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Homo 7: Masculinidad reaccionaria

lunes, septiembre 28th, 2020

A principios del siglo XX, en paralelo y en contra del feminismo progresista, se desarrolló la utopía reaccionaria (en el sentido literal de la palabra) de un mundo de hombres, acompañada de una nueva teorización de la misoginia.

Disidencia juvenil

En el siglo XX, Alemania fue el país europeo donde las contradicciones sociales y políticas estallaron con mayor violencia, y también el país que hasta 1933 tenía los partidos y sindicatos socialistas/comunistas más poderosos del mundo industrializado. Sin embargo, este movimiento obrero, centrado en la defensa del trabajo, muy rara vez tematizó las relaciones entre hombres y mujeres, entre adultos y jóvenes, ni la educación, ni la sexualidad, la moral, el arte, etc., todo aquello referido a «la forma de vivir». Escindidas de las cuestiones fundamentales, principalmente de las relaciones entre clases, ciertas cuestiones esenciales -cómo comemos, dormimos, nos alimentamos, nos desplazamos, etc.- fueron desplazadas por el movimiento social hacia los márgenes, quedando así la vida cotidiana reducida a la vida privada.

Las contradicciones, aunque disociadas de sus causas fundamentales, estallaron, sin embargo, de diversas maneras: demandas de libertad moral, igualdad de género o autonomía individual, pero también a veces la reinvención de patrones conservadores, empezando por la jerarquía de los sexos. Una de estas manifestaciones fue la afirmación de una identidad masculina separada de la mujer y en contra de ella, y no es una paradoja menor el hecho de que dicha identidad haya nacido de la secesión, o incluso de la revuelta, de la juventud.

La evolución social no es el resultado de conflictos generacionales: la juventud es una categoría sociológica esquiva, no es un actor histórico, y el culto a la juventud se presta a todo tipo de usos, incluidos los fascistas o los consumistas. Sin embargo, el origen, la escala y la variedad de estos movimientos están íntimamente ligados a nuestro tema.

Dos rasgos los caracterizan: el separatismo hacia los adultos y el anticonformismo. Nacido en los últimos años del siglo XIX, el Jugendbewegung se desarrolló rápidamente y se dividió siguiendo líneas religiosas, políticas o simplemente locales. En este movimiento las chicas son poco numerosas y los grupos mixtos son raros.

Desde finales del siglo XIX hasta 1933, millones de jóvenes participaron en las más diversas asociaciones, varios cientos de miles de ellos se afiliaron a organizaciones ligadas a los partidos obreros, el SPD y luego (en mucho menor cantidad) al KPD. Algunas estructuras, siguiendo el escoutismo que estaba en su origen, se fijaron el objetivo de la preparación militar.

En 1914, como la mayoría del país, una gran parte de los movimientos juveniles aceptaron la guerra: la camaradería tomó una forma patriótica.

Después de la guerra empezó a ser dominante el anhelo de un cambio, el cual se veía prefigurado por momentos de vida colectiva, una especie de contracultura alternativa marcada por el rechazo de la modernidad, del dinero, de la civilización industrial, urbana y comercial, rechazo mezclado con una búsqueda de autenticidad tanto más exaltada cuanto más indefinida era. ¿Qué «naturaleza» hemos de reencontrar? ¿Y por qué la «comunidad»? El adversario es el espíritu «burgués», palabra que designa poco más que el conformismo y la inmovilidad pero sin referise a ninguna noción de clase. Esta «revuelta juvenil» reproduce las contradicciones inherentes al antimodernismo, el romanticismo, el higienismo, el naturismo, la celebración del cuerpo y la belleza. Para algunos, minoritarios pero activos, el culto a la acción (presentado como superior tanto a la pereza burguesa como a la pasividad obrera) se convierte en la glorificación de la energía, del hombre (varón) que se atreve a luchar, del héroe, destinado a dirigir a «las masas».

Esa variada evolución de los movimientos juveniles reflejaba a su época. Muchos de sus miembros se adherirán voluntariamente o por la fuerza al nacionalsocialismo, otros hacia el comunismo y el antifascismo, algunos hacia la resistencia anti-nazi.

Nacidos en 1896, a pesar de su pequeño número (25 mil miembros en 1914), los Wandervogels están en el corazón de nuestro tema. El emblema del movimiento es una garza, y su nombre se refiere a un ave que «camina»: es más viajera que migratoria.

«Héroes masculinos» para un «Estado viril»

Hans Blüher (1888-1955), uno de los primeros Wandervogels, se unió a la edad de 14 años. Acusado de mantener una conducta inapropiada hacia otro adolescente en una excursión, fue apoyado por Fischer, entonces líder de la WV. El sucesor de Fischer, Willie Jansen (1866-1943), denunciado como homosexual, tuvo que dejar su puesto y creó su propia organización, la WV-Jung, abiertamente homofílica. La crisis empujó a las WV a empezar a admitir chicas, a las que antes rechazaban.

Blüher, por su parte, dejó de participar directamente en las WV y se convirtió en partidario y cronista no oficial de sus ideas. En 1912, en el tercer volumen de su historia con un título explícito (El movimiento Wandervogel como un fenómeno erótico: una contribución a la comprensión de la inversión sexual) teorizó la homosexualidad masculina como la base de las asociaciones juveniles, una tesis que fue rechazada por la mayoría del movimiento.

Según Blüher, el ser humano es naturalmente bisexual, tesis que lo acercó por un tiempo a Freud, con quien mantenía correspondencia. Más tarde rompería con Freud al estar en completo desacuerdo con el fundador del psicoanálisis acerca de la «inversión»: para él, la homosexualidad es una sexualidad sana que el heterosexual atenúa y distorsiona. Era, por lo demás, una sexualidad desexualizada: el erotismo que Blüher teorizó en El rol de lo erótico en la sociedad masculina (publicado en 1917 y 1919) aparecía desvinculado del deseo y del acto sexual.

La participación de Blüher en la lucha de los freikorps contra los revolucionarios después de 1918 muestra claramente su posición política: este conservador elitista abogaba por una escuela que enseñara la vida, pero también el esfuerzo, el orden, la patria, en contraposición al mundo del dinero y del materialismo (mundo que para él era tan marxista como burgués). Era necesario desaprender la civilización industrial comercial y volver a la naturaleza.

De modo tal que ese eros no tenía nada que ver con la «liberación sexual». La crítica de Blüher a la moral tradicional y religiosa se basaba en la separación del alma y el cuerpo (o el espíritu y el instinto), donde el primer término debía prevalecer. Oponiendo el dinamismo a la pasividad, y el erotismo heroico a la comodidad de las masas, propugnaba el sueño de una sociedad jerárquica en la que la dominación de los burgueses daría paso a la de los hombres de élite (varones), capaces de una auténtica comunidad espiritual. Es un darwinismo social al que se ha conferido una dimensión sexual.

Es más, en esta perspectiva el antisemitismo era central y era reivindicado. Para Blüher, conocido antisemita en su época, los judíos eran portadores del materialismo, el desarraigo y la igualdad destructiva de los valores naturales. Su antisemitismo provenía de la creencia en una fraternidad viril de la que los judíos serían incapaces, lo cual les haría no aptos para unirse y formar un pueblo, e históricamente condenados a subsistir sólo como una «raza», razón por la que antaño habrían perdido su Estado. En 1914 casi todos los judíos dejaron los Wandervogels.

Bajo Weimar, Blüher gozó de una inmensa popularidad y, sin que lo aprobasen necesariamente, atrajo el interés de las más diversas personalidades, como Thomas Mann, Gottfried Benn (poeta expresionista entonces pro-nazi antes de separarse del régimen) o Rilke. Estuvo en contacto con el filósofo y sionista Martin Buber, con el anarquista Gustav Landauer asesinado por los freikorps en Munich en 1919, con el homosexual pacifista (y miembro del KPD) Kurt Hiller, los tres de origen judío, pero también con Guillermo II, quien le apreciaba. Afinidades que pueden resultar sorprendentes, pero que reflejan la gran agitación política e intelectual de la época. Algunos nazis hicieron comentarios favorables a Blüher, por ejemplo Alfred Rosenberg que en El mito del siglo XX (1930), encontró afinidad entre el mundo que los nazis querían crear y la «sociedad de hombres» de Blüher. Sin embargo, éste era demasiado ajeno a la moral como para adaptarse a un régimen de orden, el que terminará prohibiendo sus libros. En 1933 Blüher dejó de participar en la vida política. Había formado parte de la extensa nebulosa conocida como «revolución conservadora», de hecho reaccionaria, que contribuyó al ascenso al poder del nazismo sin encontrar luego su lugar en él (Ernst Jünger sigue siendo la figura más ilustre).

Historia masculina

A la experiencia de los Wandervogels, la ideología masculina añadió la justificación dada por un mito del origen, tomado en particular de Heinrich Schurtz (1863-1903): el Männerbund, una fraternidad masculina que habría sido típica de los antiguos alemanes, y que es considerada la cuna de la civilización.

Schurtz se remontó a una época muy anterior al mundo del comercio, en la que las tribus germánicas habrían vivido tensionadas entre el Männerbund, comunidad de hombres unidos por un vínculo directo, y la institución materna feminizadora de la familia. Contrapuso el instinto social (base de las formas superiores de organización, incluyendo el Estado) al instinto sexual (base de la familia dominada por las mujeres). La misoginia produjo así una crítica «de derecha» a la familia: las mujeres son inferiores a los hombres porque están destinadas por la maternidad a convertirse en el instrumento de un marco familiar que suprime los impulsos innovadores. Más que el parentesco, son serían los grupos de edad y los hogares de los hombres los que tendrían un papel esencial en la evolución. La familia e incluso el Estado serían secundarios respecto de la oposición entre hombres y mujeres, y entre jóvenes y adultos.

Comunidad de hombres

Sin que las dos teorías coincidieran, el camino de Blüher se cruzó con el de Der Eigene, «El Uno», una revista cuyo título hacía eco de El Único y su Propiedad, publicada por Stirner en 1845. Esa original tendencia libertaria se limitaba, sin embargo, tan sólo a reclamar para cada persona la libre disposición de su propio cuerpo. Entre 1898 y 1932, a pesar de la irregularidad de la publicación, las interrupciones y los cambios de título, Der Eigene fue sin duda la primera publicación periódica homosexual del mundo, con unos 1.500 suscriptores y subtítulos variables: en su origen era «Para todos y para nadie», frase tomada del subtítulo del Zaratustra nietzscheano, o «Revista para la cultura de los hombres», en 1924. Der Eigenecelebraba la belleza masculina, publicaba imágenes de desnudos y no era hostil a las relaciones entre jóvenes y adultos, lo que le hizo tener problemas con la censura. Sus contribuyentes incluían al anarquista Erich Mühsam (asesinado en un campo de concentración en 1934), al «escandaloso» novelista Hanns Heinz Ewers (que más tarde se convirtió en nazi), y a Karl Günther Heimsoth (homosexual y nazi), así como a escritores conocidos (Heinrich y Thomas Mann). [1]

Adolf Brand (1874-1945) era el editor de la revista. Si ésta tenía una línea editorial, su principal teórico fue Benedikt Friedländer, aunque John Henry MacKay también influyó en Brand a partir de 1906. [2] Miembro del Comité Científico Humanitario fundado por Magnus Hirschfeld para dar a conocer y defender la homosexualidad [3], Brand lo abandonó en 1903 para fundar la Gemeinschaft der Eigenen, la «Comunidad de los Únicos», es decir, individuos particulares que se poseen a sí mismos porque no son propiedad de nadie más. A diferencia de las organizaciones de masas mencionadas en el capítulo anterior, el GdE nunca reunirá más que un pequeño número, 250 miembros cotizantes, escribiría en alguna ocasión el propio Brand. Willie Jansen, cuyo papel en los Wandervogels ya mencionamos, era uno de ellos.

Si bien la Comunidad de los Únicos no descartaba unirse al Comité Científico Humanitario y a otros grupos para una acción común contra la criminalización de la homosexualidad, las diferencias entre ellos no eran menores. La Comunidad de los Únicos criticaba al Comité Científico y Humanitario por prestar demasiada atención a los temas legales y por basar sus exigencias políticas en la ciencia, en vez de privilegiar los derechos naturales y la libertad personal. Les separaba asimismo el rechazo por parte de Brand y sus amigos a la teoría del «tercer sexo» propuesta por Hirschfeld, para quien el homosexual tendría una constitución diferente a la de otros hombres. Der Eigene creía en una bisexualidad común a la mayoría de los seres humanos, subyacente pero reprimida y autocensurada. Todo hombre podía ser tanto hombre como mujer, por lo tanto el homosexual no era una minoría ni una categoría aparte. Der Eigene en cambio veía en el homosexual al más completo y viril de los hombres, la encarnación del ideal griego, miembro de una élite ilustrada por figuras históricas, desde Alejandro Magno hasta Federico II.

Brand aprobaba denunciar públicamente a aquellas figuras políticas (diputados e incluso el canciller von Bülow) que mientras practicaban en privado la homosexualidad, dejaban ésta fuese legalmente reprimida en los hombres comunes. Esto le valió a Brand pasar 18 meses en prisión tras ser acusado por difamación. Después de 1930 abandonó la acción pública. Los nazis prohibieron Der Eigene, allanaron varias veces la casa de Brand, sin arrestarlo, y éste murió en 1945 durante un bombardeo.

Los hombres «de verdad»

Para Friedländer, lo que obstaculiza el amor entre hombres, sea cual sea su forma, no es el patriarcado, sino las mujeres y la «feminización de la cultura»: «toda la raza blanca» está amenazada por «la exageración del principio de la familia -la forma más primitiva de socialización- que rompe los Estados y carcome la unidad nacional». Demasiado implicadas en ese ámbito debido a la maternidad, las mujeres arrastran a los hombres y obstaculizan el desarrollo espiritual y artístico que sólo ellos pueden lograr. El gran reproche que Friedländer, siguiendo a Schurtz, hace al mundo moderno, es que favorece la influencia negativa de las mujeres, vista como un rasgo típico de la sociedad burguesa. Mientras que Japón ha preservado una «cultura masculina», América del Norte sufre una «condición afeminada».

En consecuencia, la Comunidad de los Únicos abogaba por un mínimo de mezcla entre los dos sexos (porque la visión seguía siendo binaria): si las relaciones «hombre-mujer» son necesarias para la reproducción, la sociedad debe promover las relaciones «hombre-hombre» a fin de que se desarrolle lo mejor de la civilización. La familia desaparecería como unidad social básica: el niño sería alejado de sus padres y sobre todo de la influencia negativa de su madre, siendo criado en contacto con otros hombres, según el modelo del internado, el campamento scout, la asociación deportiva masculina o el cuartel.

Der Eigene invierte así el estereotipo «homosexual=afeminado». Son los llamados hombres normales sin elevación espiritual los que se dejan feminizar. El «verdadero» hombre no disfruta del contacto con las mujeres, porque sólo la compañía de los hombres lo fortalece moral e intelectualmente. Las mujeres llevan una vida instintiva y se contentan con ser; los hombres se crean a sí mismos dominando el instinto a través del esfuerzo.

No obstante lo anterior, en Der Eigene la misoginia no era unánime. En 1903, Edwin Bab se pronunció en contra de la idea de una naturaleza masculina o femenina: «Afirmo que no hay diferencia entre lo que caracteriza al hombre y a la mujer en los niveles psíquico e intelectual. (…) Los hombres no son más productivos que las mujeres”. Pero Bab seguía siendo una minoría, y uno de los pocos individuos que defendió el papel positivo de la mujer junto al hombre.

Para este homoerotismo la libertad sexual apenas era un problema: minimizaba, e incluso desalentaba las relaciones físicas, a las que consideraba como un asunto secundario y puramente privado. No se trataba de hacer el amor, sino de promover relaciones fuertemenete jerárquicas entre los hombres, a fin de seleccionar una élite capaz de dirigir a las masas. En ese retorno a la mítica Grecia antigua, el ideal era menos el filósofo ateniense que el guerrero espartano. La frecuente referencia a la Lieblingsminne medieval, por Liebling (favorito) y Minne (amor cortés), indica que los Únicos buscaban su modelo más en la mesa de los caballeros que en la casa de campo del labriego.

Estetización

Las fotos de desnudos masculinos publicadas en Der Eigene formaban parte de la tendencia naturista y del culto al deporte que estaba muy de moda en aquella época. En la antigua Grecia, gimnasta era «aquel que está desnudo». Pero el ejercicio físico habría de adquirir ahora un significado particular, el de una reacción antimaterialista: ya no se trataba de entrenar atletas, sino de formar hombres nuevos, de promover el espíritu a través del cuerpo, la belleza contra la materia prima, lo humano contra el dinero, el individuo contra la masa. Era preciso romper con el rechazo cristiano (y budista) del mundo real, de la vida y la carne, y con esa glorificación del ascetismo que perpetuaba el miedo a la sexualidad.

El amor físico entre los hombres no estaba excluido, siempre que expresara una amistad, un intenso vínculo espiritual, del que se pensaba que los homosexuales «afeminados» eran incapaces. Friedländer oponía las caminatas por la naturaleza a frecuentar bares gay, que él consideraba como típicos de la decadencia moderna: uno debía controlarse, tal como enseñaba el entrenamiento físico, el esfuerzo y el endurecimiento. El deporte y el naturismo ayudaban a ir más allá del cuerpo, espiritualizándolo.

Sea lo que sea que el lector haya encontrado en ellas, las fotos de desnudos que poblaban las páginas de Der Eigene no estaban ahí sólo para dar placer a la vista, sino que eran un ejercicio espiritual, contribuyendo a la restauración de un orden natural. Aquí tocamos el corazón del pensamiento reaccionario: creer en un orden del mundo que debe ser fundado o recuperado. [4]

Es comprensible que los Únicos consideraran secundaria la lucha por la despenalización de la homosexualidad: lo esencial era poner en marcha una reforma moral en la base, donde un joven supuestamente libre de los defectos sociales modernos pudiera encontrar una naturaleza no mancillada por la industria y el comercio. Con el objetivo de revivir una cultura masculina, todo lo que favoreciera la pureza de los hombres en cuanto tales era considerado como positivo, ya fuese ir de acampada, recibir preparación militar, o incluso la combinación de ambos.

Política del sentimiento

El «anarquismo» inicial de Der Eigene era un individualismo que esperaba resolverlo todo a través de la fraternidad internacional de asociaciones de amigos. Al soñar con una propiedad privada que fuera accesible a todos, Brand pensaba como un liberal. Más que Stirner, era Nietzsche quien inspiraba a los Únicos. El mito de un individuo capaz de darse a sí mismo la fuerza para ser libre (lo que la masa sería incapaz de hacer) tenía prioridad sobre la colectividad de seres humanos que actúan juntos. Tanto el movimiento obrero como el de las mujeres les parecían tan negativos como la civilización burguesa (de la que sólo serían sus efectos), porque favorecían la nivelación, impidiendo la afirmación individual y, por tanto, la emancipación de todos y cada uno.

En ¿Qué queremos? (1925), Brand basaba el programa mínimo de la Comunidad de los Únicos en una idealización del amor. La «tendencia bisexual en todos», «la forma primaria de todas las variedades de amor», le llevaba al pacifismo: el amor entre amigos (varones) llevaría a la tolerancia entre los pueblos y pondría fin a la sobrepoblación, por lo tanto a la guerra y a la lucha de clases causada por la miseria.

Si en 1911 Brand llamaba a votar por los socialistas, después de la guerra fue presa de la desilusión política que hizo prevalecer el individualismo elitista. De cualquier forma su pacifismo universalista siempre había dado cabida a nacionalistas, racistas y antisemitas. En 1908, Der Eigene publicó un artículo de Friedländer en el que denunciaba el declive de la raza blanca, la «influencia judía» y el peligro «amarillo». En 1924-25 un texto de Heimsoth (futuro nazi) atacó a Magnus Hirschfeld acusándole de ser judío: Brand aprobó su publicación, añadiendo sólo algunas reservas en la introducción. Ese mismo año recomendó la publicación en Der Eigene de Heroísmo masculino y camaradería amorosa en tiempos de guerra, del Dr. Georg Pfeiffer. Después de una serie de ejemplos históricos que elogian la camaradería en tiempos de guerra, el autor proponía en el futuro utilizar la energía masculina colectiva para fines distintos de la guerra, pero aún así para «nuestra amada patria».

Políticamente, el repudio a la «americanización» que adormece la mente iba acompañado de una antipatía al menos tan fuerte hacia las pretensiones niveladoras del «bolchevismo».

Tanto al apoyar al SPS en 1911, como al adoptar el apoliticismo en tiempos de Weimar, los Únicos mantuvieron y propagaron la idea de que hay una comunidad de individuos masculinos supuestamente superiores. Cuando el sentimiento reemplaza a la inteligencia teórica, nada impide que uno se deje llevar por los vientos dominantes, que en Alemania en ese momento soplaban hacia el nacionalismo.

No hay un hilo que conduzca inevitablemente de la Comunidad de los Únicos al nazismo. Hay que desconfiar de una «historia de las ideas» capaz de demostrarlo todo y también todo lo demás (por ejemplo, dado que los estalinistas nunca dejaron de citar a Marx, El Manifiesto habría anticipado el gulag). Lo que es cierto es que la corriente de la que formaba parte Der Eigene contribuyó a la mentalidad nacional-racista propiciada por el nazismo. Pero si en algo contribuyeron los Únicos fue en todo caso por su confusión: la incoherencia es contrarrevolucionaria, y a menudo el eclecticismo también lo es.

¿Homosexualidad fascista?

En los años 1930 en Alemania no era ningún secreto que las SA, instrumento y símbolo del poder brutal de los nazis, estaban dirigidas por un homosexual. Ernst Röhm era miembro de la Liga de Derechos del Hombre (del varón), organización homosexual de masas que se encontraba activa en ese momento. [5] El año en que Röhm se hizo cargo de las SA, la fiscalía de Munich lo investigó por «fornicación contra natura». Mientras el partido nazi exigía endurecer las leyes anti-homosexualidad, en su correspondencia privada (que los nazis disidentes harían pública) Röhm pedía su derogación.

Pese a todo, cuando los nazis cuestionaron su legitimidad, Hitler lo defendió y escribió que «su vida privada» sólo importaría si fuera incompatible con los ideales nacionalsocialistas. La homosexualidad de Röhm sólo se convertió en un problema cuando las bandas paramilitares bajo su liderazgo escaparon al control del Estado nazi. A partir de 1933, Hitler intentó poner orden y crear un ejército disciplinado, objetivo doble que las SA habían estado obstaculizando. La homosexualidad de sus dirigentes sólo fue un pretexto para asesinar a Röhm y a los cuadros de las SA en la llamada Noche de los Cuchillos Largos, en junio de 1934.

El movimiento fascista se proclamaba anti-burgués, inconformista y enemigo de las convenciones. Esa actitud cesó apenas llegaron al poder: el control de la reproducción social impuso la regulación de la sexualidad, mediante una política que en la Alemania de 1933 debía ser natalista y heteronormativa. Los valores «burgueses» (la familia, la propiedad) estaban en consonancia con el régimen, la disidencia sexual estaba excluida, y los homosexuales eran tratados como enemigos públicos. En una sociedad militarizada en la que se movilizan millones de hombres, se fomenta la camaradería viril practicada en los freikorps, las SA y luego las SS, quedando prohibida su expresión sexual. Aunque no se excluye que las relaciones homo-sociales se desvíen hacia el homo-erotismo, el acto homosexual en sí atrae la represión. El cuerpo masculino (a menudo desnudo) es apreciado por la estatuaria fascista sólo como un concentrado de fuerza desexualizado y orgánico dedicado al servicio exclusivo de la energía nacional.

De manera absurda, la propaganda anti-nazi se ha alimentado por mucho tiempo de la identificación del nazismo con la homosexualidad, frente a un fascismo supuestamente defensor de la «buena moral». Ya en 1931, la prensa socialdemócrata reveló la homosexualidad del jefe de las SA y publicó caricaturas de Röhm con aspecto de mujer. El líder nazi ofrecía un objetivo ideal, que permitía invertir la retórica de Hitler: los «degenerados» no son los demócratas, marxistas o judíos, son los nazis. Se dice que Röhm tenía la doble imagen de seductor de jóvenes y líder de una camarilla de pervertidos que conspiraban para practicar secretamente su vicio (un rasgo típicamente judío en la literatura antisemita). Estos temas también son explotados por los disidentes nazis.

En 1933, el Libro Marrón (500.000 ejemplares publicados en 19 idiomas), que pretendía exonerar al KPD de la destrucción del Reichstag, acusó al pirómano Marinus van der Lubbe de ser cómplice de los nazis. [6] El joven comunista de consejos fue denunciado como homosexual -y por tanto culpable- tanto por los nazis como por los estalinistas, e incluso presentado como Lustknabe de Röhm, término que designa a una pareja sexual, a menudo una prostituta.

Ni la eliminación de Röhm en junio de 1934, ni la política anti-homosexual del régimen a partir de diciembre de 1934, pusieron fin a la explotación de esta vena por la prensa antifascista en el exilio. La identificación «nazi = gay = degenerado» incluso sirve para poner al descubierto a líderes nazis gays ocultos (Rudolf Hess) y para hacer mofa de Frau Hitler. Son pocos -entre ellos Klaus Mann [7] o Kurt Tucholsky en el semanario liberal de izquierda Die Weltbühne– quienes se pronuncian en contra de la amalgama «gay = fascista».

En 1935, el endurecimiento de la legislación anti-homosexual en Alemania obliga, sin embargo, a la propaganda anti-nazi a una mayor sutileza psicológica, en línea con el análisis reichiano de la «plaga emocional» fascista: aún si los líderes nazis no practican la homosexualidad, e incluso la reprimen, en realidad el individuo fascista sería a menudo un homosexual reprimido. El nazismo se habría ganado el apoyo de las masas satisfaciendo su insatisfacción emocional y sexual en particular, y habría movilizado a sus militantes ofreciéndoles una comunidad masculina (con un fuerte componente sexual) como sustituto. [8]

Contra la ideología fascista que reivindica la naturaleza, la salud y la vitalidad, el antifascismo invertirá el argumento psiquiátrico del enemigo: el fascista sería intrínsecamente malo, y como se supone que el «invertido» también lo es, la homosexualidad es vista como un camino seguro hacia el fascismo. El estalinismo dará en el clavo: el trabajador militante y, en Rusia, el constructor del socialismo son hombres normales, padres de familia como deben ser, porque el pueblo está sano y la élite es decadente. El fascismo pervierte sexualmente a la juventud para esterilizar la energía proletaria. Conclusión: «Destruid a los homosexuales y el fascismo desaparecerá», tal como escribiiría Gorki en 1934. [9]

En 1931, en El caso Röhm, señalando la hipocresía de un partido que estigmatizaba públicamente la homosexualidad mientras la aceptaba en privado, Brand declaró: «Los enemigos más peligrosos de nuestra lucha son a menudo los propios homosexuales». El artículo anticipaba el destino de «chivo expiatorio» que aguardaba a Röhm y que, efectivamente, sufriría tres años después. Los homosexuales nazis, anunció Brand, llevan en sus bolsillos la cuerda que los colgará, porque su partido será el que lleve a cabo «la persecución y exterminio [de todo el movimiento homosexual]».

Contradicción fatal

A finales del siglo XIX y principios del XX, los argumentos a favor de la «causa homosexual» se dividieron entre la defensa de la homosexualidad por razones científicas, y su justificación «cultural» por referencia a antiguas tradiciones, al arte o a figuras históricas reconocidas. La oposición entre el Comité Científico Humanitario y la Comunidad de los Únicos muestra que Alemania no es una excepción a esta división. Independientemente de lo que se piense de la teoría del «tercer sexo», el Comité Científico Humanitario cree en la fluidez sexual y la posible igualdad entre los sexos. Por el contrario, los Únicos ven el reconocimiento de la bisexualidad humana básica como un paso hacia una «masculinidad» que se considera superior a la «feminidad».

Pero hay más. En Inglaterra, por ejemplo, los defensores del «modelo cultural», como Edward Carpenter, [10] trabajan en estrecha colaboración con los movimientos de trabajadores y de mujeres. En Alemania, se oponen a la Ilustración, son tan reacios al socialismo como a la burguesía, caminan con el nacionalismo y no están a disgusto con el racismo. Activa ya antes de 1914, esta tendencia se exacerbará con la crisis de la sociedad alemana después de la guerra.

Sin embargo, tal como Brand intuyó en 1931 sin poder explicarlo, la teorización de una homo-socialidad reaccionaria sólo podía perjudicar a los homosexuales. Existe una contradicción insostenible entre reivindicar la sexualidad como una esfera privada y querer convertirla en un marco comunitario que implica más que el consentimiento de los individuos, un marco impuesto por su época, por lo tanto en la Alemania de 1910 y más aún en 1930, un marco nacionalista.

A fin de mantenerse agrupados -y separados de las mujeres- los hombres (masculinos y deseosos de serlo) sólo podían imaginar una comunidad exclusiva y excluyente. El régimen nazi se la proporcionó en cierto modo, extendiendo un Männerbund desexualizado a millones de varones militarizados, mientras perseguía a los homosexuales y asesinaba a miles en los campos de concentración.

Crisis de la masculinidad

Sin eliminar la inferiorización de la mujer, el dominio de la mano de obra asalariada socava la jerarquía de los sexos, transforma la familia y pone en tela de juicio lo que significa ser «hombre» y «mujer». La crisis de la familia ha dado lugar al auge del feminismo, y también a la reacción de unos hombres que han creado la utopía de un mundo en que el hombre tendría asegurado un lugar dominante, remontándose muy atrás, a los tiempos de las tribus germánicas reinventadas o a la Antigüedad mitificada. Por una paradoja que ofrece una historia rica en enseñanzas, dicha reafirmación de la supremacía masculina se confundió en un momento dado, en parte, con lo que en realidad era un movimiento homosexual de alcances masivos en Alemania. Para algunos, la defensa de la «causa» homosexual implicó paradójicamente a una comunidad masculina que fetichizaba un cuerpo masculino desexualizado, reconociendo el deseo y el placer homofílico sólo a condición de agotarse a través del ejercicio físico y la disciplina marcial.

Alemania está en el centro de las contradicciones del capitalismo del siglo XX. Es también el primer país donde la homosexualidad dejó de ser simplemente negada, reprimida y marginada y se convirtió en un tema y una cuestión política. El mayor movimiento homosexual de la época, tan rico como confuso, acabó siendo masacrado a gran escala, mientras que, como si le hubiera hecho falta más estigma e infamia, se acusó a la homosexualidad de haber promovido el acceso al poder de quienes lo ejercían contra ella una represión feroz.

— Gilles Dauvé


[1] Tabla de contenidos completa de Der Eigene.

[2] Los antecedentes de ambos colaboradores ilustran la diversidad y el extravío de Der Eigene. Nacido en el seno de una familia judía, Benedikt Friedländer (1866-1908) había apoyado al periódico anarquista Der Kampf (del que Franz Pfemfert, más tarde cercano a la izquierda comunista, fue durante algún tiempo redactor jefe), y escribió en Der Sozialist, antes de evolucionar hacia lo que se convertiría en su credo: la defensa de una libertad puramente individual y el rechazo tanto del socialismo como del marxismo. Aunque fue el fundador de la Comunidad de los Únicos, también perteneció al Comité Científico Humanitario, en cuya revista escribió hasta 1906. En ese momento, se separó y fundó una Liga de Cultura Masculina, que desapareció dos años más tarde cuando Friedländer, sufriendo un cáncer incurable, se suicidó. Según él, los seres humanos son seres sociales que se atraen entre sí, lo que supone que haya también atracción entre personas del mismo sexo: un hombre no necesita tener un alma o personalidad femenina para ser atraído por otro hombre. Entre los polos extremos (el hétero que sólo es hétero y el homo que sólo es homo), la bisexualidad sería el caso más «natural», aunque desgraciadamente reprimido. En Friedländer se mezclan la creencia en una bisexualidad característica, el elitismo individualista y la creencia en la inferioridad de la mujer. Este antifeminismo fundamental lo lleva incluso al antisemitismo -una posición paradójica dados sus orígenes-, porque para él los judíos son una de las causas de la «feminización» del mundo.

John Henry MacKay (1864-1933) fue un anarquista «individualista». En 1905, hizo campaña a favor de la despenalización de las relaciones entre hombres adultos y adolescentes (posición desaprobada por Magnus Hirschfeld), y publicó panfletos a tal efecto, por lo que fue procesado y multado. Uno de sus libros romantiza el amor del autor por los niños (de 14 a 17 años). MacKay escribió muchas obras de propaganda (Los Anarquistas, en 1891), otras relativas a la alimentación, o escritas para su propio placer, como El Nadador, además de una biografía de Stirner. Richard Strauss musicalizó los poemas de amor de MacKay. Éste había conocido en los Estados Unidos a Benjamin Tucker, un anarquista individualista que creía en el amor libre, y a Emma Goldman. Aunque pobre al final de su vida, rechazó una donación estatal de 100.000 marcos, y murió seis días después de los autodafés (*) nazis de «escritos judíos perjudiciales«. Cinco personas asistieron a su funeral, sin hacer ningún discurso, de acuerdo con sus deseos. Hay que añadir que la mayoría de las personas citadas en nuestro estudio estaban casadas y tenían hijos. (*) Auto de Fe: ceremonia organizada por la Santa Inquisición en la que los acusados y condenados por herejía abjuraban de sus pecados y proclamaban su arrepentimiento.

[3] Comité Científico Humanitario, véase Homo 6: Reforma sexual en Berlín.

[4] Un cartel de propaganda nazi de 1933 muestra a Hitler golpeando con sus puños a una confusa masa de pequeños hombres que luchan entre sí para formar un cuerpo masculino grande, musculoso y desnudo.

[5] Sobre esta organización, ver Homo 6: Reforma sexual en Berlín.

[6] Marinus van der Lubbe, Diarios del pirómano del Reichstag, Gallimard, Verticales, 2003. Y Penélope: «¡Sí, el Reichstag está ardiendo! El acto individual de Marinus Van der Lubbe«, Subversions, Nº 3, agosto de 2013.

[7] Klaus Mann, «Homosexualidad y Fascismo», Europaïsche Hefte, Praga, 24 de diciembre de 1934.

[8] Reich escribió su ya clásico libro, Psicología de masas del fascismo, entre 1930 y 1933. Después de 1945, la conexión entre la ambigüedad sexual y el fascismo (y/o el sadismo) fue un lugar común durante mucho tiempo, ilustrado en dos obras famosas: Roma, ciudad abierta (Rossellini, 1945) filma a una mujer alemana lesbiana y a un agente de la Gestapo afeminado; El conformista (Moravia, 1951) describe el tránsito desde una sexualidad problemática hacia el fascismo.

[9] Gorki, Humanismo Proletario, publicado en Pravda e Izvestia, 23 de mayo de 1934. Contrariamente a la cita de Klaus Mann (a quien es difícil creer: ver nota 7), Gorky no escribe «todos» los homosexuales. Pero también en contraste con las traducciones que reducen el alcance de la frase, el «Papa de la literatura socialista» habla de destruir a los homosexuales, no la homosexualidad. Ver Dan Healey, Homosexual Desire in Revolutionary Russia. The Regulation of Sexual & Gender Dissent, University of Chicago Press, 2001.

[10] Ver Homo 4: Relaciones de clase entre homosexuales (victorianos).