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Homo 5: Qué es un hombre (Hadas y queers en Nueva York)

martes, junio 30th, 2020

Se supone que tenemos una sexualidad y que ésta se encuentra determinada por la distinción hétero/homo.

Tal es la idea dominante en las sociedades occidentales desde fines del siglo XX. Que a este cuadro se haya añadido una paleta con matices cada vez más refinados (bi, queer, trans, etc.) no cambia el eje central que define a la sexualidad: o gay o heterosexual. Independientemente de lo que pensemos de este binarismo, ya sea que lo consideremos bueno o malo, elegido o impuesto, lo percibimos pese a todo como un aspecto fundamental de nuestra especie. Negado, marginado y reprimido durante mucho tiempo, pero, por fortuna, finalmente aceptado en la mayoría de los países «civilizados».

Ahora bien, lo que hoy se presenta como una realidad obvia (pero que no lo es tanto, pues hubo que luchar para imponerla), ha sido, en efecto, históricamente «construida». Para entenderlo mejor, indagaremos en los inicios de esa construcción en los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, sobre todo en Nueva York, y también un poco en el sur profundo.

Las clases laboriosas (1)

En Nueva York, a fines del siglo XIX y principios del XX, los hombres que tienen sexo con hombres no viven dicha práctica al margen de la sociedad. Su preferencia distintiva forma parte de una «cultura de la calle», mayoritariamente obrera, centrada en los barrios negros, pero también en barrios de inmigrantes irlandeses, alemanes, italianos y judíos, casi todos ellos empleados en actividades industriales y comerciales, sobre todo en aquellas ligadas al puerto. Muchos de estos proletarios -trabajadores migrantes, desarraigados, gente sin hogar y prisioneros- viven fuera del matrimonio y no tienen familia. Metrópolis industrial, Nueva York es, hasta cierto punto, una ciudad de hombres.

Mucho más que en sus casas estrechas e incómodas, la vida social de las clases trabajadoras transcurre en lugares públicos, lo que es visto por moralistas y policías como una amenaza para el orden.

A este espacio público, los homosexuales saben darle un buen uso. Viven en un ambiente popular y su socialización se nutre de él: el saloon les sirve como centro social u hogar en el que pueden informarse, divertirse, encontrar trabajo y, eventualmente, un compañero. El saloon cumple así para ellos una función idéntica a la que cumple para los demás habitantes del barrio. Por lo general, el mismo saloon acoge por igual a homos y héteros.

En esta popular vida urbana de clase obrera, el homosexual tiene un lugar: es uno más de los elementos que dan sentido a las relaciones emocionales y sexuales.

No es que la clase obrera de Nueva York del 1900 fuese especialmente tolerante y sexualmente liberada. Pero, sobre todo a causa de sus condiciones materiales de existencia, el modo de «regulación de las costumbres» en el que vivían los proletarios de entonces se diferenciaba del de la burguesía en muchos aspectos: la vida familiar, la vivienda, el papel de la calle y la separación entre la esfera privada y la pública.

Una particularidad de los barrios populares es la visibilidad pública del (o de la) hada. En principio, esta palabra designa a un hada (la de los cuentos), pero también se aplica a un hombre de andar o maneras supuestamente afeminadas: da lo mismo que tenga –o no- sexo con hombres; esto, en realidad, es secundario.

El hombre que se viste como mujer, y/o que se comporta tal como se esperaría de una mujer, es una figura familiar y relativamente aceptada en estos barrios, hasta el punto de ser bienvenido en los bailes «normales», pero también en las masquerades y drags, donde las hadas son la atracción principal.

Desde 1926 en Harlem el baile de disfraces de Hamilton Lodge es la mayor reunión de gays y lesbianas en Nueva York, atrayendo a miles de travestis -la mayoría de ellos trabajadores- sobre todo en los años 30, con una presencia cada vez más notoria de homosexuales. Al baile de 1929 concurren dos mil bailarines y tres mil espectadores, en su mayoría jóvenes trabajadores negros. En 1937 los participantes suman ocho mil, incluyendo a un gran número de hombres vestidos como mujeres, pero también mujeres vestidas como hombres. Los homosexuales de ambos sexos acuden a esa práctica de la sociedad «normal» para desviarla: en vez de organizarse aparte del resto, se hacen un lugar entre ellos.

Que una franja de la «alta sociedad», celebridades y artistas, asista a este gran evento social tiene un sentido claramente contradictorio. Porque la paradoja de esta puesta en escena es que el disfraz ridiculiza la imagen del homosexual como afeminado, mientras perpetúa esa misma imagen de modo caricaturesco. El carnaval es la mezcla de los géneros, de las clases también. Es el desorden catártico, el mundo al revés por una noche. El espectáculo de la caída convive con la norma y la refuerza. Al hacer más visible la artificialidad de los roles de género, la exagerada feminidad de las hadas confirma el estereotipo de la mujer.

«No soy una mujer»

El hada se comporta como ningún hombre debería, pero como cualquier hombre verdaderamente masculino querría que una mujer se comporte.

El barrio popular acepta al hada como una anomalía más divertida que repulsiva: el hada no amenaza la jerarquía de los sexos, es simplemente un otro, un hombre incompleto, una mujer imposible. Peor aún: su feminidad alardeada y su desprecio por las cualidades femeninas «tradicionales» de la modestia y la reserva, la hacen parecer una prostituta.

Desde la ropa hasta los modales en la vía pública, la feminización es el criterio esencial. La «anormalidad» consiste en primer lugar en renunciar a los privilegios y obligaciones inherentes al status de hombre y, en segundo lugar, en buscar parejas masculinas para el amor o el sexo. Por su parte, el hombre que responde a las insinuaciones de un hada no es considerado «anormal» mientras permanezca fiel a lo que se supone define la masculinidad. Esto permite que los hombres, casados o no, que viven en comunidades inmigrantes con un alto grado de segregación de género, tengan relaciones sexuales con otros varones sin arriesgarse a perder su condición de «hombres».

Un suceso connotado de esa época lo ilustra bien. En 1919, ansiosa por eliminar la «sodomía» en su base de Newport, la Armada de los Estados Unidos reclutó en sus filas a una docena de marineros elegidos por su juventud y belleza, a quienes encomendó la tarea de seducir a los homosexuales para llevarlos a juicio. El caso dio lugar a 17 condenas. Lo que nos interesa de este caso es que, según sus detallados testimonios, los marineros que sirvieron de «carnada» no tuvieron ningún problema en cometer actos sexuales con hombres, a quienes no consideraban realmente como hombres, sino como unos seres afeminados frente a los que desempeñar su rol masculino.

El sexo de la pareja amorosa no era aún un criterio discriminatorio, pero más tarde lo sería, cuando la división entre hadas y hombres «normales» dio paso a la división entre homosexuales y heterosexuales, diferenciación surgida en las clases medias y altas antes que entre los proletarios.

Distinción de clase

En Estados Unidos, la heterosexualidad exclusiva se convirtió en una condición de «normalidad» en las clases sociales ricas dos generaciones antes de establecerse en los estratos populares blancos y negros.

En las primeras décadas del siglo XX, la situación y los ingresos de las clases medias ofrecen a sus miembros masculinos una esfera privada más amplia que la de los proletarios. El hombre «bien educado» puede adaptarse a las normas de discreción y autocontrol que prevalecen en su entorno, e incluso los más privilegiados se hallan en condiciones de adoptar una pose de gentleman y frecuentar a los artistas. El hombre que gusta de los hombres debe mostrar su inclinación y al mismo está impedido de hacerlo, lo cual le obliga a separar su preferencia sexual de su imagen «en sociedad». Los marcadores sexuales también indican distinción social.

El hada muestra vulgarmente (a la manera de la gente común), a vista y paciencia de todos, una diferencia sexual: el homosexual de «buena familia» (el queer en el sentido de entonces) oculta esta diferencia con elegancia, para revelarla sólo a los iniciados.

La apariencia y la respetabilidad forman parte de las condiciones de existencia y de trabajo de las clases medias y altas: vestimenta, lenguaje, seriedad, forma de ocupar el espacio… Son muchos los signos de superioridad que atestiguan su función de mando. Y si muchos trabajadores aspiran a la respetabilidad, pocos disponen de los medios materiales para lograrlo. El hombre capaz de pagarse un departamento de soltero o un buen hotel será asimismo capaz de guardar mejor las apariencias, tanto en el adulterio, como en el amor homosexual.

Elección de objeto

El obrero demostraba su virilidad desempeñando el «rol masculino» con otro hombre, de la misma manera que lo hacía con una mujer. En cambio, el hombre de clase media la demostraba cada vez más como resultado de sentirse atraído exclusivamente por mujeres. Podemos ver en ello un aspecto de la moralización de las clases trabajadoras iniciada en el siglo XIX.

Todavía era necesario que esta visión se impusiera socialmente.

En primer lugar, si hemos de creer en las encuestas sociológicas, éstas indican que las relaciones homosexuales o heterosexuales fuera del matrimonio eran mucho más frecuentes entre los obreros que en la clase media.

Por otro lado, en la primera mitad del siglo XX, el discurso médico cambió su definición de los roles sexuales. Hasta entonces, el deseo sexual se consideraba menos importante que la forma (en particular, pasiva o activa) de satisfacerlo: el «invertido», el hombre al revés como indica la palabra, era el que se comportaba como mujer, y para escapar de esa inversión era suficiente que como hombre uno desempeñase el papel dominante.

En lo sucesivo, ser un «hombre» no es solo comportarse como un hombre (es decir, no comportarse como una mujer), es sobre todo tener sexo únicamente con mujeres. Freud teorizó esta evolución distinguiendo entre el propósito (aquello a lo que la pulsión sexual apunta, no necesariamente un acto sexual en el sentido habitual, una «penetración», por ejemplo) y el objeto (el medio elegido para alcanzar la satisfacción, por ejemplo la elección de pareja). La psiquiatría no teoriza la inversión, sino la homosexualidad, definida como la atracción por el mismo sexo; concepción que es todo lo contrario a lo que entonces experimentaban los ambientes populares.

Si hemos tenido que esperar a que el discurso académico tenga efecto en los comportamientos, es porque la «biopolítica» no es meramente un asunto de palabras. Fue sólo después de 1945 que una nueva percepción de la sexualidad empezó a prevalecer poco a poco, gracias a su difusión por todas las instituciones de la seguridad social y la salud pública, así como en las costumbres y en la opinión.

Pero ninguna transformación de las prácticas sexuales habría podido tener lugar sin un cambio profundo en el rol y, por lo tanto, en la imagen de las mujeres. Este cambio deriva de la tendencia (parcial y contradictoria) a la igualación de las condiciones masculinas y femeninas. Prácticamente todas las sociedades pre-capitalistas imponían funciones específicas a las mujeres, que las situaban en un lugar separado, secundario e inferior. Haciendo que las mujeres trabajen fuera del hogar, cada vez más en oficios y posiciones de «hombres», el salariado moderno no suprime, sino que tan sólo mitiga la jerarquía de los sexos. En la representación dominante en Occidente, la mujer ha dejado de estar dedicada exclusivamente al hogar, en una posición eternamente pasiva e inferior frente al hombre “verdaderamente” trabajador y activo. Un resultado de este cambio es que, si la mujer ya no es objeto de una subordinación sistemática, comportarse como una mujer (o como se supone que debe comportarse una mujer) ahora es menos símbolo y sinónimo de inferioridad. Aquí la «cuestión homosexual» se cruza con la cuestión más general de la relación hombre/mujer. (2)

Fue necesaria esta evolución para que una realidad histórica llamada heterosexualidad pudiese existir frente a otra realidad llamada homosexualidad. En 1948, el profesor Kinsey informó a sus asombrados compatriotas que más de un tercio de los hombres estadounidenses había tenido al menos una experiencia catalogable como homosexual. Cuestionado y denunciado por sus métodos, tanto como por sus buenas o malas intenciones, el «Informe Kinsey» -que fue un gran éxito de ventas- tuvo al menos valor como síntoma: en lo sucesivo, los hombres «normales», tengan o no sexo ocasional con otros hombres, vivirán (y serán percibidos socialmente) como «heterosexuales».

Y en el sur profundo

Todo parece oponerse entre Nueva York y Mississippi, uno de los estados de Norteamérica más religiosos y racistas, y que en 1955 modificó su ley contra la sodomía de 1839 para aplicarla también a las relaciones heterosexuales. Sin embargo, hay algunos puntos en común entre la metrópoli emblema de la modernidad y el sureño Estado reaccionario.

Si en Mississippi los hombres atraídos por los hombres no tenían, como en Nueva York y San Francisco, lugares permanentes donde reunirse con ellos, se las arreglaban, sin embargo, para encontrarse y reencontrarse mediante redes informales, facilitadas entre otras cosas por los medios modernos de transporte, en particular el automóvil.

Antes era comúnmente aceptado que los niños pasaran por una fase de bisexualidad hasta que el interés en las niñas prevaleciese en la mayoría de ellos. Mientras tales prácticas pasaran por juego y no involucrasen a un adulto, esta sexualidad se toleraba.

En los años 30, el adolescente que se paseaba por la ciudad acompañado de su amigo (que también podía ser lo que hoy llamaríamos su amante), vestido con corpiño y falda, provocaba la risa de los transeúntes. Tal excentricidad era tolerada, pues no cuestionaba el orden familiar y social. El travestismo era aceptado como juego, pero prohibido como transgresión de los límites sexuales.

En la misma época, las church frags -parodias de casamiento realizadas en iglesias llenas-, en las que un hombre aparecía disfrazado de futura esposa, divertía a muchos feligreses. Ello recuerda los bailes de máscaras de Harlem o los travestis de los espectáculos para militares en las guerras de 1914-18 y de 1939-45. En las escuelas, se celebraban asimismo concursos de belleza masculina, también seguidas por escenificaciones de bodas entre varones. Abundaban los lugares y ocasiones dispuestos como excusa para ridiculizar la heterosexualidad. A condición de no «pasarse de la raya». El que se exhibía con demasiada frecuencia travestido, o que consentía demasiado en los juegos sexuales, o que era demasiado penetrado, era tratado como queer, palabra que designaba mucho más que la homosexualidad, porque abarcaba múltiples expresiones y gestos que eran disonantes (o francamente opuestos) a las normas sexuales. En particular, no se debía violar «la regla implícita de impenetrabilidad masculina» (John Howard): ser «hombre» implicaba ser activo, por lo cual quien debía ser penetrado era su pareja.

Al cabo de una larga y difícil evolución que no podemos resumir aquí, Mississippi finalmente dejó de criminalizar el amor entre hombres. Mientras que los sureños de 1950 no pensaban en términos de «homo o hétero», sino en términos de «pecado», los del siglo XXI reconocen (lo que no significa que acepten) como un hecho social la homosexualidad, identificada con una orientación hacia el mismo sexo. La dualidad homo/hétero prevalece tanto en Jackson, como en Nueva York: la homosexualidad ya no se vive como un conjunto de prácticas sexuales entre hombres, sino como un modo de ser, posiblemente ligado a un estilo de vida específico. Lo mismo para la heterosexualidad.

Asunto de palabras

Ningún vocabulario es neutral. Puede que los lectores se hayan sorprendido con el uso de tal o cual calificativo en las líneas anteriores, considerándolos anacrónicos. Al comienzo de su libro citado en nuestra bibliografía, George Chauncey advierte que usará palabras que tienen «hoy en día una connotación peyorativa, lo cual, a primera vista, puede sorprender al lector». Entre el riesgo de ser anacrónicos (hablando de homosexual o de gay para referirnos a realidades de 1870 o 1910), y el de resultar oscuros (usando únicamente los términos en boga en 1870 o 1910), preferimos ser lo más claros posible, prefiriendo a menudo el término «homosexual», a veces abreviado «homo», como en el título de esta serie.

En las primeras décadas del siglo XX, hadas y queer eran los términos más utilizados por y para los homosexuales de Nueva York. Los hombres atraídos por una persona del mismo sexo, y no por un hombre feminizado (hada), se llamaban queer, sin darle a esta palabra una connotación negativa, significando con esta palabra («extraño» o «raro» en inglés) que estaban fuera de la normalidad estadística de los hombres atraídos por mujeres. Por otra parte, ser bisexual no significaba sentirse atraído tanto por hombres como por mujeres, sino ser masculino y femenino a la vez.

Al mismo tiempo, el estadounidense que quería ser «normal» lo conseguía renunciando a los sentimientos o comportamientos que probablemente lo harían parecer homosexual… y correr el riesgo de ser descrito como queer.

Este término en particular iba cediendo terreno gradualmente, sobre todo entre los jóvenes homosexuales, mientras que la palabra gay, usada con cada vez más frecuencia en los medios de comunicación desde los años 60 en adelante, se convirtió en el término más corriente, si no obligatorio, cuya preeminencia atestiguaba el nuevo marco mental que diferencia lo homo de lo hétero. A medida que la homosexualidad dejó de ser «anormal», fue perdiendo su carácter peculiar y extraño, de ahí que el nombre fuese abandonado. Más tarde el vocablo queer sería recuperado por los más radicales, cuando el término gay empezó a parecerse demasiado a una nueva norma. Volveremos a referirnos a ello más adelante.

Cuestión de ser

En la clase obrera de Nueva York de principios del siglo XX, la heterosexualidad no era uno de los criterios y condiciones indispensables para «ser un hombre». El deseo de un hombre por otro hombre revelaba tanto y tan poco sobre su personalidad sexual como el hecho de que prefiriese a mujeres morenas o rubias.

Era homosexual el hombre que se comportaba como mujer (o como se supone que ésta se comporta). Excepto que, precisamente, no se hablaba entonces de «homosexual», palabra cuyo sentido preciso sólo se generalizó cuando el criterio pasó a ser «mismo sexo/otro sexo». Hoy en día, homosexual es el hombre que hace el amor con otro hombre y, mejor aún, el que vive con un hombre una vida comparable a la de las parejas hombre-mujer, incluido el lazo de parentesco. Mientras que el hada reforzaba por contraste un modelo familiar que por lo general no practicaba, el homosexual de hoy afirma ser capaz de llevar una vida familiar «normal», como la de todos los demás.

No hace mucho tiempo, el estereotipo y la caricatura del homosexual estaban dados por la feminidad del hada. En nuestra época, con la cultura del cuerpo, incluso con el culto del cuerpo, es la imagen del hombre deliberadamente masculino la que prevalece. El loco, el drag, el exceso provocativo valen para el Orgullo Gay, para el espectáculo y la fiesta, pero todos saben que este tipo de exhibición es secundaria en comparación con la asistencia regular al gimnasio, donde los homosexuales -al igual que muchos de sus contemporáneos- mantienen en forma su cuerpo-capital.

Hoy en día, la sexualidad se divide en un eje homo/hétero, donde cada individuo es, o bien lo uno o lo otro, o ambos, o incluso más: el bi que se contenta con ir de un polo a otro, o el queer que combina a su antojo las variaciones posibles, o el trans que traspasa los límites biológicos entre ambos polos. Queda por entender qué significa la incesante multiplicación de estas (sub)-categorías, signo de que tan pronto como impregnó las mentes y costumbres a finales del siglo XX, la binaridad homo/hétero sólo hubiese podido imponerse dividiéndose hasta el infinito. Es plausible ver en ello un progreso. También una identidad en crisis. Crisis en el corazón mismo de nuestro tema, que será abordada al final de esta serie.

G. D., noviembre 2016.


(1) La clase obrera de la que hablan los historiadores anglosajones es más amplia que la «clase trabajadora»: abarca no sólo a quienes se desempeñan en fábricas, construcción, mantención, etc., sino también a quienes realizan tareas manuales no cualificadas o de baja cualificación, tanto hombres como mujeres, incluyendo a conductores de autobús, empleados de tienda, asistentes de cuidado, etc. Ambos términos son a menudo intercambiados. Tampoco todos los habitantes de los «suburbios obreros» franceses eran obreros. Por lo tanto, además de la clase obrera, hemos utilizado las expresiones clases populares, ambiente popular y clases obreras, ahora obsoletas pero adecuadas en la Nueva York de 1910.

(2) Sobre este tema, véase nuestro texto Sobre la «cuestión» de la «mujer».