Los escenarios del futuro cercano

N+1. Informe de tele-reunión 4 de mayo de 2021


Durante la tele-reunión del martes por la noche hicimos algunos comentarios sobre la importancia que la previsión tiene para los comunistas. El tema fue propuesto al término de la reunión anterior y se refiere concretamente a la posibilidad de poder identificar los países y las zonas geográficas más expuestas a las explosiones de carácter social.

La previsión es indispensable para elaborar y llevar a cabo acciones de cualquier tipo y envergadura, dentro de sistemas pequeños o grandes; y su carácter científico no se ve afectado por el hecho de que los sucesos posteriores lo confirmen o no. Por ejemplo, en los años 50 nuestra corriente criticó el planteamiento de la burguesía sobre la cuestión espacial, afirmando que de esa manera el hombre no podría ir a la Luna. Cuando esto ocurrió, algunos creyeron equivocadamente que las observaciones hechas eran inexactas: la predicción no era errónea, pero no se hizo realidad porque mientras tanto algo había cambiado, es decir, se habían producido modificaciones que permitieron la llamada conquista del espacio. Sobre este tema hemos publicado el volumen Ciencia y Revolución, al que nos remitimos para profundizar en él.

Para el revolucionario la predicción es fundamental porque no puede darse el lujo de no captar con antelación la ocurrencia de eventos cruciales. Este ha sido siempre el planteamiento de la izquierda comunista «italiana», y también el nuestro: partimos del análisis de las condiciones máximas para llegar al de las condiciones mínimas, y no adoptamos criterios graduales continuos para el cambio social. En nuestro trabajo tratamos de evitar los clichés y el vocabulario de la última revolución, porque pertenecen a una revolución que fue grandiosa (y por eso influyó tanto en el lenguaje) pero que fracasó. La lengua de madera tercerainternacionalista ya no significa nada y a menudo se la usa para ocultar la insipidez teórica.

Durante la última tele-reunión se planteó la siguiente pregunta: «Se está produciendo una profunda modificación del capital global, tanto cuantitativa como cualitativamente, acelerándose la concentración y centralización del capital y aumentando la explotación, prosperando algunas zonas geográficas y hundiéndose otras. Por lo tanto, debemos intentar prever los escenarios futuros distinguiendo las zonas geográficas. Por ejemplo: ¿Italia y el sur de Europa entrarán en declive en comparación con Alemania y China? ¿En qué zonas industrializadas cabe esperar una crisis económica, y por tanto social, aún más profunda?»

¿Es correcto hablar de un aumento de la explotación? Sí, porque de hecho hoy en día la jornada laboral media de un asalariado produce una parte de plusvalía colosalmente más grande que la parte de trabajo necesario. La mano de obra pone en movimiento cada vez más capital, lo que determina una situación paradójica en la que el aumento de la eficacia productiva se corresponde con una caída brusca de la tasa de ganancia. El capitalista, llegado a este punto, ya no es capaz de limitar los daños y termina conformándose con la masa de plusvalía en lugar de la tasa de ganancia. Es precisamente este proceso inherente al modo de producción capitalista el que llevó a Marx a afirmar la potencial muerte del sistema capitalista. Más adelante este concepto será retomado por nuestra corriente en el texto La ciencia económica marxista como programa revolucionario.

Así que históricamente la explotación aumenta, pero cada vez es más difícil que los capitalistas obtengan ganancias. Como escribimos en Propiedad y Capital, hemos llegado al punto en que el capital prescinde de los capitalistas y estos últimos prescinden del capital, utilizando todos los resortes financieros y crediticios posibles y aprendiendo a hacer negocios sin tener propiedad. Se abren fábricas automatizadas en las que destaca la ausencia de fuerza de trabajo y la presencia preponderante de capital constante.

Por lo tanto, para responder a la pregunta anterior debemos considerar que el aumento de la explotación está sujeto a una flecha temporal, pero también que el capitalismo tiene un desarrollo diferenciado. Pongamos un ejemplo. El mercado exterior chino registra picos de rentabilidad que países de la «vieja generación», como Inglaterra, se esfuerzan por alcanzar. El enfoque de China hacia las áreas vecinas o distantes sobre las que ejerce su influencia es diferente al de los antiguos países capitalistas. En este periodo de crisis sistémica, agravada por la pandemia, mientras el resto del planeta calcula los puntos porcentuales perdidos sobre el PIB para decidir qué hacer, China registra un crecimiento de 6,5% a finales de 2020 y de18,3% en el primer trimestre de 2021.

En el capitalismo, por lo tanto, existen áreas de desarrollo diferenciado y, desde un punto de vista materialista, el potencial disruptivo con respecto al orden social de un país está relacionado con el grado de madurez alcanzado por el capitalismo y, en última instancia, por la tasa de ganancia.

¿Cuál es la situación del mundo en su conjunto? En nuestro texto La crisis histórica del capitalismo senil de 1984, se hace una investigación sobre el grado de madurez del capitalismo, que confirma lo que Marx y posteriormente la izquierda comunista argumentaron sobre el fin del actual modo de producción. Al margen de la escala de referencia y de la velocidad de la dinámica, todas las curvas obtenidas de los diagramas de desarrollo de los países industriales y del capitalismo en su conjunto muestran una forma sigmoidea, es decir, un patrón que identifica primero un crecimiento exponencial, luego un punto de inflexión y finalmente un cambio de dirección y el establecimiento de un crecimiento asintótico. Este tipo de curva se da en todos los organismos vivos, que siguen un camino de nacimiento, desarrollo y muerte (auxología). Es un proceso irreversible y significa que ya no hay resortes posibles para el capital.

Volviendo a nuestra pregunta, podemos decir entonces que además del aumento de la explotación, condicionado como hemos dicho, tenemos un capitalismo con tasas de desarrollo decrecientes. Para reaccionar a esta situación, el sistema establece contra-tendencias que, sin embargo, no hacen más que desplazar los problemas hacia adelante en el tiempo, elevándolos además a un nivel superior. Un ejemplo de ello es la Alemania de 1989, que, tras la caída del Muro de Berlín, absorbió una enorme cantidad de mano de obra barata en sus filas. En aquella época, las faenas del país, al contrario de lo que se podía ver por ejemplo en Italia, estaban repletas de trabajadores. Pero el efecto de esta especie de degradación del capitalismo alemán, que durante un tiempo logró romper su tendencia histórica, fue efímero, y en Alemania, como en otras partes, surgió el problema del aumento relativo de la miseria del proletariado.

A principios de los años 70 del pasado siglo, se inicia una profunda crisis que provoca importantes transformaciones en las relaciones capitalistas. El sistema reacciona a las dificultades de valorización desarrollando un capital ficticio, «financiarizando» la economía. En 2008 el sistema estalla. Por lo tanto, hay factores muy importantes en la evaluación del futuro, que nos dicen que las mayores tensiones sociales deberían estallar allí donde hay mayores dificultades en la producción y realización del valor. En las últimas décadas China ha creado 800 millones de nuevos proletarios, mientras que Europa ha perdido a 35 millones (las cifras son aproximadas, pero dada la magnitud esto no es importante). Ahora es un lugar común decir que los obreros de overol han desaparecido, pero entre India y China se han creado al menos mil millones de nuevos proletarios; y no es casualidad que en este último país se haya producido un número cada vez mayor de disturbios (según la agencia de noticias AsiaNews, decenas de miles en los últimos años).

Por lo tanto, hemos llegado a esbozar la base necesaria para hacer una predicción; una que contradice a la concepción «normal» de los procesos revolucionarios. A menudo se dice que una revolución comienza cuando la población ya no puede soportar la vida, cuando está estresada, cuando está esclavizada, pero esta vara de medir es errónea porque la humanidad ha demostrado que puede soportar grandes sufrimientos sin hacer nada para cambiar las cosas. En Primaveras florecientes del capital (1953) se afirma que si observamos las revoluciones del pasado, encontraremos una diferencia significativa entre la historiografía y lo que realmente ocurrió en esos momentos históricos. La revolución no es un hecho automático que se produce cuando se superan ciertos parámetros (pobreza, desempleo, etc.), sino que puede partir de un centro donde el malestar social es limitado y las poblaciones se benefician de la explotación de otras poblaciones.

La prueba la tuvimos en 2011 cuando, tras la oleada de la Primavera Árabe y las «acampadas» en España, nació en Estados Unidos el movimiento Occupy Wall Street. Las pancartas que portaban los manifestantes estadounidenses tenían un aspecto diferente al de otras partes del mundo. Le dimos importancia a ese movimiento porque no expresaba reivindicaciones sindicales ni políticas, y rehuía las mesas de negociación y la práctica de las reivindicaciones. Miles de personas salieron a la calle, rompiendo los esquemas a los que estábamos acostumbrados, rompiendo los hábitos habituales en este tipo de contextos, y diciendo que otro mundo es posible, aquí y ahora.

El planeta es cada vez más pequeño, enjaulado por un capital que trata de intervenir a todos los niveles para valorizarse a sí mismo haciendo un extendido uso de robots y computadoras en vez de humanos, y que ha llegado al punto, en los países capitalistas avanzados, de tener que mantener a poblaciones empobrecidas para evitar revueltas y sostener el consumo.

Concluimos la tele-reunión mencionando la crisis de los semiconductores, el regreso de las multitudes a las calles en Myanmar, el estallido de la revuelta en Colombia y las frecuentes violaciones del toque de queda en Italia.

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