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Chile: los gorilas estaban entre nosotros

sábado, agosto 4th, 2018

No se puede reeditar después de casi medio siglo a un autor tan poco conocido, sin dar una explicación. Y tratándose de un libro consagrado a la crítica de un proceso social del pasado, no se lo puede reeditar sin tratar de actualizar su contenido.

En este libro se examina muy de cerca la “vía chilena al socialismo” ensayada en 1970-73. De él se hizo sólo una edición en castellano y una en inglés en 1974, y no parece haber sido leído por mucha gente. En el Chile de esos años, cuando los militantes querían entender los sucesos importantes, leían de preferencia a autores prestigiados como dirigentes partidarios, o bien la prensa de las diversas organizaciones revolucionarias. Esos textos no eran siempre muy esclarecedores, pero expresaban –y al mismo tiempo moldeaban– el sentido común de la época. Por lo general se los leía no para descubrir perspectivas nuevas, sino para confirmar las que ya se tenían (a menudo la línea dictada por los jefes del partido). Las teorías se usaban menos para emprender nuevas exploraciones que para prevenirlas.04

Las cosas han cambiado. Ahora la línea de pensamiento correcta ya no es impuesta por dirección partidaria alguna, sino por un tibio sentido común filisteo que lo invade todo. Las fuertes discrepancias teóricas y políticas de esa época hoy se expresan como diferencias de opinión, lo cual quiere decir que la conciencia social de entonces no evolucionó, sólo se atenuó. Para decirlo de otra manera: desde los días de Allende y los Cordones Industriales, la conciencia teórica sobre el capital y el trabajo, sobre las clases y la transformación social, no se ha revolucionado con la radicalidad y presteza con que la propia sociedad capitalista se revolucionó en ese lapso. El resultado es que hoy en el movimiento social siguen predominando los mismos puntos de vista –y por lo tanto las mismas opciones prácticas– que en 1970-73 se combinaron para crear un callejón sin salida histórico. Este congelamiento de la conciencia social hace que cualquier discusión sobre ese período se bloquee tarde o temprano en el mismo punto muerto en el que quedaron varados los revolucionarios de entonces. La praxis social de hoy, con todo lo que tiene de viviente y subversivo, casi no se reconoce en esa historia y busca su propia expresión teórica al margen de toda referencia a conceptos como “revolución” o “lucha de clases”. Cosa muy comprensible, ya que los únicos que siguen empleando estos conceptos no parecen tener nada que hacer con ellos excepto darles el mismo sentido que se les daba en 1973, casi como si desearan recorrer el mismo camino para llegar al mismo resultado.

En todo caso, cualquier esfuerzo por comprender la experiencia de la UP y del poder popular, se inscribe en un campo de batalla en el que todavía no hay nada decidido. Si en torno a esa experiencia han predominado por décadas la confusión y la amnesia, se debe a que cierta dinámica social ha permanecido relativamente estable por un largo período, pero no significa que seguirá siendo así por siempre. Todas las crisis hacen emerger, junto con lo nuevo, las viejas tendencias reprimidas, lo que se ocultaba en las sombras de la historia: mañana la UP y el poder popular no van a significar lo mismo que han significado hasta hoy.

Pese a haber transcurrido casi medio siglo desde la “vía chilena al socialismo” y su fracaso catastrófico, esos acontecimientos siguen siendo en su mayor parte indescifrables para el sentido común. Lo que en realidad constituyó un dramático capítulo de la lucha social en el que cumplieron papeles bien definidos las distintas clases y fracciones de clases, el ideario socialista y revolucionario, el reformismo nacionalista y la burocracia… todo eso se nos presenta hoy como un simple choque entre el buen pueblo y la perversa oligarquía, entre estado de derecho y autoritarismo, entre democracia y dictadura. Aunque esta imagen simplista no explique nada de lo sucedido en esa época, aunque deje sin responder algunas de las interrogantes más cruciales acerca de nuestro mundo hoy –o mejor dicho, precisamente por eso– , esta fábula se ha impuesto exitosamente como La Historia Oficial. Una historia escrita por una clase que fue desalojada del poder sólo para que más tarde volviera a tenerlo, una historia escrita por los vencedores. Un relato que además de no explicar nada, ha sabido resguardarse de toda crítica seria, convirtiéndose así en un relato absurdo e irreal.

En estos cuarenta años la comprensión lúcida de ese período ha chocado con un mismo obstáculo, manifestado bajo diferentes formas: primero la censura implacable ejercida por la Junta Militar; después el encuadramiento ideológico impuesto por la burguesía democrática; más tarde el sensacionalismo mediático con que los partidos de la transición banalizaron los efectos del Golpe para ocultar mejor sus causas; y por último, la frívola incomprensión inculcada, con los mismos fines, por los actuales programadores de la educación y la cultura. Estas maneras de tratar la historia de la UP no son simples “errores” de una interpretación ignorante o superficial, sino que constituyen momentos sucesivos de una misma construcción ideológica que refleja con fidelidad los intereses de las capas sociales dominantes. Por otro lado, tal visión fabulesca resulta creíble hoy por la misma razón que eran creíbles las ilusiones que condujeron al desastre en 1973. Cuando los partidos de la UP invocaban un burdo chovinismo productivista para hacer que los trabajadores afirmaran desde abajo su política de reformas, simplemente estaban diciendo lo que muchos trabajadores querían escuchar. Cuando años después esos mismos partidos canalizaron la protesta social hacia una salida democrático-burguesa, la prensa opositora y la historiografía popular-liberal no tuvieron mucha dificultad en hacer olvidar que lo sucedido en Chile había sido un choque entre clases con intereses antagónicos, en primer lugar porque había muchísima gente que tenía ganas de olvidarlo. Más tarde, cuando esos partidos tuvieron que legitimarse como poder gobernante, emplearon todos sus recursos para movilizar la memoria social según sus propios intereses, reduciendo la historia de 1970-73 a una colección de imágenes impactantes, vacías de significado y aptas para cautivar a una masa de gente deseosa de conmoverse frente a sus televisores. En años más recientes, hecho ya el trabajo grueso de tergiversación, la gerencia progresista incluyó el período 1970-73 en el currículum escolar sólo para tener con qué enseñar una apología de la democracia, haciendo pasar tal medida como un progreso cuando sólo fue una manera pedagógicamente correcta de organizar la ignorancia de las nuevas generaciones.

El discurso de los derechos humanos, voceado obsesivamente por todos los medios durante un cuarto de siglo, vino a completar esta obra de destrucción del sentido histórico, ofreciendo un leit motiv piadoso capaz de movilizar la buena conciencia de cualquier cristiano sin que tuviera que ligar esos “derechos” a nada de lo que sucede en el mundo real. Esta envolvente campaña humanitaria ha logrado ocultar sistemáticamente no sólo el terrorismo cotidiano del Estado democrático, sino otra cosa igualmente grave: que el Estado ha venido empleando por décadas todos los medios a su alcance para hacer ilegible la historia de la UP y del Golpe, reduciendo toda la complejidad de ese proceso a su aspecto puramente represivo. La consecuencia de esa política es que todas las enseñanzas del período 1970-73 han sido silenciadas excepto una: el terror.

Es bajo esta luz que hay que leer la vieja consigna del “nunca más”. Empuñada primero con mucha razón por los proletarios que habían conocido de cerca la represión pinochetista, al transformarse más tarde en política de Estado esta frase pasó a tener un sentido completamente diferente. Cuando los detentadores del poder movilizan la memoria social bajo sus propios términos y anuncian en sus pantallas que “nunca más” debe repetirse el pasado, eso no puede interpretarse como una advertencia hecha a los esbirros del orden capitalista, quienes de ser así ya estarían hace tiempo tras las rejas. De lo que se trata para el poder, en realidad, es de recordarle a todo el mundo que no se puede desafíar el orden de la explotación sin suscitar el terrorismo de Estado. Ese “nunca más” proferido por las agencias gubernamentales y paraestatales es menos la expresión de un anhelo cívico que una advertencia punitiva: le recuerda al público qué ilusiones debe abrazar y qué límites aceptar para no ser blanco de la represión estatal.

Frente al escepticismo que estas reflexiones puedan suscitar, diremos –parafraseando a unos compañeros– que no hay nada que podamos hacer por los ilusos y los derrotados de la historia. Si no les persuade la evidencia empírica del papel reaccionario ejercido antes y ahora por los partidos progresistas, menos podrá persuadirlos este libro (a menos que lo lean con los ojos abiertos). En realidad, si rescatamos del olvido este escrito de Helios Prieto, es para facilitar a los lectores el acceso a una perspectiva revolucionaria que siempre estuvo ahí, pero que sólo pueden asimilar los hombres y mujeres que no se han dado por vencidos. Quienes no se conforman con ver su propio pasado como una absurda acumulación de hechos sin sentido, terminan por encontrar tarde o temprano a otros que experimentaron la misma inquietud y que supieron descubrir en esa historia una verdad que expresar. Creemos que la lectura de este libro será, al menos para quienes lean a conciencia, uno de esos encuentros decisivos.

Más arriba afirmábamos que la historia oficial se ha impuesto casi sin réplica. Hay que subrayar el “casi” en esta frase. Durante el gobierno de Salvador Allende y después del Golpe de 1973 surgieron desde la izquierda revolucionaria diversas críticas de conjunto al proyecto de la UP. Tal es el caso de los análisis formulados por Alain Labrousse1 , Ruy Mauro Marini2 , Gabriel Smirnow3y Mike Gonzalez4 , por mencionar sólo a los menos desconocidos. Con diversos matices y énfasis, estos teóricos pusieron de relieve el contenido de clase de la “vía chilena al socialismo”, denunciando la impracticabilidad del reformismo tecnocrático propugnado por la UP, o bien insistiendo en la necesidad de armonizar los intereses de la pequeño-burguesía con los del proletariado. En el libro de Helios Prieto se encuentran varios elementos de análisis –sobre todo en lo concerniente a las medidas económicas adoptadas por la UP– que también están presentes en aquellos textos.

Lo que distingue al texto de Prieto de los demás es el modo en que emplea la crítica: no la usa para sugerir un cambio de rumbo que de cualquier forma los sectores gobernantes no podían adoptar sin traicionar sus propios intereses de clase. Tampoco quiere ofrecer un punto de vista “objetivo” elaborado al margen de las tensiones que desgarraban la convivencia entre grupos antagónicos. La cualidad que distingue a Helios Prieto de los otros comentaristas de la época, es que tanto la forma como el contenido de su texto reflejan una pasión combativa que está ausente en los análisis más bien “fríos” sobre la economía política allendista. Desde la primera a la última línea, Prieto examina el período de la UP con una ironía punzante y bien argumentada, aportando no sólo una poderosa clarificación de lo que significó dicho proceso, sino también la textura y el sabor de una experiencia crítica vivida en primera persona. No en el sentido de que relate aquí sus vivencias individuales: eso no habría sido necesario. Sabemos lo que este libro refleja porque sabemos que mientras lo escribía su autor se consagró a animar una tendencia radicalizada del movimiento obrero, formada por luchadores inconformes que intentaban constituir un polo revolucionario opuesto a la UP, desprendiéndose para ello del MIR y de otras organizaciones de izquierda. Tal actividad, llevada a cabo durante el año anterior al Golpe de 1973, puso a estos revolucionarios bajo el fuego cruzado de la represión gubernamental por un lado, y de las fuerzas de choque de la patronal por el otro. De modo que este libro, además de ser una critica de las ilusiones reformistas de aquel tiempo, condensa la experiencia trágica de una clase obrera que, acorralada por diversas fracciones burguesas en pugna, se encontró inerme frente a un juego de fuerzas en el que durante tres años casi no pasó de ser vagón de cola de unos intereses de clase ajenos.

Pero hay también otra razón para reeditar este libro: con esta crítica Helios Prieto hizo algo más que tratar de iluminar un oscuro callejón sin salida histórico; también anticipó un tipo de contestación radical que en Latinoamérica tardaría aun varias décadas en hacerse oír, y que hoy empieza a ser expresada por una generación de luchadores que entonces ni habían nacido.

El autor de este libro y sus amigos no figuran en ningún santoral del heroismo revolucionario, por la sencilla razón de que nunca buscaron cosechar victorias que el proletariado no pudiera cosechar por sí mismo. En cambio, se aplicaron a la discreta tarea de salvar del desastre lo que más importaba salvar para los combates del futuro: la honestidad práctica e intelectual que hace a los hombres y mujeres capaces de emanciparse.

C.L.

Octubre 2014


Notas

[1] Alain Labrousse, El experimento chileno. ¿Reforma o revolución? Editions du Seuil, París, 1972.

[2] Ruy Mauro Marini, El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile. Ediciones Era, México, 1976.

[3] Gabriel Smirnow, La revolución desarmada. Chile 1970-1973. Ediciones Era, México, 1977.

[4] Mike Gonzalez tradujo en 1974 el presente libro de Helios Prieto, en cuya edición (Chile: the gorillas were amongst us, Pluto Press, UK, 1974) agregó un ensayo introductorio de gran valor analítico y documental. Existe una versión castellana de ese texto, Chile 1972-73. Revolución y contrarrevolución, disponible en internet.

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