Archive for febrero, 2019

Crítica de la Internacional Situacionista

miércoles, febrero 27th, 2019

Nota del traductor

El artículo que presentamos a continuación ha sido traducido a partir del texto en inglés (con una breve parte en francés en la presentación inicial) tal como aparece en el sitio web For Communism. Por lo tanto, hemos incluido la introducción del propio John Gray, así como la que fue escrita para la versión en inglés por Louis Michaelson y las notas al pie introducidas por ambos. Hay que hacer notar que la edición de John Gray está pensada para un medio virtual, por lo que muchas referencias bibliográficas aparecidas en sus notas al pie consisten en hipervínculos dirigidos hacia determinadas páginas web. Nosotros los hemos reemplazado por las direcciones completas donde se pueden encontrar los textos citados (en sus versiones en castellano si existían), para que esas referencias tengan utilidad en una eventual edición impresa.

Junto con la «Crítica de la Internacional Situacionista», de 1979, hemos incluido aquí una versión en castellano del breve artículo De vuelta a la I.S., del mismo autor, del año 2000.

C.L.

Octubre 2009

 

Presentación de John Gray

Este artículo apareció por primera vez en la revista norteamericana Red-eye # 1 (Berkeley, 1979). Ha tenido dos reimpresiones, primero como panfleto bajo el título What is situationism? (Unpopular Books, Londres, 1987) y luego como parte de la antología What is Situationism ? A Reader, editada por Stewart Home (AK Press, Londres, 1996; esta versión contiene algunos errores de tipografía, que afectan sobre todo a los énfasis del texto).

Las notas al pie fueron añadidas por el traductor de la versión en inglés aparecida en Red-eye, y algunas de ellas han quedado fuera de lugar con el paso del tiempo. Hemos agregado notas adicionales en algunos casos.

También incluimos la introducción original del traductor Louis Michaelson, quien fue miembro del grupo For Ourselves (mejor conocido por su panfleto The right to be Greedy), y posteriormente participó en la revista Processed World.

Al parecer este artículo nunca ha sido publicado en francés. En la introducción, el traductor aclara que se trataba de un capítulo de un libro acerca de la historia e ideología del movimiento revolucionario. Tal libro nunca fue publicado. Tenemos entendido que iba a llevar por título Les géants des sectes y que contenía también capítulos sobre Socialisme ou Barbarie, A. Bordiga e Invariance.

Gilles Dauvé, el autor de este artículo, que en los años 70 escribió bajo el seudónimo de Jean Barrot, participó en la revista La Banquise en la década de los 80. En su segundo número, esta revista incluyó un extenso artículo, Le roman de nos origines, sobre los orígenes de la corriente política en la que se inscribía. Le roman… contiene análisis de varios grupos, entre ellos la IS, y podemos suponer que se nutrió del trabajo realizado para aquel libro que no llegó a ver la luz (del cual iba a ser parte el presente texto). Le roman de nos origines está disponible en francés en este sitio web, y algunas de sus secciones, incluyendo aquella sobre la IS, se encuentran traducidas al inglés.

La Banquise anunció más de una vez un artículo sobre la IS. En su último número y final, en un artículo que examinaba en retrospectiva su propia actividad, escribió lo siguiente:

¿Y la I.S.?

Aunque en el primer número de La Banquise anticipamos una crítica de la IS, dicha crítica sigue pendiente. Ésta, en todo caso, no debiera consistir en un balance, ni menos en una refutación, sino en enunciar de otro modo las preguntas que la IS abordó e incluso desplazarlas si hace falta. Es necesario, con la IS y contra ella, hablar de las cosas importantes, sin imaginarnos la crítica de la IS como alguna especie de «clave» teórica o práctica (recordemos que uno de los mejores textos sobre la IS apareció en 1974 en el suplemento número 31 de la Nouvelle Gazette Rhénane).

Sin cumplir aquí tal tarea, podemos señalar algunos puntos que no dejan de tener relación con lo que decíamos más arriba sobre el militantismo.

El número 2 de Internationale Situationniste presenta en estos términos la crítica de la vida cotidiana:

«(…) aunque proclaman una idea diferente de lo que es la felicidad, la izquierda y la derecha comparten la misma imagen de pobreza, identificada con la privación de alimentos. Izquierda y derecha están de acuerdo, por lo tanto, en su imagen de lo que es vivir bien. Esta es la raíz de la mistificación que llevó a la derrota del movimiento obrero en los países industrializados».

«La propaganda revolucionaria debe ofrecer a cada cual la posibilidad de un cambio personal profundo, inmediato (…) Los intelectuales revolucionarios deben abandonar los restos de la cultura descompuesta, y tratar de vivir de un modo revolucionario».

«En el centro de nuestra acción colectiva en el momento actual, está la obligación urgente de hacer entender bien en qué consiste nuestra misión específica: un salto cualitativo en el desarrollo de la cultura y de la vida cotidiana».

Para evidenciar a la vez la brecha entre esa época y la nuestra, y evaluar correctamente la perspectiva de la IS, leamos lo que afirmaba Debord en Potlach (número 29, del 5 noviembre 1957):

«Creo que todos mis amigos y yo estaríamos satisfechos trabajando anónimamente, con salarios de obreros cualificados, en el Ministerio del Ocio de un gobierno que se preocupase finalmente por cambiar la vida».

Uno se pregunta si el error central de la IS no habrá sido partir del supuesto de un uso de la vida, y haber buscado uno nuevo allí donde no hay uso que organizar: de ahí su obsesión por la estrategia, su formalismo consejista, es decir, su inclinación (similar al postulado gestionista de Socialismo o Barbarie) a reducirlo todo a un problema de organización más que de contenido. Esto no impidió que la IS encontrara y desarrollara el contenido comunista, pero a través del filtro autogestionario, y a pesar de él.

En el número 3 de su revista (diciembre de 1959), la IS da una larga explicación sobre cómo los revolucionarios en el terreno de la cultura se deben hallar en «nuevos oficios». He aquí una ilusión que entraña todas las demás: la IS se creía llamada a sustituir el rol de «vanguardia experimental» y de la experimentación en el arte y la cultura por el rol de vanguardia en la forma de ser.

La IS, que siempre se había definido como un grupo de intelectuales revolucionarios, se unió al proletariado en 1968: su acción en el Consejo para el Mantenimiento de las Ocupaciones (CMDO) fue más una afirmación de principios que una práctica revolucionaria. Su propaganda en favor de los consejos obreros, por su propio carácter de propaganda, de consigna lapidaria, desconectada de las relaciones de fuerza reales donde algo más podría haberse jugado, probó la exterioridad de la IS respecto a un movimiento social del que, por otro lado, expresó bien algunas de sus aspiraciones.

Los situacionistas mantuvieron la actitud correcta frente a una serie de realidades a destruir, sin poder sostenerla. Sin embargo, cuando ya no se puede tener más que la actitud, pronto no queda más que la buena actitud, como ocurrió después de mayo de 1968 (autovalorización, incapacidad de superar el consejismo, fascinación por la estrategia, errores sucesivos sobre Italia y Portugal).

El límite de la IS está contenido en su aspecto más fuerte: la crítica de la mercancía. La Sociedad del espectáculo reanuda un análisis fundamental sin llegar hasta el fundamento.

¿En qué consiste el núcleo de nuestra crítica del mundo de la mercancía y del salario? En que cada mercancía se enfrenta a las demás mostrando un rostro que no es el suyo ni expresa su naturaleza profunda, puesto que antepone la cantidad de trabajo encarnado en ella a su contenido real. Al presentar de este modo un resumen de sí misma, no dice nada de sí, hablando de otra cosa que no es ella. Las mercancías no se detienen, al momento del intercambio, a decirse lo que son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación.

Cada persona, cada acto, cada objeto, no existe solo por su presencia real, sino sobre todo por su imagen. Todo lo que se presenta debe ser a su vez representado. Todo posee un segundo nivel de existencia que duplica al primero y lo desposee, deviniendo más real que él. Con la expansión industrial y el consumismo, este proceso tiende a abarcarlo todo: de la economía a la política, el arte, el pensamiento, la vida pública y privada. La democracia resulta así ser la forma más adecuada al capitalismo, ya que está basada en el principio de la delegación y representación del poder: de lo que se trata siempre es de encontrar el lugar y el momento aptos para confrontar las opiniones, de instaurar una estructura para la toma de decisiones, de inventar una forma de organización que exprese la voluntad general.

El capital es la sociedad donde en arte como en política, en los negocios como en el intercambio de ideas, el problema esencial consiste en representar una colectividad, a fin de darle una realidad que no tendría si no hubiese considerado esta convocatoria para decidir su futuro.

Ante esta democratización, hay un gran riesgo de quedar encerrados en la mera denuncia de su aspecto formal, exigiendo en cambio una democracia «real» inencontrable. Una de las limitaciones de los revolucionarios del siglo diecinueve, incluido Marx, fue no poder unir la crítica de la mercancía con la crítica de la política y de la democracia. Aún cuando contaban con elementos prácticos, como las reacciones de los proletarios contra el liberalismo burgués, y también elementos teóricos en algunos textos, particularmente en Marx, la crítica de la democracia como tal no se hizo. Volviendo a las fuentes (Marx, Feuerbach…), los situacionistas reanudaron y desarrollaron sus mejores aspectos, pero también sus limitaciones históricas. Los situacionistas todavía andan buscando una democracia verdadera, una estructura en la que los proletarios ya no sean pasivos, sino activos.

El espectáculo es el resultado de la transformación de nuestra vida en una imagen que la duplica y la reemplaza. Toda una obra social, cuyo corazón es el intercambio, nos ha despojado de la vida directamente vivida. El espectáculo es el producto autonomizado. Se separa de nosotros, deja de ser nuestro, y la representación universal de las mercancías es el mecanismo de esta separación. El espectáculo no deviene exterior a nuestra vida, sino porque es esta vida la que produce y reproduce su propia exteriorización.

Si la IS – quizás por haber nacido como una crítica del arte – insistió tanto en criticar el espectáculo y no la representación, que es un concepto más total y más explicativo, esto la obligó a reivindicar un sociedad no-espectacular que sin embargo retiene los problemas inherentes a la representación: la democracia de consejos. No hubo ni podía haber en la IS una crítica de la democracia, porque la IS no llego al fondo del mecanismo capitalista… aunque sí supo mostrarnos el camino.

La Banquise número 4, 1986

 

Introducción de Louis Michaelson
Este texto fue concebido como un capítulo de un trabajo mucho más voluminoso, aún no publicado, consistente en una historia crítica de la teoría e ideología revolucionarias, empezando por la obra de Marx. El tema de este capítulo, la Internacional Situacionista (IS), aconteció en Europa (y brevemente en los Estados Unidos) entre 1957 y 1971. Desde 1968, año en que empezó a desintegrarse, la IS ha ejercido una profunda influencia en la generación de revolucionarios de posguerra. Tal influencia, como se afirma en el texto que sigue, dista mucho de ser puramente beneficiosa. No hay duda de que en Estados Unidos la obra de la IS se ha hecho conocida principalmente a través de sus epígonos, los grupos «pro-situ» que florecieron por un corto período en Nueva York y en la costa oeste a principios de los años setenta. Tales grupos siguen existiendo y otros nuevos siguen apareciendo, tanto aquí como en Europa. Sin embargo, los más antiguos han perdido casi todo su contenido e importancia debido a su persistente apego a los aspectos más ideológicos y superficiales de la IS; mientras que los nuevos tienden a desintegrarse con mucha rapidez, o bien, evolucionan hacia la perspectiva comunista sin retener, lamentablemente, algunos de los mejores aspectos del pensamiento situacionista, que se echan de menos en las corrientes revolucionarias más ortodoxas. Me refiero en primer lugar a la cualidad visionaria de la IS, su empeño en actualizar el proyecto revolucionario de acuerdo al desarrollo de las fuerzas productivas en la posguerra, como las telecomunicaciones, el procesamiento electrónico de datos y la automatización. También me refiero al esfuerzo de la IS por restaurar la crítica de la alienación y a su compromiso con la liberación de los productores individuales y de las necesidades, temas cruciales en la obra de Marx y de otros comunistas del siglo diecinueve. Estas preocupaciones se reflejaron en los ataques situacionistas contra el arte y el urbanismo, y en su constante afirmación de la revolución como instauradora de una nueva forma de vida, como transformación total de la actividad humana, tanto así como un nuevo modo de producción material.Entretanto, algunos textos originales de la IS, como La Sociedad del Espectáculo de Debord y el Tratado del Saber Vivir para Uso de las Jóvenes Generaciones de Vaneigem, han circulado en los Estados Unidos de forma más bien limitada, en ediciones caseras a menudo muy mal traducidas. Desde hace un par de años circula en inglés una versión no muy fiel de la revista en francés de la IS, Internationale Situationniste, titulada Leaving the Twentieth Century, en una pésima traducción y con un comentario deplorable de un ex miembro de la sección británica de la IS. Pese a esta difusión, los aportes situacionistas o bien han sido ignorados o bien recuperados por la izquierda, que no obstante se vio obligada en algún momento a reconocer la existencia de la IS a fines de los sesenta, debido a la importancia que ésta adquirió en el sector más coherente y agresivo del movimiento estudiantil en Francia. (Este juicio se aplica también, por desgracia, a la mayoría de los anarquistas y «socialistas libertarios» de Estados Unidos, que denuncian el carácter «abstracto» de la IS mientras ellos mismos están atrapados en una crítica abstracta, por lo superficial, del capitalismo y del izquierdismo. Con todos sus defectos, la IS al menos trató de aprehender las leyes que rigen estos fenómenos; sin esa aprehensión, el «libertarismo» retrocede muy fácilmente hasta el ámbito anquilosado de la socialdemocracia.)La importancia de este texto para los lectores norteamericanos reside no sólo en la exactitud de su crítica a la teoría y práctica situacionistas, sino también en que clarifica el contexto histórico de la IS, mostrando las influencias que le dieron forma y también las que la deformaron. La IS, como todo fenómeno histórico, no apareció en el vacío. Aquí la tan cacareada originalidad de la IS es contrapesada con la revelación crítica de las corrientes que determinaron su evolución, principalmente Socialismo o Barbarie (SoB), a la vez que de las corrientes que la IS ignoró, en perjuicio propio, como la izquierda comunista «italiana». De hecho, en el libro del cual este texto constituye un capítulo, la crítica de la IS viene precedida por el análisis de ambas corrientes. No podría resumir aquí el contenido de esos dos capítulos, ya que no los he leído, pero trataré de dar a conocer esas tendencias basándome en mis propios conocimientos y punto de vista.Socialismo o Barbarie fue una revista fundada por un pequeño grupo de militantes que rompió con el trotskismo poco después de la segunda guerra mundial. Hubo varias razones para esta ruptura. Primero, el hecho de que la crisis económica de posguerra, y la guerra misma, no habían provocado el levantamiento revolucionario vaticinado por Trotsky. Segundo, la situación de la Unión Soviética, donde la burocracia había sobrevivido consolidándose sin que el país volviera al capitalismo privado. Esto también contradecía las predicciones de Trotsky, al igual que lo hizo la extensión del dominio burocrático de tipo soviético al resto de Europa oriental. En tercer lugar, la miserable vida interna de la llamada «Cuarta Internacional», que se había convertido en una mini-burocracia por derecho propio, desgarrada por rivalidades sectarias y profundamente represivas.A partir de esta experiencia práctica e histórica, SoB cuestionó en profundidad el «marxismo», ideología que impregna los discursos de Kautsky, Lenin y Trotsky, que aparece caricaturizada en los escritos de Stalin y sus secuaces, y que en parte se originó en los últimos textos de Engels. De este cuestionamiento, el líder teórico de SoB, Cornelius Castoriadis – que escribió bajo el seudónimo de Pierre Chaulieu primero y Paul Cardan más tarde – extrajo las siguientes conclusiones generales:
  1. Que la Unión Soviética debía ser considerada como una forma de sociedad explotadora llamada «capitalismo de Estado» o burocrático;
  2. que en esto, la Unión Soviética era sólo una versión más desarrollada de un proceso que afectaba al conjunto del capitalismo, el de la burocratización;
  3. que, en consecuencia, la contradicción entre propietarios y desposeídos estaba siendo reemplazada por la contradicción entre organizadores y ejecutantes, entre dirigentes y dirigidos; mientras que la concentración y centralización del capital estaba transformando a la burguesía privada en una clase burocrática;
  4. que el avanzado estado de este proceso en la Unión Soviética era en gran medida resultado de la concepción leninista-bolchevique del Partido, según la cual éste debía arrebatarle a la burguesía el poder estatal actuando en nombre de los trabajadores, con lo que no podía más que convertirse en una nueva clase dominante;
  5. que el capitalismo como un todo había superado sus contradicciones económicas basadas en la caída tendencial de la tasa de ganancia, y que por lo tanto la única fuerza motriz de la revolución sería en adelante la contradicción entre dirigentes y dirigidos; por eso, si los trabajadores entraban en revuelta e instauraban la autogestión, sería sólo por el insoportable aburrimiento e impotencia de sus vidas, y no por la pauperización económica.

Esta teoría, que sin duda tenía el mérito de la consistencia interna (a diferencia del trotskismo desde la guerra), recibió un fuerte impulso del levantamiento húngaro de 1956. Allí, sin que interviniese ninguna «vanguardia» leninista, en cuestión de pocos días se formaron consejos obreros en todo el país, los que se hicieron cargo de la administración social y de la resistencia armada a la invasión rusa y a la policía militar de la AVO (policía secreta húngara). Esto llevó a SoB a plantear que… en los años venideros, todas las preguntas importantes quedarían condensadas en una sola: ¿Estás a favor o en contra de la acción y el programa de los trabajadores húngaros? (Castoriadis, La Revolution proletarienne contre la bureaucratie, citado en Castoriadis, The Hungarian Source, Telos, 1976).Aquí el punto de vista de SoB se acercaba mucho al de los teóricos remanentes de la izquierda comunista alemana, tales como Anton Pannekoek, cuyo libro Los Consejos Obreros (1940) había llegado a conclusiones muy similares quince años antes (aunque debemos decir en defensa de Pannekoek que él habría tenido una actitud mucho más crítica de la que tuvo SoB hacia el programa de los consejos húngaros, que clamaba por la democracia parlamentaria y la gestión obrera de la economía nacional). Sea como sea, de estas dos corrientes surgió la ideología consejista, que dominó prácticamente todo el corpus teórico de las minorías revolucionarias entre 1945 y 1970. No intentaré hacer aquí la crítica del consejismo o de SoB; esto ya lo hizo muy hábilmente el propio Barrot en Eclipse y resurgimiento de la perspectiva comunista, así como también lo han hecho grupos como la Corriente Comunista Internacional (CCI). Bastará con decir que Castoriadis pasó de defender las conclusiones expuestas más arriba, a renegar en bloque de la teoría marxiana (que él insistía en ver a través del lente distorsionador de Kautsky y Lenin) y a redefinir el proyecto revolucionario exclusivamente sobre la base del descontento subjetivo de los trabajadores, las mujeres, los homosexuales, las minorías raciales, etc., los que en conjunto ya no formarían una clase (el proletariado) opuesta a los «dirigentes» (capitalistas y burócratas) sino una simple masa de individuos oprimidos. La revolución que éstos pueden realizar consistiría en crear nuevos órganos de administración que se federarían para organizar por sí mismos el intercambio de mercancías, «transformando» así, supuestamente, la sociedad. Si salta a la vista el parentesco de esta perspectiva con la Nueva Izquierda Americana tipo SDS / Tom Hayden / Peoples’ Bicentennial Commission, y con ciertas variedades de anarquismo clásico: más obvias aún son sus desastrosas consecuencias políticas.La «izquierda comunista italiana» a primera vista parece ser simplemente la tesis frente a la cual el anti­marxismo radical de SoB emergió como antítesis. Lejos de rechazar la teoría leninista del Partido, la izquierda italiana ha sido uno de sus defensores más vigorosos. A juzgar por sus manifestaciones contemporáneas, en especial el Partido Comunista Internacional (PCI), parecería ser la última palabra en dogmatismo sectario leninista, distinguible de las versiones más toscas de trotskismo únicamente por su insistencia en la naturaleza capitalista de la Unión Soviética, China y cía. Se trata, no obstante, de una apariencia engañosa. Para comprender el verdadero significado de esta corriente primero hay que entender sus orígenes históricos.La «izquierda italiana» surgió de la oleada revolucionaria que barrió a Europa entre 1917 y 1920. Esto la distingue notablemente del trotskismo y de SoB, que nacieron como esfuerzos por comprender y combatir la contrarrevolución que siguió a esa oleada. La izquierda comunista italiana empezó agrupando a unos cuantos cientos de los más claros y resueltos militantes del Partido Socialista Italiano (PSI), que se unieron para enfrentarse a las vacilaciones de su partido frente a la guerra mundial y la crisis del movimiento obrero en general. Al principio se constituyeron como «Fracción Comunista Abstencionista» al interior del PSI, en torno a posiciones muy parecidas a las de la izquierda alemana. Estas posiciones eran básicamente que el capitalismo había entrado en una grave crisis, frente a la cual las tácticas reformistas del período de preguerra resultarían inútiles (especialmente la participación política electoral, por eso el nombre de la fracción: «abstencionista»), y que ponía la revolución a la orden del día. El «abstencionismo» separó a la izquierda comunista de Lenin y los bolcheviques, quienes la atacaron, así como a los comunistas de izquierda alemanes, en el infame libelo La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. También se diferenció de los bolcheviques por su insistencia, contra Antonio Gramsci y la fracción Ordine Nuovo, en que el nuevo partido comunista debía desde el principio estar formado únicamente por militantes con coherencia teórica que no hicieran ninguna concesión al atraso del resto de la clase, y que por lo tanto no suscribieran alianza alguna con la socialdemocracia, fuese ésta de derecha, de centro o de izquierda. Esto también emparentaba a la izquierda italiana con la alemana, que insistía (ver la respuesta de Gorter a Lenin) en que ahora el proletariado estaba solo en su lucha y ya no podría confiar en ninguna alianza, ni siquiera temporal, con el campesinado ni con la pequeña burguesía, ni con los llamados «partidos obreros», que reprimían las huelgas y disparaban a los trabajadores en nombre del orden democrático. Sin embargo, a diferencia de la izquierda alemana, los comunistas italianos no hicieron ninguna crítica real de los sindicatos, a los que consideraban (como leninistas ortodoxos que eran) como meros instrumentos que estaban siendo mal conducidos. Tampoco hicieron – al menos la mayor parte del tiempo – distinción alguna entre partido, organizaciones políticas de la minoría revolucionaria conciente, y órganos de clase como los consejos obreros, los que, según las ideas de la izquierda alemana, serían los encargados de hacer efectiva la dictadura proletaria. Para la izquierda italiana, al menos tal como ésta emergió de la contrarrevolución consumada por Mussolini, el único órgano de esa dictadura era el partido, y sólo el partido.Pero aparte de estas inconsistencias decisivas, la izquierda comunista italiana se diferenció de la alemana también en aspectos positivos. Por ejemplo, desarrolló una crítica de la democracia mucho más elaborada que la de los alemanes que formaron el KAPD (Partido Obrero Comunista Alemán). No hay duda de que esta crítica se expresó en un rígido antiparlamentarismo, [*] pero asimismo previno a la izquierda italiana de caer en el consejismo. En una fecha tan temprana como 1918 los abstencionistas denunciaron a la fracción (en torno a la figura de Gramsci) Ordine Nuovo por equiparar socialismo y gestión obrera. En cambio ellos afirmaron desde el principio que el objetivo del movimiento comunista era la supresión del trabajo asalariado y de la producción de mercancías, y que esto sólo se podía lograr destruyendo la separación entre las unidades productivas organizadas como empresas. Esto hace de la izquierda comunista italiana una corriente única entre las tendencias revolucionarias de ese período. Sólo en contadas ocasiones las demás «izquierdas» produjeron visiones tan claras del programa comunista (ver, por ejemplo, la crítica de Silvia Pankhurst al recientemente formado Partido Comunista de Irlanda, en 1920).Así es que la izquierda comunista italiana constituye una tendencia profundamente contradictoria, que combina una aprehensión rigurosa y coherente de la teoría marxiana a un nivel abstracto, y unos posicionamientos de principio en torno a problemas prácticos como el parlamentarismo y el frentismo, con posturas voluntaristas y substitucionistas típicas del leninismo clásico. Si la oleada revolucionaria hubiera logrado llegar más lejos y hubieseestablecido un poder proletario en Alemania, es probable que los comunistas italianos hubieran superado estas confusiones, así como la necesidad de imponer medidas comunistas habría obligado a los revolucionarios alemanes a abandonar todo rastro de consejismo y de federalismo. En lugar de eso, no obstante, la mayoría del proletariado europeo se mostró incapaz de romper radicalmente con la socialdemocracia. Tras la degeneración del Comintern propiciada por los bolcheviques y la expulsión del KAPD, las fracciones de «izquierda», tanto la alemana como la italiana, quedaron reducidas a minúsculos grupos empeñados en mantener su coherencia teórica bajo una enorme presión contrarrevolucionaria. Por aquí y allá, sólo unos pocos de estos agrupamientos lograron mantener un alto grado de claridad, por ejemplo la sección francesa de la izquierda comunista internacional, en torno a la revista Bilan. En cuanto a los demás, quedaron cegados por el fetichismo del partido y de los consejos. Los elementos de una teoría que nunca se había unificado por completo, se fragmentaron todavía más hasta convertirse en ideologías.A este montón de ruinas tuvo que enfrentarse la IS cuando por primera vez trató de recuperar el legado del período revolucionario 1917-21. Dadas las circunstancias, quizás sea comprensible que la IS se inclinara hacia el modernismo consejista de SoB en vez de escudriñar en la poco atractiva superficie del PCI o los subproductos de la tradición de la izquierda comunista italiana. Irónicamente, sólo después que la IS alcanzó un avanzado estado de descomposición a fines de 1968, otras tendencias emergieron para reivindicar los mejores aspectos de la izquierda italiana y sintetizarlos con las contribuciones complementarias de la izquierda alemana (ver Revolución Internacional y las revistas Le mouvement communiste y Negation, ambas ya difuntas). Para esa época, los errores teóricos de la IS ya habían dado lugar a una ideología, el «situacionismo», que le impidió a los situacionistas comprender la crisis que ellos mismos habían vaticinado años antes. Este proceso y su evolución posterior han sido bien documentados por el propio Barrot en su crítica.En conclusión, debo decir que de ninguna manera estoy completamente de acuerdo con todo lo que Barrot afirma sobre la IS, o incluso sobre sus veteranos y herederos, como Sanguinetti y Semprun. En particular, considero que Vaneigem fue subestimado. No obstante, apruebo sin reservas el argumento general de la crítica y la mayoría de sus conclusiones específicas.

Louis Michaelson

 

Crítica de la Internacional Situacionista

Jean Barrot, 1979

 

Ideología y sistema salarial

El capitalismo convierte la vida en dinero, que a su vez se vuelve imprescindible para poder vivir. Cada una de las cosas que hacemos, la hacemos en función de una finalidad ajena al contenido mismo de nuestra actividad. Esta es la lógica de la alienación: uno mismo es un otro; el sistema salarial nos vuelve ajenos a lo que hacemos, a lo que somos, a los demás.

Ahora bien, la actividad humana no produce únicamente bienes y relaciones; también produce representaciones. El hombre no es un homo faber: la reducción de la vida humana a una cuestión puramente económica (aceptada por el marxismo oficial) no es más antigua que la entronización del capital. Toda actividad es simbólica: crea, simultáneamente, productos y visiones del mundo. La estructura de una aldea primitiva «condensa y asegura las relaciones entre el Hombre y el universo, entre la sociedad y el mundo sobrenatural, entre los vivos y los muertos». (Levi-Strauss).

El fetichismo de la mercancía no es más que la forma adoptada por este simbolismo en sociedades dominadas por el intercambio.

Así como el capital tiende a producir todas las cosas como capital, separándolas para volver a unirlas en función de las relaciones de mercado, también delega la producción de representaciones en un sector específico de la economía. Despojados de los medios para producir su existencia material, los trabajadores asalariados también están desposeídos de los medios para producir sus ideas, que son generadas por un estrato especializado en esa tarea (ese es el rol de los «intelectuales», término introducido en Francia por el Manifiesto de los Intelectuales dreyfusianos, de 1898). El proletario recibe estas representaciones (ideas, imágenes, asociaciones implícitas, mitos) de la misma manera como recibe del capital los demás aspectos de su vida. Hablando esquemáticamente, el trabajador del siglo diecinueve producía sus ideas (aún cuando fueran ideas reaccionarias) en el café, en el bar o en el club; mientras que actualmente las contempla en la televisión; aunque por supuesto sería absurdo reducir toda la realidad a esta única tendencia.

Marx definió la ideología como el consuelo por un cambio necesario pero imposible: siendo así, el cambio es experimentado en un plano imaginario. El hombre moderno se encuentra sumido en esta condición en todos los aspectos de su existencia. La única capacidad transformadora que le queda es la de transformar las realidades en imágenes. Si viaja es para redescubrir el estereotipo del país extranjero; si ama es para representar el papel de seductor o de seducida, etc. Privado por el trabajo asalariado de su actividad (de su capacidad para transformar el entorno y a sí mismo), al proletario no le queda más que vivir el «espectáculo» de la transformación.

El trabajador asalariado del presente no vive en la «abundancia» en comparación con el obrero del siglo diecinueve que vivía en la «pobreza». El asalariado no sólo consume objetos, sino que reproduce él mismo las estructuras económicas y mentales que pesan sobre él. Es por esto – contrariamente a lo que afirma Invariance [1] – que no puede liberarse de estas representaciones a menos que suprima su base material. Su vida transcurre en una comunidad de estructuras semióticas que lo obligan a seguir así: materialmente (a través del crédito), ideológica y psicológicamente (esta comunidad es casi la única disponible). No es solamente que seamos consumidores de signos: las restricciones son sobre todo económicas (deudas que pagar, etc.). El capital depende de la producción y venta de objetos. Que esos objetos también funcionan como signos (y a veces predominantemente como signos) es un hecho, pero ello no anula su materialidad. Sólo los intelectuales creen que viven en un mundo hecho puramente de signos [2].

Lo verdadero y lo falso

¿Qué consecuencias tiene para el movimiento revolucionario la «función de las apariencias sociales en el capitalismo moderno» [IS # 10]? Como lo señalaron Marx y Dejacque [3], el comunismo siempre ha sido el sueño del mundo. Hoy en día, el sueño también sirve para no transformar la realidad. No podemos conformarnos con «decir» la verdad: la verdad sólo puede existir como práctica, como relación entre sujeto y objeto, entre decir y hacer, entre expresión y transformación, y se manifiesta como tensión. Lo «falso» no es una pantalla que obstruye la visión. Lo «verdadero» existe al interior de lo falso, en Le Monde o en la televisión; y lo «falso» existe a su vez al interior de lo verdadero, en textos revolucionarios o que pretenden serlo. Lo falso se afirma en su práctica, por el uso que hace de la verdad: lo verdadero tan sólo está en transformación. Una práctica revolucionaria que se definiera por decir lo contrario de lo que se dice en la radio, sería una mera futilidad. Lo que hay que tener en cuenta es la distancia entre las palabras y la realidad. La IS exigía que los revolucionarios no hicieran malabarismos con las palabras. La teoría revolucionaria no es revolucionaria por sí misma, sino por la capacidad de quienes la poseen de darle un uso subversivo, no por repentina intuición, sino que por un modo de aparición y difusión que deje huellas, aunque sean apenas visibles. Denunciar a los izquierdistas, por ejemplo, es algo secundario. Convertir esa denuncia en el eje de toda actividad lleva a no hacerse cargo de los problemas fundamentales, centrándose en cambio en polémicas contra tal o cual grupo. Este tipo de práctica modifica el contenido de las ideas y de las acciones. Cuando uno sólo es capaz de abordar lo esencial mediante polémicas, la polémica pronto se convierte en lo esencial.

Ante la proliferación de individuos y textos con pretensiones de radicalidad, la IS nos obliga a preguntar: ¿es su teoría fruto de una relación social subversiva tratando de expresarse, o es una mera producción de ideas que se difunden sin contribuir a una unificación práctica? Todo el mundo escucha la radio, pero la radio sólo unifica a los proletarios en servicio del capital; hasta que este medio técnico sea apropiado por los proletarios revolucionarios, momento en que una hora de transmisión valdrá más que años de vieja «propaganda» [4].

No obstante, el «fin de la ideología» no significa que pueda existir una sociedad sin ideas, que funcione automáticamente, como una máquina: tal cosa supondría una sociedad «robotizada» y por ende «no- humana», ya que carecería de la necesaria capacidad reactiva de sus miembros. Habiéndose convertido en una ideología en el sentido que plantea La ideología alemana, lo imaginario evoluciona precisamente en esta dirección. No hay dictadura de las relaciones sociales controlándonos a distancia sin reacción y reflexión de nuestra parte. Esa es una visión muy limitada del «barbarismo». El defecto de las obras que describen sociedades absolutamente totalitarias (como 1984 de Orwell o la película THX1138) es que no consideran que todas las sociedades, incluso las más opresivas, dependen para desenvolverse de la intervención y la acción de los seres humanos. Toda sociedad, especialmente la sociedad capitalista, vive bajo estas tensiones, aun cuando se arriesgue a ser destruida por ellas. La crítica de la ideología no niega el papel de las ideas, ni tampoco el de la acción colectiva que las propaga.

El callejón sin salida de la noción de «Espectáculo»

La noción de espectáculo unifica un gran número de hechos determinados, mostrando a la sociedad – y por tanto su transformación revolucionaria – como actividad. El capitalismo no «mistifica» a los trabajadores; asimismo, la actividad de los revolucionarios no desmitifica, sino que es la expresión de un movimiento social real. Lo que hace la revolución es crear un tipo diferente de actividad, cuya instauración es condición de lo que la teoría revolucionaria clásica llamó tareas «políticas» (destrucción del Estado).

La IS no fue capaz de concebir de este modo la noción que ella misma había dado a luz. Confió tanto en la noción de espectáculo que terminó reconstruyendo toda la teoría revolucionaria en torno a ella.

En su teoría del «capitalismo burocrático», SoB había hecho depender el capital de la burocracia. En su teoría de la «sociedad mercantil espectacular», la IS quiso explicarlo todo en función del espectáculo. Pero no se puede construir una teoría revolucionaria sino es como totalidad, y en base a lo que resulta fundamental para la vida social. No, el problema de la «apariencia social» no es la clave para ningún nuevo emprendimiento revolucionario [IS # 10].

Los grupos revolucionarios tradicionales no habían visto en los nuevos desarrollos más que nuevos medios de condicionamiento. La IS en cambio percibió que el modo de expresión de los «media» correspondía a una forma de vida inexistente cien años atrás. La televisión no adoctrina, sino que se inscribe en un modo de ser. La IS mostró la relación entre la forma y el fondo allí donde el marxismo tradicional no veía más que nuevos instrumentos al servicio de la misma vieja causa.

La noción de espectáculo elaborada por la IS cae en lo que Marx y Engels designaron con el término «ideología». El libro de Debord La sociedad del espectáculo se presenta como un intento por explicar la sociedad capitalista y la revolución, pero de hecho sólo toma en cuenta sus formas exteriores, importantes pero no determinantes. Sólo describe esas formas, dándole a su descripción el aspecto de una teoría que impresiona como si fuese un análisis de fondo; cuando en realidad su método, y el sujeto que estudia, no se elevan nunca por encima del nivel de las apariencias sociales. En este nivel, el libro es notable. El problema es que está escrito (y se lee) como si uno pudiera encontrar en él algo que no contiene. Mientras que SoB analizó el problema de la revolución a partir de la sociología industrial, la IS lo hizo a partir de una reflexión sobre la superficie de la sociedad. Con esto no queremos decir que La sociedad del espectáculo sea superficial. Su contradicción, y en último término, callejón sin salida teórico y práctico, radica en haber hecho una investigación de lo profundo a través y por medio de apariencias superficiales. La IS no desarrolló ningún análisis del capital: lo comprendió, pero sólo a través de sus efectos. Criticó a la mercancía, no al capital. O más bien, criticó al capital como si éste fuera sólo mercancía, y no un sistema de valorización que incluye tanto la producción como el intercambio.

A lo largo de todo el libro, Debord se mantiene siempre en el nivel de la circulación, dejando fuera el necesario momento de la producción, del trabajo productivo. Pero lo que sustenta al capital no es el consumo, tal como Debord nos quiere hacer entender, sino la formación de valor a partir del trabajo. Debord está en lo correcto al ver más en la relación entre apariencia y realidad que en aquella entre lo ilusorio y la realidad, como si la apariencia no existiera. Pero jamás se entiende lo real a partir de lo aparente. De modo que Debord no llega a completar su proyecto. No muestra cómo es que el capital logra hacer del resultado la causa, o incluso el movimiento mismo. La crítica de la economía política (que Debord no hace, conformándose con ignorarla al igual que los utopistas en el pasado) muestra cómo el proletario ve elevarse sobre él, y contra él, no sólo el producto de su actividad, sino su actividad. En el fetichismo de la mercancía, la mercancía aparece como origen y resultado de su propio movimiento. Por medio del fetichismo del capital, el capital se arroga una autonomía que no posee, presentándose como un ser vivo (Invariance es víctima de esta ilusión): no se sabe de dónde viene, quién lo produce, mediante qué proceso el proletariado lo engendra, en virtud de qué contradicción vive y puede morir. Debord hace del espectáculo el sujeto del capitalismo, en vez de mostrar cómo es producido por éste. Reduce el capitalismo sólo a su dimensión espectacular. El movimiento del capital se convierte en el movimiento del espectáculo. De la misma manera, Banalidades de base [5] reconstruye la historia del espectáculo a través de la religión, el mito, la política, la filosofía, etc. La teoría sólo aborda un aspecto limitado de las relaciones reales, y pretende hacernos creer que estas relaciones dependen totalmente de ese único aspecto.

El espectáculo es actividad que se ha vuelto pasiva. Aquí la IS redescubrió lo que Marx había dicho en los Grundrisse acerca del Ser del Hombre (su auto-transformación, su trabajo) que se erige como un poder extraño que lo somete. Frente a ese poder, el hombre ya no vive, sólo contempla. Es cierto que la IS vino a revigorizar este tema; pero el capital es más que simple apaciguamiento. Necesita la intervención del proletariado, tal como lo señaló SoB [6]. El hecho de que la IS sobreestimara tanto el espectáculo prueba que su teorización emergió de un punto de vista nacido en la periferia de la sociedad, aun cuando la IS misma creyera estar en su centro.

El espectáculo y la teoría del arte

La teoría del espectáculo refleja la crisis sufrida por la organización del espacio-tiempo fuera del trabajo. El capital crea cada vez más una esfera exterior al trabajo regulada por la lógica económica: si desarrolla el ocio no es para ejercer control sobre las masas, sino porque previamente ha reducido el trabajo vivo a un rol secundario en la producción, porque ha disminuido el tiempo de trabajo necesario a la vez que incrementa el tiempo de inactividad de los asalariados. El capital crea así para el trabajador un espacio- tiempo excluido, vacío, esto porque el consumo jamás puede llenarlo a cabalidad. Hablamos de espacio- tiempo para reiterar el hecho de que se ha producido una reducción de la jornada laboral, y que este tiempo liberado del trabajo ocupa también un espacio social y geográfico, especialmente la calle (de ahí la importancia que la IS dio a la ciudad y a la deriva [7]).

Esta situación coincide con una doble crisis del «arte». En primer lugar, el arte ya no tiene sentido porque la sociedad occidental no sabe hacia dónde se dirige. 1914 significó la pérdida de sentido y de dirección para la civilización occidental. Tanto el cientificismo como el liberalismo y las apologías del efecto «emancipador» de las fuerzas productivas cayeron en bancarrota al igual que sus adversarios (el romanticismo, etc.). De ahí en adelante el arte sólo podía ser trágico, narcisista, o bien negarse a sí mismo. En anteriores períodos de crisis se buscaba el sentido del mundo; hoy se duda de que tenga alguno. En segundo lugar, la colonización mercantil y la búsqueda frenética y vana de «sentido» han colocado a los artistas al servicio del consumo ligado al tiempo de ocio.

La IS fue conciente de su origen social. En Sur le pasaje de quelques personnes… (1959), una de las películas de Debord, se hablaba de gente viviendo «al margen de la economía». En este terreno, así como SoB en el terreno de las empresas, la IS comprendió que el capitalismo moderno tiende a excluir a las personas de toda actividad al mismo tiempo que las involucra en una seudo participación. Y también como SoB, convirtió la contradicción entre pasividad y actividad en el criterio fundamental: la práctica revolucionaria consistiría entonces en romper el principio mismo del espectáculo: la no intervención [IS # 1]. Al final del proceso, el consejo obrero será el medio para volverse activo, para abolir la separación.

Si el capital se mantiene gracias a la exclusión de los seres humanos, gracias a su pasividad, entonces todo lo que apunta a un rechazo de la pasividad resulta ser revolucionario. De ahí que el ser revolucionario es definido como «un nuevo estilo de vida» que en sí mismo constituiría «un ejemplo» [IS # 6].

El mundo exterior al trabajo está basado en vínculos mucho más fortuitos (por ejemplo la deriva) y subjetivos que los que sostienen el mundo del trabajo asalariado, esfera regida más bien por la necesidad y la objetividad. A la economía tradicional la IS opone «una economía de los deseos» [IS # 7]; a la necesidad, opone la libertad; al esfuerzo, el placer; al trabajo, la automatización que lo hará innecesario; al sacrificio, el goce. Así, la IS se limitó a invertir las antinomias que debían ser superadas. El comunismo no nos libera de la necesidad de trabajar, sino que liquida el «trabajo» mismo como actividad alienada. La IS concebía la revolución como una liberación respecto de las obligaciones, liberación basada en el deseo, y en primer lugar, en el deseo de estar con otros individuos, en la necesidad de relacionarse. Percibió la «situación» desde una perspectiva limitada, porque no supo vincular apropiadamente los conceptos de «situación» y de «trabajo». Pensó la sociedad y la revolución desde el punto de vista de los estratos sociales no asalariados. Por eso dijo del proletariado productivo lo mismo que había dicho acerca de los que se encuentran fuera del sistema salarial: pandillas callejeras, negros marginales, etc. Puesto que ignoraba cuál era el centro de gravedad del movimiento, la IS se desvió hacia el consejismo: los consejos permiten «una comunicación activa y directa» (La sociedad del espectáculo). Desde esta óptica, la revolución parecía ser una mera construcción de situaciones ínter subjetivas extendida al conjunto de la sociedad.

La crítica de la IS pasa por reconocer su carácter de «vanguardia artística». Si bien sus orígenes sociológicos a menudo han suscitado interpretaciones absurdas y abusivas del tipo «eran pequeño- burgueses», resulta obvio que el problema es otro. La IS teorizó a partir de su propia experiencia social. El origen artístico de la IS no es en sí mismo un estigma, pero su marca se percibe en la teoría y en la evolución del grupo cuando éste concibe el mundo desde el punto de vista de su ambiente social específico. El paso a una teoría y a una acción revolucionaria con un carácter general (ya no enfocada hacia el arte, el urbanismo, etc.) responde a una lógica bien precisa expresada por la IS. Los situacionistas afirmaban que cada nuevo número de su revista podía y debía permitirle al lector hacer una relectura de todos los números anteriores desde una nueva óptica. Esta es de hecho la característica de toda teoría que se está enriqueciendo, y es lo opuesto de lo que pasó con SoB. No estamos tratando de separar la perspectiva general de la IS de su relación más o menos crítica hacia el arte. Su hilo conductor era precisamente la crítica de la separación: la IS quería destruir la separación, quería crear una comunidad real, tanto en lo que respecta al arte como a los consejos, la autogestión, la democracia obrera y la organización (ver Definición mínima de la organización revolucionaria). La IS se rehusó a hacer suyo el «cuestionamiento» de Cardan, pero en cambio terminó adoptando sin reservas el problema de la «participación» de Chaulieu.

La IS y Socialismo o Barbarie

A fin de lograr la «transparencia en las relaciones inter-subjetivas», la IS terminó adaptándose al consejismo de SoB. El consejo era el medio para redescubrir la unidad. Debord conoció a SoB a través de Canjuers y militó en el grupo durante varios meses. Su participación no aparece mencionada en la revista de la IS. Por el contrario: en La verdadera escisión de la Internacional [8], en referencia a Khayati, se descartó por principio «una doble militancia (en la IS y en otro grupo) que inmediatamente rayaría en la manipulación». Por más que así fuera, Debord tomó parte en las actividades de SoB mientras militaba en la IS, siendo notoria su participación en el equipo que viajó a Bélgica durante la gran huelga de 1960. Al final de una reunión internacional organizada por SoB – que resultó ser decepcionante y muy reveladora de la falta de perspectivas del grupo, y que además concluyó con un pretencioso discurso de Chaulieu acerca de las tareas de SoB – Debord anunció su renuncia. No sin ironía, declaró que aunque estaba de acuerdo con las tremendas perspectivas planteadas por Chaulieu, él no se sentía personalmente capacitado para asumir tan inmensas responsabilidades.

En la revista Internationale Situationniste # 6 la IS adoptó la idea de los consejos, por no decir el consejismo. Como sea, adoptó la teoría de la división entre «dirigentes» y «dirigidos». El proyecto que la IS se había impuesto a sí misma, que implicaba entre otras cosas «el estudio desmitificado del movimiento obrero clásico» y de Marx, nunca llegó a hacerse realidad. La IS permaneció en la ignorancia respecto de la izquierda comunista, especialmente acerca de Bordiga. Para la IS, lo más radical del movimiento revolucionario no pasaría nunca de ser una versión mejorada de SoB. Su visión de la teoría pasaba por este filtro.

En su libro Banalidades de base, Vaneigem ignora tranquilamente a Marx, y reescribe la historia bajo la inspiración de SoB, añadiéndole la crítica de la mercancía. La crítica situacionista a SoB apuntaba simplemente a una diferencia de grado: la IS creía que SoB limitaba el significado del socialismo a la gestión obrera, cuando en realidad significaba la gestión de todo. Chaulieu se mantenía dentro de los límites de la fábrica, pero Debord quería la autogestión de la vida. El método de Vaneigem se acerca mucho al de Cardan. Anda en busca de una certeza, de una evidencia: el problema ya no es la infame explotación de los obreros en la fábrica, sino la miseria de las relaciones sociales; ahí está el detonador revolucionario. La sordidez del espectáculo y de la vida cotidiana se convierte en la única certeza.

En La verdadera escisión de la Internacional también queda en evidencia lo que a la IS le resultaba inaprensible. Vaneigem está contra el marxismo vulgar, pero no incluye al marxismo en la crítica. No asimila el aspecto revolucionario del trabajo de Marx que el marxismo oficial había pasado por alto. En IS # 9, de 1963, la IS todavía reconocía que Cardan estaba «avanzando» en esa dirección.

Al igual que La sociedad del espectáculo, Banalidades de base se queda en el nivel de la ideología y de sus contradicciones. Vaneigem afirma que la religión ha devenido espectáculo, por lo cual la teoría revolucionaria está obligada a criticar el espectáculo tal como una vez tuvo que partir criticando la religión y la filosofía. Pero por este procedimiento, sólo llegamos a la pre-condición de la teoría revolucionaria: la mayor parte del trabajo sigue pendiente. Al principio la IS depositó grandes esperanzas en Lefebvre [9] y en Cardan. Más tarde renegó de ambos violentamente. Sin embargo, al igual que ellos, la IS siguió careciendo de una teoría del capitalismo y de la sociedad. Hacia 1960 se abrió a nuevos horizontes pero no avanzó más allá. La IS afrontó el problema del valor (ver el texto de Asger Jorn sobre la economía política y el valor de uso), pero no pudo reconocerlo como lo que realmente es. Su teoría no tenía ni centralidad ni globalidad, y esto la llevó a sobreestimar diversos movimientos sociales, sin distinguir el meollo del problema.

Es innegable, por ejemplo, que el artículo sobre la revuelta de Watts [IS # 9, 1964] [10] constituye un notable acierto teórico. Interpretando a su manera lo que Mauss y Bataille podrían haber debatido acerca del intercambio, la IS planteó el problema de modificar la sustancia misma de la sociedad capitalista. En su conclusión, el artículo llega incluso a reasumir la formulación de Marx sobre el vínculo entre el Hombre y su naturaleza genérica, tema que asumió también Camatte en el PCI [11] (ver Invariance # 1). Pero a pesar de todo esto, al no elevarse por sobre el nivel de la mercancía, la IS fue incapaz de distinguir los diversos niveles de la sociedad, ni de precisar en qué consiste una revolución. Cuando la IS afirma que «toda revuelta contra el espectáculo se sitúa al nivel de la totalidad...»

sólo demuestra que ha confundido el espectáculo con la totalidad. Del mismo modo sus ilusiones «gestionistas» la llevaron a distorsionar los hechos concernientes a Argelia tras el golpe de estado de Boumedienne:

«El único programa de los socialistas argelinos es la defensa del sector autogestionado, no sólo como es en la actualidad, sino como debe llegar a ser» [IS # 9, 1964].

En otras palabras: la IS creía que la autogestión obrera era posible y que los revolucionarios debían luchar para extenderla, aunque no hubiera revolución, es decir, aunque no fuese destruido el Estado ni se impusieran transformaciones cruciales en la sociedad.

La utopia positiva

La IS ayudó a clarificar las consecuencias para la actividad revolucionaria del desarrollo capitalista desde 1914, consecuencias que en todo caso la izquierda comunista ya había reconocido en el reformismo, el nacionalismo, las guerras, la evolución del estado, etc. La IS se atravesó por el camino de la izquierda comunista.

La IS entendió el movimiento comunista y la revolución como la producción, por parte de los proletarios, de nuevas relaciones entre sí y hacia las «cosas». Redescubrió así la idea marxiana del comunismo como aquel movimiento en que los hombres crean por sí mismos sus propias relaciones. Con la excepción de Bordiga, la IS fue la primera en reconectarse con la tradición utópica. Esto constituyó a la vez su fuerza y su ambigüedad.

Inicialmente la IS fue una revuelta que buscaba reapropiarse de los medios culturales monopolizados por el dinero y el poder. Anteriormente los artistas más lúcidos habían tratado de romper la separación entre arte y vida: la IS, en su deseo de abolir la distancia entre la vida y la revolución, elevó esta exigencia a un nivel superior. La «experimentación» había sido para el surrealismo un medio ilusorio de arrancar al arte de su aislamiento respecto a la realidad: la IS aplicó el mismo medio para fundar una utopía positiva. La ambigüedad de este empeño reside en el hecho de que la IS no sabía con exactitud si de lo que se trataba era de vivir de un modo diferente ahora ya, o simplemente de avanzar en esa dirección.

«La cultura que hay que abatir no caerá fácilmente más que con la totalidad de la formación socioeconómica que la sostiene. Pero, sin esperar más, la Internacional Situacionista se propone enfrentarla en toda su extensión, hasta imponer un control y una instrumentación situacionista autónoma contra los que detentan la autoridad cultural existente, es decir, hasta un estado de doble poder en la cultura. Los focos de tal desarrollo podrían ser la UNESCO una vez que la I.S. obtenga su mando: un nuevo tipo de universidad popular despreocupada por el consumo pasivo de la vieja cultura, y en fin, centros utópicos que hay que edificar y que, con respecto a la gestión actual del espacio social del ocio, tendrán que liberarse totalmente de la vida diaria dominante… funcionarían como cabezas de puente para una nueva invasión de la vida cotidiana» [IS # 5, 1960].

Tal idea de una liberación gradual es coherente con la de una autogestión extendiéndose poco a poco en todas direcciones: no concibe la sociedad como totalidad. Además, exalta la «cultura» como el «centro de significación de una sociedad sin significación» [IS # 5].

Esta exageración del papel de la cultura luego iba a ser aplicada también a la autonomía obrera: se suponía que el «poder de los consejos» podría extenderse hasta ocupar el conjunto de la sociedad. Estas dos nociones están profundamente arraigadas en los orígenes de la IS. El problema no es, entonces, que la IS continuara siendo demasiado «artística» en el sentido bohemio, careciendo de «rigor» (como si los «marxistas» fuesen rigurosos), sino que a lo largo de toda su existencia se valió del mismo e inmutable punto de vista.

Muchísimos fueron en la IS los proyectos enfocados hacia la realización de otra vida. En el número 6 de la revista (de 1961), se especula sobre una ciudad experimental. En la conferencia de Gotenburgo, Vaneigem habló de construir bases situacionistas que ayudaran a preparar un urbanismo unitario y una vida liberada. Este discurso (según el registro del evento) no encontró ninguna oposición [IS # 7, 1962].

De lo que se trata es de hacer organización: los grupos revolucionarios «no tienen derecho a existir como vanguardia permanente a menos que den ejemplo de un nuevo estilo de vida» [IS# 7]. La sobreestimación de la organización y del deber de vivir de una manera diferente ahora llevó a la IS, obviamente, a sobreestimarse a sí misma. En el número 7 de la revista Trocchi declaró:

«Prevemos una situación en que la vida será continuamente renovada por el arte, una situación construida por la imaginación. ya hemos tenido bastantes experiencias que nos llevan en esa dirección: estamos listos para actuar».

Es muy revelador que en la crítica de este artículo aparecida en el número siguiente, no se mencionara en absoluto este aspecto del problema [IS # 8]. Más tarde Trocchi habría de realizar este programa por su cuenta en el proyecto Sigma. La IS por su parte no lo desaprobó, limitándose a indicar que Trocchi no estaba desarrollando tal proyecto en calidad de miembro de la IS [IS # 9].

Fue Vaneigem quien llevó esta ambigüedad hasta el límite: de hecho escribió un tratado sobre cómo vivir una vida diferente en el mundo actual, anunciando además cómo podrían llegar a ser las relaciones sociales. Se trata en realidad de un manual de cómo contrariar la lógica del mercado y del sistema salarial, dondequiera que uno pueda hacerlo. En La verdadera escisión. Vaneigem y su libro fueron tratados con sarcasmo. Debord y Sanguinetti tenían razón al describirlo como un «exorcismo»:

«Nos ha dicho cómo no hay que ser».

Sin duda. Pero esta crítica llegaba con retraso. El libro de Vaneigem fue difícil de escribir porque no podía ser vivido: o cae en un posibilismo marginal, o en un imperativo irrealizable, y por tanto, moral. O uno busca refugio en las grietas de la sociedad burguesa, o bien le opone incesantemente una vida distinta y a la vez impotente, pues sólo la revolución puede hacerla realidad. La IS puso lo peor de sí misma en su peor texto. Vaneigem fue el aspecto más débil de la IS, el que revela todas sus debilidades. La utopía positiva es revolucionaria en tanto constituye una exigencia, una fuente de tensión, porque no se puede realizar dentro de esta sociedad; pero se vuelve ridícula cuando alguien trata de vivirla en la actualidad. En vez de martillear sobre Vaneigem como individuo, La verdadera escisión. podría haber hecho un balance de la práctica que había engendrado a alguien como Vaneigem. Pero nunca se hizo ese balance (más adelante profundizaremos en este problema).

Posteriormente este reformismo de la vida cotidiana sería transferido a la esfera del trabajo. Llegar tarde a trabajar, escribe Ratgeb [12], es el comienzo de la crítica al sistema salarial. No es que queramos burlarnos de Vaneigem, lamentable teórico de un arte de vivir, «la radicalité»; pero lo cierto es que lo único que consiguió con su fervor fue darle al Tratado, una presuntuosidad vacía que ahora nos hace sonreír. En La verdadera escisión., por otra parte, se percibe un ánimo morboso en la mofa hacia la actitud de Vaneigem en mayo de 1968, cuando éste partió a tomarse las vacaciones que tenía planeadas a pesar de que los «acontecimientos» ya habían empezado a desarrollarse (no tardó en regresar). Pero esa contradicción personal sólo reflejaba la contradicción teórica y práctica que la misma IS había mantenido desde sus comienzos. Al igual que cualquier moralidad, la posición de Vaneigem era insostenible y no podía más que desmoronarse en contacto con la realidad. Al denunciar su actitud, la IS se entregó también a una práctica moralizante: juzgó los actos sin detenerse a examinar las causas. Esta exposición del pasado de Vaneigem, ya sea que disguste o haga reír a los subversivos, tiene en sí misma un aspecto bastante indigno: si la inconsistencia de Vaneigem en 1968 era tan importante, la IS debería haber sacado entonces conclusiones de ella, como se apresuró a sacarlas en tantos otros casos, en vez de esperar cuatro años para hablar del asunto. Pero si la falta de Vaneigem carecía de importancia, era inútil mencionarla siquiera, aun cuando éste hubiese roto con la IS. Lo que ocurrió en realidad fue que la IS, para usar su propia expresión, exorcizó la impotencia de su moralidad denunciando a los individuos que no lograban acomodarse a ella. De esta forma salvaba de un solo golpe su moralidad y a sí misma como organización. Vaneigem fue el chivo expiatorio de un utopismo imposible.

Materialismo e idealismo en la IS

Contra el moralismo militantista, la IS exaltó otra moralidad: la de la autonomía individual en el grupo social y en el grupo revolucionario. Ahora bien: sólo la actividad que se integra en un movimiento social permite que la autonomía se exprese en una práctica efectiva. De no ser así, la exigencia de autonomía termina creando una elite de gente que sabe cómo hacerse autónoma [13]. Y hablar de elitismo es hablar de discípulos. La IS demostró tener un enorme idealismo organizacional, al igual que Bordiga (que hablaba del revolucionario como un «desintoxicado»), aun cuando ésta lo resolvió de un modo distinto. La IS recurrió a una moralidad práctica inmediata que ilustra bien su contradicción. Toda moralidad sitúa en la cúspide de las relaciones sociales la obligación de comportarse de una manera antagónica a esas mismas relaciones. En este caso, la moralidad de la IS exige que uno obedezca a la espontaneidad.

El materialismo de la IS se limitó a percibir la sociedad como intersubjetividad, como interacción de relaciones humanas en el sentido más inmediato, negando así la totalidad. Pero la sociedad también es la producción de sus propias condiciones materiales, y las relaciones inmediatas se cristalizan en instituciones, con el Estado a la cabeza. La «creación de situaciones concretas» es sólo uno de los aspectos del movimiento revolucionario. Al teorizar ese aspecto la IS partió de las condiciones de existencia reales, pero reduciéndolas a las relaciones intersubjetivas. Tal punto de vista es el del sujeto tratando de redescubrirse a sí mismo, y no el que engloba tanto al sujeto como al objeto; esto es el «sujeto» despojado de su «representación». La sistematización de esta oposición en La sociedad del espectáculo retoma la oposición idealista, caracterizada por su olvido de las objetivaciones del Hombre (trabajo, apropiación del mundo, fusión del hombre con la naturaleza). La oposición sujeto-objeto es el hilo conductor de la filosofía occidental, formada en un mundo cuyo significado se le escapa al Hombre poco a poco. Ya Descartes equiparaba el progreso de las matemáticas con el estancamiento de la metafísica. El Hombre mercantil anda en busca de su rol.

La IS no se interesó en la producción. Reprochó a Marx su economicismo, pero no desarrolló a su vez una crítica de la economía política. La sociedad es un entramado de relaciones que se autoafirman objetivándose, creando objetos materiales o sociales (instituciones); la revolución destruye el capitalismo mediante una acción humana que se ejerce sobre estas objetivaciones (sistema productivo, clases, Estado), y que es ejercida precisamente por quienes se encuentran en el centro de aquellas relaciones.

Debord es a Freud lo que Marx es a Hegel: lo que descubrió es una teoría materialista de las relaciones personales, una contradicción de términos. En vez de partir desde el entramado de las relaciones sociales, la idea de «construir situaciones» disocia la relación entre los sujetos de la totalidad de las relaciones. Debord supone que la noción de espectáculo basta para decir todo lo que hay que decir sobre el capitalismo, y asimismo percibe la revolución como una construcción de situaciones extendiéndose al conjunto de la sociedad. La IS no comprendió las mediaciones que están en la base de la sociedad; en particular, no comprendió la mediación del trabajo, la «necesidad fundamental» (William Morris) del Hombre. Por eso no distinguió claramente las mediaciones que pueden cimentar una revolución. Para salir del paso, exageró la importancia de la función mediadora de la organización. Sus posiciones consejistas, democráticas y auto-gestionistas se explican por su ignorancia de la dinámica social.

La IS ponía el énfasis en las formas de organización para remediar el hecho de que su contenido se le escapaba. Practicando «la inversión del genitivo» como había hecho Marx en sus primeras obras, volvió a poner las cosas paradas sobre los pies: había que invertir los términos de la ideología para entender el mundo en su realidad. Pero una comprensión real sería más que una simple inversión: Marx no se conformó con poner de cabeza a Hegel y a los jóvenes hegelianos.

La IS no vio al capital más que en la forma de la mercancía, ignorando el ciclo del capital como un todo. De El Capital, Debord apenas retuvo la primera frase, sin entenderla: el capital se presenta como una acumulación de mercancías, pero es más que eso. La IS creyó que la revolución es un cuestionamiento de las relaciones de distribución (Cfr. la revuelta de Watts) más que de las relaciones de producción. Estaba familiarizada con la mercancía, pero no con la plusvalía.

La IS mostró que la revolución comunista no puede consistir únicamente en un ataque inmediato contra la mercancía. Esta fue una contribución importantísima. Aunque la izquierda comunista italiana había descrito el comunismo como la destrucción del mercado, y había roto con la ideología de las fuerzas productivas (es decir, la ideología que glorifica su desarrollo por su propio objeto), no llegó a comprender el enorme poder subversivo de las medidas concretamente comunistas [14]. Bordiga, de hecho, planteó que la comunización de la sociedad sólo ocurriría después de la conquista del «poder político». La IS en cambio percibió el proceso revolucionario al nivel de las relaciones humanas: ni siquiera el Estado puede ser destruido en un plano estrictamente militar. Esta mediación de la sociedad solamente (aunque no tan sólo) puede ser liquidada mediante la demolición de las relaciones sociales capitalistas que la sostienen.

La IS terminó cometiendo el error inverso al de Bordiga: éste último redujo la revolución a la aplicación de un programa, mientras que la IS la limitó a la liquidación de las relaciones inmediatas. Ni Bordiga ni la IS percibieron el problema en su conjunto. El primero concibió la totalidad abstraída de las medidas y relaciones reales; la segunda la concibió desprovista de unidad o determinación, y por tanto como un mero agregado de elementos particulares extendiéndose poco a poco. Incapaces de dominar teóricamente la totalidad del proceso, ambos tuvieron que recurrir a un paliativo organizacional para asegurar la unidad del proceso: para Bordiga, éste era el partido; para la IS, eran los consejos. En la práctica, mientras Bordiga despersonalizó en exceso los movimientos revolucionarios, la IS fue una afirmación de los individuos hasta el punto del elitismo. Aunque la IS ignoró por completo a Bordiga, la síntesis de sus teorías con las posiciones de Bordiga nos permite dar un mayor desarrollo a las tesis de este último sobre la revolución.

La IS misma no fue capaz de alcanzar dicha síntesis, lo cual le hubiese exigido tener una visión de conjunto de lo que la sociedad es. En lugar de ello, puso en práctica un utopismo positivo cuya única finalidad era la revelación. Ello fue sin ninguna duda su piedra de toque teórica.

«Lo que tiene que suceder. en los centros de una experiencia vital desigualmente distribuida, es una desmitificación» [IS # 7].

Había una sociedad «espectacular», una sociedad «de falsa conciencia», opuesta a lo que se suponía había sido el capitalismo clásico del siglo diecinueve. De lo que se trataba era de proporcionarle una conciencia a su altura. La IS nunca se separó del idealismo lukacsiano, como queda demostrado en la única crítica de la IS que ha aparecido hasta ahora: el Suplemento número 301 de la Nouvelle Gazette Rhenane [15]. Lukacs comprendió (con ayuda de Hegel y de Marx) que el capitalismo es la pérdida de unidad, la dispersión de la conciencia. Pero en vez de concluir de allí que los proletarios restaurarán una visión unitaria del mundo mediante su práctica subversiva (conducente a la revolución), pensó que primero había que redescubrir y reunificar la conciencia a fin de hacer posible la subversión. Dado que esto es imposible, Lukacs involucionó hacia la magia y teorizó la necesidad de concretizar la conciencia, encarnarla en una organización antes que la revolución fuera posible. Esta conciencia organizada es «el partido». Es fácil darse cuenta que para Lukacs justificar el partido es secundario; lo más importante es el idealismo de la conciencia, la preponderancia atribuida a la conciencia, de la cual el partido no es más que una manifestación. Lo esencial en su teoría es que la conciencia debe encarnarse en una organización. La IS asumió de forma acrítica la teoría lukacsiana de la conciencia, pero poniendo en lugar del «partido» a la propia IS por un lado, y a los consejos por otro. Para la IS, así como para Lukacs, la diferencia entre «clase en sí» y «clase para sí» es que ésta última posee conciencia de clase. Que esta conciencia no sea inyectada desde afuera por un partido, sino que surja espontáneamente de la organización de los obreros en consejos, es algo bastante secundario. La IS se concebía a sí misma como una organización destinada a implantar la verdad: su principio de acción fue la revelación. Ello explica la enorme importancia que le atribuyó a la tendencia hacia la «democracia total» en 1968. La democracia es el lugar perfecto donde las conciencias pueden elucidarse a sí mismas. Todo queda resumido en la definición situacionista de proletario: alguien «que no tiene ningún control sobre el uso de su propia vida, y que lo sabe».

Hoy en día el arte es alienación voluntaria; en él, la práctica sistemática del artificio hace más visible la facticidad de la vida. Al no poder escapar de su noción de «espectáculo» la IS quedó prisionera de sus orígenes. La sociedad del espectáculo es una obra completa y definitiva: en ella la teoría de las apariencias se vuelve contra sí misma. Incluso podemos leer aquí los comienzos de las actuales ideas de moda sobre el capital como representación. El capital se vuelve imagen. el resultado concentrado del trabajo social. se vuelve aparente y somete al conjunto de la realidad a la apariencia.

La IS nació al mismo tiempo que todas las teorías sobre la «comunicación» y el lenguaje, y como una reacción contra ellas; pero sobre todo tendió a plantear el mismo problema en términos diferentes. La IS surgió como una crítica de la comunicación, y nunca avanzó más allá de ese punto de partida: el Consejo, la asamblea, realiza la comunicación «verdadera». En vez de ello, y a diferencia de Barthes y sus símiles, la IS nunca trató de explicar los signos por sí mismos. No halló ningún interés en estudiar la realidad aparente (el estudio de las «mitologías» o de las «superestructuras», tan querido al espíritu gramsciano), sino que prefirió estudiar la realidad como apariencia. En 1847 Marx había escrito: «Actividad humana = Mercancía. La manifestación de la vida, de la vida activa, aparece como un simple medio: la apariencia, separada de su actividad, es percibida como un fin en sí mismo».

La IS misma sucumbió a este fetichismo al poner toda su atención en las formas: mercancía, sujeto, organización, conciencia. Pero a diferencia de quienes hoy repiten sus ideas preservando únicamente sus partes más vistosas y sus errores (utopía, etc.), la IS no hizo de la confusión entre lenguaje y sociedad una norma. Lo que en la IS fue una contradicción, derivó en raison d’être para el modernismo.

Ningún balance teórico

Nada es más fácil que hacer un balance falso. Incluso se puede volver a hacer uno, como es el caso de la famosa «auto-crítica», cada vez que uno cambia de ideas. Uno renuncia al viejo sistema de pensamiento para adquirir uno nuevo, pero uno no cambia su modo de ser. El «balance teórico» puede ser de hecho la práctica más engañosa de todas, mientras se presenta como la más honesta. La verdadera escisión, se las arregló para no hablar de la IS ni de su fin, sino de un modo que no se enlazara con sus concepciones teóricas. Es decir, se refirió al tema de manera no teórica. Al denunciar (sin duda con sinceridad) el triunfalismo y la auto-complacencia en relación con la IS y dentro de la IS, pero sin hacer una crítica teórica, el libro termina presentando a la IS como un modelo. Debord y Sanguinetti sólo aciertan cuando se trata de criticar a los pro-situs, quienes les inspiraron algunas buenas reflexiones, pero sin ir más allá del nivel de las relaciones subjetivas, de las actitudes. La teoría siempre es vista desde el punto de vista de las actitudes que las encarnan; lo cual constituye sin duda una dimensión importante, pero no la única.

La IS no hizo ningún auto-análisis: la IS surgió, llegó 1968 anunciando el regreso de la revolución, y ahora la IS debe desaparecer para volver a emerger en todas partes. Esta lúcida modestia oculta dos cuestiones esenciales: los autores argumentan como si la perspectiva de la IS hubiera sido totalmente correcta; y no se preguntan si podría haber un vínculo entre la esterilidad de la IS después de 1968 (ver la correspondencia del Debate de Orientación) y la insuficiencia de tal perspectiva. Incluso en el tema de los pro-situs, Debord y Sanguinetti fueron incapaces de establecer ninguna conexión lógica entre la IS y sus discípulos. La IS había sido revolucionaria con ayuda de una teoría basada en actitudes (la que más tarde iba a probar ser un freno a su evolución). Tras el período de la acción revolucionaria, los pro-situ no retuvieron nada más que la actitud. No se puede juzgar al maestro solamente por sus discípulos; pero también es cierto que el maestro tiene, al menos en parte, a los discípulos que ha convocado. La IS aceptó involuntariamente desempeñar el rol de maestro, a través de sus posiciones. No es que haya propuesto directamente un saber-vivir, pero al exponer sus ideas como un «saber-vivir» fustigó a sus lectores con un tal arte de vivir. La verdadera escisión. denuncia el uso ideológico que se le dio a la IS, siendo transformada en espectáculo, dice el libro, por la mitad de los lectores de su publicación. Esto era en parte inevitable, pero por otra se debió a la propia naturaleza de la IS. Toda teoría o movimiento radical es recuperado por su lado más vulnerable: Marx por su estudio de la economía en sí y sus tendencias radical-reformistas; la izquierda alemana por su consejismo, etc. Los revolucionarios se afirman como revolucionarios sacando provecho de estas recuperaciones, suprimiendo sus limitaciones con tal de avanzar hacia una totalización más completa. La verdadera escisión. constituye también una escisión dentro de la cabeza de sus autores. Critican a Vaneigem como si sus ideas fueran ajenas a la IS. Al leer a Debord y Sanguinetti, uno podría creer que la IS no tuvo ninguna responsabilidad por el Tratado.; que las debilidades de Vaneigem le pertenecen exclusivamente a él. O una cosa o la otra: o la IS tomó en cuenta sus errores, en cuyo caso habría que preguntarse por qué no los mencionó en ese momento; o bien los ignoró. Al actuar así, la IS inaugura una nueva práctica organizativa (que SoB habría clasificado con la palabra «burocrática»): no aprender nada de las desviaciones de sus miembros sino hasta después de su exclusión. De modo que la organización conserva su pureza, los errores de sus miembros no la afectan. El problema se origina siempre en las insuficiencias de sus miembros, nunca en sus altas esferas, nunca en la organización misma. Pero, dado que la posible megalomanía de los líderes no puede explicarlo todo, tenemos que ver en este comportamiento el síntoma de una toma de conciencia mistificada acerca de la parálisis del grupo, y de una forma mágica de resolver dicha parálisis. Debord era la IS. Él la disolvió: ello habría sido prueba de una actitud lúcida y honesta si al mismo tiempo no la hubiese eternizado. Si disolvió la IS fue para hacerla perfecta, tan poco abierta a las críticas como él era poco inclinado a criticarse a sí mismo.

Del mismo modo, su película La sociedad del espectáculo fue una excelente forma de eternizar su libro. El inmovilismo va de la mano con la falta de balance. Debord no había aprendido nada. El libro era una teorización parcial: la película lo completaba. Esta esclerosis resulta incluso más chocante al ver lo que se añadió a la película en su re-estreno de 1976. Debord responde a una serie de críticas al film, pero no dice ni una palabra sobre varias personas (algunas muy lejanas a nuestras propias concepciones) que juzgaron con gran severidad la película desde un punto de vista revolucionario. Prefirió contestar a Le Nouvel Observateur [16]. Cada vez más, su problema consistía en defender su pasado, sin poder salir de él, porque lo único que podía hacer en adelante era reinterpretarlo. La IS ya no era su propiedad exclusiva. El movimiento revolucionario va a asimilar a la IS a pesar de los situacionistas.

Un ejercicio de estilo

El Informe verídico. [17] de Sanguinetti podría ser serio, si no fuera porque constituye una prueba de su fracaso. No vamos a juzgar el libro por el público a quien iba dirigido, quienes lo aprecian como una buena broma gastada a la burguesía. Esos lectores se conforman con repetir que los capitalistas son cretinos, incluso que son patéticos comparados con las «auténticas» clases dominantes del pasado; si quisiéramos, afirman, podríamos ser burgueses mucho mejores. El elitismo y la burla del capitalismo son risibles si se las considera como simples reacciones, pero resultan tranquilizadoras cuando se ha perdido la certeza absoluta de que habrá una revolución. Como sea, las denuncias complacientes de la decadencia burguesa distan mucho de ser subversivas. Son propias de quienes (como Sorel) ridiculizan a la burguesía para salvar el capitalismo. Esta actitud es absurda en quienquiera que tenga la más mínima pretensión revolucionaria. Admitamos en todo caso que Sanguinettí se apuntó un buen tanto.

El problema que la mayoría de los comentaristas pasan por alto (y con buena razón) es descubrir si Sanguinetti propone o no una perspectiva revolucionaria. Si la respuesta es negativa, lo único que consiguió fue soltar un petardo en la arena de la política burguesa y del juego de partidos. El budín se prueba al comerlo: el análisis del pasado que Sanguinetti propone es falso, y también lo es la perspectiva revolucionaria que propone.

En primer lugar, no hubo ninguna «guerra social» en Italia en 1969 ni en Portugal en 1976. Mayo del 68 en Francia fue el surgimiento de una vasta organización obrera espontánea: en todo un país, y en cientos de grandes empresas, los proletarios participaron al mismo momento de la «experiencia proletaria», del enfrentamiento con el Estado y los sindicatos, y comprendieron a través de su propia práctica que el reformismo de la clase obrera sólo sirve al capital. Esa experiencia prevalecerá. Fue una ruptura indispensable y perdurable aún cuando hoy la herida parece haberse cerrado.

Sin embargo, la IS creyó que esta ruptura era la revolución misma. 1968 significó para ella lo que 1966 había significado para SoB: la verificación práctica de su teoría, cuando en realidad fue la confirmación de sus límites y el comienzo de sus confusiones. En La verdadera escisión. se afirma que el movimiento de las ocupaciones [18] tenía ideas situacionistas. Pero cuando uno se entera de que casi todos los huelguistas dejaron el control de la huelga en manos de los sindicatos, esto sólo muestra los límites de las ideas situacionistas – a menos que uno mitologice el movimiento de ocupaciones. Esta disposición de parte del movimiento a ignorar al Estado no expresó una superación del jacobinismo, sino su corolario, tal como había sucedido en la Comuna: en 1871 la no destrucción del Estado, su simple democratización, fue a la par con el intento, por parte de algunas personas, de crear una dictadura según el modelo de 1793. Es cierto que al mirar a 1871 o a 1968 debemos subrayar la fuerza y no la debilidad del movimiento comunista, su existencia más que su ausencia; de lo contrario sólo fomentaríamos un pesimismo aristocrático y una negación abstracta de todo lo que no es inmediatamente «la revolución». Pero el movimiento revolucionario sólo lo es si se critica a sí mismo, insistiendo en la perspectiva global, en lo que faltó a los movimientos proletarios del pasado. Su tarea no es valorizar el pasado. Son el Estado y la contrarrevolución los que toman los límites de los movimientos pasados y construyen su programa a partir de esos límites. El comunismo teórico critica las experiencias pasadas, pero también distingue entre lo que han sido asaltos proletarios como en Alemania en 1918-21, y ataques que fueron inmediatamente sofocados por el capital, como en 1871 y en la España de 1936. No se conforma con describir los movimientos positivos, también indica las rupturas que tuvieron que realizar a fin de poder hacer la revolución. La IS hizo todo lo contrario. Es más, empezando en 1968, teorizó una revolución en ascenso. Pero sobre todo, negó el problema del Estado.

«Allí donde los trabajadores son capaces de reunirse en asambleas libremente y sin mediación alguna, para discutir sus problemas reales, el Estado empieza a disolverse». (La verdadera escisión.).

Esto es puro anarquismo. Lejos de querer demoler el Estado, como uno podría esperárselo, el anarquismo se caracteriza más bien por su indiferencia hacia él. A la inversa de ese «marxismo» que privilegia por sobre todo la necesidad de «tomar el poder», el anarquismo de hecho se limita a negar el problema del poder estatal. Estalla la revolución, se constituyen comités y asambleas al margen del Estado y éste, vaciado de su poder, colapsa sin chistar. En cambio el marxismo revolucionario, basado en una concepción materialista de la sociedad, afirma que el Estado no es sólo una espuma que se propaga sutilmente por todas partes, sino que también se concentra en instituciones (y en primer lugar en una fuerza armada) provistas de cierta autonomía, y que jamás perecerán por sí solas. La revolución sólo puede triunfar dirigiendo contra ellas una acción generalizada y a la vez concentrada. La lucha militar está basada en la transformación social, pero tiene su propia función específica. La IS por su parte se entregó a concepciones anarquistas y exageró la importancia de las asambleas obreras (en 1968 la principal preocupación de Pouvoir Ouvrier y del Groupe de Liaison pour l’Action des Travailleurs también era el llamamiento a formar asambleas democráticas de trabajadores).

Asimismo, decir que en Portugal la presión de los obreros puso en peligro la construcción del Estado capitalista moderno, es asumir únicamente el punto de vista del Estado, del capital. ¿Es acaso una preocupación del capital desarrollarse en Portugal, constituir allí un nuevo y vigoroso polo de acumulación? ¿Acaso la «revolución de los claveles» no buscó canalizar las confusas aspiraciones proletarias y populares hacia unas reformas ilusorias, para que el proletariado permaneciera dócil? Misión cumplida. No se trata de una semi-victoria para el proletariado, sino de una derrota casi total, en la cual la «experiencia proletaria» casi no existió, pues no hubo, por así decir, ninguna confrontación directa, ningún alineamiento de proletarios en torno a una posición opuesta al capitalismo. Nunca dejaron de apoyar al Estado democratizado, incluso cuando ello los enfrentó a los partidos, a los que acusaban de «traición» [19].

Ni en Italia en 1969 ni en Portugal en 1974-75 hubo ninguna «guerra social». ¿Qué es una guerra social sino una lucha frontal entre las clases, que pone en tela de juicio las bases mismas de la sociedad: el trabajo asalariado, el intercambio, el Estado? Ni siquiera hubo el comienzo de una confrontación entre las clases, o entre el proletariado y el Estado, en Italia ni en Portugal. En 1969 los movimientos de huelga desembocaron a veces en disturbios, pero no todo disturbio es el comienzo de una revolución. Los conflictos surgidos de reivindicaciones pueden volverse violentos e incluso desencadenar un combate contra las fuerzas del orden. Pero el grado de violencia no es revelador del contenido de la lucha. Aún cuando batallaban contra la policía, los trabajadores seguían creyendo en un gobierno de izquierda. Reclamaban un «estado verdaderamente democrático» contra las fuerzas conservadoras que supuestamente lo dominaban.

Explicar el fracaso de la «guerra social» por la presencia de los PC es tan poco serio como achacarlo a la ausencia del partido. ¿Deberíamos preguntarnos si la revolución alemana se descarrió en 1919 por causa del SPD y los sindicatos? ¿O mejor deberíamos preguntar por qué el SPD y los sindicatos existían, por qué los obreros seguían apoyándoles? Siempre hay que partir desde dentro del proletariado.

Sin duda es reconfortante ver que un libro que muestra al PC como uno de los pilares del capitalismo alcanza una amplia difusión. Pero se trata de un éxito ambiguo. Si el capital carece de cualquier pensamiento propio, o si ya no tiene pensadores (lo cual no es así en todo caso), la IS piensa bastante bien en su lugar, pero bastante mal para el proletariado, como veremos. Sanguinetti termina razonando en términos capitalistas. De hecho, construye un análisis muy propio de un capitalista que hubiese asimilado nociones de marxismo vulgar. Es la burguesía hablando de revolución allí donde no hay ninguna. Para los burgueses, las fábricas ocupadas y las barricadas en las calles representan el comienzo de una revolución. El marxismo revolucionario en cambio no toma la apariencia por realidad, no confunde el momento con el todo. La «pesadez» del marxismo es siempre preferible a la ligereza sin contenido. Pero dejemos a los lectores elegir de acuerdo a lo que motiva su lectura.

La IS ha llevado a feliz término un ejercicio de estilo: éste es el veredicto final para un grupo que se burló del culto al estilo en un mundo sin estilo. Ha terminado haciendo de capitalista, en el sentido más cabal del término. Su perspicacia no tiene comparación, pero al final no le queda nada más que perspicacia. La IS le da buenos consejos a los capitalistas y malos consejos a los proletarios, a quienes no tiene nada más que proponerles que consejismo.

El Informe verídico. contiene dos ideas: 1) la participación del PC en el gobierno es indispensable para el capitalismo italiano; y 2) la revolución consiste en la formación de consejos obreros. La segunda idea es falsa, la primera verdadera; capitalistas como Agnelli también lo han expresado así. En una palabra, Sanguinetti logró captar la totalidad como un burgués, y nada más.

Quería hacerse pasar por un burgués ilustrado, y lo consiguió demasiado bien. Se derrotó a sí mismo en su propio juego.

Recuperación

En el mismo momento, Jaime Semprun, el autor de La guerra social en Portugal, publicó su Precis de recuperation. He aquí lo que la IS dijo alguna vez sobre «recuperación»:

«Es normal que nuestros enemigos deban usarnos parcialmente. al igual que el proletariado, no pretendemos ser inexplotables bajo las actuales condiciones» (IS # 9).

«Los conceptos fundamentales permiten al mismo tiempo los usos más verdaderos y los más mentirosos. porque la lucha de la realidad crítica contra el espectáculo apologético nos lleva a una lucha por las palabras, lucha que se vuelve más cruenta a medida que las palabras adquieren mayor importancia. No es la purga autoritaria lo que demuestra la verdad de un concepto, sino la coherencia de su uso en la teoría y en la vida práctica» (IS # 10).

Si la contrarrevolución se apropia de las ideas revolucionarias no es porque sea maligna y manipuladora, o falta de ideas, sino porque las ideas revolucionarias se refieren a problemas reales que la contrarrevolución también tiene que enfrentar. Es absurdo lanzar acusaciones contra el enemigo por su utilización de temas y nociones revolucionarias. Hoy en día todos los términos, todos los conceptos están pervertidos. El movimiento subversivo sólo se los reapropiará mediante su propio desarrollo teórico y práctico.

Desde fines del siglo 19 el capitalismo y el movimiento obrero han engendrado una multitud de pensadores que toman las ideas revolucionarias sólo para vaciarlas de su contenido subversivo y adaptarlas al capital. La burguesía tiene, por su propia naturaleza, una visión limitada del mundo. Está obligada a invocar la visión de la clase que es portadora de un proyecto nuevo, el proletariado. Este fenómeno se ha intensificado desde que el marxismo fuera reconocido oficialmente como provisto de utilidad pública. En una primera época, el capital extrajo de la visión proletaria el sentido de unidad de todas las relaciones y el de la importancia de la economía (en el sentido en que Lukacs afirmó con razón que el capitalismo produce una visión fragmentada de la realidad). Pero cuando el capitalismo extiende su dominio al conjunto de la vida, esta visión – la del marxismo economicista vulgar de viejo cuño – se vuelve inapropiada a esta complejidad y a la extensión de los conflictos a todos los niveles. En el período siguiente, el actual, el marxismo determinista ortodoxo ha sido rechazado por la burguesía. Hace cincuenta años en las universidades era bien visto encogerse de hombros frente a El Capital; alrededor de 1960 se volvió aceptable encontrar algunas «ideas interesantes» en él; tanto más si estaban siendo aplicadas en la Unión Soviética. Hoy en cambio, para estar a la moda basta con decir que El Capital se inscribe en la tradición racionalista y reduccionista de la filosofía occidental desde Descartes, incluso desde Aristóteles. El nuevo marxismo oficial no es el eje de ningún análisis; más bien se aplica un poco de él en todas partes, para recordarnos el carácter «social» de toda práctica. La «recuperación» de la IS es sólo un caso particular.

Uno de los canales naturales de esta evolución es la universidad, pues el aparato del que forma parte respalda una parte considerable de las investigaciones sobre la modernización del capital. El pensamiento «revolucionario» oficial es el puesto de avanzada del capital. Hay miles de funcionarios asignados para criticar el capitalismo desde todos los ángulos.

El modernismo expresa la crisis social de la que la crisis del proletariado es sólo un aspecto. Construye sus objetivos partiendo de los límites que el movimiento subversivo encuentra a cada paso que da. Sirve especialmente para justificar el reformismo inmediato a nivel social. De hecho, el reformismo del movimiento obrero tradicional ya no necesita justificarse, ya que se ha convertido en la norma. En cambio el reformismo de las costumbres y de la vida cotidiana aún tiene que ser teorizado, en oposición al movimiento revolucionario del que surge como una desviación, y también contra las fracciones más atrasadas del capital, que rechazan unas libertades que en realidad se han vuelto inofensivas para el capital. Si el modernismo prospera es porque ayuda al capital a librarse de las restricciones a la libertad capitalista (sic). El reformismo de lo cotidiano todavía está en su fase ascendente, así como lo estaba el reformismo económico de clase obrera hace setenta años.

El rasgo común a todo modernismo es que toma la teoría revolucionaria por mitades; su enfoque es básicamente el del «marxismo» contra Marx. Su axioma es llamar no a la revolución, sino a la liberación respecto a un cierto número de restricciones. Persigue el máximo de libertad dentro de la sociedad existente. Su crítica apuntará siempre a la mercancía pero no al capital, a la política pero no al Estado, al totalitarismo pero no a la democracia. ¿Será accidental que su representante histórico, Marcuse, provenga de una Alemania obligada a renunciar a las aspiraciones radicales de 1917-21?

Es legitimo denunciar las deformaciones de la teoría revolucionaria con el fin de darle una precisión absoluta a las cosas, a condición, eso sí, de que se proponga más que una simple denuncia. En el libro de Semprun no se puede hallar ni una pizca de teoría. Tomemos dos ejemplos. En su crítica de G. Guegan [20], Semprun expone lo que él considera importante. ¿Por qué entonces se empeña en destruir a ese personaje? Desmarcarse, incluso con un lenguaje violento, no tiene sentido a menos que uno se sitúe en un nivel más alto. Semprun dedica varias páginas a revelar la vida de Guegan, pero si realmente hacía falta hablar de él, más valía ir directamente a su revista Cahiers du futur (Cuadernos del futuro). Si el primer número fue vanamente pretencioso, el segundo, dedicado a la contrarrevolución, es particularmente detestable. Intenta presentar el hecho de que la contrarrevolución se nutre de la revolución como si esto fuera una paradoja, se complace en mostrar la confusión sin explicar nada, como si bastara con exponerla entre comentarios morbosos, y concluye mandando al diablo a todo el mundo. Esta ridiculización (¿intencional?) de toda actividad revolucionaria sólo viene a añadir más confusión y fomenta un sentimiento de superioridad entre quienes lo han comprendido todo porque han estado allí: «A eso conduce la revolución.» (léase: «Así era yo cuando militaba.»). Sólo podemos imaginar lo que la IS en sus inicios habría dicho sobre esto.

Semprun muestra también cómo Castoriadis [21] ha introducido una innovación al hacerse cargo él mismo de «recuperar» sus propios textos revolucionarios del pasado, esforzándose por volverlos ilegibles al llenarlos de prefacios y notas al pie. Esto puede parecer gracioso a primera vista, pero lo es menos si consideramos cuánto le debe la IS a SoB. Semprun hasta se muestra condescendiente para con el período «marxista» de Chaulieu. Sugiere que la ultraizquierda era en efecto árida y estéril, pero no tanto como para que Debord no se uniera a ella. Nos guste o no, esto es pura falsificación: trata de distraer al lector para hacerle olvidar lo mucho que la bancarrota de la IS le debe a Chaulieu incluso antes de que éste último quedara arruinado.

En estos dos casos como en otros, se juzga a los individuos por sus actitudes, no por su evolución teórica, de la que habría que sacar provecho. Semprun nos ofrece una galería de retratos morales. No analiza, sino que juzga, escarmienta con dureza a los imbéciles que robaron ideas de la IS. Pero al criticar tales actitudes, él mismo se reduce a no ser más que una actitud.

Como toda práctica moralista, ésta conduce a algunas monstruosidades. Lo más chocante es el agravamiento de la práctica organizacional que mencionábamos más arriba en relación a La verdadera escisión. Actuando como guardaespaldas de Debord, Semprun ajusta cuentas con ex miembros de la IS. Al leer estos textos, un principiante podría pensar que la IS nunca fue gran cosa. Ocupado en autodestruirse, Debord dio rienda suelta a un sectarismo que revelaba su miedo al mundo. Por eso el estilo de Semprun sólo es capaz de insultar todo lo que se encuentre a su alcance y que no sea Debord. Semprun no es más que una delimitación al respecto. No sabe si aprobar o desdeñar. De la crítica radical, sólo ha aprendido el desprecio.

Espectáculo

La IS siempre valoró su marca registrada y se publicitó a sí misma. Una de sus mayores debilidades fue su pretensión de mostrarse libre de debilidades, libre de errores, como si en su interior se hubiera desarrollado el súper-hombre. Hoy por hoy no es más que eso. En tanto crítica de los grupúsculos y del militantismo, la IS se hizo pasar por una Internacional, mofándose de la política. El rechazo del militante seudo-serio reducido al espíritu de claustro sirve hoy en día para rehuir los problemas serios. Voyer [22] practica la burla sólo para volverse risible. La prueba de que la IS está acabada es que sigue teniendo la misma forma: en tanto crítica del espectáculo, la IS da muestras de su bancarrota al hacer de sí misma un espectáculo, convirtiéndose así en lo contrario de aquello para lo que había nacido.

Por esto, la IS sigue siendo apreciada por un público que tiene una desesperada necesidad de radicalidad, de la cual no retiene más que la letra y las manías. Nacida de una crítica del arte, la IS ha terminado siendo usada (a pesar y a causa de sí misma) como una pieza de literatura. Algunos disfrutan leyendo a la IS o a sus descendientes, o los clásicos que la IS apreciaba, así como otros disfrutan escuchando a los Doors. En el período en que la IS realmente estaba comprometida en una exploración, y en una auto- exploración, cuando la práctica del sarcasmo revestía un desarrollo teórico y humano real, cuando el humor no era empleado simplemente como una máscara, el estilo de la IS era mucho menos fluido y fácil que el de sus escritos actuales. Los textos fecundos son difíciles tanto para su autor como para sus lectores. Los textos que no contienen nada más que estilo fluyen con facilidad.

La IS contribuyó al bien común revolucionario, pero sus debilidades también se han convertido en alimento para una audiencia de freaks que ni trabajan ni son intelectuales, gente que no hace nada. Carentes de práctica, de pasión y hasta de necesidades, no tienen en común más que sus problemas sicológicos: cuando la gente se reúne para no hacer nada, no les queda nada que compartir excepto su subjetividad. Necesitan a la IS porque en su obra encuentran la justificación teórica instantánea para su apego a ese tipo de relaciones. La IS les da la impresión de que la realidad fundamental reside en las relaciones intersubjetivas inmediatas, y que la acción revolucionaria consiste en desarrollar una radicalidad en ese nivel, especialmente rehuyendo el trabajo asalariado, práctica que coincide con su existencia como déclassés (desclasados). El secreto de esta radicalidad consiste en rechazar todo lo que existe (incluso el movimiento revolucionario) oponiéndole cualquier cosa que parezca ir más lejos – aunque no tenga nada de revolucionario. En este antagonismo puro no hay nada de revolucionario excepto las palabras. Todo estilo de vida tiene sus reglas, que son tan opresivas como las reglas del mundo «burgués». Con frecuencia, se trata simplemente de valores burgueses invertidos, bajo la forma de una apología del no-trabajo, de la vida marginal, de cualquier cosa que parezca transgresora. El izquierdismo defiende al proletariado como un elemento positivo dentro de esta sociedad; los pro-situs se glorifican a sí mismos (en tanto proletarios) como pura negación. Y aunque los que poseen más sustancia teórica siempre invocan la «crítica de la IS», esta sería una crítica imposible para ellos en tanto sería también la crítica de su medio.

La fuerza de la IS no radica en su teoría, sino en una exigencia teórica y práctica que su teoría ayudó a precisar, pero que ella misma no cumplió más que parcialmente. La IS fue la afirmación de la revolución. Su esplendor coincidió con un período en el que se podía pensar que pronto habría una revolución; pero no estaba equipada para sobrevivir pasado ese periodo. Tuvo éxito como auto-crítica de un estrato social incapaz de hacer por sí mismo la revolución, y que denunció sus propias pretensiones (por ejemplo, la pretensión izquierdista de que los obreros sean dirigidos por elementos «concientes» desprendidos de la clase media).

Subjetividad radical

En relación con el marxismo revolucionario clásico (del cual Chaulieu fue un buen ejemplo), la IS tuvo la misma función, y padeció las mismas limitaciones, que Feuerbach respecto al hegelianismo. A fin de escapar de la dialéctica opresiva de alienación/objetivación, Feuerbach construyó una visión antropológica que ponía al Hombre, y especialmente el amor y los sentidos, en el centro del mundo. Para escapar del economicismo y del fetichismo fabril de la ultraizquierda, la IS elaboró una visión centrada en las relaciones humanas, en consonancia con la realidad, materialista, sólo si aquellas relaciones cobran la totalidad de su consistencia en tanto incluyen la producción, el trabajo. La antropología feuerbachiana preparó el camino para el comunismo teórico tal como Marx lo sintetizó en su propia época, mediante la transición de los Manuscritos de 1844. Del mismo modo, la teoría de las «situaciones» ha sido integrada en una visión del comunismo que la propia IS no podría haber formulado, tal como demuestra hoy día el artículo Un monde sans argent [23].

Por la misma razón, Debord leyó a Marx con los ojos de Cardan, concluyendo que el Marx «maduro» se había entregado a la economía política, lo cual es falso. Si se considera el problema en su conjunto, Debord tiene una visión estrecha del comunismo. La IS no llegó a concebir a la especie humana y su reconciliación con la naturaleza; su perspectiva se limitó a un universo demasiado occidental, industrial, urbano. Se equivocó acerca de la automatización; y habló de «dominar la naturaleza», revelando en ello la influencia de SoB. Al abordar las condiciones materiales en relación con la organización del espacio, trataba el tema como un asunto de «relaciones entre personas». SoB se encasilló en los límites de la empresa; la IS en los de la subjetividad. Llegó tan lejos como pudo, pero siempre siguiendo su trayectoria inicial. Pero el comunismo teórico es más que una antropología revolucionaria. El mérito de los Manuscritos de 1844 es que asimilan la visión de Feuerbach resituando al Hombre en la totalidad de sus relaciones.

La IS le debe mucho a los textos del joven Marx, pero nunca captó una de sus dimensiones más importantes. Mientras que otros comunistas rechazaban la economía política por ser una mera justificación del capitalismo, Marx la superó. La comprensión del proletariado supone la crítica de la economía política. La IS tiene mucho más en común con Moses Hess y Wilhelm Weitling, con Feuerbach y Stirner, expresiones de un momento dado en el desarrollo del proletariado. La época que los produjo (1830-48) se asemeja mucho a la nuestra. Al oponer la subjetividad radical contra un mundo de objetos mercantiles y relaciones reificadas, la IS expresó una exigencia fundamental, pero que tenía que ser superada. Becker, un amigo de Weitling, había escrito en 1844:

«Queremos vivir, disfrutar, entenderlo todo… si al comunismo le concierne la materia, es sólo para dominarla, subordinándola a la mente y al espíritu…»

Gran parte de las discusiones actuales reproducen estos debates anteriores a 1848. Al igual que Invariance hoy en día, Feuerbach concibió a la humanidad como un ser que posibilita la abolición del aislamiento:

«Estar aislado significa tener una vida estrecha y limitada, mientras la comunidad, por contraste, significa una vida infinita y libre».

Aunque conceptualizó la relación entre el Hombre y la Naturaleza (reprochándole a Hegel haberla ignorado), Feuerbach hizo de la especie humana un ser que está por encima de la vida social: «La unidad del Yo y del Tú es Dios». En los Manuscritos de 1844 Marx dio a los sentidos su lugar dentro de la actividad humana. En cambio Feuerbach hizo del sensualismo (sic) el problema principal:

«La nueva filosofía se sostiene sobre la verdad de los sentimientos. En el amor, y de un modo más general, en sus sentimientos, cada hombre afirma la verdad de la nueva filosofía».

El renacimiento teórico en torno a 1968 renovó el viejo concepto al interior de los mismos límites. Stirner opuso la «voluntad» del individuo al moralismo de Hess y a la denuncia del egoísmo hecha por Weitling; tal como la IS opuso el placer revolucionario al auto-sacrificio militante. Tal insistencia sobre la subjetividad demuestra que los proletarios no han logrado todavía objetivar una práctica revolucionaria: cuando la revolución no pasa de ser un deseo, es tentador convertir el deseo en el eje motriz de la revolución.

Notas

[1] NdT: Invariance: revista publicada por un grupo desprendido del Partido Comunista Internacional (Programme Communiste), el más dogmático y voluntarista de los subproductos de la izquierda bordiguista italiana. Tras varios años de involuciones teóricas oscuras, aunque a veces brillantes, el editor de Invariance, Jacques Camatte, terminó afirmando que el capital ha escapado a la ley del valor, y que por lo tanto el proletariado ha desaparecido. Para una introducción en inglés a su punto de vista, ver The Wandering of Humanity publicado por Black and Red, Detroit. [Nota de John Gray: Algunos artículos de Camatte traducidos al inglés, entre ellos The Wandering of Humanity se encuentran en el libro This World We Must Leave and Other Essays (ed. Alex Trotter – Autonomedia, New York, 1995)]

[2] NdT: El término «signo» es empleado en los escritos estructuralistas para designar un significante (representación) que se ha separado de lo que originalmente significaba (un fenómeno de la realidad). El «signo» es una representación que sólo hace referencia a sí misma, es decir, que se ha vuelto «tautológica». Un ejemplo de ello sería el crédito, expandido a cantidades cada vez mayores al extremo de que grandes bancos, mediante créditos que es imposible pagar, llevan a las naciones a la bancarrota: aquí el signo es una representación de mercancías que jamás serán producidas.)

[3] NdT: Joseph Dejacque : Artesano comunista francés activo en la sublevación de 1848. Existe una recopilación de sus escritos bajo el título de Bas les chefs (Champ Libre, Paris 1974).

[4] NdT: La lucha en torno a Radio Renascensa en Portugal durante 1975 ejemplifica este punto.

[5] NdT: Publicado en inglés con el título The Totality for Kids. [Nota de John Gray: Disponible en dos partes en el sitio www.nothingness.org]

[6] NdT: En una serie de artículos publicados en Socialismo o Barbarie, quedó demostrado que la industria capitalista necesita de la cooperación activa y creativa de los obreros para seguir funcionando. El ejemplo más ilustrativo de ello está en la táctica de los obreros de base británicos denominada «trabajo en regla», en la que todas las tareas son desempeñadas siguiendo al pie de la letra lo que establece el contrato sindical y las especificaciones del empleador. Normalmente esto lleva a una baja de la productividad de hasta el 50%.

[7] NdT: Este concepto fue crucial para el «urbanismo unitario» en los comienzos de la IS. A grandes rasgos, significa dar vueltas usualmente a pie, por una ciudad, explorando y analizando la vida de la urbe a medida que se la recorre.

[8] NdT: La veritable scission dans I’Internationale: Editions Champ Libre. Documentos de varios miembros de la IS en torno a la división y disolución del grupo. [Nota de John Gray: En 1974 se publicó una traducción inglesa titulada «The Veritable Split in the International»]

[9] NdT: Henri Lefebvre: alguna vez fue el más sofisticado defensor filosófico del PC francés (ver su Materialismo Dialéctico, Cape Editions, Londres). Lefebvre rompió con el partido y a fines de los 50 y principios de los 60 empezó a elaborar una «teoría crítica de la vida cotidiana» . Aunque nunca pasara de tener un punto de vista esencialmente académico y sociologista, su trabajo fue importante para la IS. Cuando Lefebvre publicó un texto sobre la Comuna de París, la IS lo denunció por tratarse en gran medida de un plagio de sus «14 Tesis» sobre el mismo tema. [Nota de John Gray: Lefebvre niega el plagio y formula algunas acusaciones interesantes en una entrevista disponible en el sitio web de Not Bored: http://www .notbored.org/lefebvre-interview.html]

[10] NdT: Publicado en EEUU como Decline and Fall of the Spectacular Commodity Economy. [Nota de John Gray: disponible en el sitio del Bureau of Public Secrets, en: http://www.bopsecrets.org/SI/10.Watts.htm]

[11] NdT: Partido Comunista Internacionalista (fundado en 1943); su revista en inglés es Communist Program. [Nota de John Gray: Las rupturas ocurridas a lo largo de años han llevado a la formación de varios partidos comunistas internacionalistas. Se pueden conocer detalles sobre los contendientes actuales en el sitio web de la Biblioteca Internacional de la Izquierda Comunista: http://www.sinistra.net/con/addresses.html. La mejor historia de esta corriente que se haya escrito es la de Philippe Bourrinet, en línea [en castellano] aquí: http://www.left-dis.nl/e/gci/index.htm. La traducción inglesa de este libro fue publicada originalmente por la Corriente Comunista Internacional (CCI), de la que Bourrinet formaba parte, con el títuloThe Italian Communist Left 1926-45 (ICC, 1992).

[12] NdT: Ratgeb, seudónimo usado por Vaneigem para firmar su libro De la huelga salvaje a la autogestión generalizada, Editions 10/18, Paris, 1973. [Nota de John Gray: Traducido al inglés sin el prefacio, bajo el título Contributions to the revolutionary struggle intended to be discussed, corrected, and principally put into practise without delay (Bratach Dubh, 1981). Disponible en línea aquí: http://www.sindominio.net/ash/salvaje.htm]

[13] NdT: Este fetichismo de la «autonomía» derivó en un juego sucio entre los grupos prositus. Primero pedían «dialogar» con quienes se «vieran reflejados» en sus textos. Cuando los incautos simpatizantes respondían a esta petición, eran instados a realizar alguna «práctica autónoma» para probar que no eran «simples espectadores». Lo más sinceros lo intentaban, y el resultado inevitable era recibir acusaciones brutales de «incoherencia», «confusionismo», etc., por parte de los prositus. Así las relaciones eran rotas.

[14] NdT: Así por ejemplo el efecto subversivo del rechazo masivo a pagar y de la libre distribución de bienes y servicios llevados a cabo por el movimiento italiano de «auto-rebaja». Naturalmente, en una situación revolucionaria propiamente tal, estas prácticas llegarían mucho más lejos e incluirían la comunización inmediata de los medios de producción clave, para asegurar la supervivencia del movimiento proletario y para debilitar la base de las fuerzas capitalistas remanentes.

[15] NdT: Publicado en 1975.Distribuido por Editions de I’Oubli, Paris.

[16] NdT: Semanario de la izquierda intelectual francesa.

[17] NdT: Veridique rapport sur les derniers chances de sauver le capitalisme en Italie. [Nota de John Gray: Traducido hace poco por Len Bracken y publicado por Flatland Books]

[18] NdT: Por ejemplo el movimiento de ocupación de los lugares de trabajo y las facultades durante mayo del 68.

[19] NdT: El traductor no está de acuerdo con esta apreciación; ver por ejemplo el balance la huelga de TAP en Portugal: Anti-Fascism or Anti-Capitalism, Root and Branch, 1976.

[20) NdT: Geugan fue el director y verdadero fundador de las ediciones Champ Libre hasta que fue despedido en 1975. Actualmente es un personaje de moda en los círculos literarios y de vanguardia.

[21] NdT: Cardan es el verdadero nombre de Chaulieu. [Nota de John Gray: Tanto Chaulieu como Cardan fueron los seudónimos que usó Cornelius Castoriadis.]

[22] NdT: Jean-Pierre Voyer, autor de Reich: How to Use (publicado por el Bureau of Public Secrets, P.O. Box 1044 Berkeley, Ca. 94701) y de otros textos publicados por Champ Libre. [Nota de John Gray: en el sitio web del Bureau of Public Secrets hay algunos textos de Voyer disponibles: http://www.bopsecrets.org/]

[23] Le communisme : un monde sans argent (3 vols.), por la Organization des jeunes Travailleurs Revolutionnaires. Paris, 1975. [Nota de John Gray: http://www.geocities.com/johngray/~mondtitl.htm]

[*] El texto en inglés dice «To be sure, this critique tended to be expressed in a rigid parliamentarism», afirmación que no tiene sentido. Asumiendo que se trata de un error tipográfico, hemos traducido esa última expresión por «anti-parlamentarismo», que es lo que lógicamente corresponde decir de la izquierda comunista italiana, también llamada «fracción abstencionista»(NdT)

De vuelta a la Internacional Situacionista

Gilles Dauvé, 2000

En el año 2000, «sociedad del espectáculo» se ha convertido en una frase de moda, no tan famosa como solía serlo «lucha de clases», pero más aceptable socialmente. Es más, la IS ha sido eclipsada por su figura principal, Guy Debord, retratado hoy en día como el último revolucionario romántico. Tanto en Berlín como en Atenas, uno tiene que ir más allá de la moda situacionista para poder afirmar que la IS contribuyó a la revolución; de la misma manera que hay que desgarrar el velo «marxista» para entender lo que realmente dijo Marx y lo que esto aún significa para nosotros.

La IS mostró que no puede haber revolución sin una comunización inmediata y generalizada de toda la vida, y que tal transformación es uno de los requisitos para la destrucción del poder estatal. Revolución significa poner fin a todas las separaciones, y en primer lugar a esa separación que reproduce todas las demás: el trabajo escindido del resto de la vida. Librarnos del trabajo asalariado implica des- mercantilizar la forma en que comemos, dormimos, aprendemos y olvidamos, nos desplazamos de un lugar a otro, iluminamos nuestras habitaciones, nos relacionamos con el roble que hallamos en el camino, etc.

¿Son banalidades? Bueno, no siempre lo han sido, y todavía no lo son para cada cual.

Basta con leer los Principios de la Producción y Distribución Comunista [1] escrito en 1935 por la izquierda germano-holandesa, para darnos cuenta de los alcances de la evolución. Al igual que Bordiga y sus sucesores, consideraban el comunismo como un programa a poner en práctica tras la conquista del poder. Sólo recordemos lo que se decía por 1960, cuando los radicales debatían sobre el «poder obrero» y definían el cambio social como un proceso esencialmente político.

Revolución es comunizacion. Esto tiene tanta importancia como la tuvo, por ejemplo, el rechazo de los sindicatos después de 1918. No estamos afirmando que la teoría revolucionaria debe cambiar cada treinta años, sino que una considerable minoría proletaria rechazó los sindicatos después de 1914, y que otra minoría activa hizo una crítica de la vida cotidiana en los años 60 y 70. La IS traspasó los límites de la economía, la producción, la fábrica y el obrerismo porque, en esa época, desde Watts hasta Turín, los proletarios estaban cuestionando el sistema de trabajo y las actividades extra-laborales. Sin embargo, muy escasamente ambos terrenos fueron atacados por los mismos grupos: los negros se amotinaron contra la mercantilización de la vida en el ghetto; al mismo tiempo que obreros negros y blancos se rebelaban ante la perspectiva de ser reducidos a engranajes de una máquina; pero ambos movimientos fueron incapaces de fusionarse. En la fábrica, los trabajadores rechazaban el trabajo, y a la vez exigían salarios más altos: el trabajo asalariado como tal nunca fue puesto en cuestión. Con todo, hubo intentos de criticar el sistema en su conjunto, por ejemplo en Italia, y la IS fue uno de los canales a través de los cuales aquellos esfuerzos encontraron su expresión.

Es ahí donde los situacionistas siguen iluminándonos; y donde también quedan expuestos a la crítica.

El límite de la IS está en su aspecto más fuerte: una crítica de la mercancía que quiso volver a lo esencial sin poder alcanzar la esencia.

La IS asimiló y rechazó a la izquierda consejista. Al igual que SoB, consideró al capital como un modo de administración que priva a los proletarios del control de sus propias vidas, concluyendo de ahí que se debía encontrar un mecanismo social que permitiera a todos participar en la administración de su vida. La teoría de SoB acerca del «capitalismo burocrático» le daba más importancia a la burocracia que al capital. Asimismo, en la teoría situacionista de la «sociedad espectacular» el capitalismo parece estar más determinado por el espectáculo que por el capital mismo. Ciertamente fue en sus últimos escritos que Debord redefinió el capitalismo como un espectáculo totalmente integrado, pero esa confusión había estado presente desde que el libro La sociedad del espectáculo cometió el error de tomar la parte por el todo, en 1967.

El espectáculo no se genera a sí mismo. Está arraigado en las relaciones de producción, y sólo se le puede comprender mediante un análisis del capital, y no a la inversa. Es la división del trabajo lo que transforma al trabajador en un espectador de su actividad, de su producto, y finalmente de su propia vida. El espectáculo es nuestra existencia alienada en imágenes que lo alimentan, el resultado autonomizado de nuestros actos sociales. Empieza en nosotros y se separa de nosotros por medio de la representación universal de las mercancías. Se vuelve exterior a nuestra vida porque nuestra vida constantemente reproduce su exteriorización.

El énfasis puesto en el espectáculo llevó a luchar por una sociedad no-espectacular: en el pensamiento situacionista, la democracia obrera funciona como un antídoto para la contemplación, como la mejor forma posible de crear situaciones. La IS buscaba una democracia auténtica, una estructura donde los proletarios no fueran más simples espectadores. Buscó un medio (la democracia), un lugar (el consejo) y una forma de vida (la autogestión generalizada) que le diera a la gente el poder para romper las cadenas de la pasividad.

Las versiones de Debord y de Vaneigem de la IS no son contradictorias. Tanto el consejismo como la subjetividad radical enfatizan la auto-actividad, ya sea que venga de la colectividad obrera o de un individuo.

«Creo que todos mis amigos y yo estaríamos satisfechos trabajando anónimamente, con salarios de obreros cualificados, en el Ministerio del Ocio de un gobierno que se preocupase finalmente por cambiar la vida». (Debord, Potlatch, n.29, 1957).

Al principio, los situacionistas creían posible experimentar directamente con nuevas formas de vida. Pronto se dieron cuenta de que tales experimentos requerían una reapropiación colectiva completa de las condiciones de existencia. El asalto inicial sobre el espectáculo en tanto pasividad les llevó a la afirmación del comunismo como actividad. Este es un descubrimiento fundamental respecto al cual no podemos dar marcha atrás. Sin embargo, a través de todo el proceso de este (re)descubrimiento, el error fue asumir que la vida debe tener algún uso, lo cual lógicamente llevó a los situacionistas a buscarle un uso totalmente diferente.

Esta búsqueda de un uso diferente de la vida alimentó y a la vez debilitó la crítica situacionista del militantismo [2].

Era preciso denunciar la acción política como actividad separada donde el individuo milita por una causa abstraída de su propia vida, reprimiendo sus deseos y sacrificándose por un objetivo externo a sus sentimientos y deseos. Todos hemos visto ejemplos de dedicación a un grupo y/o visión del mundo que vuelve a la persona insensible a los hechos reales, e incapaz de realizar actos subversivos cuando éstos son posibles.

Pero sólo el juego de relaciones reales puede prevenir el desarrollo de esta debilidad personal y auto- negación alienada. Por el contrario, la IS invocó una radicalidad total y una consistencia de 24 horas al día, sustituyendo la moral militante con una moral radical, lo que es igualmente irrealizable. Los balances hechos por la IS misma en torno a su deceso después de 1968 son tristes de leer: ¿por qué casi ningún miembro demostró estar a la altura de la situación? ¿Guy Debord fue el único que lo estuvo? Quizás el principal error de Debord fue actuar (y escribir) como si él nunca pudiera equivocarse.

Había sido subversivo burlarse de la falsa modestia militante haciéndose llamar «Internacional», y volver el espectáculo contra sí mismo, como en el escándalo de Estrasburgo (1967). Pero el tiro les salió por la culata cuando los situacionistas trataron de usar las técnicas publicitarias contra el sistema de propaganda. Su exigencia de «Parar el show» degeneró en que ellos terminaran haciendo un show de sí mismos, y finalmente, fanfarroneando.

No es accidental que la IS disfrutara citando a Maquiavelo y a Clausewitz. De hecho, los situacionistas creían que si se aplicaba con astucia y estilo, una buena estrategia le permitiría a un pequeño grupo de jóvenes listos golpear a los medios en su propio terreno, e influenciar a la opinión pública en un sentido revolucionario. Esto por sí solo prueba que no comprendían la sociedad del espectáculo.

Antes y durante 1968, a menudo la IS había mantenido la actitud correcta frente a realidades que precisan ser ridiculizadas antes de que podamos revolucionarlas: la política, la ética del trabajo, el respeto por la cultura, la buena voluntad izquierdista, y así sucesivamente. Más tarde, cuando la actividad situacionista decayó, no quedó mucho más que una actitud, y pronto ni siquiera la actitud correcta, puesto que cayó en la auto-valorización, en el fetichismo consejista, en una fascinación por el lado oculto de los asuntos mundiales, a lo que se suman análisis erróneos de los acontecimientos en Italia y Portugal.

La IS anunció la llegada de la revolución. Lo que llegó tuvo muchas de las características vaticinadas por la IS. Las consignas callejeras en el París del 68 o en Bolonia el 77 hicieron eco a los artículos publicados en la revista de tapas brillantes. Sin embargo, no fue una revolución. La IS aseguraba que sí había ocurrido una. La democracia generalizada (y sobre todo, la democracia obrera) había sido el sueño subversivo de finales de los 60 y comienzos de los 70: en vez de percibirla como la limitación del período, los situacionistas la interpretaron como una confirmación de su llamado a formar consejos obreros. Fueron incapaces de ver que la autogestión autónoma de la lucha en las fábricas sólo puede ser un medio, nunca un fin en sí mismo, ni menos un principio.

La autonomía fue la clave del espíritu de esa época: de lo que se trataba era de liberarse del sistema, no de liquidarlo.

La revolución futura no será tanto la suma del proletariado como un bloque, sino más bien la desintegración de lo que día tras día reproduce a los proletarios en tanto proletarios. Este proceso implica reunirse y organizarse en el lugar de trabajo, pero también implica transformarlo y salir de él tanto como nos aunamos en él. La comunización no será como San Francisco en 1966, ni tampoco será una versión a gran escala de las viejas huelgas de fábrica.

La IS terminó combinando el consejismo con las ilusiones sobre un «savoir – vivre» (saber vivir) revolucionario, un estilo de vida subversivo. Exigió un mundo en que la actividad humana consistiera en un goce permanente, y se figuró el fin del trabajo como el comienzo de una diversión y un placer infinitos. Nunca superó la perspectiva tecno-progresista de una abundancia inducida por la automatización.

De los pocos grupos que tuvieron alguna influencia sobre la oleada subversiva de mediados de los 60, la Internacional Situacionista contribuyó con la mejor aproximación al comunismo tal como éste era concebido en esa época. Había una incompatibilidad históricamente insuperable entre…

«¡Muera el trabajo!»

y…

«¡Trabajadores al poder!».

La IS estaba parada en el centro de esta contradicción.

Notas

[1] Nota de los editores: Ver «What was the USSR?Towards a theory of the deformation of value: Part III: Left communism and the Russian Revolution» p.37 en Aufheben #8, Otoño 1999.

[2] El término «militante» significa cosas distintas en francés y en inglés. En ambas lenguas tiene el mismo origen que la palabra «militar», y sugiere la idea de luchar por una causa. Pero en inglés tiene la connotación de una acción combativa, «agresivamente activa» (Webster, 1993). En francés en cambio, la palabra «militante» solía tener una connotación positiva (los «militantes» eran soldados abnegados del movimiento obrero), hasta que la IS la asoció con una devoción auto-sacrificial negativa: este es el uso que le damos aquí al término.