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Homo 3: El surgimiento de «el problema sexual»

miércoles, mayo 6th, 2020

¿Por qué la homosexualidad, categoría teorizada en primer lugar por sus defensores, fue rápidamente abordada por quienes querían reprimirla o «curarla»? La razón es que la modernidad capitalista separó la «sexualidad» del resto de la vida, produciéndola como una realidad aparte. Antes se censuraban las ofensas hechas a las autoridades, a la religión, y a la moral sexual, sin embargo el siglo XIX secularizó las costumbres. Pese a todo, y aún cuando el sexo sigue siendo un tabú, la sociedad capitalista lo trata como objeto de discurso y como un asunto de política pública, elevando la «sexualidad» a la categoría de un fenómeno al que no sólo se debe comprender, sino también enmarcar. En este sentido, la irrupción en la escena pública de la «homosexualidad» es inseparable del surgimiento del «problema sexual».

El nacimiento de una especialización

Fue en el siglo XIX y principios del XX cuando apareció la palabra sexualidad y su concepto, ambos consagrados por Freud en 1905 en sus Tres ensayos sobre la sexualidad. Las realidades descritas por este término (y otros como sadismo y masoquismo) habían existido por mucho tiempo, pero sólo entonces se volvieron objeto de la gestión política y del discurso público. Por lo tanto se hizo necesario delimitar, con este vocabulario, una esfera de las actividades humanas que «planteaba un problema».

Ya la Encyclopedia de Diderot -cuyo propósito fue inventariar y clasificar las artes, las ciencias y los oficios-, invitaba al lector a pasearse por esas áreas tal como haría un propietario cuando inspecciona una «gran fábrica», como señaló Goethe. Más de un siglo después, el capitalismo sigue necesitando nombrar y clasificar todo para darle alguna utilidad productiva. De esta manera, esta es la primera sociedad en la que, en primer lugar, todo el mundo se define por la posición que ocupa en el sistema de producción. El capitalismo sistematiza el conocimiento y las técnicas, inclusive los de origen ancestral, haciéndolos servir a la productividad empresarial, y ya no simplemente a la riqueza de un soberano o de un país. Junto con la ciencia económica nace una economía política de la población, en la que se destaca la demografía como un saber particular que es asistido por la sociología y la psicología. Tal modo de producción, caracterizado por la productividad y la estandarización, necesita definir lo que es normal; sobre todo asignando a la mujer un papel productivo en el hogar y en el taller.

Sabemos que la burguesía del siglo XIX puso al servicio de la disciplina fabril el orden moral, el respeto a la familia y las tradiciones de obediencia. Pero también, al enviar a esposos, esposas e hijos fuera del hogar, el trabajo asalariado socavó a la familia como unidad económica básica. Esto tuvo un efecto doble: entre los artesanos y comerciantes la familia empezó a dejar de ser la unidad económica primaria, mientras que en la burguesía la propiedad familiar cedió su lugar a la sociedad anónima.

«Se disolvían así los vínculos internos, elementos constitutivos del concepto mismo de familia, tales como la obediencia, el respeto, la fidelidad conyugal, etc. Quedaban en pie, en cambio, aunque bastante debilitados, el cuerpo físico de la familia, sus relaciones patrimoniales, su ámbito separado de las demás familias, las relaciones impuestas por la existencia de los hijos, y por la estructura de la urbe moderna, por la formación del capital, etc. Porque el hecho es que la existencia de la familia es impuesta como una necesidad por su entronque con el modo de producción, independientemente de la voluntad de la sociedad burguesa. Por eso la familia ha seguido existiendo incluso en el siglo XIX, con la diferencia de que, ahora, la actividad que la desintegraba se halla generalizada». (K. Marx, La ideología alemana, 1846).

De modo que en una época tan temprana como 1846 había quienes tomaban nota de la disolución de los vínculos tradicionales, ya fuese para lamentarlo o para dar la bienvenida a ese «universalismo» celebrado por Hegel. Parafraseando a San Pablo, Hegel había anunciado una sociedad donde “el hombre ya no cuenta más como griego, ni como romano, bramán, judío, bien o mal nacido, sino que tiene, por el contrario, un valor infinito en sí mismo como hombre”. Al menos potencialmente, la sociedad asalariada ha liberado al individuo de los vínculos de sangre, de origen, de naturaleza, de suelo… y de sexo.

El modo de producción capitalista ha demostrado ser el único sistema que tiene un problema con los «hombres» en tanto sexo dominante: al tratar a los seres humanos como simples factores de producción, este sistema debe, al mismo tiempo, rentabilizar la desigualdad sin dejar de promover por otra parte la fluidez de los individuos en el mercado laboral (y da lo mismo si se trata de mujeres o varones, católicos o protestantes, creyentes o ateos, héteros u homosexuales). Al capitalismo esta contradicción no le sienta bien, pero debe adaptarse a ella, lo que consigue de diversas maneras según el lugar y el momento.

¿Por qué los sexólogos?

K. H. Ulrichs señaló que la mayoría de sus oponentes eran psiquiatras, médicos de la locura, que sólo habían tenido contacto con Urnings (1) internados en asilos, es decir, con Urnings «enfermos». (2)

Las palabras sexualidad y sexualismo datan del siglo XIX. Los etimólogos no se han puesto de acuerdo sobre si el origen más remoto del término sexo designa algo que separa o algo que acompaña. No pretendamos responder a esta cuestión, sólo tomemos nota de la ambigüedad reinante: es como si el lenguaje se obstinara en poner frente a frente dos caras de una misma realidad. El propósito de toda definición es separar un significado de otro significado contiguo, por lo tanto, la tarea del clasificador consiste en ligar lo que se ha desligado, tarea mucho más ardua cuando se trata de sexo. En efecto, la medicina se esfuerza en conectar actos, comportamientos y datos biológicos de cientos de maneras diferentes según el criterio elegido, multiplicando así las tipologías y los neologismos. Trazar límites entre una noción y otra requiere también reinsertarlas en nuevos contextos. Richard von Krafft-Ebing, quien fue un gran éxito de ventas, popularizó varias palabras, entre ellas «pedofilia»: quienes son reconocidos como autoridades competentes son quienes logran que sus neologismos pasen de los especialistas al público instruido y de allí al lenguaje cotidiano, pasando así a la posteridad.

Para el siglo XIX, la cuestión más importante es discernir entre lo innato y lo adquirido: el amor entre hombres se explicaría por una degeneración congénita, por una falla moral o una falla psicológica, ¿incluso por una causa sociológica? Sea cual sea la opción que elija, la ciencia de la época es casi unánime al ver en aquella conducta una desviación respecto de la atracción «natural» entre ambos sexos. Una inversión, de ahí la larga persistencia del término “invertido”. La patología del homosexual consistiría en sufrir una contradicción entre su anatomía y su deseo.

El debate contiene su propio juego de poder. Dependiendo de si uno insiste en lo congénito (como Émile Zola en sus novelas), o en la educación (y la reeducación), se invocará la acción del médico o del policía. De hecho, hay una estrecha colaboración entre la psiquiatría y la justicia cada vez que el médico se desempeña como testigo experto en los tribunales.

En este dispositivo el psicoanálisis tuvo un papel destacado, por más que nunca tuviese la intención de rendirle cuentas a nadie más que a sí mismo.

Si Freud ha ocupado tanto espacio en la mente de las personas durante todo un siglo, esto se debe menos al mérito intrínseco de sus conceptos (el complejo de Edipo, en particular) que a su capacidad para sistematizar un estado de crisis, el cual quedó resumido en un texto de 1908 que lleva el elocuente título de La moralidad sexual «civilizada» y la enfermedad nerviosa de los tiempos modernos. Antes de que esta obra fuese publicada, los moralistas invocaban principios supuestamente indiscutibles. La novedad introducida por Freud consistió en asumir que el individuo, en lugar de tener que obedecer a una moralidad eterna, podía (ayudado por el psiquiatra, claro) buscar su propio camino. La familia dejó de ser un modelo y pasó a convertirse en un nudo de contradicciones que descifrar. La infancia dejó de ser un momento idealizado de aprendizaje para volverse patógena. Si antes tenía el deber de respetar la tradición, ahora mi deber es hacer lo que sea necesario para insertarme en la sociedad sufriendo el menor daño posible. La moral sexual fue así secularizada: de la Ley se pasó a la ley.

Sólo en el instante en que el reinado del padre empezó a ser cuestionado, éste se convirtió en objeto de teorización. Al mismo tiempo que el predominio de la figura paterna dejó de ser algo evidente por sí mismo, el modelo familiar «burgués» empezó a ser percibido como un problema más que como una solución. El edificio freudiano, erudito y vulgarizado, ofreció a Occidente una perspectiva desde la cual poder pensar la crisis de la familia y la metamorfosis de la relación entre los sexos. Como dijo Karl Kraus, el psicoanálisis es esa enfermedad mental que cree ser su propia terapia.

Freud vio en la homosexualidad el efecto de un desarrollo interrumpido: cada uno de nosotros se va construyendo por etapas, lamentablemente el homosexual se quedó en el camino. Si Freud creía poder «curar» al homosexual, es porque supo tener en consideración (más que la mayoría de sus contemporáneos, discípulos y continuadores) la bisexualidad fundamental del ser humano. En última instancia, Freud pensaba que la homosexualidad no era ni más ni menos ambigua que la heterosexualidad: según él, a lo más que puede aspirar la medicina es a atenuar una vida afectiva y sexual que de todas formas es causa inevitable de problemas y sufrimiento.

Todo eso implica que hay que catalogar las perturbaciones: «Vamos a poner un poco de orden en estas orgías; esto es necesario incluso en medio del delirio y la infamia», había escrito el Marqués de Sade. Con el mismo afán sistematizador y con mucha menos imaginación, los psiquiatras se empeñaron en ordenar el desorden, enumerando las perversiones como si fueran ejemplares de especies biológicas. A veces de manera comprensiva y tolerante: Krafft-Ebing y Freud no fueron los únicos médicos contrarios a la criminalización de la homosexualidad. Pero así y todo su meta era gestionar aquello que se sale de los límites. El rol de los psicólogos y médicos es ofrecerse como expertos en pacificación moral. La sociedad capitalista se basa menos en la prohibición que en la norma: debe reconocer lo que se le escapa para poder controlarlo. A fines del siglo XX, cuando la dominación capitalista ha llegado hasta las capas más profundas, la normalización de las costumbres ya no requiere de una norma única.

Discursos y relaciones de clase

Antes de jerarquizar las costumbres, y para poder jerarquizarlas, fue necesario someterlas a la fuerza de trabajo. Para eso había que inculcar en los proletarios la disciplina del taller y las restricciones del tiempo. Esto supuso asimismo organizar a la población trabajadora, disponiendo sistemas de vivienda, planificación urbana, higiene, maternidad y educación. Las medidas de salud pública y los controles sobre la inmigración responden a la necesidad de hacer trabajar a las personas. Para poder controlarlo todo hay que medir y cuantificar, incluso hasta extremos absurdos, tal como lo atestigua el hecho de que el siglo XIX estaba obsesionado por la masturbación, a la que veía como el desperdicio de una energía que debía reservarse para la reproducción de la especie.

Otro ejemplo: así como la prostitución había sido en cierta época un negocio que administrar (burdeles municipales en la Edad Media), y más tarde un oficio que reprimir (prisión y deportación en el siglo XVII), hoy en día es tratada como objeto de una política de salud, con regulaciones y controles médicos, y con los burdeles transformados en prostíbulos legales o centros de masajes.

Sea como fuere, la parte del presupuesto fiscal dedicada a gastos sociales era aún insignificante en el siglo XIX, y siguió siéndolo hasta 1914. Su incremento, muy lento, resultó de la presión ejercida por las luchas proletarias y por el movimiento obrero, así como por imperativos económicos, políticos y militares. La gestión de la población está determinada por las relaciones sociales, que son ante todo relaciones entre clases.

Esto es precisamente lo que Foucault no entiende. En su afán por definir el capitalismo como la institución de técnicas de poder «disciplinario» y «biopolítico», ignora que estas técnicas son apenas un efecto de la relación capital-trabajo. Al ver la abundancia de textos publicados para las mujeres de clase alta, Foucault infiere que para la sociedad burguesa era más importante regular la sexualidad de las mujeres acomodadas que organizar la reproducción de la clase proletaria. Como si la sociedad burguesa se definiese por el discurso que tiene sobre sí misma. Foucault invierte la causalidad: lo que es realmente decisivo es la sumisión de los proletarios -mujeres y hombres- a su papel de proletarios, y la consiguiente asignación de los burgueses al rol de burgueses.

Es decir: Foucault cree que el objetivo primordial de la sociedad capitalista no es acumular valor mediante el trabajo, sino imponer control y subyugación; poniendo así en primer plano las instituciones que codifican y reproducen las formas de poder, lo cual le lleva a explicar la historia como el paso de un tipo de poder a otro. Lejos de ganar en profundidad y enriquecerse, la crítica de la economía política es reemplazada por una tecnología de la dominación, tecnología que es a la vez política, social, ideológica y afectiva. En consecuencia, la relación trabajo/capital aparece como una forma de poder más entre otras.

Producción de identidad

La historia y la etnología nos muestran una gran abundancia y variedad de relaciones sexuales entre hombres: pederastia (en el verdadero sentido de la palabra) en la antigüedad, felación entre hombres adultos y adolescentes como rito de iniciación en Nueva Guinea, hábitos de vida compartidos por hombres jóvenes y adultos, que nuestra época describiría como costumbres homoeróticas. Lo que se pone de manifiesto en estas manifestaciones no es ninguna «práctica sexual», es más bien el rito de iniciación que se debe cumplir para acceder a una masculinidad «heterosexual», es decir, para llegar a desempeñar a cabalidad el papel de hombres: para formarse como guerreros y padres. Si en las relaciones sexuales entre el erastés adulto y el joven erómeno nosotros no vemos más que bisexualidad (y/o pedofilia), en cambio, los antiguos griegos veían en ello la vía de acceso a una masculinidad adulta «verdadera» o completa. Una vez pasada esta etapa, esa misma actividad sexual era prohibida o condenada, siendo la «pasividad» sexual mal vista en un adulto. No se trataba de elegir, ni de satisfacer unos deseos marcados por la peculiaridad de que un hombre prefiriese a otro hombre en vez de a una mujer.

Para que la homosexualidad llegase a existir, fue preciso primero que la sexualidad fuese pensada y tratada como una práctica, como un objeto social específico, distinto de la vida familiar. Por supuesto, es en la familia donde tienen lugar muchas prácticas sexuales, pero la sexualidad en cuanto tal no coincide con la vida familiar y sus problemas (patriarcado, procreación, cuidado infantil, educación, herencia). La novedad que apareció en el siglo XIX es que el acto sexual empezó a ser tratado socialmente (mediante opiniones y teorías diversas) como un hecho en sí mismo, un algo específico. Un siglo después, con la aparición de la píldora anticonceptiva, el desacoplamiento de la sexualidad respecto de la reproducción (y por tanto, de la familia) llegó aún más lejos, pero la tendencia que se manifestó entonces ya había empezado a manifestarse cien o ciento cincuenta años antes.

Al convertir la sexualidad en una esfera específica, la sociedad capitalista trazó un paralelo: la homosexualidad y la heterosexualidad se inventaron mutuamente en una polarización recíproca. Evidentemente, entre ambos términos no se impuso un juego equitativo: el afán normalizador tomó partido por la heterosexualidad, único garante del orden sexual requerido para la reproducción social, en tanto que la moral y el derecho se lanzaron a condenar la homosexualidad. Iba a ser necesario esperar hasta finales del siglo XX, momento en que el modo de producción llegó a dominar la totalidad de las relaciones sociales, para que la sociedad pudiese aceptar modalidades de relación familiar más flexibles, y también aceptar la homosexualidad.

Mientras tanto, esta identidad cohibida ha dado origen con frecuencia a una especie de «comunidad» particular, con una cultura marginal, generalmente clandestina, a menudo reprimida, pero a veces posibilitada de salir a la superficie o manifestarse en los márgenes de la «buena» sociedad. El final del siglo XIX hizo posible «concebirse como alguien definido por la atracción hacia personas del mismo sexo (…) para luego construir una comunidad sobre esta base» (Neil Miller).

Este será el tema de los siguientes capítulos.

G. D.

Notas

(1) Urning, término del siglo XIX que designaba a una persona con una psique femenina en un cuerpo de varón. Más tarde este término se aplicó también a lo que hoy se conoce como mujeres transgénero y otros tipos de sexualidad.

(2) Sobre Ulrichs, defensor de la homosexualidad y uno de sus primeros teóricos, ver el capítulo anterior de esta serie.