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Homo 2: «Un enigma muy interesante» (o la invención de una categoría)

martes, abril 14th, 2020

En la segunda mitad del siglo XIX, queriendo reemplazar un vocabulario despectivo o injurioso, quienes pronto serían llamados «homosexuales» buscaron defenderse nombrándose a sí mismos. (2) Así es como una palabra contribuyó a construir una identidad: tal es el tema de este episodio que, al contrario del anterior, trata sobre dos personajes que casi no estuvieron vinculados con el movimiento obrero o la lucha de clases. No nos extrañaremos: en la sociedad hay más que sólo lucha de clases, esto todo el mundo lo sabe, pero además sucede que en la lucha de clases hay más que las clases. Un movimiento social existe como fuerza histórica sólo si es capaz tomar en cuenta la vida de la especie humana en todas sus dimensiones.

El “tercer sexo”

Nacido en el Estado de Hannover en 1825, Karl-Heinrich Ulrichs descubre en la universidad, donde estudia derecho, su atracción hacia los hombres. Uno de sus amigos se había suicidado para escapar de las persecuciones por sodomía y de la inevitable humillación pública. En 1862, Ulrichs trata de defender a J. B. Schweitzer cuando éste es procesado por “atentado a las buenas costumbres”. (3) Aunque su orientación sexual no era ilegal en Hannover, ella bastó para hacerlo dimitir de la función pública. Ulrichs vivió entonces de una pequeña herencia y de trabajos de periodismo y de secretaría. En 1864, publicó bajo un seudónimo Investigación del enigma del amor entre hombres, texto del cual reconocerá cuatro años más tarde ser el autor. Entre 1864 y 1879, edita sobre este tema una serie de folletos, de los cuales a lo menos uno llegó a ser conocido por Marx y Engels.

Si el Código Penal de Hannover no criminalizaba la sodomía, esto iba a cambiar con la anexión de Hannover por parte de Prusia. Para Ulrichs, defender el derecho a amar a personas del mismo sexo era parte de la lucha por las libertades democráticas. Esta actividad le valió el allanamiento de su domicilio, la confiscación de su biblioteca, dos detenciones y tres meses de prisión en 1867.

Emigrado en Baviera, le cobró la palabra al congreso de juristas alemanes de 1867 en Múnich, que dictaminó en contra de las leyes anti-sodomía vigentes en varios Estados alemanes: tuvo que dejar la tribuna, sin acabar su discurso, debido a los abucheos. Más tarde, una asociación científica de Frankfurt le negó su membresía con motivo de haberse declarado perteneciente al tercer sexo, categoría no prevista en los estatutos de dicha asociación.

La batalla se perdió en el terreno legal: después de 1871, la ley prusiana anti-sodomía se aplicó en toda Alemania. En 1880, Ulrichs eligió vivir en Italia, para morir en Aquila quince años más tarde.

Ulrichs no se contentó con defender una causa, quiso además fundamentarla científicamente, es decir tal como lo hacían posible las ciencias de su época. Influido en esa época por la teoría del magnetismo, se enfocaría más tarde en la embriología. A partir del hecho de que los órganos sexuales se encuentran indiferenciados al principio del desarrollo fetal, dedujo una doble potencialidad sexual, que produciría en ciertos individuos un espíritu o un alma (ánima) femenina en una materia masculina. Esta tesis de un “tercer sexo”, de naturaleza femenina alojada en un cuerpo masculino, Ulrichs la justificó entre otros hechos por la existencia de los hermafroditas: el hombre atraído por hombres es un tipo de hermafrodita psicológico, llamado Urning, mientras que su equivalente femenino (la mujer atraída por mujeres) recibiría el nombre de Urningin.

Tal elección de términos es significativa. Para evitar la expresión “tercer sexo”, que consideraba despectiva, Ulrichs se inspiró en la Antigüedad, invocando a la mitología en apoyo de a las ciencias naturales. Tradicionalmente, Afrodita es celebrada bajo dos formas: Afhrodite Urania, que representa el amor celeste, y Pandemos, que encarna el amor terrestre y físico. Al llamar urning a la persona atraída hacia una sustancia del mismo sexo, le confiere la nobleza de lo antiguo, una elevación y una pureza, a contracorriente de las bajas y groseras imágenes comúnmente asociadas con el amor entre hombres.

Ulrichs consideraba que un uno de cada 500 varones alemanes adultos entraba en su definición. En el curso de las publicaciones, el punto de vista se amplió a un continuum de orientación sexual: algunos urnings nacen con una inclinación masculina, otros, con una inclinación femenina. Enfrentado a la evidencia de que su teoría de un alma femenina alojada en un cuerpo masculino cuadraba mal con la variedad observable de las formas de amor del mismo sexo, Ulrichs se vio obligado a subdividir las categorías, acabando finalmente en una serie de dieciséis términos diferentes.

Sin ser tomado en serio, Ulrichs tuvo lectores a pesar de todo, entre los que se hallaba una de las autoridades sobre el tema, Krafft-Ebing (1840-1902), con quien mantuvo correspondencia. El best-seller de Krafft-Ebing, Psychopathia Sexualis (el título ya lo dice todo), éxito a la vez científico y popular a cuya primera edición en 1886 seguirían muchas otras, llevaba el subtítulo Investigaciones especiales sobre inversión sexual. De éstas, el autor distinguía dos categorías: las adquiridas y las congénitas: analizando el segundo grupo, cita muchas veces a Ulrichs: “sujeto a este instinto depravado”. Una sección trata sobre “Individuos homosexuales o Urnings”, consagrados a una vida neurótica y desgraciada, demostrada según el psiquiatra por diversos «casos» que describe.

Una “vida secreta”

Germanófono nacido húngaro en 1824, autor, traductor, librero, periodista, Karl-María Kertbeny frecuentó un medio literario y político; se codeó en Budapest con el campeón de la causa nacional húngara Petöfi; viajó y conoció en París a Heine, Musset y Bakunin, y en Berlín a los hermanos Grimm y al naturalista y explorador Alexandre Humboldt; a Andersen en Ginebra, etc. Ni socialista ni comunista, simplemente demócrata en Alemania y en Austria-Hungría cuando esta palabra podía tener un sentido subversivo, Kertbeny se consagró a una actividad multiforme. En una carta a Marx, Kugelmann dijo haber recibido una visita de Kertbeny, quien le habló de todo y de todo el mundo. En su respuesta, Marx explicó no conocer personalmente a Kertbeny, tratándolo sin embargo de “fanfarrón prolijo” y añadiendo: “no he sabido de él nada sospechoso desde el punto de vista político”.

Es en una carta fechada el 6 de mayo de 1868 donde aparece la primera mención conocida de la palabra Homosexualität (homosexualidad). Kertbeny escribió, por otra parte, en un borrador de una carta dirigida muy probablemente a Ulrichs:

“Es absolutamente inútil demostrar la naturaleza innata” de la homosexualidad, que plantea “un enigma de la naturaleza muy interesante desde el punto de vista antropológico”. De igual forma, sostiene que “deberíamos convencer a nuestros adversarios de que, según su concepción del derecho, no tienen ninguna jusrisprudencia sobre esta inclinación, ya sea innata o voluntaria, porque el Estado no tiene derecho a intervenir en lo que pasa entre dos personas mayores de 14 años, en tanto que esto no perjudique los derechos de un tercero y no se lleve a cabo en público”.

Al hablar de sexo, Kertbeny abordó el tema de forma más directa que Ulrichs. Kertbeny se apoyaba en las ciencias naturales: los términos unisexual y bisexual formaban parte del vocabulario botánico. A las categorías despectivas del derecho y de la medicina, Kertbeny respondió con otras -positivas- que reivindicaban el principio de que la igualdad de los derechos humanos debía aplicarse también al ámbito sexual. En un folleto anónimo de 1869 contra el artículo 143 del Código prusiano (que penalizaba los “actos contra naturaleza entre hombres”), Kertbeny empleó conjuntamente los dos términos, homosexualidad y heterosexualidad: para defender a quienes eran acusados de sodomía, equiparó ambas prácticas poniéndolas una junto a la otra.

El curso regular de un diario íntimo muy detallado nos informa sobre lo que una historiadora llamó la “vida secreta” de Kertbeny, en constante diálogo consigo mismo: “¿Cómo llega un individuo normalmente sexuado como yo a enfrentarse a la existencia de la homosexualidad?

Aunque el propio Kertbeny nunca admitiese haber creado el concepto de su invención, su periódico muestra la intensa y recurrente seducción que ejercían sobre él el cuerpo masculino y su belleza. Hay un hombre en particular que era frecuentemente evocado por su pluma. Pero Kertbeny expresó allí también sus temores. Entre 1864 y 1868 mantuvo una correspondencia seguida con Ulrichs, sabiendo que el alemán había sido detenido dos veces en la primavera de 1867, y su casa allanada. Kertbeny quemó sus escritos. Uno de sus amigos fue víctima de un extorsionador. Kertbeny se sentía «amenazado».

Kertbeny preparaba, pese a todo, un libro nunca editado, quizás nunca terminado, sobre la homosexualidad. Pobre y enfermo al final de su vida, murió en Budapest, sin familia, en 1882. Los gastos del entierro fueron pagados por una colecta de escritores. Acerca de sus investigaciones sexuales, no llegó a publicar nada con su nombre.

Quien crea que el neologismo homosexualität fue concebido en 1869 para contribuir a la despenalización de la sodomía, se equivoca medio a medio: el nuevo Código Penal de la Alemania unificada criminaliza los “actos sexuales contra naturaleza entre personas de sexo masculino o entre hombres y animales”, ignorando la homosexualidad femenina. Este párrafo, el 175, siguió vigente en ambas Alemanias hasta la década de 1960.

Sin embargo, la palabra sobrevivió a su inventor, siendo usada en adelante por los defensores del amor entre personas del mismo sexo, así como por médicos y juristas, entre los que destaca Krafft-Ebing, que la recuperó en 1886 en su Psychopathia Sexualis.

Naturalización

A la clasificación hecha por el poder, Kertbeny y Ulrichs opusieron la de los dominados, negándose a ceder el monopolio del discurso público a los jueces y psiquiatras.

En contra de quienes les reprimían, y al igual que ellos, los defensores del amor entre hombres hablaban el lenguaje de la ciencia. Los progresistas apoyaban sus argumentos en una naturaleza que decían conocer mejor que sus contradictores. La homosexualidad sería un hecho biológico: hay quienes experimentan una atracción innata hacia el mismo sexo; siendo ésta de origen congénito, no hay pues ningún motivo razonable para prohibir la práctica que se deriva de esa inclinación.

A pesar de lo que preconizaba Kertbeny, los partidarios de la “causa homosexual» -o como él la llamaba, «la causa «- durante mucho siguieron definiendo la homosexualidad como algo innato. Contraviniendo la idea de que la homosexualidad sería una monstruosidad «antinatural», tal posición le aseguraba una justificación natural. Jurídicamente, esta idea fortaleció la lucha por la despenalización: un hombre que se siente atraído por otros hombres no lo es por libre elección, no es responsable por ello, por lo tanto no es condenable.

Sin embargo, naturalizar los hechos sociales es un arma de doble filo. Al categorizar una práctica sexual en base a una especificidad bio-psicológica, creando así el objeto homosexualidad, sus defensores le hicieron el juego a sus censores. A la condena moral y legal de una práctica caracterizada como “contra naturaleza”, opusieron una especificidad radical. Si el homosexual es alguien profundamente diferente debido a que su constitución física y mental le pone a pesar de sí mismo en un lugar aparte… entonces es admisible que una sociedad apegada al orden quiera ayudarle -por su propio bien y para el bien social- a superar lo que le separa de los demás. Ya no será tratado como un criminal, sino como un enfermo, un anormal, curable, por cierto. El psiquiatra toma el lugar del policía.

El discurso que escapa

¿Invención de una palabra? No, de varias, que se irán multiplicando.

Si Kertbeny empleaba inicialmente cuatro términos (homosexual, heterosexual, monosexual y heterogéneo), rápidamente surgió la necesidad de precisar su clasificación añadiéndole criterios suplementarios. Pero lo que había sido una necesidad comprensible en un progresista autodidacta, pronto se volvió una obligación profesional entre los médicos: la seriedad científica se mide en función de la aptitud para inventar nuevas tipologías, y la profusión de vocablos y categorías sexuales se volvió una constante, incluso hasta nuestros días. Se trata de un empeño por capturar mediante palabras una universalidad de deseos, un polimorfismo que asombra y perturba. Los jueces y médicos cercenan, y luego recubren con discursos, aquello que no consiguen dominar.

Kertbeny quería que se reconociese el derecho a lo que él llamaba homosexualidad, distinguiéndolo de lo que llamaba heterosexualidad. Para definir, hay que separar el objeto definido de otros objetos. En tanto categoría, la heterosexualidad debe su «invención» a los defensores de una actividad cuyo derecho a la existencia era negado por la sociedad de su época.

Paradójicamente, la oposición entre ambas realidades hizo persistir el «problema» que creía estar resolviendo. El homo fue puesto como el extremo opuesto del hétero, quedando el bi como puente entre ambos. Ulrichs y Kertbeny racionalizaron una diferencia queriendo protegerla: ayudaron a encerrarla.

En aquella época, algunos hablaban de “amor sin nombre”, refiriéndose a lo que estaba prohibido practicar y nombrar. A esta práctica, los pioneros de la emancipación sexual querían darle un vocabulario propio, y de ese modo una legitimidad: es mejor nombrarse a sí mismo que sufrir la calificación impuesta por los enemigos, tal como la de un acto “contra naturaleza”. Pero era inevitable que la denominación se convirtiese en una forma de ubicar a “los homosexuales» en un mundo aparte, lo cual facilitó su tratamiento como «desviados». El poder no crea nada, se limita a recuperar, escribieron los situacionistas.

Las palabras y la cosa

Hayan sido o no conscientes de eso, Ulrichs y Kertbeny vivieron una novedad histórica sin la cual sus reflexiones no habrían llegado a existir. El capitalismo es el primer modo de producción capaz de organizar sistemáticamente instituciones que favorecen la mejor reproducción posible de la fuerza de trabajo, por medio de organismos de salud públicos (medicina preventiva, consultorios municipales, etc.) y privados (financiados y controlados por el empresariado). Un siglo XIX sujeto a las normas productivas estaba obligado a teorizar lo anormal: tenía que administrar y comprender lo que dejaba fuera. Esto iba a la par de una ética y un discurso científico que definía la sexualidad de acuerdo a la procreación sana. Krafft-Ebing estaba en sintonía con su época cuando decía «depravado»: “Toda exteriorización del impulso sexual que no responde a los fines de la naturaleza, es decir a la reproducción”.

La sexualidad practicada fuera de la procreación incluye la prostitución, pero ésta representa un aspecto de la norma, aspecto estigmatizado pero aceptado como un mal necesario: reproducción con la esposa, sexo y placer con la prostituta. El derecho, la ciencia, la ideología, el arte de fin de siglo, también expresan la atracción/repulsión ejercida por esta dualidad.

Por el contrario, aunque en el siglo XIX la homosexualidad perdió su carácter blasfemo y satánico, y aunque fue abandonada la creencia de que infringe una ley divina, siguió no obstante perturbando el orden terrestre, manteniéndose así por fuera de la norma.

En consecuencia, mientras la prostitución era regulada, lo que se comienza a llamar homosexualidad fue reprimido, de diversos modos según los países. Esquemáticamente:

Aunque Francia haya suprimido del Código Penal el crimen de sodomía en 1791 y en 1810, los actos homosexuales siguieron siendo objeto de persecuciones, particularmente debido a una interpretación muy relajada del delito de “ultraje público al pudor”.

Cuna de la revolución industrial, de la sociedad burguesa y de la democracia parlamentaria, Inglaterra era entonces el país políticamente más libre de Europa, refugio de exiliados y fugitivos de todo el continente, incluyendo a sobrevivientes de la Comuna de París. Esto no impidió el conservadurismo victoriano en materia de costumbres, y que persistiera la represión de la homosexualidad.

Alemania oscilaba entre dos tendencias que hicieron de ella un híbrido socio-político: la industria más dinámica y el movimiento obrero más fuerte del continente coexistieron con un régimen autocrático y tradicionalista hasta 1918.

A finales del siglo 19 y principios del 20, Estados Unidos, en lo sucesivo la mayor potencia capitalista y emblema de la modernidad, estaba entre los países más avanzados en cuanto a las costumbres y a la tolerancia de la homosexualidad como identidad (no sin que haya habido un contragolpe ulterior).

En los capítulos siguientes abordaremos estas situaciones particulares. Pero antes, debíamos situar el surgimiento de la homosexualidad en el contexto de la invención de la sexualidad como esfera separada y, por tanto, como problema.

(Continuará…)

G. D., marzo de 2016

Notas

(1) Dado que esta serie no es una historia de la homosexualidad, ni siquiera un resumen, dejará fuera muchos aspectos, así como autores tan estimulantes como Fourier, por nombrar sólo uno.

(2) Aquí no se dirá nada sobre la palabra «pederasta», en torno a la que existe una gran cantidad de documentación. Este término permite medir las capas de confusión añadidas a lo largo de los siglos a causa de las variaciones del término y su uso.

(3) El caso Schweitzer y el juicio fueron discutidos en el capítulo anterior de esta serie.