ser total y abarcar todos los aspectos de la actual sociedad de explotación, y nace del conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las actuales relaciones sociales de producción, que no se corresponden ya con esas fuerzas productivas. Claro que Semprun, mediante ese juego verbal tan gratificante a los pro-situs, pero de un nulo rigor intelectual y sin relación alguna con la realidad social e histórica, nos habla ahora de “fuerzas destructivas” en lugar de fuerzas productivas (“Notas sobre el manifiesto del grupo Krisis”).

Los enciclopedistas han pasado del verbalismo izquierdista de los años setenta a la verborrea reaccionaria de los noventa. No dejan de atacar la idea y concepto de progreso, rechazan los innegables avances técnicos y científicos de los dos últimos siglos, insultan y atacan siempre a los izquierdistas y a la izquierda del capital, para lo cual hay muy buenas razones que sin duda compartimos; pero jamás han esbozado una crítica coherente contra la derecha o los nazis. Sus tabúes contra el control de la natalidad, las pruebas fetales y el parto sin dolor, entre otras muchas extravagancias, no son sólo meras fobias antifeministas o antiprogresistas, sino rasgos definitorios que les aproxima a los fundamentalistas religiosos. Hay que hacer caso a los enciclopedistas cuando nos dicen de si mismos que son “reaccionarios consecuentes”, porque sus análisis irracionales y cretinos de un mundo fantaseado e irreal, de un capitalismo sin burguesía ni proletariado, les conduce irremediablemente a concebir a la Tecnociencia como el Mal. Y esa Tecnociencia demonificada tiene además, según el paranoico pensamiento de los enciclopedistas, un programa político definido, que consiste en destruir la naturaleza y la humanidad.

Esta increíble memez en que se ha transformado la ideología enciclopedista es consecuencia directa de su negación de la existencia de las clases sociales en el capitalismo actual. La presencia del proletariado como sujeto histórico revolucionario fija, identifica, concreta y simplifica los problemas insolubles de la sociedad capitalista, reduciéndolos al común denominador de su propia existencia como sistema económico y social caduco. Su ausencia conduce al callejón sin salida de la abstracta estupidez y locura de unos enciclopedistas aislados de la realidad. La EdN, sin una auténtica y creíble perspectiva histórica y política, hace ilusoria cualquier posición crítica que merezca llamarse teoría. Tras decretar el fin de la burguesía y el fin del proletariado, han perdido el norte, el sentido del ridículo y hasta los papeles, y hoy han decretado el fin del mundo para ayer.

¡Apaga y vámonos! ¡Del situacionismo al abismo!

Pero si mañana (¿2005?) el mundo sigue existiendo, que vendan la editorial, que liquiden existencias a precio de saldo y que, situados ya al borde mismo del abismo, se decidan a dar de una vez un gran salto adelante.

Alphavingt

Bruxelles, junio 2004

En el fin de los tiempos (¿del mundo o de la EdN?)

Traducido por Eva Gómez


Notas de la traductora:

(1) Las citas de Baltasar Gracián se han tomado directamente del texto original.

(2) El juego de la terminación de las palabras “abíme” y “situationisme”, esto es, – 1me y -isme, no pierde su significado en español “abismo” y “situacionismo”, si tenemos en cuenta que la terminación -ismo en la palabra abismo no tiene el significado de “ideología de”, que sí tiene en las palabras situacionismo, marxismo, anarquismo, etc…

(3) “señorito”, en español en el original.

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